CRISTIANISTAS E INQUISIDORES

EL DEBATE SOBRE el humanismo cristiano que desató la estrategia electoral de Sebastián Piñera en la segunda vuelta electoral tiene relación con la movilización de un elemento ideológico que aglutina en la derecha chilena: la defensa de la “civilización cristiana occidental”. ¿Pero a qué se refiere la derecha al invocar este concepto? Apela a una categoría abstracta, supuestamente moderna, racional y formalmente democrática. Civilización es un término que se define desde quién tiene el poder para distinguir lo civilizado de lo que supuestamente no lo es, porque “negros”, “indios” y otros grupos equivalentes no tendrían categoría suficiente para ser admitidos como un “otro semejante” por quienes definen qué es civilización. Se trata de diferenciar la forma de vida occidental de la “oriental”, que como el historiador palestino Edward Said mostró en su obra, es una distinción funcional al colonialismo.

Esta civilización es “cristiana” de un modo cultural, no de un modo religioso. Esto se puede comprender a partir de la distinción que hoy se hace entre cristianos y cristianistas, que ha elaborado Rémi Brague, un profesor de filosofía árabe en la Sorbona. Tal como se puede distinguir entre musulmanes (creyentes en el Islam) e islamistas (defensores de la civilización islámica), Brague distingue entre cristianos (creyentes en Cristo) y “cristianistas” (los defensores de la cristiandad o civilización cristiana). En este marco un cristianista no necesariamente debe ser cristiano.

La escritora italiana Oriana Fallaci, que es atea y que en su libro “La fuerza de la razón” criticaba a Juan Pablo II por no ser suficientemente duro con el Islam, es un ejemplo de los cristianistas. Fallaci defiende no la fe en Cristo y los imperativos éticos que esa fe conlleva; defiende la superioridad de la forma histórica “como hemos hecho las cosas” en este lado del mundo. Una cultura que tiene expresiones bellas y trascendentes, como las catedrales medievales, el arte barroco, el canto gregoriano o las cantatas de Bach. Pero esta misma cristiandad entraña una historia negra, que bien conocemos en América Latina. Otro cristianista famoso es el general Augusto Pinochet, que justificó sus crímenes como deber patriótico, pues según él estaba ante un dilema: vencía la civilización “cristiano-occidental” o se imponía la barbarie “materialista y atea”.

El diferencia entre cristianos y cristianistas recuerda muy bien la historia del Gran Inquisidor que aparece en “Los Hermanos Karamazov”, de Fiodor Dostoievski: el episodio transcurre en Sevilla en el siglo XVI. Cristo mismo se aparece luego de un auto de fe, en el que se quemó a 100 personas. El escepticismo inicial de la gente es rápidamente desterrado por la fuerza de los milagros: Cristo cura la ceguera de un viejo y resucita a una niña. Cuando el pueblo conmovido por los testimonios de su divinidad, comienza reconocer su presencia, aparece el cortejo del cardenal gran inquisidor, que ordena su encarcelamiento. Y lo amenaza con quemarlo como hereje a no ser que abandone toda esperanza en la humanidad. El inquisidor le reprochó a Cristo no haber entendido la naturaleza humana, al haber dado libre albedrío a la gente.

Lo que se ha obtenido de esa libertad es la condena de la humanidad a la desesperación. La libertad de Cristo es una carga demasiada pesada, ya que los hombres no quieren ser libres. Por eso, con tono recriminador, el inquisidor le señala a Cristo: “En vez de coartar la libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda, que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Hay tres fuerzas, le dice, las tres únicas fuerzas capaces de conquistar y esclavizar para siempre las conciencias de estos débiles rebeldes para lograr su propia felicidad. Éstas son: El milagro, el misterio y la autoridad”. Para el inquisidor es preferible llevar a Cristo a la hoguera que permitir que la libertad olvide los “valores eternos” de la civilización cristiana occidental que hay que preservar. Por este motivo, tras los argumentos de la derecha no hay lugar para un verdadero humanismo integral. La naturaleza humana, dañada irremediablemente, no tiene lugar para opciones libres, y por eso hay que proteger a la gente de los desvaríos de su propia conciencia.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/cristianistas-e-inquisidores/2006-01-12/190113.html

MICHELLE BACHELET Y LA AGENDA PRO IGUALDAD

Publicado en Punto Final en Enero de 2006.

En 1999 Ricardo Lagos propuso como lema de su campaña electoral ” Crecer con igualdad”. Al finalizar su mandato, la economía chilena ha vuelto a crecer en forma vigorosa, luego de superar la crisis que afectó al país entre 1998 y 2002. En este año Chile registrará un superávit fiscal cercano a 4 %, equivalente a unos 4.000 millones de dólares, debido principalmente al alto precio del cobre. La inflación al cierre del 2005 se calcula en un 3.6% y para 2006 se prevé un crecimiento de entre 5,5 y 6%. Lagos puede ser bien evaluado en relación a la primera parte de su promesa electoral. Sin embargo, si se evalúa la contribución del actual gobierno a la disminución de la desigualdad, hay remitirse al último estudio del Banco Mundial (2005) que sitúa a Chile junto a otras naciones africanas y latinoamericanas, entre los 10 países mas inequitativos del mundo. La desigualdad entre los ingresos del 5% más rico y del 5% más pobre, pasó entre 1990 y 2005 de 110 veces a 220 veces. Por este motivo la campaña electoral de este año ha generado intensos intercambios de opiniones sobre esta realidad, lo que ha permitido una discusión nacional sobre el elemento más injusto del “modelo chileno”: la desigualdad crónica que provoca.

Entre otros aspectos asombra que solo el 1% de las más de 650 mil empresas que hay en Chile, concentren el 96% de las exportaciones. El 86% de esas ventas corresponden a recursos naturales con baja elaboración. El “modelo chileno” supone una acelerada conversión de los recursos naturales en capital financiero, que se concentra en grandes grupos económicos. En este proceso no se toma en cuenta la capacidad de los ecosistemas para soportar los costos  que implica este proceso extractivo. Por este motivo, las externalidades recaen en las comunidades que rodean los lugares de explotación. Al mismo tiempo el país no obtiene grandes beneficios tributarios de estas empresas, debido a que las corporaciones tienen acceso gratuito a su explotación.

Tampoco se evidencia una redistribución por la vía salarial, debido a que la cantidad de empleo que generan es baja, y a la existencia de una mano de obra muy barata debido a la ausencia de mecanismos de protección del trabajo asalariado. (Por ejemplo, el derecho a huelga aún no se recuperado plenamente en la actual legislación). Entre 1990 y 2005 los trabajadores sin contrato han aumentado desde un 18% al 23.2%. En el mismo período la tasa de sindicalización ha bajado en más de 5 puntos y el porcentaje de trabajadores que pueden negociar colectivamente en 6 puntos. Esta realidad se puede explicar porque los bajos salarios son parte estructural de las ventajas competitivas del modelo chileno. A modo de ejemplo basta recordar que el 75 % de las trabajadoras del sector agrícola son temporeras, por lo cual no poseen un contrato estable. Durante la cosecha, recogen fruta por más de 60 horas a la semana. Un tercio de ellas gana un salario inferior al sueldo mínimo, de 247 dólares. En Chile el 85% de la fuerza laboral tiene un sueldo inferior a los 670 dólares. El promedio de ingresos del 10% más pobre está en torno de 124 dólares y los del 10% más rico supera los 3885 dólares. Esta realidad ha llevado a la población a crecientes dinámicas de “más trabajo por menos ingresos”.

El “modelo chileno” funciona sobre la base de imponer la menor carga tributaria sobre las empresas y la mayor carga tributaria a los consumidores a través del Impuesto al valor agregado (IVA).  De hecho, gran parte de la carga fiscal (casi un 50% del total de la captación impositiva en Chile) se cubre por medio de  impuestos al consumo. Por otra parte  el aporte de las grandes empresas, vía impuestos a las utilidades o royalties es despreciable. Sólo en 2004 las grandes empresas productoras de cobre obtuvieron ganancias por más de seis mil millones de dólares, frente a los cuales los montos que se obtienen mediante el royalty aprobado en 2004 son irrisorios. Un estudio de la Universidad de Harvard  demostró que Chile ha perdido US $1600 millones como promedio anual entre 1990 y 1992 por no cobrar por el uso de los recursos mineros.

Desde 1981 opera en Chile el sistema de administradoras de fondos de pensiones (AFP). Constituye uno de los experimentos del “modelo chileno” más difundidos internacionalmente, por consistir en el reemplazo del antiguo sistema de pensiones llamado “de reparto” por uno de capitalización individual. Hoy en  día existe un consenso amplio sobre la crisis definitiva de este sistema, entre otras razones por su grave deficiencia de cobertura, que no supera el 50% de la fuerza de trabajo; sus elevados costos de administración, que tienen como contrapartida las desmedidas ganancias de las AFP, reducidas cada vez más a un pequeño grupo de grandes operadores oligopólicos y; la manipulación por parte de las AFP del poder que les otorga el manejo de las inversiones de sus afiliados. Si se mantienen en el sistema previsional las actuales tendencias de ahorro, al año 2035 entre el 40 y 50 por ciento de los afiliados a las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) no tendrán derecho ni siquiera a la pensión mínima -hoy de menos de 155 dólares- que garantiza el Estado. Peor aún, entre el 70 y el 80 por ciento de estos trabajadores serán mujeres.

En definitiva, el modelo chileno ha definido la calidad de vida de la población sobre la base del lugar geográfico y social  en donde reside. La estigmatización y marginalización de los sectores empobrecidos ha aumentado, en particular por la municipalización de los servicios de salud y educación. Las escuelas y consultorios, al depender de los municipios, poseen presupuestos proporcionales a las condiciones económicas de los barrios en los que están ubicados. Por eso, las expectativas de vida en zonas pobres son entre 10 a 20 años inferiores en relación a las ricas. A modo de ejemplo, la mortalidad infantil en Puerto Saavedra, una zona indígena, es 14 veces mas alta que en el elegante barrio Vitacura.  Según los datos de la Universidad de Chile, de los 128 establecimientos que obtuvieron puntajes nacionales en la prueba de selección universitaria del año 2005, 88 son particulares pagados (68% del total); 27 corresponden a colegios particulares subvencionados (22%) y 13 son de origen municipalizado (10%). Sin embargo, los colegios particulares pagados acogen solamente al 8% más rico del país.

Estos aspectos no concuerdan con la imagen internacional que Chile proyecta. Incluso para buena parte de la elite chilena estos aspectos críticos son irrelevantes. Sin embargo, poco a poco el lado oscuro del “modelo chileno” empieza a ser más y más visible. La candidatura de Michelle Bachelet  ha mostrado preocupación por esta realidad, manifestando una mayor voluntad política que la administración de Lagos, en relación a cambiar algunos de los aspectos más brutales de este modelo. Bachelet ha planetado una “agenda pro igualdad”, que supere la “agenda pro crecimiento” que Ricardo Lagos negoció en 2000 con los líderes empresariales. ¿Será capáz el nuevo gobierno de la Concertación de enfrentar estos desafíos? ¿Poseerá Michelle Bachelet las herramientas para implementar esa nueva agenda?

La respuesta  a estas preguntas pasa por el grado de participación y apertura a la ciudadanía que Bachelet esté dispuesta a aceptar. Los seis años de ‘despotismo ilustrado’ de Lagos nos muestran que no basta un gobierno de técnicos eficaces y competentes para realizar este tipo de transformaciones .

ROMPER CON LA VIEJA MASCULINIDAD

Muy pocas veces un solo acontecimiento político puede generar transformaciones culturales importantes en un país. Los cambios en la mentalidad y las costumbres de un pueblo suponen procesos acumulativos largos que implican modificar hábitos muy arraigados, lo que no acontece de un día para otro. Sin embargo, el próximo 15 de enero, Chile tiene la posibilidad de vivir un acontecimiento que, sin duda, implicará un giro en la vida de los chilenos y chilenas. Tener en Sudamérica a una Presidenta elegida democráticamente y que plantea corregir algunas de las más brutales inequidades en las relaciones de género que vivimos a diario no es poca cosa.

El informe “Midiendo la brecha mundial entre los géneros”, elaborado en 2005 por el Foro Económico Mundial, muestra a Chile en el lugar 48 entre 58 países estudiados. Nuestro país fue calificado con una nota promedio de 3,46 (en una escala de 1 a 7), basándose en cinco patrones de inequidad entre hombres y mujeres: similitud de salarios por el mismo trabajo, acceso al mercado laboral no restringido, representación femenina en la toma de decisiones, acceso a la educación y la salud reproductiva.

En Chile sólo 44 de cada cien mujeres en edad y condición de desempeñar un empleo, tienen alguna ocupación remunerada. Además, las mujeres chilenas perciben salarios inferiores a los de los varones, aun en puestos que requieren una instrucción similar.

El Banco Mundial señala que en nuestro país los salarios percibidos por las mujeres son apenas 77% de los cobrados por los hombres. Respecto a la salud reproductiva es conocida la discriminación a la mujer en edad fértil que ejerce el sistema privado de salud. Si bien la presión ciudadana obligó a las isapres a eliminar los escandalosos “planes sin útero”, aún los planes femeninos se encarecen enormemente por los costos del embarazo.

Además, es evidente la desigualdad de las mujeres en el acceso a la justicia. Recién en 2005 se aprobó la ley de violencia intrafamiliar que, entre otras medidas, tipifica el delito de “maltrato habitual”, físico o psicológico. Sin embargo, siguen impunes muchas formas de violencia contra la mujer: como la violencia simbólica que se ejerce en la publicidad, el trabajo, las calles, las escuelas, universidades y los estereotipos culturales.

También continúan fuera de la ley muchas formas de violencia sexual y psicológica. La expresión más grave de esto es el alarmante aumento de casos de femicidio. Más de 25 mujeres fueron asesinadas en 2005 por sus parejas o ex parejas, tras largas historias de amenazas y castigos no sancionados a tiempo.

Chile posee un historial de machismo abierto y descarado. Tal vez por eso Sebastián Piñera usa argumentos impresentables a la hora de descalificar a Michelle Bachelet. Sus ataques a su capacidad y liderazgo nos revelan que Piñera está atado a los esquemas de la vieja masculinidad: exitista, autoritaria, prepotente y patriarcal. Su discurso muestra que para él es evidente que lo masculino posee una posición de natural superioridad sobre lo femenino.

La posibilidad de tener una Presidenta como Michelle Bachelet nos desafía a los varones a asumir una masculinidad diferente, más relacional, capaz de reconocer otros tipos de liderazgos, diferentes a los que hemos ejercido. Nos invita a pensar en nuevas formas de resolver conflictos y a buscar nuevas maneras de “ser productivos”, diferentes al rol de machos proveedores que nos hemos asignado. Si bien la probable elección de Michelle Bachelet no cambiará mágicamente estos aspectos, al menos supondrá un golpe histórico a la prepotencia de tantos Piñera que andan sueltos por las calles.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/romper-con-la-vieja-masculinidad/2006-01-02/191623.html