Por el derecho a debatir

En su editorial del Domingo 24 de Octubre, La Tercera lanza un ataque directo a quienes, como el Foro Social Chileno, se oponen al proceso de globalización neoliberal. Lo hace utilizando los mismos clichés argumentativos que ha usado la prensa derechista en todo el mundo: Sus críticas se centran en descalificar a los movimientos “antiglobalización” por identificarse únicamente por medio de aquello a lo que se oponen. Se critica su heterogeneidad, su ausencia de liderazgos claros y programas comunes, y “el tufillo a izquierdismo añejo” de sus banderas de lucha. Ironiza por lo contradictorio del uso de tecnologías propias de la globalización, como internet, y el apoyo a causas que requieren compromisos planetarios, como la solución a los problemas medioambientales y el desarme. Finalmente, concluye sentenciando que este movimiento sólo pretende “ dar un ropaje moderno a una antigua y desgastada bandera de lucha anticapitalista”

A lo que se trata de disparar en la editorial es a un movimiento que no tiene más de cinco años de existencia “mediática”. Seattle, a fines de 1999, puede ser una fecha simbólica que da inicio al ciclo de protestas y propuestas que han marcado el debate mundial sobre la globalización. La caracterización de “antiglobalización” es una etiqueta que la prensa despistada ha colocado a falta de otra referencia unificadora. Cuando el ex-presidente mexicano Ernesto Zedillo se refirió a este nuevo movimiento como “globalifóbico” terminó por etiquetar algo que no tiene ni quiere tener una sola identidad.
Lo que está en debate no es la globalización de la tecnología o de las comunicaciones. Lo que esta ocurriendo es un debate sobre la participación que nos cabe en la globalización. Participación que se entiende como la lucha por los términos de la incorporación. Si la globalización incorporara a todos y todas, de una manera equitativa y diversa, respetando sus cualidades y capacidades, obviamente no habría lugar para un reclamo de participación.

En lo que verdaderamente acierta el diario de Bofill, es a caracterizar ese movimiento como un espacio enormemente diverso y heterogéneo. ¿Y porqué esa diversidad? ¿Porqué la ausencia de líderes claramente establecidos, y programas cerrados? Simplemente porque ello no es posible para ningún movimiento en esta etapa de la historia.
En pocas palabras, la globalización coincide con el paso de una sociedad “de la disciplina”, a una sociedad “del control”. En la sociedad de la disciplina, marcada por el Estado benefactor y el taylorismo industrial, los movimientos sociales se articularon en función de la bandera de la igualdad, como demanda central. Para alcanzarla construyeron partidos disciplinados, con programas unificados y levantaron a líderes políticos que llevaron adelante esas propuestas. Su estrategia se basaba en lograr “incluir” a los excluidos, y por ello los programas apuntaban fundamentalmente a la esfera socio-económica. Ejemplos clásicos de este período son el sindicato y el partido.

En la sociedad post industrial, o del control, la lucha giró desde el anhelo de igualdad hacia la defensa de las diferencias. Por ello, más que apuntar a la satisfacción de demandas en la esfera de la materialidad, se adentró en el ámbito de las identidades simbólicas. Por ello, los nuevos movimientos sociales comenzaron a actuar descentralizados, en redes, utilizando liderazgos rotativos e informales, y construyendo programas que utilizan la consigna: “actuar local y pensar global”. Los ejemplos son muchos: Los movimientos indígenas no luchan por su incorporación a los Estados nacionales o por ser ciudadanos iguales a todos. Luchan por ser reconocidos en su diferencia. Lo mismo ocurre con los movimientos de mujeres, de homosexuales, de minorías raciales, de grupos contraculturales, etc. Por eso el concepto de “biodiversidad” ha escapado de la esfera ecológica para entrar en el imaginario de toda este tipo de movimientos.

Sin embargo, sería errado pensar que la emergencia de este nuevo tipo de movimientos “por las diferencias” implicó la desaparición de los movimientos anteriores centrados en la igualdad. Al contrario, desde los años ochenta, ambos tipos de movimientos han convivido y han recorrido caminos paralelos, no exentos de tensiones y desencuentros. Las recriminaciones entre feministas y partidos políticos o entre sindicalistas y ecologistas pueden ser las más ilustrativas de este debate. Si el feminismo acusó a los militantes políticos de invisibilizar a la mujer, al apelar en sus discursos al “obrero” o al “trabajador”, los militantes rechazaron las críticas “desviacionistas” de las mujeres, ya que a su juicio es la clase social y no el género, el factor determinante en el cambio social. En el otro caso, las luchas entre sindicatos y ecologistas se centraron en disputas como la defensa de los empleos en empresas contaminantes pero rentables o el cierre de industrias por causa de la defensa del medio ambiente.

Este quiebre es el que fragmentó las luchas sociales en los últimos veinte años. Y por ello ha sido tan difícil reconstruir un movimiento mundial que promueva cambios progresistas en las sociedades. Por esa razón, Seattle y las manifestaciones posteriores han sido tan sorprendentes. El motivo radica en la convergencia de estos dos tipos de movimientos. En Porto Alegre o en Praga o hace una semana en Londres, miles y miles de personas, provenientes de movimientos identitarios o contraculturales marcharon junto a los sindicatos y los militantes de la vieja izquierda industrial. Ecologistas y trabajadores petrolíferos, punkies junto a grupos cristianos, homosexuales y comunistas, indígenas y habitantes de las metrópolis, feministas al lado de obreros de la construcción.
Esta convergencia no ha sido espontánea. Más bien es el punto de llegada de una reflexión que ha implicado cambios en ambos tipos de sectores sociales. En el caso de los movimientos “por la igualdad”, ha supuesto desentenderse de dogmatismos atávicos y reconocer la ausencia de criterios auténticamente integradores en su accionar. Incorporar la “mirada de género”, les ha llevado a reconocer que no basta con que el sindicato tenga un departamento femenino o el partido tenga el frente de mujeres para verdaderamente decir que luchan contra la sociedad patriarcal

Por otra parte, los movimientos “por las diferencias” comenzaron a reconocer que la lucha contra la discriminación no elimina la necesidad de luchar contra la exclusión y explotación económica. Al contrario, la comprenden como una demanda inseparable. Un ejemplo de este descubrimiento lo narra Pedro Lemebel, cuando recuerda sus vivencias con la comunidad gay de San Francisco, que aunque ha llegado a integrarse desde su diferencia y superar la discriminación, sin embargo reproduce en su interior las mismas inequidades y formas de explotación económica que existen entre la población heterosexual. Algo similar ha pasado en el campo ecologista, que ha descubierto que la principal causa de la depredación ambiental es la pobreza, y por ello es imposible avanzar en sociedades sustentables sin preocuparse por la equidad y la justicia económica.

Esta convergencia ha permitido, por fin, que las calles se conviertan en territorios comunes a todos estos movimientos. Y ha hecho que emerja la necesidad de un espacio de debate más amplio, como es el Foro Social Mundial. Bajo la consigna “Otro Mundo es posible”, este nuevo “movimiento de los movimientos”, o movimiento altermundialista, ha comenzado a atisbar que es mucho más lo que nos une que lo que nos diferencia. Pero al mismo tiempo, es mucho lo que hay que avanzar todavía para aprender a vivir la diversidad de un modo real y no uniformalizador. Lo que La Tercera critica, como dispersión y diversidad, es la principal riqueza de espacios como los Foros Sociales.

Cuando La Tercera califica de desgastadas o anticuadas sus demandas, no comprenden en nada lo que esta ocurriendo en el mundo. Estamos ante un movimiento en el que muchos de sus líderes provienen de cuadros técnicos o directivos de las mismas trasnacionales a las que combaten. Alguien ha llamado a esto el “efecto Stiglitz”, en referencia al premio Nobel de economía 2001 y ex vicepresidente del Banco Mundial, que hoy se dedica a combatir las políticas de los organismos financieros internacionales. Recuerdo conversaciones, en Amsterdam, con especialistas que trabajando en transnacionales financieras interesadas en las privatizaciones en el tercer mundo participaban “clandestinamente” de las alianzas contra la privatización del Agua en Cochabamba o con científicos de transnacionales alimenticias que colaboraban ocultamente con los ecologistas en la lucha contra los transgénicos. ¿Porqué puede ocurrir algo así? Porque en una sociedad post-industrial, la libertad de conciencia ha logrado espacios que nunca antes ha obtenido. Y por eso a la diversidad del movimiento de los movimientos, se suma el enorme aporte de quienes por su propia experiencia de los efectos de la globalización se suman al campo de los que buscan alternativas posibles.

En definitiva, es necesario defender el derecho al debate. A un debate serio, informado, en donde se juzgue y no se prejuzgue las intenciones y posibilidades de un antagonista que tiene toda la legitimidad para caracterizarse a sí mismo y no por boca de sus detractores.