HACIA UN BALANCE DEL PERIODO POSTDICTADURA

Ponencia en el seminario “Balance y Perspectivas de la democracia en Chile”. Casa central P. Universidad Católica de Chile, 2 de septiembre de 1998.

Organizado por Colectivo La Revuelta, Patrocinado por FEUC.

I.-Transición: ¿Metamorfosis o traslado?

La primera pregunta que deberíamos hacer al hablar de la transición es acerca de lo que  significa este concepto. La transición ha sido un traslado, un cambio de lugar tal como el que puede realizar alguien que se cambia de silla sin dejar de ser él sismo o ha sido una metamorfosis, un cambio profundo que afecta hasta la médula la identidad misma de Chile

A mi juicio el proceso vivido por el país desde 1973 no ha sido un paso rasante y aséptico por una temporada autoritaria. La voluntad “revolucionaria” de la dictadura^ sin duda, ha logrado re articular el rostro de los chilenos. En este sentido, más que un traslado estamos ante una metamorfosis, en cierto modo ya realizada, pero también incompleta, todavía no acabada y probablemente en evolución permanente. Procesos como la incorporación de Chile a los acuerdos de libre comercio con EEUU, Europa o el Mercosur pueden significar una nueva etapa en esta evolución o incluso podemos vislumbrar nuevas modalidades que el travestismo político nacional puede implementar para no cambiar nada… eso es lo que el futuro día de la unidad nacional puede representar.

Esta interpretación coincide con la de Carlos Cáceres en relación a que la transición concluyó el 11 de marzo de 1990. El estado actual de las cosas no es otro que la perfecta implementación de un modelo institucional y económico ya completo que funciona en plenitud. Por lo tanto no existe tránsito a parte alguna, sino sólo una evolución natural de la sociedad en cuanto tal.

La palabra de los dirigentes gubernamentales ha enfocado el tema desde la perspectiva de situar al país en un proceso de inacabable transición, que se prolonga  indefinidamente  y transita hacia algún acuerdo futuro, todavía no vislumbrable, en el cual se producirían los cambios fundamentales que perfeccionarían la deficitaria institucionalidad vigente. En este sentido, para ellos, la transición fue una traslación, un cambio de estado superficial que no ha podido llegar a puerto por dificultades externas de las que no se es responsable

La palabra de los dirigentes gubernamentales ha enfocado el tema desde la perspectiva de situar al país en un proceso de inacabable transición, que se prolonga  indefinidamente y transita hacia algún acuerdo futuro, todavía no vislumbrable, en el cual se producirían los cambios fundamentales que perfeccionarían la deficitaria institucionalidad vigente. En este sentido, para ellos, la transición fue una traslación, un cambio de estado superficial que no ha podido llegar a puerto por dificultades externas de las que no se es responsable.

Es necesario detenerse más en las razones que han permitido a los actores gubernamentales sostener la teoría de la transición. Entre todas las argumentaciones sostenidas, se ha instalado una serie de dogmas incuestionables que han penetrado no sólo en la operación política del gobierno, sino que han calado en la subjetividad de la población. Entre estos elementos quiero señalar algunos:

1    El destino trágico y fatal del proceso.

La previsora y providente inteligencia del dictador y su corte han sido capaces de someternos a un proceso inacabable en el que se marcha a paso lento y tortuoso. Este proceso es similar a un cambio biológico o geofísico… inevitable, insuperable, imposible de intervenir, donde solo cabe aplicar analgésicos ante las crisis más intensas del cuadro, a riesgo de agravar al convaleciente país que está saliendo de una larga y penosa enfermedad

2   La complacencia con el legado económico del dictador

No todo es malo ni trágico. A pesar de las artimañas del antiguo régimen los audaces gobernantes  del período han logrado un envidiable equilibrio entre los logros del modelo económico y la estabilidad política. Por ello, a pesar de todo, el balance debe reconocerse alentador: la transición es exitosa, un ejemplo para el mundo, un caso único y ejemplar. Se ha conseguido sumar a amplios sectores a un consenso fáctico basado en reconocer la perfecta complementariedad entre liberalismo económico y democracia. Este consenso se en repartir los laureles de tan alta conquista en partes iguales entre el  gimen militar, implementador del modelo económico, y los gobiernos civiles, implementadores del modelo político.

3   El verdadero debate se sitúa entre un neoliberalismo conservador o un liberalismo

progresista.  En este esquema , en donde Chile ha llegado a la madurez de la modernidad ¿cuáles son las alternativas que pugnan en el devenir de la sociedad chilena? Para los ideólogos de la transición (J.J. Brüner, Tironi, etc..) la sociedad debe optar en el futuro por dos modelos en pugna mundial: el modelo neoliberal con un mercado desregulado y salvaje, unido a un modelo cultural conservador e integrista, o un esquema donde la libertad económica es combinada con la libertad cultural. Es la opción entre Reagan o Clinton, entre Aznar o Felipe González, Berlusconi o Prodi… una situación bipolar, en la cual los cambios en el

Chile del siglo veintiuno no pasarán por las estructuras sociopolíticas, sino cada vez más por las personas y las superestructuras culturales. De este modo los temas que imponen conflictos son la ley de divorcio, la tolerancia de las minorías, la diversidad, el aire limpio, etc., Situaciones ciertas y verdaderamente conflictivas, pero que aparecen  como el único campo de acción política donde es posible y viable generar cambios eficaces

Todo el análisis anterior me parece que nos hace converger hacia un problema más profundo: cuando hablamos de participación, democracia y justicia social no todos los actores del proceso político chileno entienden lo mismo. Más parece que se entienden cosas completamente opuestas.

Para muchos, como Cáceres y los que consideran que la transición terminó el 11 de marzo del 90, la democracia es el ejercicio del voto representativo, la separación de poderes, la implementación legal de una institucionalidad convencionalmente diseñada para generar una representación de las mayorías

Para otros, como los sostenedores de la teoría de la transición prolongada, lo único que falta para conseguir la ansiada democracia plena es la superación de los llamados enclaves autoritarios, es decir, los amarres institucionales que generan mayorías espurias en el Senado, las trabas impuestas al proceso por el COSENA, el rol tutelar de las F.F.A.A., el tribunal constitucional, etc….

A mi juicio este análisis es la causa de las aparentemente inexplicables divergencias entre las opiniones más autocomplacientes del gobierno (expresadas en el documento “La fuerza de nuestras ideas”) y la más autoflagelante o claramente confrontacionales, tales como las de las organizaciones gremiales y sociales, como el caso del conflicto de la salud, los universitarios, los mapuches, etc.

Todos estos sectores sociales agresivos y conflictivos postulan un modelo de democracia donde es posible plantear la participación desde las bases, incluso a la hora de legislar. Sin duda esta confrontación es una lucha soterrada entre dos modelos antitéticos de Democracia.

II. Consecuencias del proceso

Sin duda que todo el andamiaje argumentativo de la Concertación gobernante, tiende a relegar la culpa y responsabilidad de todas las falencias del modelo actual en el pínochetismo y sus aliados. Sin embargo, me parece que este análisis es más que falso y engañador. La complicidad de ambos sectores es cada vez más pública y para ello es necesario releer, con mucha detención, lo planteado por el entonces vicepresidente del PDC Edgardo Boeninger al analizar las posibles salidas a la dictadura, al considerar “imperioso crear la percepción o seguridad de que al régimen militar le sucederá una democracia estable y ordenada que no reproduzca la polarización de períodos anteriores, incluidos el respeto a la propiedad privada”.

Del mismo modo sostenía la importancia de definir “un modo de enfrentar el problema de los derechos humanos, y la consiguiente administración de justicia, que les resulte aceptable desde el punto de vista institucional”. De esta forma se afirmaba que sólo se haría viable “una salida que incluyera la participación de los militares en el proceso sucesorio con el poder efectivo que les otorga la normativa vigente”. Para ello la estrategia opositora debía relegar la movilización social, aislar políticamente al PC y la izquierda revolucionaria, y aceptar incondicionalmente la Constitución de 1980. No hacer esto implicaba una ofensa al honor militar.

Este planteamiento es la prueba más fiel de la responsabilidad que cabe a los conductores políticos de la Concertación en el proceso político implementado en el país. No es posible sostener su neutralidad y menos un papel de víctimas pasivas de las artimañas del viejo modelo. Lo que en Chile se ha implementado es fruto también de un diseño en el que han tenido activa y “creativa” participación antiguos actores democratizadores, hoy administradores del modelo.

Para sostener esta situación de entrampe y falta de salida se requiere un alto nivel de cooptación de dirigentes sociales y políticos que ingresen al sistema simplemente para dar cauce a las expectativas imposibles de satisfacer en este esquema.

Otra situación importante de destacar, es la referida a la Instalación de una actitud temerosa y temblorosa ante las consecuencias de cualquier acto que provoque conflicto con los militares. Este temor, que se ha hecho parte del aparato del Estado no es neutral, sino necesario. Es el antídoto a cualquier atentado a la gobernabilidad del país, verdadero becerro de oro del momento al que es necesario aplacar con sacrificios cíclicos y reiterados.

Tal vez por todo lo anterior, es tan significativo el fenómeno de! “nihaísmo” o apatía generalizada entre toda la población. Este país pasó entre 1988 y 1991 de manifestaciones que movilizaban a millones de personas a un escenario de repliegue y retroceso en la capacidad de involucrar a la gente en la gestión de los procesos sociales. Hoy esto se traduce en desorientación, falta de iniciativa, dispersión y atomización del movimiento popular, reducción de los ciudadanos al estado de clientes.

III. Visiones de futuro y posibles vías de salida

Todo el fenómeno pos dictadura no se puede comprender, a cabalidad, sin contextualizar el escenario internacional que explica los elementos que fortalecen las determinaciones de los actores políticos locales.

La caída de los pseudo-socialismos burocráticos del Este, la globalización capitalista neoliberal, el desarme de las alternativas al modelo en todas sus vertientes, la “fujimorización” de la política latinoamericana, deben ser atendidas a la hora de comprender el proceso.

Pero más que estas causas político – económicas que todos conocemos, me gustaría detenerme en un elemento cultural determinante a la hora de explicar cómo la pos dictadura ha encontrado en esta década aliados especialmente naturales que le sirven de soporte. Este elemento Lyotard lo ha llamado la condición posmoderna y Vattimo ha denotado el surgimiento del pensamiento débil. Si se es riguroso, todo el análisis de estos pensadores es muy inconsistente y bastante poco importante en términos de aportes al desarrollo de nuevas perspectivas de progreso…, pero son relevantes como lectura de la realidad.

En concreto dan cuenta del estado de la sensibilidad del hombre del fin del milenio… desencantado de todas las grandes directrices de la modernidad: la Idea de proyecto, de progreso, de construcción colectiva, de un sentido trascendental de la vida que permita dar sentido a renuncias y sacrificios. Los paradigmas ideológicos de cualquier especie se desvalorizan y se transforma en simples relatos, que sucumben bajo la despiadada crítica de un realismo tan rastrero como certero.

Bajo esta mirada, no cabe otra perspectiva para animar el desarrollo colectivo que la búsqueda frenética y constante de una felicidad inmediatista, una sensación de agrado… como diría Soda Estéreo “confort y música para volar”. Cada persona, cada grupo, cada idea es valorada en cuanto aporta a este proyecto, pero para eso es necesario ejercer un acto de tolerancia ilimitado que reconozca que cada uno puede buscar su propio nicho de mercado, su propio juego de lenguaje, su propia parcela de alegría. Todo está permitido con el único límite de no entorpecer el derecho de los otros de ser felices aquí y ahora.

Otro elemento clave en esta situación es la valoración de un irracionalismo sin límite. Si hace unos quince años los ensayos sociológicos eran best seller, hoy lo son los libros de los tarotistas, los brujos, los chamanes y los horóscopos. Más se lee sobre los ángeles que sobre política, sobre el poder terapéutico del incienso que sobre la economía mundial y más sobre la reencarnación que sobre los proyectos de desarrollo social.

En un nivel de enajenación y consumo nunca antes observado, con una ofensiva comercial descarnada, con incapacidad para convocar a cinco personas de un barrio para formar una junta de vecinos… este escenario parece imposible de superar. Sin embargo, me parece que hay pistas a desarrollar para dejar de lado la desesperación nihilista de fin de siglo.

La creación de micro-organizaciones sociales.

Re-encantar la vida social requiere un nivel de cercanía con las problemáticas, que involucre de modo activo y personal las iniciativas de la gente, con su mayor protagonismo y capacidad de trabajo posible. Esto sólo se da desde micro-organizaciones que, partiendo desde lo particular, puedan coordinarse en referentes más amplios y convergentes. Se hace necesario aportar energía y creatividad en la democratización de una amplia variedad de organizaciones: barriales, juveniles, sindicales, temáticas, regionales, etc.. Se trata de re-encantar la necesidad de juntarse, organizarse, volver a tener ganas de construir proyectos compartidos de vida y de futuro. Esto no implica tener todo claro. Una alternativa es un nuevo modo de militancia más activista, más centrado en acciones que en planteamientos reivindicacionistas.

La asunción de los “tiempos de las personas”.

La sensibilidad actual tal vez no soporte un compromiso de grandes masas (término en sí ya bastante retrógrado por estas pocas). Por eso es necesario generar movilización social atendiendo los ritmos de compromiso e involucramiento que va asumiendo la población. Los voluntarismos siempre son necesarios como un apoyo, pero no como exigencia intransable. Más importante es la creación de espacios de movilización que contribuyan al desarrollo integral de las personas.

La reconstrucción de la izquierda.

Desde este escenario, la construcción de una izquierda alternativa al modelo dominante me parece una tarea urgente. En este empeño me parece que la articulación de un aliado realmente importante del PC es un reto que no podemos dejar de asumir.

Si analizamos la evolución de la izquierda en los últimos 8 años, podemos ver que se han generado innumerables iniciativas de convergencia y todas han fracasado estruendosamente: el MIDA, el Foro por la Democracia en su etapa fundacional, el Frente Amplio por un Chile Democrático, etc.. Siempre el fantasma es la hegemonía comunista que inevitablemente aparece como factor interviniente en este proceso. Hegemonía inevitable si damos cuenta de la ausencia de un interlocutor sólido con el cual sostener una alianza. Los intentos que no han contado con la presencia del PC, han desaparecido por la falta de orgánica que los sustente y no han generado un crecimiento importante. Es el caso de la candidatura de Max-Neef, por ejemplo.

Me Parece que hoy es necesario un movimiento de convergencia en la izquierda, que sea capaz de poseer cierta fortaleza orgánica y una identidad clara capaz de articular alianzas con el PC y otras fuerzas menores. A su vez, el PC necesita un contradictor interno con el cual debatir y, a la vez, establecer vínculos de colaboración táctica y estratégica, ya que no creo que pueda crecer mucho más y menos que pueda evolucionar políticamente.

En fin, me parece que el drama en la construcción actual de la izquierda, está dada por una verdadera crisis de liderazgo que impide superar sectarismos históricos y establecer un debate de altura centrado en una visión de futuro, que recupere un elemento insustituible en la izquierda de ayer y de hoy: la voluntad de organización y lucha. Este nuevo liderazgo necesariamente debe ser colectivo y con raíces en la base social. Tal vez estoy pidiendo un imposible… pero la historia deberá demostrarlo.