SIDA: RESPONSABILIDAD ESTATAL Y CRISTIANA

Un condón es una delgada barrera de látex que separa la vida de la muerte. Así lo entendieron los gobernantes de los 191 naciones miembros de la ONU cuando en septiembre de 2000 se comprometieron a detener y a comenzar a reducir la propagación del VIH/sida en quince años. Como las otras metas del milenio, este objetivo está lejos de ser alcanzado. Pero a diferencia de otros propósitos, como la reducción de la pobreza o lograr la escolaridad primaria universal, detener la expansión de esta pandemia depende más de factores culturales que de recursos financieros.

Aproximadamente 8 mil personas murieron a diario por el sida en 2003. Estas cifras aumentan de forma constante. El número de contagiados creció de 35 millones en 2001 a 38 millones en 2003. Hoy, cerca de 40 millones de individuos viven con el virus, la inmensa mayoría en países en desarrollo, especialmente en el África subsahariana. Quince millones de niños han quedado huérfanos a causa del sida, que se ha convertido en la enfermedad más letal que haya afectado a la humanidad, al punto de comprometer la estabilidad mundial gravemente.

En Chile se calcula que los infectados sobrepasan los 32 mil. De acuerdo con Conasida, 89,7% de los casos corresponden a hombres y 10,3% a mujeres. Pero en los últimos años se ha observado un mayor crecimiento del contagio en mujeres. Vivo Positivo ha demostrado en sus estudios que la mayoría de las mujeres viviendo con sida son jefas de hogar o dueñas de casa, con un nivel educacional básico y de sectores pobres. El estudio revela que el contagio está ligado a las prácticas sexuales extramaritales de sus cónyuges. ¿Qué posibilidad distinta del condón tendrían para protegerse estas mujeres?

Cuando la vía de transmisión de esta enfermedad es en 94% de los casos el contacto sexual, no reconocer la importancia de las campañas de comunicación que promueven el uso del condón entraña una grave irresponsabilidad. Las iglesias cristianas tienen posiciones diversas respecto de las campañas de salubridad pública que promueven los estados y que incluyen la información sobre el condón. Si bien algunas, como la Iglesia Católica, han sido en general hostiles, otras han asumido su responsabilidad y participan activamente desde su propia identidad confesional en tareas de promoción y educación sobre el VIH, que contemplan hablar del condón como herramienta insustituible en una campaña de esta naturaleza. El ejemplo más notable es la Iniciativa Ecuménica VIH/Sida en África, del Consejo Mundial de Iglesias.

La principal crítica de la Conferencia Episcopal chilena a la actual campaña de prevención es que al difundir masivamente el uso del condón se estarían estimulando conductas sexualmente permisivas. El Estado estaría siendo condescendiente o legitimando las prácticas sexuales promiscuas. A mi juicio, la Conferencia confunde las responsabilidades del Estado con sus propias tareas. Como dicen los obispos, “formar a las personas en el amor, mediante una urgente educación integral y humanizante, que presente la sexualidad en su profunda dignidad” es una responsabilidad cristiana irrenunciable. Pero es una tarea de la Iglesia, especialmente de sus instituciones educativas, y que requiere apostar a largo plazo.

Detener una pandemia mundial, que amenaza a los más pobres y necesita enfrentarse con decisión y constancia, es una tarea de salubridad pública, la que pecaría de irresponsabilidad si prescinde de una información clara y directa sobre el condón como medio de prevención. Sobre todo en una sociedad plural, que no puede normar la vida sexual de la ciudadanía. Los cristianos debemos participar en el debate sobre el sida de modo activo, con propuestas que contribuyan a afrontar integralmente esta amenaza global. Las anticampañas contra el condón hacen a la Iglesia Católica cómplice de la expansión de esta enfermedad.

Educar para la abstinencia sexual puede ser una opción de largo plazo para quienes así lo estimen conveniente. Ahora es urgente que como cristianos colaboremos con los gobiernos en las campañas contra el sida. Debemos humanizar el tratamiento de la enfermedad, acompañando pastoralmente a los enfermos y sus familias. Tenemos que denunciar la falta de acceso de los más pobres a las nuevas terapias, complicadas por la imposición de patentes farmacéuticas que vulneran el derecho a la salud de quienes no las pueden pagar. El ejemplo de Jesús es muy concreto. Cuando se le acercó un leproso, no le preguntó cómo se contagió ni sobre su vida sexual. Le tocó y le dijo: “Quiero; queda limpio”.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/sida-responsabilidad-estatal-y-cristiana/2005-10-17/192959.html