Venezuela y el triunfo de la lucidez

¿Qué pasaría si en una ciudad sin nombre los ciudadanos decidieran espontáneamente votar en blanco?. Esta pregunta es la que guía la más reciente novela de José Saramago, “Ensayo sobre la lucidez”. Ese extraño resultado electoral lleva a las autoridades a repetir la elección a los pocos días, porque suponen que se ha incubado una especie de contagio entre los electores que los lleva a sufragar de esa manera. Para lograr que cambien su opinión el Estado recurre primero a los medios de comunicación, bombardeando sistemáticamente a la población con monsergas y sermones. Cuando esa estrategia falla, el poder recurre a un segundo camino, a la “cuarentena”, y a la represión.

Saramago se atreve así a criticar a la institución más reverenciada e intocable en nuestra sociedad: la democracia. Hoy se puede criticar, afirma Saramago, casi todas las cosas, pero no se puede criticar la democracia. Y su opinión apunta a reconocer que “nuestra forma de democracia está secuestrada por el poder económico multinacional”. El medio preferente para ejercer ese crimen es “la corrupción que ataca a la democracia y la manipulación que padecen los medios de comunicación”. Sin duda, “Ensayo sobre la lucidez” es una obra pesimista, en la que el gesto de resistencia es más una negación que una proposición: el voto en blanco.

Sin embargo, a la luz de esta misma obra, no se puede dejar de pensar en el proceso venezolano y la impresionante experiencia acumulada por ese pueblo desde la crisis política que precedió a la elección del presidente Hugo Chávez hasta el desarrollo del referéndum revocatorio del 15 de Agosto pasado.

¿Qué pasaría, si la población de un país decidiera tirar por la ventana los acuerdos que durante cuarenta años rigieron la vida política de su Estado, y mandar al cementerio de la historia a toda la corrupta clase política tradicional?

¿Y que ocurriría si ese mismo pueblo elige como gobernante a un ex presidiario, a un paria absoluto, que atentó con la “sacrosanta democracia” que por años a sustentado a los más poderosos y ricos empresarios del continente, en base a la administración de las mayores reservas de petróleo del hemisferio?

Y no sólo eso. Además, el ex convicto escogido como gobernante plantea como principal punto de su programa elaborar una nueva Constitución. Una Constitución que recupera los principales recursos naturales del país para sus legítimos dueños, que estipula controles democráticos al poder, como los referéndum revocatorios de mandato, que promueva la reforma agraria, y en definitiva que quiebra con todos los “consensos” establecidos por los organismos de poder internacional.

En esta “novela”, el poder actúa de la misma forma que en “Ensayo sobre la lucidez” y somete a la población a un formidable asedio mediático, construido de la forma más brutal y burda que nos podemos imaginar. Todos los canales de televisión se juegan totalmente en su contra y se transforman en un verdadero partido de oposición Sin embargo, las opciones de este pueblo no cambian: el proyecto del nuevo presidente se cumple, luego de una asamblea constituyente se promulga una nueva constitución, se realizan nuevas elecciones en todo el país, desde el alcalde del más pequeño pueblo hasta la presidencia de la república. Y el ex convicto es reelecto.

Entonces el Poder decide pasar a ejecutar un plan mayor. Y un día de abril televisan su propio golpe de Estado, ante los aplausos de la minoría “sensata” del país y de los “observadores responsables” del mundo. De esa forma parece que han evitado hacer caer al país irreversiblemente en el contagio. Sin embargo, ese pueblo no lo acepta, sale a la calle, resiste y defiende el derecho a que se respeten sus propias decisiones. Y milagrosamente, reinstalan en su silla al presidente que ellos mismos escogieron para ocupar ese lugar.

Obviamente, el poder comprende que está ante un contagio muy persistente, y que no va a ser fácil restablecer la “salud democrática” de esta comunidad enferma. Y por ello deciden implementar la “cuarentena absoluta” . Durante cuarenta días cierran el comercio, las oficinas públicas y lo más importante, cortan el flujo del petróleo, la principal fuente de recursos del estado. Sin embargo, la población se organiza, instaura nuevas formas de comercio informal, solidariza en las dificultades, y finalmente logra burlar la cuarentena, y reabrir el flujo de petróleo y alimentos.

Desconcertado, el Poder vocifera y contrata a famosos periodistas para desprestigiar y convencer a la población de su enfermedad: ¡ Es un loco! ¡Populismo! ¡Es un dictador! ¡Salvemos la democracia! Se instalan observadores internacionales para intervenir el curso de la enfermedad. Pero el pueblo contagiado no parece querer “mejorar”.

Al contrario, se empiezan a implementar las políticas de redistribución de la renta petrolera por medio de misiones sociales por todo el territorio, beneficiando a los más pobres. Se dicta la ley de tierras, la ley de pesca, se re-nacionaliza la empresa petrolera y lo más terrible, el presidente se enfrenta al más gobernante del país más poderoso y agresivo del planeta. Y lo desafía constantemente y le propone a los demás países pobres y dependientes de la región que se unan para defender su dignidad y derechos.

Desesperado, el Poder descubrió que en la nueva constitución existía un mecanismo para derrocar al “tirano” y sanar así al país de este funesto contagio. Sólo era necesario juntar las firmas necesarias para llamar a un referéndum revocatorio. Y se dieron a la tarea. Pero no era un objetivo sencillo, y para lograrlo el Poder tuvo que recurrir a todo tipo de trampas y engaños. Al final, como sea, lograron su objetivo y se convocó al pueblo para dar su opinión: ¿desean revocar el mandato del “loco”, del dictador castrocomunista, del… ? (el cúmulo de adjetivos sería muy largo). Se gastaron millones, se invirtió en todo tipo de métodos de guerra sicológica. Pero no hubo caso. Al parecer se trata de un pueblo rematadamente enfermo, porque casi un 60% volvió a ravalidar el mandato de tan denostado presidente. Y lo más extraño, es que cuando la democracia funcionaba como debía, antes de este extraño contagio, muy poca gente votaba. Y ahora votó todo el mundo, aunque tuviera que esperar horas y horas en las filas, aunque llegara la noche.

¡Fraude! Exclamo el poder. ¡No puede ser sino un fraude! Y es un fraude porque yo decreto que lo es. Aunque el mundo diga lo contrario, lo es. Han vencido con el voto de los enfermos, de los “nadie”, de los engañados, de los cobardes, de los negros, de los imbéciles, de los idiotas. Es el voto de los que no valen. ¡En nombre de la democracia, decreto que la voluntad de la mayoría es un fraude!

El triunfo de la lucidez se ha hecho mayoría y aún así el Poder no quiere respetarla. Extraña novela. Pero lo interesante es que todavía no llegamos al final. Tal vez todavía nos podemos contagiar.