El poder débil. Postmodernidad y crisis del proyecto ilustrado

  1. Introducción

 El proyecto ilustrado, más allá de sus expresiones históricas particulares, supuso la existencia de un espacio de Poder, entendido en un sentido centralizador y orientador de la sociedad. La misma idea de comprenderse como un proyecto llevaba implícita la percepción de contener una teleología, un elemento aglutinador que tensiona los impulsos humanos hacia un futuro compartido…la autonomía, en este sentido, se posiciona como la llave de acceso a un horizonte anticipado por las vanguardias, calculado por los ingenieros sociales, asumido por un colectivo tan amplio como las posibilidades de expansión de una técnica casi todopoderosa. Sin duda, las esperanzas de este proyecto contenían un germen de un nuevo concepto del poder, en que las viejas tutelas autoritarias serían superadas en la naciente democracia representativa. Como expresa De Tocqueville “conocedor de sus verdaderos intereses, el pueblo comprendería que para aprovechar los bienes de la sociedad hay que someterse a sus cargas. La asociación libre de los ciudadanos vendría a reemplazar el poder individual de los nobles y el Estado se hallaría al abrigo de la Tiranía y la licencia”[1].

Estos supuestos, libre asociación ciudadana, en cuanto contrato que supone derechos y deberes y embarca en una senda de progreso compartido, son los que animaron la carrera frenética tras la construcción de un poder “fuerte”, que superando los obstáculos a su hegemonía, pudiera asentarse y conquistar los frutos que los grandes sistemas de sentido proponían como meta.

Este poder “fuerte’, por más que apuesta a la democratización de sus espacios, está construido desde las certezas, las convicciones, los consensos, los acuerdos, y la masividad industrial. Es esta expresión histórica la que ingresa en un proceso de cambio y fragmentación a partir de crisis de la modernidad. Se ha planteado la existencia de una devolución de poder[2], en que el viejo fantasma de la Sociedad Civil recupera su protagonismo. Sin embargo, esta devolución genera un nuevo poder, un poder “débil”, lo que no quiere decir carente de poderío, sino disperso en la marejada postmoderna de

un mercado hecho de mil ofertas de sentido, en la reconstrucción de las identidades particulares y locales más diversas y también en la nueva concentración global, producto de las multinacionales y el globalizado poderío de un capital sin patrias ni fronteras.

2. Desde el proyecto emancipador a la disolución del sentido de futuro

 El debate que plantea el carácter de la ilustración, en cuanto proyecto de emancipación humana de su propia precariedad y en cuanto apuesta de alcanzar la autonomía de sus propias culpables incapacidades[3], propicia una mirada que penetre en los fundamentos de estas búsquedas y en los verdaderos alcances de este proyecto.

La historia, alcanzada en su voluntad de autonomizarse de lo trascendente, y  comprometida en sus propias coordenadas, se ve envuelta en una contradicción entre objetivos y medios que se contraponen a un nivel desconcertante. La inducción , la duda cartesiana, el valor de un YO omnipresente y la certeza del progreso ilimitado han conducido a la humanidad ilustrada tras el rastro de una nueva vivencia, en que la razón instrumental cabalga como nuevo referente de sentido (o sin sentido). El viejo andamiaje de la razón sustantiva se ve quebrada en la despectiva afirmación de una nueva posibilidad de construir en esferas autorreferentes, mundos científicos, artísticos, políticos y morales, que de modo diferente y distinto asumen sus fragmentadas iniciativas como especializaciones de muy diferentes criterios de validación.

Esta situación ha llevado a la pregunta por el futuro del proyecto de la modernidad. Lyotard evalúa el camino ilustrado como un callejón sin salida en que solo cabe una actitud de aceptación trivial, un nihilismo sin culpa en donde una nueva “condición postmoderna” reemplaza las pretensiones de los metarrelatos que pretendieron reemplazar, sin conseguirlo, las viejas expectativas de la razón sustantiva, de dotar de un sentido de totalidad del devenir humano”[4]. La sociedad postmoderna cambia los viejos valores de la modernidad: progreso, revolución y esperanza en el porvenir abierto, por un individualismo hedonista y personalizado que se legitima en un proceso de personalización en donde la innovación se banaliza en el desencanto de toda visión de futuro[5]

Frente a esta evaluación es posible planear que la ilustración ha llegado en este siglo a un punto en que la propia evolución de su proyecto la ha conducido a un momento de contradicción profunda con sus propias inquietudes fundacionales. En este sentido se comprende lo afirmado por Horkheimer y Adorno en cuanto: “al multiplicar la violencia a través de la mediación del mercado, la economía burguesa ha multiplicado también sus propios bienes y sus fuerzas de tal modo que para su administración ya no necesita no solo de los reyes, sino tampoco de los ciudadanos: necesita de todos. Todos aprenden, a través del poder de las cosas, a desentenderse del poder La ilustración se realiza plenamente y se supera cuando los fines prácticos más próximos se revelan como lo más lejano logrado, y las tierras de “las que sus espías y delatores no recaban ninguna noticia” es decir, la naturaleza desconocida por la ciencia dominadora, son recordadas como las tierras del origen”[6]

Esas tierras de espías y delatores, hoy vuelven a despertar de su letargo por medio de la crisis de una idea de progreso indefinido en que la dominación instrumental es cuestionada por su propio desenlace. La tecnología ha devenido de maravillosa vía de autonomización humana de sus lacerantes dependencias al nivel de incontrolable maquina desenfrenada. El recuerdo de un lar o terruño origina!, en que el antiguo hombre dependiente enfrentaba el futuro apostando a “ser amos de la naturaleza en la práctica” (Bacon), ha devenido a un limitado tiempo en que el presente se vuelve el ídolo del momento: “En su disolución puede ahora agotarse el saber, en el que según Bacon residía sin duda alguna “la superioridad del hombre”. Pero ante semejante posibilidad la Ilustración se transforma, al servido del presente, en el engaño total de las masas”[7].

3.Del sueño del ciudadano a la fábrica de ilusiones

El camino de la Ilustración llevaba implícita en su propia identidad primordial la voluntad de llevar al nuevo hombre autónomo de las fuerzas de la naturaleza al espacio público de aparición. Es el permitir a todos y cada uno el acceso a la Polis, en cuanto “organización de la gente tal como surge de actuar y hablar juntos y su verdadero espacio se extiende entre las personas que viven juntas para este propósito, sin importar en donde estén”[8] En ese sentido, aspira a crear un espacio en “donde yo aparezco ante otros como otros aparecen ante mí, donde los hombres no existen meramente como otras cosas vivas o inanimadas, sino que hacen su aparición de manera explícita”[9].

Este anhelo condujo al hombre de la ilustración hacia la de construcción de  una verdadera comunidad política en que discurso y acción se agrupan en torno a la potencialidad [10]del poder: “El poder solo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades y los actos no se usan para volar y descubrir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades”. Es la posibilidad de generar un espacio de encuentro y reunión humana que permite la existencia de la esfera pública; “el poder surge entre los hombres cuando actúan juntos y desaparece cuando se dispersan”[11]. Este espacio es capaz de dividirse sin aminorarse, y su acción recíproca puede permitirle seguir con vida sin estancarse.

La ilustración se plantea el proyecto de construir una sociedad “en la que todos, mirando a la ley como obra suya, la amen y se sometan a ella sin esfuerzo: en la que, al considerarse la autoridad del gobierno como cosa necesaria y no como divina, el respeto que se otorgue al jefe de Estado no constituya una pasión sino un sentimiento razonado y tranquilo. Gozando cada uno de sus derechos y seguro de concentrarlos, se establecería entre todas las clases una confianza viril y una especie de condescendencia recíproca tan distante del orgullo como de la bajeza”[12].

Este anhelo es el que ha sufrido las contradicciones más aberrantes en la medida que la ilustración ha desarrollado sus dispositivos de alejamiento de la condición humana: “la tiranía impide el desarrollo del poder no solo en un segmento particular sino en su totalidad, en otras palabras, genera impotencia de manera tan natural como otros cuerpos políticos generan poder  “resulta curioso que la violencia pueda destruir al poder más fácilmente que la fuerza y aunque la tiranía se caracteriza por la impotencia de sus súbditos que pierden su capacidad humana de actuar y hablar juntos, necesariamente no se caracteriza por la debilidad y la esterilidad; por el contrario, las artes y oficios pueden florecer sí el gobernante es lo bastante benévolo para dejar a sus súbditos solos en su aislamiento”[13].

Es este artilugio el que ha llevado a un hombre comprometido en un proyecto de ciudadanía, de generación de poder desde “el vivir unido del pueblo”, a una sociedad en que el “engaño de las masas” reduce los momentos de encuentro y poder a un hábito de consumo. Ei ideal autonomizado y capaz de desplegar las iniciativas del hombre se ha torcido en un nuevo rumbo, en donde la Industria cultural se manifiesta como la absolutización de la imitación, que no es otro rasgo que el implacable peso de la obediencia a la jerarquía social/”[14].

ÉI castigo no es otro que el extrañamiento de quién no se “integra” a la producción cultural, generando el encadenamiento de quienes se someten no sólo a los mecanismos de la oferta y la demanda, sino a la superestructura del consumo que en definitiva encadena en cuerpo y alma, sin resistencia alguna[15]. En esta dominación, su propuesta solo genera diversión, una felicidad trunca, y una defraudante sensación de no poder nunca satisfacer los verdaderos anhelos contenidos en sus demandas de consumo… “la promesa en que consiste en último término el espectáculo deja entrever maliciosamente que no se llega jamás a la cosa misma, que el huésped debe contentarse con la lectura de la carta de menú”[16] .

Esta es la experiencia de quienes contrastan las alegres expectativas de la ilustración política con relación a los resultados de sus esfuerzos: una clientela espectadora de los espectáculos electorales, dispuesta a ver la lista de platos a escoger , pero que nunca llega a “entrar en la cocina” donde se produce el caldo sustancioso de las decisiones relevantes.

4. La nueva mitología secular

La racionalidad de la ilustración apostó a despejar el mundo de las míticas expresiones de dependencia que ella, despreciativamente, relegó al pasado como una etapa a superar en nuevos estadios “científicos y positivos”. Sin embargo, una nueva mitología ha surgido desde la propia memoria de la secularidad. Es la imposición de la uniformidad, del pensamiento único y totalizante, que provoca la aceptación de los nuevos mitos como “razonables” y, es más, como las únicas expresiones capaces de ser toleradas. Es así como los modos normativos de la conducta se asumen de un modo incontestable e inmune a la crítica, revestidos de la numinosa protección de la nueva sacralidad. La capacidad disciplinatoria de esta mitología ha relegado la libertad a un capítulo anecdótico de la experiencia humana. Frente a esta experiencia es posible atisbar con W. Benjamín que ” la muerte del aura”‘[17] que desacralizó o secularizó las experiencias cotidianas por medio de la tecnologización masiva y uniformalizante, ha dado paso a una nueva realidad en que el acceso a una forma (una ilusión de semejanza) ha usurpado la importancia que en otros momentos tuvo la unicidad de un elemento irrepetible. La forma vacía de mecanismos masificados al infinito que reproducen no solo imágenes o películas, no solo pinturas o elementos estéticos… si no modos de convivencia, mecanismos de legitimación y ejercicio del poder Ha muerto el aura de la experiencia de ejercer el poder en el aislamiento de una ilusión de autosuficiencia, la misma experiencia que siempre ha representado la de la unidad que permite participar, ser con otros.

Por ello es posible entender la tiranía como una expresión del aislamiento, “del tirano con relación a sus súbditos y de estos entre sí[18]  La naturalidad que asume esta experiencia es la que permite identificarla con una forma de pensamiento mítica, en que no se reconoce límite entre la ilusión y la realidad. La condición cotidiana e incontestable que asume la vivencia del aislamiento la sociedad moderna obliga a considera sus expresiones y consecuencias como la más clara muestra de la imposibilidad de pensar en otras formas de vinculación humana.

5. Las privatizaciones interiores

Las consecuencias de la privatización del espacio público del hombre le han llevado a considerar que los problemas que anteriormente se enfrentaban con criterios impersonales .ahora se traten desde miradas en donde se mezclan los sentimientos individuales, sin las perspectivas de resolver en forma compartida los asuntos públicos. En este sentido, el aislamiento que provocó la muerte del poder “fuerte” se basa en la imposición de una privatización interior, en donde la sociabilidad es reemplazada por una intimidad forzosa, tal como la que describe R. Sennett en relación a los modernos sistemas de oficinas construidas en espacios abiertos, donde el control social , fruto de la desaparición de barreras visuales, produce el disciplinamiento de quién solo encuentra refugio en su silencio y su trabajo.”[19] “La intimidad es un intento de resolver el problema público negando que el público existe”[20]. W. Benjamín refiere a esta realidad aplicándola a las cosas: “acercar espacial y humanamente las cosas es una aspiración de las masas actuales tan apasionada como su tendencia a superar la singularidad de cada dato acogiendo su reproducción”[21].

Esta vivencia revierte en el nuevo predominio del psicologismo y el narcisismo en las conductas de aquellos involucrados en las esferas de lo público. Una nueva interpretación hedonista acapara los escaparates de las revistas de actualidad. Un cúmulo de opiniones sensacionalistas sobre el yo hipertrofiado del último personaje de moda, nos revela como toda relación es imposible en la medida en que un mismo es la única prioridad en el instante presente. “Para que el desierto social resulte viable, el yo debe considerarse una preocupación central: se destruye la relación, qué más da, si el individuo está en condiciones de absorberse a sí mismo”[22].

6. El surgimiento del Poder Débil

La modernidad apostó a la subordinación de lo individual a los grandes valores colectivos que reglamentaron la convivencia desde patrones uniformes y generales. Frente a ello hemos visto el nacimiento de una reacción que acentúa la indeterminación de una libertad no rigorista, sino expresiva de la intimidad y las aspiraciones de cada individuo. El surgimiento de un proceso de personalización masivo y convocante de toda una época, reacciona incorporando los anhelos de realización personal, afirmación de la propia singularidad, aprecio de la subjetividad, el disfrute de la vida. En el fondo es el escape a cualquier precio, de la sociedad disciplinaria que marcó modelos de socialización forzosa.

De este modo, el nuevo espacio que gana el consumo no es otra cosa que la exteriorización de este anhelo fundamental. “La cultura postmoderna es un vector de ampliación de individualismo; al diversificar las posibilidades de elección, al anular los puntos de referencia, al destruir los sentidos únicos y los valores superiores de la modernidad, pone en marcha una cultura personalizada o hecha a medida que permite al átomo social emanciparse del balizaje disciplinario-revolucionario.”[23]. Así es como el narcisismo asume una centralidad cultural como expresión del individualismo total, en donde el poder es cada vez más débil, más difuminado en experiencias fragmentadas y presentes en micro organizaciones y vínculos más particulares, más centrados en los intereses personales y específicos, por medio de redes solidarias que involucran a seres que compartan las mismas preocupaciones inmediatas que generan el colectivo.

El tema recurrente de este micro-espacio de poder es la información y la expresión, en donde el hecho de comunicarse está por sobre los mismos contenidos expresados. Por ello no es posible plantear, desde la nostalgia de los poderes centralizados y fuertes, un restablecimiento de las anteriores motivaciones que sustentaban el espacio público. “En la actualidad son más esclarecedores los deseos individualistas que los intereses de clase, la privatización es más reveladora que las relaciones de producción, el hedonismo y el psicologismo se imponen más que los programas y formas de acciones colectivas por nuevas que resulten (lucha antinuclear, movimientos regionales, etc.), el concepto de narcisismo tiene por objeto hacer de eco a esa culminación de la esfera privada.”[24].

Este poder débil es, por lo tanto, expresión de un cambio que afecta a las bases de las construcciones políticas de la modernidad. Conceptos como el de Estado nacional, representatividad, ciudadanía, progreso o desarrollo se desdibujan hasta un punto en que parecen representar ilusiones de un tiempo ya olvidado. Al parecer, es el momento de las paradojas, en que el vaticinio de Tocqueville se ha vuelto contra sí mismo: “Observo que hemos destruido las existencias individuales capaces de luchar separadamente contra la tiranía; pero veo que es el gobierno el único en heredar todas las prerrogativas de las familias, a las corporaciones, o a los hombres. Así pues, a la fuerza algunas veces opresoras, pero a menudo conservadora, de un reducido número de ciudadanos, ha sucedido la debilidad de todos[25] . Tal vez, son esos débiles de ayer lo que vuelven, cual fantasmas, a reclamar su parte como protagonistas y depositarios de sus propias luchas, frente a un poder que solo guarda los recuerdos de su fortaleza. Es el regreso del sujeto…

 

[1] De Tocqueville. La democracia en América. Sarpe , Madrid , 1984. pp. 31.

[2] G. Salazar. “De la participación ciudadana: capital social constante y capital social variable” en Recopilación de textos de apoyo de la docencia, vol. III, Universidad de Chile, 1999.

[3] E. Kant. ¿Qué es la Ilustración?, Alianza, Madrid, p 34.

[4] J.F. Lyotard, La Condición postmoderna, Paidós 1987.

[5]  G. Lipovetsky. La era del Vacío, Anagrama, Barcelona 1996, pp. 9-10.

[6] F. .Horkheimer y Th. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, Akal, Madrid, 1991, pp 94-95.

[7] Ibld. pp. 95.

[8] H. Arendt, La Condición Humana , Paidós, Madrid, 1995, pp. 221.

[9] ibld. pp. 221.

[10] ibíd. pp.223.

[11] Ibíd. pp.223

[12] A. De Tocqueville, Democracia en América, Sarpe, Madrid, pp. 31.

[13] H. Arendt, op. cit, pp. 225

[14] Horkheimer y Adorno, op. cit. pp. 175.

[15] Cfr. Ibíd. pp. 178.

[16] Ibíd. pp., 184.

[17] W. Benjamin. “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, en Discursos interrumpidos. Taurus Madrid 1990

[18] H. Arendt. Op. cit. pp.225.

[19] Cfr. R. Sennett, El declive del hombre público. Ed. Península, Barcelona, 1978,pp.24-25.

[20] ibíd. pp.38.

[21] W. Benjamín, op. cit. pp. 24.

[22] G. Lipovetsky, op. cit. pp. 55.

[23] ibíd. pp. 11

[24] Ibid. pp.12.

[25] A. De Tocqueville, op. cit pp.32