Los jóvenes toman la palabra: “Preguntando caminamos”

Hemos perdido toda certeza, pero la apertura de la incertidumbre es central para la revolución. Preguntando caminamos, dicen los zapatistas. No sólo preguntamos porque no sabemos el camino, sino también porque preguntar por el camino es parte del proceso revolucionario mismo”.(1)
El momento político chileno parece bastante complejo. Como nunca, las apariencias engañan. Las frases de los políticos, vacías de todo significado, tratan de ocultar más que ofrecer alguna pista de lo que acontece.

Por una parte, dirigentes como Guido Girardi critican ácidamente y tratan de distanciarse de un gobierno que supuestamente personifica sus proyectos de toda la vida. Por otro lado, Pablo Longueira no escatima adjetivos para manifestar su apoyo al presidente Lagos, ofreciendo su lealtad irrestricta e incondicional. Los dirigentes sociales del PS, como Raúl de la Puente y Arturo Martínez, no ahorran epítetos a la hora de enfrentar a un presidente que milita en su mismo partido. Mientras tanto, Lagos nomina a Vittorio Corbo, el mismísimo “gurú” económico de la derecha, como nuevo presidente del Banco Central.

¿Quién entiende? O mejor dicho, ¿a quién le interesa que no entendamos nada?
Esta Babel política es el reflejo del agotamiento de la Concertación como proyecto político. Un agotamiento definitivo, terminal. Lo que no significa que los partidos que conforman esta alianza vayan a desaparecer. Pero la ilusión del arcoiris, la alegría fácil de conseguir cheques en blanco de representatividad por parte de una ciudadanía confiada y complaciente, ya terminaron.

Por más de una década, las dos alianzas que han dominado en forma absoluta el sistema político han competido entre ellas por triunfar una sobre la otra, y al mismo tiempo, se han convulsionado por las disputas internas de sus miembros, que lucharon por la hegemonía dentro de sus coaliciones.

En el caso de la derecha, esta disputa parece ya definitivamente saldada, con la UDI como socio mayoritario, accionista principal y gerente general del proyecto “Lavín 2005”.
En cambio, la Concertación no sólo no ha podido resolver sus disputas, que no parecen tener un claro ganador, sino que se percibe cada día más lejos de encontrar un nuevo sentido a su existencia.

Sin duda, el poder es el más fuerte de los adhesivos, pero una vez que este elemento desaparece no hay nada que pueda sostener una convivencia forzada.
La ciudadanía ya no soporta más el sopor de una transición eterna. Los escándalos de corrupción que se han destapado en el último año han sido la gota final de un vaso que se ha llenado por años de promesas incumplidas, programas abandonados, frustraciones generacionales, volteretas ideológicas y renuncias éticas inocultables. El olor a podredumbre política no se soporta.

Mientras tanto, el “partido transversal” del concertacionismo neoliberal sigue vociferando, imperturbable, su credo ultraortodoxo alimentado por pasión de conversos y penitentes, discípulos de Friedmann y Von Hayek.
En este escenario, es evidente que más temprano que tarde al menos la mitad de la ciudadanía entrará en la orfandad política, en la medida en que el desplome del “proyecto arcoiris” entre en su recta final. Sin embargo, el fin de la Concertación no supone el fin de los actores políticos que han sostenido esta alianza. Al contrario, el afán cada vez más evidente de los partidos concertacionistas por separarse del gobierno, marcar autonomía e identidad, revela este intento por lograr una sobrevida, luego de esta muerte lenta y anunciada.

Lo que es necesario preguntar desde la sociedad civil es qué posibilidad hay de intervenir en este proceso, para evitar que la experiencia de estos trece últimos años se vuelva a repetir. Dicho en otros términos: cómo evitar que luego de esta crisis de representatividad política la Izquierda social vuelva a quemar sus naves, confiando ciegamente en la Izquierda política, pensando que desde el poder gubernamental y parlamentario realizará los cambios que se anhelan.

Todos sabemos que en política los pueblos suelen tropezar con la misma piedra. Por ello, no podemos volver a hipotecar la autonomía de los movimientos sociales, de las organizaciones sindicales, de las búsquedas colectivas que con tantas dificultades han tratado de sobrevivir en medio de la diáspora de la postdictadura. Para ello se hace necesario potenciar movimientos que articulen la Izquierda social y que se fijen como objetivo primario, más que la auto-representación política, el control de lo político. Es necesario pensar en lo que John Holloway llama el “anti-poder”, es decir, en las fuerzas de resistencia y dignidad que están dispersas más allá no sólo de los militantes partidarios, sino incluso más allá de los miembros de las organizaciones sociales en las que participamos: “ Es necesario ir más allá de la militancia abierta y preguntar por la fuerza de todos aquellos que rehusan subordinarse, por la fuerza de aquellos que rechazan convertirse en máquinas capitalistas”.(2)

Es la fuerza de todos aquellos que sin poder afirmar una nueva posibilidad se atreven a lanzar un grito: un No absoluto, un No a la guerra, No a la destrucción de la tierra y de la especie. Esta es la fuerza del nuevo anticapitalismo que propone, sin muchas claridades, pero sin la carga y el peso de los dogmas, una alter-globalización. Es el grito de las multitudes indignadas ante la nueva era de guerra imperial.
En el plano nacional este grito, este antipoder, evidentemente está presente en forma creciente en miles de formas dispersas y discontinuas. Sin embargo, sólo en la medida en que ese No, ese intento de fuga del sistema, se canalice en un poder-hacer colectivo, se podrá soñar no sólo con tener nuevamente a la Izquierda en el poder, sino también con un poder diferente para la Izquierda, que no repita las tragedias y desilusiones que nos ha tocado en suerte padecer.

Este es el valor de iniciativas como Fuerza Social y Democrática, que como Attac y muchas más, serán capaces de contribuir efectivamente en esta tarea de construir un anti-poder capaz de articular las energías que intentan con creciente fuerza lanzar su grito de dignidad y resistencia.

Es el sueño de hacer del acto mismo de protesta una propuesta, un proyecto, una alternativa, que nace del interior de la negación más radical de las formas clientelares y decadentes que la Izquierda política, en todas sus formas y partidos, ha colaborado más a sustentar: la lógica alienante de dividir el pensar y el hacer, el representar y ser representado, el dirigir y ser dirigido, etc.

Es necesaria una organización que se sustente en el “hacer”, en la “práxis” y no sobre un “ser metafísico” que lucha por la supervivencia ontológica y abstracta de cáscaras partidarias, vaciadas de todo sentido.O nos atrevemos a hacer de nuestro No una propuesta o nos resignamos a seguir esperando que un “otro”, iluminado y supuestamente “profesional” de la política, nos traicione una vez más

ALVARO RAMIS O. (*)

(*) Ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, profesor de Teología.
(1) Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder. Revista Herramienta, Argentina, 2002. Pág. 293.
(2) Holloway, John. Op. Cit. Pág. 240.