La refundación del movimiento estudiantil

Los colectivos universitarios cómo nuevas formas de asociatividad  juvenil en los noventa

1.Contexto Histórico del movimiento estudiantil en Chile

1.1 El movimiento estudiantil, un actor social tan antiguo como las mismas Universidades

La Universidad, comprendida como aquella comunidad que se desarrolló desde el Medioevo bajo el cobijo de la enseñanza eclesiástica, siempre ha contado como a un actor de principal relevancia en su desarrollo al movimiento que los estudiantes generan en torno a sus demandas y reivindicaciones.

De hecho, es significativo que, en su origen, la Universidad de Bolonia fue comprendida como una asamblea de estudiantes (Universitas Scholarium) que se organiza para solicitar los servicios de diferentes maestros. Este verdadero foro  cooperativo tuvo que enfrentar la tarea de conquistar su autonomía, fuera de la dependencia de las autoridades políticas que pretendieron someterlas a su jurisdicción. La lucha que los estudiantes realizaron no es muy diferente a la que en el siglo XX ha caracterizado a las demandas por reformas universitarias: movilizaciones callejeras, conflicto con la policía, huelgas, etc. De hecho, el origen de Universidades tan prestigiosas como la Oxidar se debe a conflictos con las autoridades políticas que pretendieron someter a la corporación de maestros como de estudiantes y que obligaron a esta a emigrar a nuevos territorios donde establecerse en libertad.

Sin embargo, con la modernidad, la autonomía y el carácter plenamente corporativo de las universidades es progresivamente desplazado, principalmente por la importancia política que las instituciones poseedoras del saber y la enseñanza sistemática adquieren desde el siglo XVI. El elemento que generó un quiebre definitivo en la autonomía de las Universidades y el predominio de la clase política sobre su proyecto fue el establecimiento de la Universidad Napoleónica, que constituyó un elemento centralizador del desarrollo intelectual y un instrumento al servicio del Imperio. Es lo que señala Bon aparte en 1808 al fundar la Universidad Imperial:

“La educación pública, en todo el imperio, está confiada exclusivamente a la Universidad. Ninguna escuela, ningún establecimiento de instrucción, sea de educación superior, secundaria o primaria, especial o colateral, sea laica o eclesiástica, puede funcionar fuera de la Universidad o sin la autorización de ella. Al establecer un cuerpo consagrado a la enseñanza mi propósito principal es el de tener un medio de dirigir las opiniones políticas y morales”[1]

La Universidad latinoamericana nace desde esta impronta, articulándose como “(…) parte del entramado estatal, de las redes burocráticas de las políticas de los diversos gobiernos. Es fuente de promoción y legitimación social, es lugar de reclutamiento de cuadros para el estado y la empresa privada, y posteriormente será el lugar desde el cual se diseñan, evalúan y promueven los grandes procesos de desarrollo nacional (…)”[2

1.2 De las revueltas festivas a la lucha política

  Si hasta el Siglo XVIII la Universidad había conocido movimientos estudiantiles que se involucraban apasionada y violentamente en disputas teológicas, sociales y reivindicativas, el surgimiento de la Universidad estatal y productivista del siglo XIX vio nacer movimientos que tendrían claramente posiciones políticas mucho más definidas. En especial, en el siglo XIX, las revueltas de los estudiantes estaban relacionadas a un sentido de festividad carnavalesca, cuyo reflejo tardío son las Fiestas de la Primavera que conoció Santiago a principios de siglo.

La nueva identidad universitaria que impulsó la modernidad, cobijó el germen de las demandas que durante todo en Siglo XX el movimiento estudiantil ha desarrollado continuamente. El aumento de la cobertura en Educación Superior, requisito de los proyectos desarrollistas, y las transformaciones que este crecimiento traerá aparejado, va a generar el reclamo de “(…) obtener la representación estudiantil en los organismos directivos de la enseñanza, autonomía política y económica de la Universidad, estado docente y educación gratuita y laica”[3]. El grito de los estudiantes de Córdoba en 1920 es un síntoma de esta efervescente y novedosa fuerza social que emerge desde los estudiantes de las universidades:

“La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo…Las universidades han llegado a se así reflejo de esas sociedades decadentes, que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil…La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca le derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos”[4].

 El caso de Córdoba ilustra como los estudiantes realizan un diagnóstico y un proyecto político, desde su realidad social y la transfieren al espacio público y su proyección es continental:

“El grito de Córdoba resonó en muchas partes de América Latina. En Lima, los estudiantes de san marcos, dirigidos por ese momento por un muchacho llamado Víctor Raúl Haya de la Torre, se levantaron también pidiendo la renovación de esa universidad colonial. Y así, en Chile, la gloriosa generación de 1920, donde había muchos dirigentes anarquistas y fogosos oradores, como Juan Gandulfo, salió a la calle para manifestarse por la paz y la amistad de los pueblos en tiempos en que se hablaba de la guerra de don Ladislao”[5]

La FECH, organización fundada en 1906 con un carácter de asociación colaboracionista de la rectoría, asume a poco andar las influencias innegables del anarquismo y el socialismo, evidentes en la publicación “Claridad”, durante la segunda década del siglo. Es también notoria su presencia en las manifestaciones que genera la crisis de 1924-25, en la Asamblea Constituyente del Teatro Municipal (1925), y en los días de la República Socialista. Estrictamente, la FECH no solo agrupa a los estudiantes de la U. de Chile, sino que también cobija a intelectuales, artistas y a sectores juveniles populares que se involucran en la discusión ideológica y la organización de movilizaciones.

El carácter de la lucha social y política que asume el movimiento de los estudiantes generó condiciones especialmente propicias para convertir los espacios de representación estudiantil en apetecida trinchera para las juventudes de los partidos políticos. De esta forma las Federaciones de Estudiantes asumen la tarea de semilleros de dirigentes que hacían de la política universitaria un invernadero de los futuros espacios representativos y parlamentaristas. Así, el triunfo del Frente Popular fue asumido como propio por la FECH en 1938:

“Fuimos los primeros estudiantes que salimos el 25 de Octubre de 1938, día de las elecciones presidenciales, para reclamar el respeto a la victoria del abanderado del Frente Popular, Pedro Aguirre Cerda, miembro del partido Radical…Salimos de la casa Central por Ahumada para exigir el reconocimiento del veredicto popular”[6]

 En cambio, la Universidad Católica, que sólo contará con su Federación de Estudiantes a partir de 1939, fue eco de los debates políticos en el seno del conservadurismo católico. Hasta ese momento, los estudiantes de la UC, sólo participaban en la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC).

 “Hasta el año que ingresé a la Universidad, la ANEC era una especie de club social donde se reunían los universitarios y donde se daban algunos bailes. El más famoso de los cuales era el baile de honor de la reina de las fiestas de la Primavera, al que se concurría con frac. Era, pues, todo lo opuesto a la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, con ribetes revolucionarios, que la dictadura había perseguido tenazmente” [7]

En este ambiente, en el cual se generaba debate y crítica a la conducción del Partido Conservador, una de las generaciones de la juventud conservadora de la UC dio origen a la Falange Nacional:

“A Eduardo Frei  yo lo conocí como compañero en la Facultad de Derecho en Universidad Católica, curso muy estudioso y calificado…En ese principio no manifestaba ninguna inquietud política, pero a poco andar, estando como estábamos la mayoría del alumnado, plenamente imbuidos en la lucha por la libertad contra la dictadura de Ibáñez, cambió su apoliticismo, tendencia favorecida por los militares y fomentada por Monseñor Casanueva, por una actitud clara y decidida, que lo llevó a juntarse en la acción con el grupo que sería fundador de la Falange[8]

En este sentido, la vinculación entre el movimiento estudiantil y su representación política no fue más conflictiva que la vivida por las juventudes políticas con sus respectivos partidos adultos. El discurso que el movimiento asumió en el proceso fue claramente una mixtura en la que elementos de reivindicación económica se unieron a una crítica al sentido del proyecto universitario y su vinculación con la sociedad. Las propuestas, por lo tanto, instalaron las ideas de aumento de la cobertura, gratuidad, rechazo a la elitización de la enseñanza, participación y democratización de la comunidad universitaria y proyección social del saber.

Sin embargo, entre el tramo 1934-1965 estas reivindicaciones son amortiguadas constantemente por el debate al interior de los mismos partidos tradicionales, en donde los jóvenes se colocan en la posición de permanentes peticionistas, tal como lo hicieron los gremios patronales o el movimiento popular[9]. Su horizonte, durante todo el período estuvo marcado por un lento y silencioso cambio en las instituciones universitarias que aumentando su cobertura, se transforman sin quererlo en organismos pluriclasistas y puertas de la movilidad social.

  1. 3 La ruptura: de la política de salón a la irrupción del proyecto popular

 La demanda de una reforma universitaria, anhelada y retrasada durante décadas, se volvió objetivamente una necesidad imperiosa al comenzar la década del sesenta. En los años anteriores, experiencias parciales, como las novedosas evaluaciones de los estudiantes a los académicos o aumentos en los aportes de becas del Estado significaron una escuálida ganancia con relación a la demanda histórica del movimiento estudiantil, tal como fue señalada en los principios de la FECH o en el manifiesto de Córdoba. Los movimientos reformistas de la U. de Concepción en los años cuarenta y la facultad de filosofía de la U. de Chile fueron hechos más bien asilados. Necesariamente debía generarse un clima de radicalidad que en un contexto favorable, como el de los sesenta, permitiría ganar espacios favorables a la causa estudiantil.

El proyecto de reforma universitaria es fruto de unos movimientos que “(…) si bien pueden tener alguna vinculación doctrinaria con ideologías político-partidistas, son preponderantemente productos autóctonos, acumulados en sucesivas agrupaciones de liderazgo en el movimiento estudiantil”[10]. Y no es posible definir la Reforma Universitaria como un proceso repentino, sino como la decantación de años de frustrados intentos de cambio:

El movimiento estudiantil reformista, por comenzar por el punto que me tocó vivir en la Universidad Católica, empezó mucho antes del 67, empezó en el 61 con Claudio Orrego, siguió después con Andrés Varela, Carlos Eugenio Beca, Manuel Antonio Garretón, Fernán Díaz, y a mí me tocó meter el gol, por así decirlo[11]

Estas demandas fueron expresadas de modo sucesivo mediante congresos de estudiantes, convenciones, eventos inter-universitarios y en general son experiencias grávidas del contacto creciente entre los estudiantes y el mundo popular. Un descubrimiento que impulsó a reconocer que la Universidad, si bien ya no era un club aristocrático y comenzaba a vivir la masividad pluriclasista, tenía un claro proyecto y una organización orientada por los intereses de la vieja Universidad elitizada. Miguel Angel Solar reveló esta idea en el discurso de inicio del año académico en 1967:

Cuando en el mes de Febrero de este año, cuatrocientos universitarios nos despedíamos de la provincia de Arauco, había una petición en la boca de los hombres y mujeres de esa lejana región: no nos olviden, prometimos no hacerlo y las palabras que esa noche dijimos en la plaza de Curanilahue podemos repetirlas hoy textualmente: No los olvidaremos, porque vamos a aplicar el espíritu que en Arauco hemos encontrado a nuestra Universidad. Le vamos a exigir que cambie sus viejas estructuras y los hombres que las sostienen  para que se coloque al servicio de su pueblo, para que cumpla el mandato de la hora presente y se coloque al servicio de todos los sectores sociales, que investigue la realidad de este país y elabore la tecnología, ciencia y cultura que la comunidad nacional le requiere. Que en fin, sea la culminación intelectual del vivir de su pueblo, porque allí está su energía y vitalidad”[12] 

El producto del proceso fue generar un vínculo entre la Universidad y el movimiento popular. Rodrigo Ambrosio, fundador del MAPU, entendía este encuentro como lograr transformar el proyecto de esta Universidad y volcarlo a la tarea de construir una nueva cultura. Esta determinación necesariamente termina por generar las condiciones de una ruptura con la dinámica que el movimiento reformista asumió durante décadas. El “gradualismo” y “etapismo”, necesarios en un esquema centrado en la petición constante a las autoridades universitarias y estatales, se vio quebrado con acciones de fuerza, novedosas y escandalizadoras:

  • En Mayo de 1966 los estudiantes de la Universidad Católica de Chile realizaron un día de huelga en protesta por la arcaica estructura del plantel.
  • Dos meses más tarde, la FECH, en un Claustro de 5 días planteó la necesidad de crear un consejo para la reforma de la Universidad
  • El 8 de Agosto de 1967, luego de 50 días de huelga, los tres estamentos de las Universidad Católica de Valparaíso firmaron un acta de acuerdo en que se comprometieron a elaborar un nuevo estatuto en donde las autoridades sé elegirían con participación de estudiantes, funcionarios y académicos.
  • El 11 de agosto de 1967, la FEUC se tomó la Casa Central de la UC, exigiendo la renuncia del rector Alfredo Silva Santiago, colgando a los pocos días el lienzo “El Mercurio miente” y “Hombres nuevos para la nueva Universidad”.
  • Marzo de 1968: renuncia del rector de la UTE y de la UCV.
  • 24 de Mayo de 1968: toma de la Casa Central de la U de Chile.
  • 13 de Agosto: elección en claustro pleno de Enrique Kirberg en la UTE, con participación ponderada de académicos y estudiantes.

Toda esta movilización y los profundos cambios y reformas que se comenzaron a generar frenéticamente en las universidades se inscribieron en un alza mundial de la actividad estudiantil. En 1965, en medio de la huelga general de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, un volante detallaba los motivos de la movilización:

Los jóvenes del ghetto no tienen trabajo, han sido eliminados 4000 empleos juveniles y la razón que nos han dado es que no hay dinero: La verdad es que las grandes empresas no tienen necesidad de crear empleos para obtener gran des ganancias. El resultado es que los salarios de los pobres son muy bajos y así se han mantenido por mucho tiempo. Los estudiantes de secundaria y preparatoria y nosotros sentimos que esa gente que explota a los negros y a los hispanoparlantes, también nos explota a nosotros”[13].

 París, en 1968, fue el punto culminante de este proceso que sobrepasó las fronteras y se planteó como un cuestionamiento profundo de la sociedad occidental. La ruptura no fue sólo un anhelo de reforma en los medios de enseñanza universitaria sino un apremiante impulso revolucionario.

El proceso desatado por las demandas de reforma universitaria, generó una avalancha de expectativas que superó el cause de las formas tradicionales de organización política existente. Nuevas organizaciones y modos de asociatividad fueron asumidos en un proceso de radicalización y apertura a demandas que sobrepasó la política estrictamente universitaria. Esto se tradujo en el nacimiento, desde el seno del movimiento estudiantil, de partidos políticos marcados por un diseño completamente diferente a los existentes. Se formaron en torno a una generación que rechazó a la clase política existente y rompió sus lógicas de intervención.

Esta situación es evidente en el caso de la Universidad Católica, según el estudio de Manuel Antonio Garretón[14], sí bien, desde la elección de Claudio Orrego en 1961, la DCU había reemplazado a la Juventud Conservadora de la dirección de la FEUC, en estos años los jóvenes DC se habían agrupado en torno a diferentes “sensibilidades”, las que no necesariamente implicaban una rigurosa militancia en el PDC. De hecho, Miguel Angel Solar, siendo del “lote” DC en 1966, no militaba en la DCU al momento de ser elegido presidente de la FEUC y pertenecía a un grupo que se vinculaba por participar en actividades ligadas a los Jesuitas y sus grupos de estudio social y trabajos voluntarios. Este grupo, mayoritario pero menos “politizado”, es el que asumió la conducción en este año y radicalizó las demandas de reforma. La toma de la Casa Central, a su vez, representó un quiebre definitivo con las políticas del partido Demócrata Cristiano. En adelante el grupo se llamará “Movimiento 11 de Agosto” y como tal ganó las elecciones de Federación para el período 1968, encabezada por el ahora “independiente de Izquierda” Javier Echeverría. Este proceso desembocó en el nacimiento del MAPU en Mayo de 1969.

Aspectos coincidentes asumen, desde Agosto de 1965, la incorporación de un grupo de estudiantes socialistas de la Universidad de Concepción al núcleo inicial del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). En efecto, esta organización agrupó en ese momento a antiguos militantes trotskistas, comunistas y socialistas. Sin embargo, el núcleo de universitarios socialistas desencantados y radicalizados tomaron la iniciativa y asumiría la conducción del Movimiento a partir de la elección de Miguel Enríquez, Bautista Van Schouwen y Luciano Cruz en la dirección de este naciente partido. A partir de este momento, los jóvenes penquistas moldearon la organización desde su perspectiva y nació  la Federación de Estudiantes de Concepción (FEC) con el Movimiento Universitario de Izquierda (MUI), una organización diferente y crítica a todas las juventudes políticas existentes.

En forma de reacción ideológica a esta “izquierdización” del estudiantado, pero mediante modelos de asociatividad semejantes a las anteriores, nace el Movimiento Gremial (MG) de la Universidad Católica en 1968. Frente a la toma de la Casa Central el 11 de Agosto del 67, los jóvenes conservadores se organizó bajo el nombre de “Comando de Defensa de la Universidad”. Este grupo, liderado por Jaime Guzmán, formó a partir de 1968 el Gremialismo y ganó la Federación de Estudiantes en 1969 con Ernesto Illanes. Este naciente movimiento quebró con los partidos de derecha existentes hasta ese momento, siendo profundamente críticos de la derecha tradicional y sus modos de actuar. Guzmán, influido por ideas corporativistas como las de Primo de Rivera y el franquismo español y por las corrientes nacionalistas y autoritarias del grupo Acción Nacional, dirigido por Jorge Prat, postuló una ruptura con la tradición partidaria de la derecha chilena. Su discurso se centró en conseguir una despolitización como mecanismo de abortar las iniciativas reformistas, pese a lo cual, terminaron fundando el partido “Unión Demócrata Independiente”:

En efecto, la esencia del Gremialismo consiste en afirmar el imperativo de que cada sociedad intermedia sea fiel a su fin propio y peculiar, como único camino para contribuir a una sociedad libre y creadora. Por consiguiente, el Gremialismo rechaza la politización de cualquier entidad vecinal, regional o gremial (sea esta laboral, empresarial, profesional o estudiantil) como asimismo de toda otra agrupación intermedia cuyo fundamento y objetivo se mueva en un campo diferente al de la política”[15]

Todas estas experiencias muestran que los jóvenes de los sesenta se comenzaron a asociar políticamente en torno a una nueva lógica, que rompió con los moldes peticionistas y parlamentaristas de la Constitución de 1925. Agrupados en un principio en razón de la reforma universitaria, tanto a su favor o en contra, pasaron rápidamente a insertarse en las demandas nacionales del movimiento social y asumieron las características de “los movimientos de nueva especie”.

  1. 4 Formas de resistencia y asociatividad política durante la dictadura

 El golpe militar de 1973 impuso la disolución de casi todas las Federaciones de Estudiantes (solo se salvó la gremialista FEUC) y el quiebre del proceso de reforma universitaria. Además, en medio del estado de sitio y de la proscripción de los partidos políticos, el movimiento estudiantil fue reprimido de modo brutal. Sin embargo, al poco tiempo la resistencia asume novedosas formas de asociatividad, revestidas esta vez de un proyecto cultural.

De esta forma, apareció en la U. de Chile la agrupación Cultural Universitaria (ACU) que por medio de obras de teatro, paseos a Isla Negra, actos en el Caupolicán y muchas otras formas creativas de organización y expresión asumió la construcción del movimiento estudiantil[16]. Del mismo modo, subterráneo e ilegal, surgió él CORREME (comité reorganizador del movimiento estudiantil), el Comité de Participación, el Núcleo de Resistencia Universitaria (NRU). A pesar del intento dictatorial de generar una  organización estudiantil funcional al régimen (la FECECH), la democratización autónoma y progresiva de los Centros de Alumnos en las universidades, sobrepasó estos proyectos y genera, a la larga, la reconstrucción de las Federaciones de Estudiantes, movimiento que acompañó las protestas de 1983 y 1984[17]. El protagonismo de este proceso estuvo marcado por el liderazgo de sectores tradicionalmente muy poco vinculados a las iniciativas políticas en el período anterior. Es significativo, en el caso de la UC., que en 1979 ochenta estudiantes de la Facultad de Teología fueran sancionados por leer en el patio del Campus Oriente  una proclama de solidaridad con los trabajadores en el 1 de Mayo.  El presidente gremialista de la FEUC solicitó en esa ocasión el traslado de la Facultad de Teología por el mal ejemplo que representaba para el resto de las carreras de la Universidad[18]. En 1983, en la misma Universidad, la carrera de Teatro es cerrada debido a que la totalidad de los estudiantes acató el llamado a paro convocado por las organizaciones sindicales en el contexto de la primera protesta nacional.

La reorganización de las Federaciones de Estudiantes implicó un regreso de la hegemonía de los partidos políticos en la conducción del Movimiento Estudiantil. Si hasta ese momento los grupos culturales o testimoniales habían ganado una legitimidad y liderazgo consistente, a partir de la apertura política y electoral que implicó la democratización de las Federaciones de Estudiantes se inicia una nueva conducción[19]. En cierto modo, esta forma de generar la reorganización del movimiento estudiantil, institucionalizando y dando conducción “política” a sus demandas, adelantó en varios años el proceso de transición por medio de acuerdos cupulares que permitiría el paso de la dictadura a la nueva “Democracia neoliberal de los noventa”.

En efecto, en medio de la crisis de la dictadura, en los años 83 y 84, el movimiento subterráneo y silencioso que levantó la democratización de los CCAA., los eventos culturales, las peñas, los actos en los patios y condujo las primeras protestas, es desplazado por militantes de partidos políticos, en especial una nueva camada de estudiantes de derecho, que capitalizan el movimiento social en la reorganización de las nuevas Federaciones de Estudiantes. Es el caso de dirigentes tales como José Tomás Jocelyn-Holt y en la FEUC y Germán Quintana en la FECH. De este modo, las organizaciones estudiantiles se transformaron en las vocerías juveniles de los proyectos de transición pactada que los dirigentes de la Alianza Democrática y luego la Concertación propondría al país. Por esta razón, en este período, la prensa opositora destacó con profusión la conducción de estas Federaciones y construyó a partir de ellas las campañas de inscripción juvenil en los registros electorales y del NO en el plebiscito de 1988.

En el ámbito de propuestas universitarias, estas Federaciones sólo mantuvieron un discurso de defensa de los estudiantes y académicos perseguidos, pero no pudieron influir en el nuevo marco que desde 1981, con la Ley General de Universidades, se impuso en las Instituciones de Educación Superior. Un ejemplo de ello fue la llegada a la rectoría de la U. de Chile de José Luis Federicci, en 1988, acompañado de un proyecto de gibarización de la corporación. A la postre, a pesar de la masividad del rechazo de Federicci, que logró sacarlo de la rectoría, el proyecto que él debía implementar se continuó aplicando en los años siguientes, tanto bajo la rectoría del conservador Juan de Dios Vial Larraín, como del DC Jaime Lavados.

  1. 5 La Transición como naufragio de las Federaciones de Estudiantes

 El proyecto de democratización de las Federaciones de Estudiantes es un ensayo a escala de las nuevas alianzas y modalidades de disciplinamiento social que se ejecutarán en la transición pactada. Un caso emblemático es que estas elecciones sirven como un modo de medición de fuerza entre el MDP y la Alianza Democrática, conducida por la DC. El triunfo de esta última fuerza, gatilló el apoyo incondicional de las nuevas e idealizadas instituciones estudiantiles democráticas al proyecto político diseñado desde la óptica de asumir el dispositivo constitucional y avanzar en una perspectiva encaminada a una resolución electoral del conflicto con la clase política militar. En este sentido, las tareas de estas Federaciones fueron esencialmente políticas: agitación para el crecimiento partidario, fortalecimiento de la integración de la Alianza Democrática y luego de la Concertación.

La llegada de la democracia neoliberal de los noventa, como un sorprendente develamiento de una carencia insospechada, reveló públicamente los pies de barro de las  hasta ese momento combativas Federaciones de Estudiantes. Si estas estructuras estudiantiles, diseñadas y apoyadas desde las direcciones políticas de los partidos opositores, fueron claves e importantísimas como portavoces sociales y juveniles de su conducción, ahora pasaban a ser inútiles instrumentos que sólo servirían como entretenimiento para las camarillas de las juventudes políticas. Se revelan como adminículos atractivos para “posicionar” liderazgos juveniles de candidatos a formar parte de la “clase política”. Fuentes, además, de recursos frescos a licitar en la nueva fiesta de la “Democracia de los acuerdos”

La transformación del sistema de Educación Superior, operada desde la Ley de Universidades del año 1981 y definitivamente consagrada en la Ley Orgánica Constitucional de Educación (LOCE), del 10 de Marzo de 1990, sepultaron las posibilidades de retomar el truncado proyecto de Reforma Universitaria del Chile desarrollista y populista[20]  Por lo menos, lo imposibilitó absolutamente desde la lógica de la Clase Política que asumió la conducción del proceso en 1990. Esta situación reveló que la tarea histórica de las Federaciones de Estudiantes es vaciada de sentido y significado. ¿Qué hacer con estas maquinas de movilización estudiantil, ahora que no hay que movilizar a nadie? ¿Qué hacer ahora que lo importante, dice el nuevo gobierno, es generar reconciliación y gobernabilidad? El desesperante proceso de buscar una respuesta a esta pregunta convierte a estas Federaciones en cadáveres burocráticos que ya no son capaces de convocar ni a sus propios partidarios. Solo queda la posibilidad de administrar “gremialistamente”  un aparato de representación, diseñado en una lógica de protección de la gobernabilidad, a favor de la operatividad y eficacia de las directivas de las Federaciones de Estudiantes En efecto,ante a la necesidad de enfrentar tareas de oposición directa a la Dictadura, las nuevas federaciones “democráticas” fueron diseñadas como verdaderas empresas donde la eficiencia total y el autoritarismo se unen para legitimar la conducción de la nueva “elite” dirigencial.

El inevitable fracaso de conducir Federaciones de Estudiantes desde la lógica rastrera y disciplinada de dirigentes concertacionistas, llevó a estas instituciones a un final trágico: La FECH no logró constituirse al fin de 1993 y desaparece por completo al término de 1994, luego de escándalos financieros y un nivel altísimo de apatía electoral  El mismo fenómeno ocurrió en la FEUSACH en donde sólo se mantuvo un Consejo de Presidentes de CCAA. En la FEUC, luego de un intento desesperado de una directiva socialista (esta vez separada de la DC) por generar un proyecto que supere la lógica meramente administrativa, el Movimiento Gremial asumió la conducción en 1994 por cuatro años seguidos.

La oligarquización de los dirigentes estudiantiles, la incapacidad de salir del esquema de demandas parciales a las instituciones, la falta de participación y la corrupción administrativa terminaron por matar este proyecto

En medio de la crisis de las Federaciones Estudiantiles de 1993, comenzó a articularse el germen de un nuevo proyecto para el movimiento estudiantil. En esta lógica se inscribe la experiencia del movimiento por “La Reforma” o la “Nueva Reforma”, que desligándose de las iniciativas políticas de la Concertación y las Juventudes Comunistas, propuso una recuperación de las demandas históricas de la Reforma Universitaria de los años sesenta. Esta organización funciona en base a asambleas en la U. de Chile, UMCE y UTEM. Si bien esta experiencia permitió esbozar un programa para el momento, no fue suficiente para cohesionar a todos los participantes en una misma organización. Además, esta reflexión fue básica en la deslegitimación de la estructura institucional de las Federaciones y CCAA tal como estaban diseñadas hasta este momento.

A partir de estas y otras experiencias de reflexión y la necesidad de generar nuevas formas de expresión política y social, comienza a desarrollarse el fenómeno de los Colectivos Universitarios.

 2.Los Colectivos Universitarios: un interrogante a dilucidar

 Existen en la actualidad dos artículos específicamente abocados a los colectivos universitarios: El de Guillermo Holzmann y Felipe Munizaga[21] y el de Nancy Garín y Patricia Torres.[22] Estos estudios, difiriendo absolutamente en la perspectiva de la valoración del suceso, permiten atisbar elementos de caracterización de estos movimientos sobre la base de descripciones convergentes.

El estudio de Holzmann y Munizaga afirma, desde una perspectiva académica, que el surgimiento de estos colectivos se debe interpretar en el contexto de procesos de globalización y modernización:

Finalmente analizaremos el surgimiento de una especie de movimiento social que yo denomino protoanarquismo (o anarquismo incipiente) asumiendo que  su acción está determinada, de algún modo, por  los procesos  de modernización que implican integración y también por los elementos que enmarcan o condicionan la modernización latinoamericana” [23].

Por esta razón, luego de describir lo que a su juicio caracteriza la modernización en América Latina, elabora las tipologías que asumirían las organizaciones “Protoanarquistas”, sintetizándolas en los principios de rechazo a toda forma de jerarquía, la abolición de instituciones sociales entre el hombre y el Estado, anticapitalismo, antimilitarismo, libertad para alcanzar la igualdad y solidaridad, la acción directa, y la prioridad de la participación por sobre la representación. Estas descripciones son confrontadas por el profesor Holzmann con entidades que define básicamente como “(…) la acción de grupos universitarios y organizaciones de base como los grupos ecologistas”[24].  Para Holzmann, las condiciones en que surgen estos grupos universitarios son las siguientes:

  • Globalización homogeneizadora dentro de la ideología democrática liberal.
  • Un quiebre en la identidad de los individuos incorporados en el proceso modernizador, lo que genera inseguridad metafísica y una sensación de búsqueda que lleva a demandar al sistema, tanto por vías establecidas o desde el margen del mismo.
  • El establecimiento de un equilibrio global en el consenso “democracia y libre mercado”.
  • Surgimiento de subculturas nacionales. Dentro de este fenómeno se ubican las expresiones políticas que por su constitución son de difícil estudio.
  • Una despolitización progresiva de la sociedad, en donde las consignas tradicionales no logran la adhesión de los jóvenes. Los nuevos grupos universitarios convocarían las expectativas inmediatistas de quienes han perdido la confianza en la democracia y los políticos.
  • De este modo, los nuevos grupos se pueden clasificar como anarquistas en cuanto privilegian la acción directa y selectiva, no descartando la violencia, por sobre la negociación o el convencimiento.
  • Para analizar este fenómeno no sería pertinente la utilización del concepto de marginalidad, ni grupos de interés, grupos de presión, o partidos políticos.

En esta caracterización es posible percibir un acento en la negación que suponen los colectivos más que una afirmación de su propuesta. Otras opiniones convergentes con este criterio más bien negativo son algunas como las de Andrea Insunza que afirma: “Quiero puntualizar que en mi experiencia, estos colectivos, antes que grupos con ciertos proyectos, se constituían sobre todo, como una negación a la lógica partidaria[25]

La visión del estudio de Nancy Garín y Patricia Torres acentúan las motivaciones que los jóvenes que participan en los colectivos poseen, y desde esa perspectiva sus elementos prospectivos:

  • Búsqueda de expresiones diferentes a las ya experimentadas de la necesidad de cambio social.
  • Interés por la discusión y el debate de ideas.
  • Afirmación de valores políticos como la horizontalidad, la democratización y la creación de una opinión, en especial en los temas universitarios
  • Esto se manifiesta en acciones concretas, planificadas y llevadas a cabo, tales como participar en elecciones de Centros de Alumnos, Federaciones de Estudiantes, Trabajos Voluntarios, coordinaciones con ortos sectores sociales como Pueblos Indígenas y Movimientos Sindicales, etc.
  • Afirmación del compromiso desinteresado y la militancia social, que supera cualquier interés inmediato de retribución desde una actitud gratuita en que no cabe la obligación
  • Fuerte sentido de pertenencia que despliega liderazgos reconocidos en el medio social en que se desempeñan.
  • Asumen la representación como mecanismo normal, más allá de las críticas que desempeñan al respecto, al inicarse como dirigentes universitarios. Esto supone la incorporación activa de mecanismos de convencimiento social.

Los colectivos universitarios pueden ser abordados, además, por medio de sus propias publicaciones que documentan sus proyectos y actividades[26] .

 Según Nancy Garín y Patricia Torres[27], los colectivos universitarios se pueden caracterizar como organizaciones formadas en su mayoría entre 1995 y 1996, en torno a la expresión social, cultural y política de estudiantes de Izquierda, que no se representan con las estructuras políticas existentes. Tienen una proyección de trabajo social y político exterior al ámbito universitario. Entre los colectivos puede existir coordinación y agrupamientos en redes de diferente profundidad y compenetración. Llevan adelante propuestas de reforma universitaria y de reivindicación gremial, como también pueden limitar su intervención en el espacio intrauniversitario a la propaganda y el reclutamiento de cuadros para trabajos extrauniversitarios.

Su discurso, unánimemente, rechaza las formas de asociatividad desarrollada por las juventudes políticas. Según el estudio de Holzmann y Munizaga[28] sus características organizacionales son dinámicas y flexibles, basadas en líderes naturales, y autónoma de toda institución exterior. Privilegian la acción directa y menosprecian la negociación y el diálogo. En todos los estudios es central la opinión con relación a la importancia que estos nuevos movimientos sociales asignan a la participación directa y el rechazo a las lógicas representativas.

2.1 De fenómeno marginal a amenaza a la gobernabilidad

La desaparición (o gremialización) de las Federaciones de Estudiantes en 1993 aportará fuerza al surgimiento de los colectivos como organización básica de un nuevo proyecto estudiantil, en desarrollo. En medio del fracaso de la institucionalidad estudiantil sólo quedó  espacio para el lamento y la nostalgia. Tomás Moulián afirma en 1995:

Vivimos una época en que los estudiantes no están en condiciones de pensarse como movimiento que asume la crítica radical a la institución universitaria  actual.  Vivimos,  por  lo  tanto,  una  situación  de empantanamiento. Un momento en que la institución universitaria no está sometida a la tensión de una fuerza interna que busca desequilibrarla para recrearla[29]

 A los dos años de esta afirmación, un gran movimiento universitario nacional paralizaba la mayor parte de las Universidades tradicionales y sacó a la calle a 10000 jóvenes, el 12 de Junio de 1997. ¿Qué ha pasado en este tiempo? Mientras tanto, El Mercurio comienza a hablar de “anarquismo con pañoleta”, en relación a “grupos marginales” que se expresan con “una furia rabiosa”[30]. La Segunda elabora el “perfil de encapuchado: “individuo de baja autoestima que es fundamentalmente anárquico, sin creencia definidas[31]. La Tercera[32] habla de “Un movimiento protoanárquico en crecimiento”, basándose en los primeros estudios de Holzmann y Munizaga: expresión inorgánica y carente de proyecto de sectores juveniles anómicos.

En los años de aparente baja (y muerte institucional) del movimiento estudiantil se han generado una serie de micro organizaciones básicas que han reconstruido el tejido social de las universidades. Este fenómeno, junto a un cambio en la representación política de las Federaciones de Estudiantes, permitió generar un quiebre con la anterior modalidad de funcionamiento.

En la U. de Chile la FECH es refundada desde un difícil proceso entrabado por las juventudes políticas de la Concertación que llegó a un congreso definitorio. Las JJCC asumen la conducción de la nueva Federación.

Proceso similar vive la USACH. La UMCE, huérfana de Federación por su separación de la U. de Chile, refunda su Federación en 1996 y comienza a conducirla el colectivo ENU. En la UTEM ocurre algo similar a partir de 1997, con los colectivos En Marcha y MOVER. En la UC, durante los años “gremialistas”, la izquierda se agrupa en la “organización “MURGA”[33]  reclama por la refundación de la FEUC desde una estructura participativa. De año en año llama a la abstención para generar él quiebre, pero al no lograrlo presenta una lista a la directiva en 1997 con esta intención, ganado las elecciones.

Al mismo tiempo en que se refundan las Federaciones, a partir de 1996 “resucita ” la antigua coordinación de las Federaciones de Estudiantes de los ochenta: La CONFECH. Esta organización, sin embrago, no logró articularse plenamente, debido a que año a año, en medio de los conflictos, el sector concertacionista quebró los acuerdos, negoció salidas pactadas con el MINEDUC. En 1998 este sector se retira en bloque del Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios en Valparaíso, argumentando la defensa del carácter no resolutivo de este evento.

El nuevo movimiento estudiantil, por lo tanto, se presenta como claramente rupturista, tanto frente a las formas de organización institucional de los estudiantes como al sistema universitario. El giro programático se hace evidente en el predominio de la Izquierda extraparlamentaria y en relación al mismo movimiento, el nuevo fenómeno de los colectivos asume la crítica radical a las formas de acción política desarrolladas hasta la fecha:

“Creemos en la construcción del movimiento estudiantil como sujeto crítico, no sirve para quienes tenemos real vocación por la construcción de un movimiento popular con capacidad de autoconstrucción de sentidos propios, un movimiento estudiantil sin conciencia de sus demandas, sin claridad respecto de los pasos que da, sin autocriticar sus lógicas, que se duerma en los laureles a cada paso dado. El proyecto popular requiere, muy por el contrario, un movimiento estudiantil que sepa claramente lo que hace y por qué. Nadie puede sustituir la riqueza de la construcción y conducción que el actor social haga de sus propias luchas. Creemos en la potencialidad del movimiento social y en la necesidad de rearticulación de un movimiento de bases realmente democrático y con sentido de proyecto. Es los que afirma la necesidad de crear una nueva Izquierda, de un actor nuevo que, asumiendo el desafío de la construcción de poder popular supere las prácticas de la Izquierda Tradicional”[34]

Esta emergencia de un nuevo tiempo en el movimiento estudiantil es posible de describir diciendo:

Yo diría que se ha abierto un panorama que tiene que ver, por un lado, con el fortalecimiento de las organizaciones políticas de Izquierda Tradicional, que es extraordinariamente positivo, y por otro se intenta llenar un espacio, desde lógicas parciales o muy locales, fragmentadas, que ocupó una Izquierda que tuvo su expresión histórica, como por ejemplo el MIR o el MAPU o la IC y una serie de organizaciones que, producto de la transición han sido desarticuladas, derrotadas  etc. Y que hoy comienzan a expresarse de otro modo, con otros nombres e identidades, con imágenes diferentes”[35].

Esa interpretación, supone reconocer una cierta continuidad con la historia de los movimientos sociales anteriores, pero también un nuevo modo, absolutamente diferente de enfrentar la realidad.

2.3 Hacia una interpretación del fenómeno.

El surgimiento de los colectivos universitarios representa un signo de los cambios generales que ha asumido la sociedad chilena a partir de la post dictadura, en un contexto de globalización neoliberal. En este sentido, su existencia es un síntoma de otros cambios que merecen estudios más amplios que este. Pero es posible caracterizar algunas de las transformaciones sociales que impactan en el surgimiento de los colectivos universitarios:

Los colectivos universitarios surgen en medio de un ambiente en progresiva despolitización y en donde los partidos políticos, y en este caso las juventudes políticas, se muestran en profunda crisis de sentido.

Al multiplicar la violencia a través de la mediación del mercado, la economía burguesa ha multiplicado también sus propios bienes y sus fuerzas de tal modo que para su administración ya no necesita no solo de los reyes,  sino tampoco de los ciudadanos: necesita de todos. Todos aprenden, a través del poder de las cosas, a desentenderse del poder. La ilustración se realiza plenamente y se supera  cuando los fines prácticos más próximos se revelan como lo más lejano logrado, y las tierras de “las que sus espías y delatores no recaban ninguna noticia” es decir, la naturaleza desconocida por la ciencia dominadora, son recordadas como las tierras del origen[36] .

Este fenómeno se debe complementar el desencanto juvenil con relación a la participación electoral, demostrada en las cifras inscripción en SERVEL o los niveles de rechazo al sistema político. De acuerdo al estudio “Participación social y política de los jóvenes” realizado por INJUV el 58% de los jóvenes están inscritos en los registros electorales. No se evidencian diferencias importantes en el ámbito de sexo o nivel socioeconómico. Sin embargo, si se aprecian diferencias en el ámbito de edad, en la medida que esta aumenta. En el segmento comprendido entre los 25 y 29 años es constatable un alza en los porcentajes de inscripción electoral (77,40 %), lo que tiene correlación con que esta generación tuvo participación en el plebiscito de 1988 y en las elecciones de 1989. Este porcentaje baja al 52.40% entre los 20 y 24 años y a un 14,50% entre los 18 y 19 años.

Es posible constatar, que este fenómeno es ratificado en la encuesta del INJUV en una pregunta referida a la posibilidad de reinscripción electoral. Consultados sobre la hipotética posibilidad de reinscribirse en los registros electorales, solo casi un 60 % de los jóvenes ya inscritos lo volvería a hacer, lo que muestra que casi un 42% de los inscritos no volvería a hacerlo. Este dato, representativo del 24% total de los jóvenes, más el 42% de jóvenes no inscritos es posible afirmar que casi dos tercios de los jóvenes no legitiman el sistema electoral. Entre los jóvenes mayores es donde se manifiesta con mayor frecuencia la alta de voluntad para repetir su registro en SERVEL, lo que es posible de asimilar a mayor decepción del sistema político.

Este descrédito y falta de legitimación social del sistema político explica la baja sistemática de las juventudes políticas en términos numéricos y de sus actividades. Esta situación es posible de caracterizar como falta de identificación política con las organizaciones y coaliciones existentes. De hecho, esta situación se muestra en que un 44% de los jóvenes en 1997 no se identifica con ninguno de los partidos. En 1994 esta cifra era del 32,3%. El descontento respecto a la Concertación se traspasa a este grupo y no se suma a la oposición parlamentaria ni extraparlamentaria.

Esta situación no debe asimilarse con una necesaria falta de posición política de los jóvenes. Consultados a nivel de tendencias políticas (izquierda, derecha, centro, centro izquierda, centro derecha) sólo un 29% manifestó no alinearse con ninguna. Al parecer, la desidentificación pasa por la falta de representatividad de los partidos. Solo la Derecha parece no sufrir esta dificultad: Si un 18% de los jóvenes se identifica con los partidos de la oposición parlamentaria, un 17 % se identifica con la Derecha. En cambio, si un 24 % de los jóvenes se identifica con la Izquierda, sólo el 6.9 % lo hace con la oposición extraparlamentaria.

Esta situación de desvinculación política no debe comprenderse como incapacidad de organización y participación juvenil. La supuesta anomia juvenil se desvanece si constatamos que casi un 50% de los jóvenes es activo en algún tipo de organización. Los jóvenes, en el caso que nos ocupa, demuestran su rechazo a las formas jerarquizadas e institucionales de expresión política y se vuelcan a estructurar sus propias organizaciones en forma directa, en donde la racionalización burocrática es superada por lazos de reciprocidad, amistad y confianza mutua[37].

  1. 4 Postmodernidad, regreso del sujeto y la devolución de poder hacia abajo. La nueva subjetividad imperante

  A partir de la crisis de 1982, el mundo ha contemplado una nueva fase en su desarrollo en donde las formas de concentración del poder construidas en los años del fordismo se ven llamados a transformarse[38]. Este fenómeno de devolución de poder es posible de aplicar a la realidad de la política, en donde formas básicas de participación y acción organizadas desde estructuras centralizadas y jerárquicas se ven cambiadas hasta diluirse en nuevos modelos de movimientos sociales o ciudadanos que se sienten llamados a reconstruir su vínculo con el poder. Esta situación lleva aparejada la fragmentación, la particularización de las luchas y su arraigo a un nivel local. En el caso de los colectivos, cada uno de ellos se desarrolla desde su presencia en una Universidad determinada, e incluso, pueden restringir su acción a un solo Campus Universitario.[39]

Junto a toda esta caracterización, la globalización neoliberal es acompañada de la crisis del proyecto moderno. La idea de progreso y los metarrelatos que la sustentaban dan paso a una hegemonía de un ethos predominantemente subjetivo, relativista  e incluso, narcisista. El ideal de la fruición y el goce se superpone a los viejos esfuerzos modernos por sacrificar el presente en espera de la realización del proyecto de futuro. Se hace evidente la necesidad de espacios de refugio social que permitan dar un sentido a la vida.[40]

La cultura postmoderna es un vector de ampliación de individualismo; al diversificar las posibilidades de elección, al anular los puntos de referencia, al destruir los sentidos únicos y los valores superiores de la modernidad, pone en marcha una cultura personalizada o hecha a medida que permite al átomo social emanciparse del balizaje disciplinario-revolucionario.” [41]

Por ello se puede establecer un nuevo sentido común en la convocatoria que establece estos proyectos de organización:

En la actualidad son más esclarecedores los deseos individualistas que los intereses de clase, la privatización es más reveladora que las relaciones de producción, el hedonismo y el psicologismo se imponen más que los programas y formas de acciones colectivas por nuevas que resulten (lucha antinuclear, movimientos regionales, etc.), el concepto de narcisismo tiene por objeto hacer de eco a esa culminación de la esfera privada.”[42]

Así es como el narcisismo asume una centralidad cultural como expresión del individualismo total, en donde el poder es cada vez más débil, más difuminado en experiencias fragmentadas y presentes en micro organizaciones y vínculos más particulares, más centrados en los intereses personales y específicos, por medio de redes solidarias que involucran a seres que compartan las mismas preocupaciones inmediatas  que generan el colectivo.

El tema recurrente de este micro-espacio de poder es la información y la expresión, en donde el hecho de comunicarse está por sobre los mismos contenidos expresados. Por ello no es posible plantear, desde la nostalgia de los poderes centralizados y fuertes, un restablecimiento de las anteriores  motivaciones que sustentaban el espacio público.

Este poder débil es, por lo tanto, expresión de un cambio que afecta a las bases de las construcciones políticas de la modernidad. Conceptos como el de Estado nacional, representatividad, ciudadanía, progreso o desarrollo se desdibujan hasta un punto en que parecen representar ilusiones de un tiempo ya olvidado. Al parecer, es el momento de las paradojas, en que el vaticinio de Tocqueville se ha vuelto contra sí mismo:

Observo que hemos destruido las existencias individuales capaces de luchar separadamente contra la tiranía; pero veo que es el gobierno  el único en heredar todas las prerrogativas de las familias, a las corporaciones, o a los hombres. Así pues, a la fuerza algunas veces opresoras, pero a menudo conservadora, de un reducido número de ciudadanos, ha sucedido la debilidad de todos”. [43]

Tal vez, son esos débiles de ayer los que vuelven, cual fantasmas, a reclamar su parte como protagonistas y depositarios de  sus propias luchas, frente a un poder que solo guarda los recuerdos de su fortaleza.  Es el regreso del sujeto..

2.4 Los Colectivos Universitarios: ¿Capital Social Variable? ¿Redes para una nueva Gobernanza?

En síntesis, luego de lo expuesto, es posible proponer la posibilidad de caracterizar a los Colectivos Universitarios como una expresión de capital social variable[44], para lo cual se plantea como hipótesis que el surgimiento de estas micro-organizaciones estudiantiles responde a la emergencia de una nueva “gobernanza”, o “despliegue histórico de capital social en todas sus formas, tendiente a la socialización del Estado y del Mercado”.

 El capital social variable se puede caracterizar como aquella energía social sinérgica que no se encuentra acumulada como tradición o precondición participativa de una comunidad local y no está determinada por ninguna lógica exterior. Su dinámica potencia la acción directa y promueve fuertemente la asociatividad y construcción de identidades colectivas. Frente al sistema sólo establecen negociaciones directas, previas a todo marco legal o enfrentamientos físicos directos. En cuanto esta energía social genera un nivel de participación ciudadana limita el subsistema de representantes, sobrepasa el sistema de negociación y torna hegemónico el nivel horizontal de la sociedad civil”, es posible afirmar que este tipo de organización  promueve una nueva reconstrucción del Estado y el Derecho desde el poder ciudadano.

Al no establecerse como tradición cívica de una comunidad local propiamente tal, el capital social variable tiende a la formación de redes sociales construidas sobre la base del principio de reciprocidad y desde una informalidad que le permite superar las contradicciones del sistema[45].

Dimensiones presentes en la constitución de Capital Social Variable, para estos efectos pueden ser, a mi juicio,  las siguientes:

Construcción de Asociatividad: entendida como las formas de organización y vinculación que agrupan y cohesionan a las personas que participan en estos espacios y las maneras en que ejercen sus roles y funciones al interior de su propia estructura.

Construcción de identidad compartida: entendida como la capacidad que esos grupos poseen de autodefinirse y buscar un horizonte explicativo en común.

Construcción de acciones comunes: en cuanto a la generación de actividades directas y manifestadas en el espacio público, que expresan al grupo y tratan de  producir impacto a partir de los objetivos que los propios participantes se han fijado.

Estas dimensiones se pueden operacionalizar desde el siguiente esquema, que podría encaminarse en la línea de elaborar un instrumento que permita contrastar la hipótesis planteada en esta línea argumentativa.

 

Dimensión Indicador Pregunta
 

Asociatividad

·                    Jerarquías

 

 

·                    Roles/Funciones

 

 

 

 

 

·                    Grado de cohesión o integración

 

 

 

 

·                    Motivaciones de pertenencia al grupo

·                    Forma de relacionarse con otras organizaciones de la Sociedad Civil

 

·                    Forma de relacionarse  con el Estado y al Mercado

·                    Describa el tipo de jerarquía que existe entre los miembros del grupo

·                    Describa los roles y funciones que existan al interior de su organización y el modo como se asignan estas responsabilidades.

·                    ¿Cómo describirías el funcionamiento de su organización en cuanto a la participación y el sentido de pertenencia de sus miembros?

·                    ¿Porqué participa Ud. en esta organización?

·                    ¿Cómo se vincula su colectivo con otras organizaciones de la sociedad civil?

·                    ¿Cómo se relaciona su organización con el Estado y sus instituciones?

·                    ¿Cómo se vincula con los instrumentos del mercado, como la empresa privada, instituciones financieras, etc.?

Identidad ·       Elementos diferenciadores

 

 

 

·                    Racionalización y sistematización de su proyecto

·                    ¿Cuales elementos le otorgan identidad a su organización y qué supone esta caracterización?

·                    ¿A su juicio, cuales son los objetivos que motivan la existencia de su organización?

·                    ¿Cómo han llegado a establecer estos objetivos?

Acciones ·                    Actividades y procesos iniciados por iniciativa propia.

 

·                    Actividades y procesos en que participa en asociación con otros actores

·                    Actividades y procesos que realiza como apoyo a otros actores

·                    ¿Qué tipo de actividades o procesos organiza o promueve su organización?

·                    ¿Qué actividades o procesos organiza en conjunto con otras organizaciones?

·                    ¿En que actividades o procesos participan convocados como apoyo a otras organizaciones?

En conclusión, los estudios generales ya existentes permiten iniciar un intento explicativo más acabado que lo que han realizado los análisis descriptivos realizados hasta el momento en el campo de los colectivos universitarios. De este modo, es posible pensar en investigaciones más acabadas que tengan en cuenta la posibilidad de generar una hermenéutica de los “sentidos comunes” que motivan a estos actores sociales.

 

[1]              Varios Autores, “Breves ensayos sobre Universidad”, Ed. Universitaria, Santiago, 1953, p. 23

[2]              Rivas Patricio, “La ética disidente de la Universidad en Crisis”, En: Encuentro XXI, Nº 9, 1997, P. 20.

[3]              Declaración de la Convención de la FECH de 1920, En: Vitale Luis, “Interpretación Marxista de la Historia de Chile”, Tomo V, Ed. Lom, Santiago,  1998 P. 187.

[4]              Manifiesto de Córdoba, extractos. Argentina 1918, En: Encuentro XXI, Nº 9, 1997, P.10.

[5]              Teltelboim Volodia, “Entorno histórico de la reforma universitaria”, En:La reforma Universitaria en Chile”,  Ed. Universidad de Santiago, 1997, P. 27.

[6]              Telteiboim Volodia, op. cit. p.30

[7]              Frei Montalva Eduardo, “Memorias”, En: Joselyn-Holt Alfredo, “El Chile Perplejo”, Ed. Planeta/Ariel, Santiago, 1998. P.82.

[8]              Gumucio, Rafael Agustín, “Apuntes de medio siglo”, Ed.  Chileamérica Cesoc, Santiago, P. 63.

[9]              Salazar Gabriel, Pinto Julio, “Historia Contemporánea de Chile”, Vol. I, Ed. Lom, Santiago, 1999. P.58

[10]             Cumplido Francisco, “Movimientos sociales y movimientos universitarios”, Cuaderno de Estudios. Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 1971, P. 87

[11]             Solar Miguel Ángel, Presidente de la FEUC en 1967, En:La reforma Universitaria en Chile, VVAA, Ed. Universidad de Santiago, 1997, P. 34.

[12]             Solar Miguel Ángel, “Discurso de inauguración del año académico UC”, Santiago, 7 de Abril de 1967.

[13]             Cohen Robert, “Rebelión en Estados Unidos, Antología documental”, Ed. Siglo Veintiuno, México, 1969, P.  315.

[14]             Garretón Manuel Antonio, “La reforma en la Universidad Católica de Chile”, Ed. Corporación de promoción Universitaria, Santiago 1985 p. 45.

[15]             Objetivos y fundamentos doctrinarios del Gremialismo, Editado por el Movimiento Gremial UC, Sin fecha de publicación.

[16]             AAVV, “El LibrACU”. Autoedición limitada, Santiago, 1998, P. 32

[17]             Agurto Irene, de la Maza Gonzalo, Canales Manuel, “Juventud Chilena, razones y subversiones”, Ed. ECO, FOLICO, SEPADE, Santiago 1985, P. 42

[18]             Revista “Iglesia de Santiago”, Junio de 1979. Número dedicado por completo a la disputa generada entre Monseñor Silva Henriquez y el rector Swett por los intentos de expulsión de estos estudiantes.

[19]             Acerca de este proceso en la FEUC Valenzuela Esteban, “Fragmentos de una generación”, Ed. Aconcagua, Santiago, 1987. Acerca del proceso en la U. de Chile: Lübetich Yerco, Brodsky Ricardo y otros, “Conversaciones con la FECH”, Santiago,  1985.

[20]             Insunza Jaime, “Hacia una educación equitativa y democrática”, En: Programa Chile Sustentable, “Por un Chile Sustentable”, Santiago, 1999, Pp. 81-85.

[21]             Holzmann Guillermo y Munizaga Felipe, “Estudios de movimientos sociales de características protoanarquistas” (versión preliminar), Ed. Instituto de Ciencia Política, Universidad de Chile, Santiago, 1999, p. 5

[22]             Garín Nancy, Torres Patricia “Los Colectivos Universitarios, una nueva forma de organización”, memoria para optar al título de periodista, Universidad .Nacional Andrés Bello, Santiago, 1999, p. 45

[23]             Holzmann G., Op. Cit., P. 3.

[24]             Holzmann G., Op. Cit, P. 12

[25]             Fundación IDEAS, Programa jóvenes y ciudadanía, Taller de coyuntura juvenil, Tema Nº 3: “Juventudes políticas entre máquinas y sueños”, 1998,  P. ii.

[26]             Revista Catacumba, Colectivo Maestranza, (PUC, Santiago), Pasquín “La Propiedad es un robo” de la  Organización Libertaria J@ (PUC y U de Chile), Revista Sabotaje, Movimiento Marginal Guachuneit,  Boletín de la ENU, (Pedagógico, Stgo.), Entre otras publicaciones.

[27]             Garín Nancy, Torres Patricia, Op. Cit, p. 56.

[28]             Holzmann Guillermo, Munizaga Felipe, Op.Cit,p. 87

[29]             Moulián Tomás, En: “La Reforma Universitaria en Chile”, Op. Cit, P. 18.

[30]             El Mercurio, cuerpo D, Pp.19-20, 06 de Octubre de 1996, En: Garín N., Torres P., Op. Cit, P. 26.

[31]               La Segunda, 13 de Septiembre de 1996, P. 16, En: Garín N.,  Torres P., Op. Cit, P. 24.

[32]               La Tercera, 5 de Octubre de 1998, En: Garín N.,  Torres P., Op. Cit, P. 26.

[33]             “Movimiento Universitario Rebeldes Generando Acción”, organización que cobijó a diversos colectivos de la UC, a las JJCC. y estudiantes independientes .Nace en 1995 y desaparece en 1997 para dar paso al Frente de Estudiantes de Izquierda (FEI).

[34]             Extracto de la declaración pública emitida por los colectivos Changó (U. De Chile), Maestranza – FEI (UC), ENU (Pedagógico), En Marcha (UTEM) en Agosto de 1998, con motivo del Congreso nacional Universitario de la CONFECH.

[35]             Caro Miguel, Primer Presidente de la Federación de Estudiantes del Pedagógico (FEP) y miembro del colectivo Estudiantes por la Nueva Universidad (ENU), En: Encuentro XXI, N° 9, Pp. 103-104.

[36]             Horkheimer M.,  Adorno Th., “Dialéctica de la Ilustración”, Pp. 94-95.

[37]             “Las relaciones son gratas y en un comienzo eran más un grupo de amigos. Ahora la organización tiene un carácter más formal pero hay fuertes niveles de amistad, aunque no todos al mismo nivel. Salen juntos en los fines de semana y se acompañan en los momentos de ocio”. Descripción del colectivo “Estudiantes En Marcha” de la UTEM, En: Garín Nancy, Torres Patricia, Op. Cit., P. 62.

[38]             “La ola devolutiva es presentada como una dispersión calculada y multidireccional (una suerte de Big Bang controlado) de los poderes centrales acumulados, a efectos de llevar el viejo proceso de modernización a una fase todavía más avanzada”, Salazar Gabriel, “De la participación ciudadana: capital social constante y capital social variable” En: Recopilación de textos de apoyo a la docencia, Vol. III, Universidad de Chile, Santiago, 1999,p. 43

[39]             “Compuesto por 18 integrantes, organizados fundamentalmente con el principio de “horizontalidad y autonomía”. Entienden como horizontalidad un tipo de relación no jerárquica e igualitaria en que cada tema es discutido y cada decisión es tomada por todos” descripción del colectivo Maestranza de la UC. En: N. Garín y P. Torres. Op. Cit. pp. 71.

[40]             “Son gente de personalidad muy “fiestera”. Con una mirada bastante  progresista y preocupados que en lo cotidiano se vaya mostrando ese compromiso que ellos han denominado “subjetivos” como es el tema del género, la cultura, etc.”  Descripción del colectivo Changó de la U. de Chile, En: Garín N., Torres P., Op. Cit, P. 64.

[41]             Lipovetsky G., “La era del Vacío”, Ed. Anagrama, Barcelona, 1996, P.11.

[42]             Ibid, Pp.11-12.

[43]             de Tocqueville A., “Democracia en América”, Ed. Sarpe, Madrid, 1987,  P.32

[44]             Salazar Gabriel, “De la participación ciudadana: capital social constante y capital social variable. Explorando senderos transliberales”. En: “Recopilación de textos de apoyo a la docencia”, Volumen III, Universidad de Chile, 1999, P. 32

[45]             Adler Lomitz Larissa, “Redes sociales, cultura y poder: Ensayos de antropología latinoamericana.”, Ed. Flacso, México, 1994, Pp. 9-14.