Sectas satánicas: una interpretación desde la teología política

El horrible asesinato del padre Faustino Gazziero, brutalmente degollado por un joven que presuntamente pertenece a una secta o agrupación satánica, ha desatado una gran controversia por el influjo de estos grupos en nuestra sociedad. Y en especial, por su capacidad de penetrar en la cultura juvenil. Tanta ropa negra, tanta desesperanza, tanto culto a los ídolos de la muerte en los adolescentes nos trata de decir algo, y al parecer, la cultura adulta no es capaz de percibir este lenguaje.

En las interpretaciones dominantes del fenómeno satánico solamente se describe la acción de estos grupos, sus ritos y formas de acción, y se desatiende el fondo ideológico que anima a quienes participan de estas creencias. Y sin atender a ese factor es imposible comprender cómo un conjunto de ideas y supersticiones tan aborrecibles como el satanismo pueden calar entre los jóvenes. Si el asesinato del padre Gazziero sólo es explicable por el “influjo del demonio”, como afirmó el Cardenal Errázuriz, es muy poco lo que podemos hacer como sociedad para prevenir otro crimen semejante. Tal vez sólo orar y pedir el auxilio de Dios. Pero creo que podemos hacer mucho más.

Aunque la mayoría de los jóvenes “satánicos” que deambulan por las calles nunca hayan leído la filosofía de Nietzsche o Bergson, de una u otra manera su actitud es plenamente coherente con corrientes de pensamiento que han calado en nichos de descontento social y cultural. Intuitivamente, en ellos se desarrolla un tipo del “vitalismo” que se expresa de diferentes modos: en el rechazo al conocimiento racional y conceptual y frente a él proponen la intuición; entendida como la experiencia no racional en la cual el sujeto vive íntimamente la realidad. Este vitalismo se hace heredero de la actitud de Goethe que afirma: “Cuanto más lo pienso, más evidente me parece que la vida existe simplemente para ser vivida.”

En este sentido, no es difícil descubrir en nuestro contexto la creciente sustitución de la “razón pura” por una “razón vital”: basta ver la farandulización de los medios de comunicación para notar que ha desaparecido el debate de ideas y el consumo sensual acapara portadas y pantallas. Es la imposición de un pensamiento único, que uniformiza las discusiones y los proyectos de sociedad, vaciando las referencias al futuro. Si no hay diferencias, si ya no hay alternativas al mundo realmente existente ¿qué se puede anhelar, en qué se puede creer? “Dios ha muerto” afirma Nietzsche. Pero Dios, en este sentido, no es sólo una tesis para los creyentes en una religión, es el sentido último y definitivo de la existencia.

Durante el siglo XX diferentes tipos de “Humanismos” (cristiano, marxista, existencialista, liberal) construyeron marcos éticos en los cuales la vida cobraba sentido en función de un mundo a construir: podría llamarse Socialismo, Reino de Dios, Sociedad Abierta, etc. Pero el presente vital era determinado desde un “principio esperanza” que otorgaba sentido y razón a la espera de ese mañana.

En Nietzsche el ateísmo trágico sustituye estas esperanzas, para que sólo sobreviva el espíritu del hombre. Por ello reivindica a Dionisos, (el principio del placer y de la experiencia vital, aquí y ahora), y la afirmación de esta tierra como el único mundo posible. En ese marco todo humanismo, toda propuesta de un futuro alternativo es tachado como una moral esclava, y sobre ella debe triunfar la “moral de los señores” que se imponen por la fuerza. Y ya que “Dios ha muerto”, y con él las esperanzas de un “otro mundo posible”, es el tiempo del superhombre. Hay que esperar que llegue un salvador capaz de triunfar sobre Dios y la nada. Sencillamente un sustituto de la divinidad. Esta línea sutil es la que hace del satanismo una lectura “popular” e “intuitiva” del vitalismo de Nietzsche.

Estamos ante una parodia ideológica que finalmente calza con el fatalismo de un contexto político marcado por la “sacralización” de la sociedad existente y por la condena de todo utopismo. Esta es la esencia del pensamiento de Hayek cuando afirma “Quién quiere el cielo en la tierra produce el infierno en la tierra”. Es el mismo cinismo de George W. Bush que lanza la idea de la guerra preventiva y que descree de los Derechos Humanos, como una carta moral para la “vieja y débil Europa” y no para señores.

No es extraño entonces encontrar en las páginas web de grupos satánicos expresiones como las siguientes : “La espiritualidad es la más alta forma de conciencia política y económica. Baal, el Dios de los Paganos contra Yaveh el Dios Unico del Bien. Se trata del derecho de la propiedad individual contra el igualitarismo moralista totalitario pseudo-humanista.” Este tipo de expresiones nos revelan los lazos del satanismo con formas difusas de fascismo.

Dante escribió en la puerta del Infierno “Quienes entran aquí, pierdan toda esperanza” . El reino de Satán es el reino antiutópico: la utopía de la tierra en la que nadie tiene utopías y esperanzas. Y con el nombre de fascismo, nazismo, estalinismo o neoliberalismo, el reino sin utopías es igualmente utópico, una utopía conservadora que afirma que “defender este mundo, vale la pena”, aunque el rumbo de este mundo nos conduzca directamente a la muerte. Tras el axioma de la sociedad sin utopías se esconden utopías que no quieren reconocerse como tales: desde “la mano invisible” al “mercado autorregulado” las utopías conservadoras tratan de doblegar las utopías críticas bajo el slogan “los técnicos saben lo que hacen”, “dejen todo en nuestras manos”. En palabras de Milton Friedman, la utopía del “capitalismo total”.

Quienes participamos de los movimientos vinculados al Foro Social Chileno creemos en la posibilidad de “otro mundo, y otro Chile”. Lo creemos en condicional, como una posibilidad abierta y no determinista. Construir un nuevo pensamiento utópico-crítico es la alternativa al nihilismo suicida al que nos conduce la globalización neoliberal. Necesitamos del pensamiento utópico, aunque plantee imposibles, porque sólo al pensar la imposibilidad se nos abre, paradojalmente, el marco de las posibilidades.

Aspiramos a un Chile en el que los jóvenes se puedan fascinar con las alternativas que les ofrece la vida y no encuentren en la muerte su alegría. Si no enfrentamos este desafío la seducción de los ídolos de la muerte seguirá siendo más atractiva y tiñendo de negro y de sangre nuestros días.