SALVAR LA ONU: EL DEBATE RECIÉN COMIENZA

¿Y después de la desilusión, qué? Esta es la pregunta que nos queda al final de la Asamblea General de la ONU. Una asamblea de la que se esperaba una reforma importante, que recuperara y fortaleciera al único espacio mundial que puede y debe permitir a las naciones alcanzar las metas de paz y justicia social que figuran en sus estatutos. Entre el 14 y el 15 de septiembre de 2005 los jefes de Estado se reunieron en Nueva York para repetir sus promesas, entre ellas los compromisos de la declaración del milenio. Recordemos que en septiembre de 2000 los estados miembros se comprometieron a impulsar el desarrollo, erradicar la pobreza, promover la dignidad e igualdad humanas, alcanzar la paz, alentar la sustentabilidad ambiental y fortalecer la cooperación internacional mediante ocho objetivos de desarrollo y 18 metas específicas a cumplirse en 2015.

Esta asamblea ha revelado que los objetivos no se alcanzarán principalmente por la falta de voluntad política de los países desarrollados. Mundialmente, se gastan 900 mil millones de dólares anuales en defensa, y 325 mil millones de dólares anuales en subvenciones a la agricultura pero menos de 80 mil millones de dólares en ayuda al desarrollo. Si se lograra esa última cifra sería posible erradicar la pobreza, pero no hay voluntad de alterar las prioridades en el gasto mundial.

Esta falta de congruencia entre los discursos y los hechos es sólo la punta del iceberg en la crisis de Naciones Unidas. En los últimos años, la ONU ha sido objeto de un deliberado debilitamiento que forma parte de estrategias que intentan demoler el derecho internacional. Los responsables de este atentado tienen los nombres y apellidos de los gobiernos que la controlan. Paradójicamente, la más global de las instituciones está siendo demolida por la globalización. La principal forma de ataque es el unilateralismo, que ha inutilizado la carta de la ONU como instrumento de prevención de los conflictos armados, al imponerse de hecho la guerra “infinita y preventiva”. También se la ha atacado de forma más sutil, limitando sus recursos financieros, desconociendo sus competencias, cercenando su capacidad de acción. Sin embargo, si la ONU no existiera, habría que inventarla, porque no puede haber derechos humanos sin instituciones internacionales, democráticas e independientes, capaces de hacerlos respetar. Se requiere una centralidad política en el ámbito social, ambiental y económico que permita crear sustentabilidad y equilibrios que el mercado no puede producir solo.

La reforma de la ONU no será posible sin la presión global. Han pasado sesenta años desde su fundación, y más de quince de debates que han buscado una reforma. Nada ha pasado. Ha llegado el momento de reconocer que los gobiernos no podrán hacer esta reforma sin la presión fuerte y sostenida de la sociedad civil mundial. Tal vez esta Asamblea será recordada por haber permitido acrecentar la conciencia planetaria sobre la necesidad de un orden internacional más justo, pacífico y democrático. Reapropiarse de la ONU, para ponerla al servicio de todos los pueblos, es un desafío que supone liberarla del secuestro de los gobiernos poderosos. Para ello se necesita fortalecer la Asamblea General como principal cuerpo representativo. Dotar al Consejo Económico y Social (Ecosoc) de las herramientas necesarias para regular la globalización. Por ejemplo, insertando al Banco Mundial, la OMC y el FMI dentro del sistema de las Naciones Unidas y bajo sus objetivos. Una nueva arquitectura financiera permitiría descentralizar las decisiones. Es necesaria la participación de las autoridades parlamentarias, locales y municipales que conocen de cerca las necesidades de la población. Y promover acuerdos de desarme general y la prohibición de todas las armas nucleares y de destrucción masiva.

Sin la presión de la opinión pública y la sociedad civil, la creación del tribunal penal internacional y la adopción de leyes de jurisdicción universal no hubieran sido imposibles. En el caso de la ONU, el debate tardará años en ser saldado, pero una nueva voz ha surgido: en Nueva York e Italia se han realizado conferencias paralelas de la “ONU de los pueblos”, que han permitido visibilizar a la “segunda superpotencia”, la ciudadanía que salió a las calles antes de la invasión a Irak, y que demanda el fin de la pobreza con el cumplimiento de los objetivos del milenio, porque no puede permitir otro fracaso en la lucha contra la miseria y la guerra.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/salvar-la-onu-el-debate-recien-comienza/2005-09-26/193648.html