FASIC: 30 AÑOS POR LA DIGNIDAD Y LA VIDA

La Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas (FASIC) ha cumplido 30 años de trabajo. En un momento en el que las esperanzas de justicia siguen latentes, este aniversario permite recordar una historia olvidada. La de quienes han puesto, una y otra vez, los límites a la impunidad y a la muerte.

FASIC es un espacio reconocido para quienes fueron víctimas de las violaciones a los derechos humanos bajo la dictadura. Pero no ocurre lo mismo en toda la ciudadanía. Este desconocimiento tiene relación con la forma discreta y silenciosa con que FASIC ha desarrollado su trabajo. Muchas veces, esta discreción ha sido la única forma de implementar programas y proyectos, especialmente en los tiempos más duros de la represión.

Sin embargo, esta historia oculta está ligada a procesos trascendentales para la historia del país. Desde el apoyo a los presos políticos luego del golpe de Estado, facilitando su salida al exilio, a los programas de apoyo psicológico a las víctimas de la tortura, junto a los programas de apoyo jurídico a los relegados, acogida a los retornados, atención médica, apoyo familiar… un enorme conjunto de programas que es imposible sintetizar y que se vinculan en la bienaventuranza “Felices los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados” (Mt 5, 6).

En la actualidad FASIC ha ampliado su acción desde la defensa de los derechos civiles y políticos a la incorporación de la promoción de los derechos económicos, sociales y culturales, destacándose en particular su trabajo por la salud integral y los migrantes. La memoria de esta historia de 30 años es necesaria, porque permite hacer visible el rol que un importante grupo de iglesias evangélicas jugaron en la defensa de los Derechos Humanos.

Junto con la Vicaría de la Solidaridad, FASIC construyó una vía frágil, riesgosa pero eficaz, que permitió transitar entre el dolor y la muerte, a la vida y la justicia. Como experiencia ecuménica, FASIC demuestra que el trabajo conjunto entre distintas iglesias no sólo es posible y necesario, sino que potencia la eficacia de la acción solidaria. Muestra un camino a seguir donde “todos sean uno” (Jn.17, 21) sin que por eso se agote la pluralidad y diversidad del mundo cristiano.

La historia de FASIC ha logrado recrear la tradición martirial del evangelio. En griego mártys significaba testigo. El mártir era el que se ofrecía a testificar ante los descreídos, los perseguidores. Y estaba claro cuál era el pago que se recibía: la muerte, precedida generalmente de la tortura. Mártires eran las víctimas, y también quienes testimoniaban, por su fe, la injusticia. Los testigos de la violencia. Los que con su testimonio se oponían. Esta parte de la tradición martirial, la del testigo y defensor de la vida, ha sido olvidada. Es necesario rescatar los nombres de los testigos silenciosos que ayudaron a salvar una vida saltando rejas de una embajada, interponiendo un recurso judicial, recibiendo un documento de identidad, un salvoconducto. Nos rodea una “nube de testigos” (Hb.12,1). Sus nombres son imposibles de contar.

¿Por qué no constituir un comité que proponga al Parlamento levantar un nuevo memorial, esta vez dedicado a todos los anónimos defensores de los Derechos Humanos en Chile? Donde el gesto oculto, clandestino y silencioso que sirvió para proteger la vida y la dignidad humana, no se olvide, sino que se transforme en testimonio ante un futuro siempre impredecible. Un memorial de la promoción y defensa de los DDHH, sin nombres y con todos los nombres. Que diga al mundo que Chile fue lugar de horrores, pero también de compasión y compromiso con los valores que nos convierten en personas.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/fasic-30-anos-por-la-dignidad-y-la-vida/2005-07-27/202442.html

CONDENADOS A LA VULNERABILIDAD

Todo Londres lo esperaba. Aunque nadie sabía cuándo, todos sabían que ocurriría. Desde el 11 de septiembre de 2001 la ciudad británica fue inundada por mensajes preventivos, medidas de control y crecientes restricciones de derechos. La eficaz planificación inglesa lo intentó todo para evitarlo. Sin embargo, toda previsión era insuficiente. El terrorismo nos ha condenado a la vulnerabilidad global.

Ser vulnerable se basa en la posibilidad abierta y permanente de ser heridos, y por lo tanto, funda el derecho de protegerse. Sin embargo, la “guerra contra el terrorismo”, que inició el Presidente de EEUU, George W. Bush, y sus aliados, no parece haber acabado con la vulnerabilidad global. Al contrario, parece incrementarla sistemáticamente, extendiendo como un reguero de pólvora el miedo, al mismo tiempo en que cercena conquistas y derechos alcanzados en siglos de avances democráticos. Ante cada nuevo ataque terrorista, los discursos legitimadores de la reacción militar acentúan que no cambiarán el rumbo, que continuarán en su empeño, que no cederán. Lo que este poder duro no comprende es el carácter de la confrontación global que explica el terrorismo. Y por eso sus armas se hacen impotentes ante cada nuevo ataque.

Al Qaeda, en cambio, ha escogido muy selectivamente sus armas. Sabe convertir cada golpe en una muestra de poder simbólico, en el sentido en que opera a través de la producción y transmisión de sentidos. Bin Laden, que sabe enfrentar una lucha asimétrica, combate principalmente en el campo cultural, determinando los marcos y las formas de la política por medio de armas más poderosas que las bombas. Sus armas son recursos simbólicos, de interpretación, de lenguaje, de fe. Y sus efectos: el miedo, la impotencia, el quiebre de los lazos humanos y de la confianza, la derrota psicológica.

Entonces, ¿como combatir en este escenario? Lamentablemente, no hay manuales en las academias militares que enseñen a enfrentar esta guerra, porque quien debe combatir esa batalla es la civilidad. Frente a la teología política de la muerte que sustenta el fundamentalismo, urge levantar una lógica antropológica, politológica y teológica-alternativa.

La vulnerabilidad ha sido entendida únicamente como un mal en sí, algo que se debe remover lo más rápido y en el mayor grado posible. Sin embargo, es necesario sustituir esta concepción con otra, más dialéctica: hay una fuerza escondida en la vulnerabilidad. Cuando la ciudadanía se da cuenta de que sus miedos individuales son un fenómeno compartido, interpersonal, surge la necesidad de crear un nuevo tipo de confianza que sólo se puede alcanzar en el diálogo con los vecinos, con el inmigrante, con el aislado, con el “distinto”. La vulnerabilidad pasa a ser un fenómeno colectivo, y social y por eso es un recurso que puede sustentar el ejercicio de un nuevo tipo de poder: un poder cotidiano, de convivialidad, de consenso e interconexión, un poder no violento, pero no por eso menos real. Se puede decir, por eso, que la vulnerabilidad es, antes que todo, un factor constituyente de nuevos tipos de relaciones humanas basadas en la interdependencia.

Necesitamos una “infrapolítica” de seguridad global. La contraparte silenciosa y ciudadana de la resistencia abierta al terrorismo, que haga de la relacionalidad, del diálogo intercultural e intersubjetivo, de la apertura al otro, la mejor de las armas en el combate con la intolerancia, el desprecio a la vida, y el culto religioso a la muerte.

     Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/condenados-a-la-vulnerabilidad/2005-07-12/185214.html