SOBRE LA VIOLENCIA DE PAPEL

Para los chilenos, es casi incomprensible una reacción tan violenta por unos simples dibujos. Nuestra experiencia histórica nos hace valorar profundamente la libertad de expresión y la posibilidad de tener una prensa abierta y sin censura. Sin embargo, es necesario analizar la “guerra de las caricaturas danesas” con mayor atención, distinguiendo las responsabilidades. Por un lado, es indiscutible que la indignación espontánea de millones de creyentes musulmanes ha sido manipulada por los islamistas radicales, en un esfuerzo por hacer realidad la lucha entre civilizaciones, profetizada por Samuel Huntington y por los fundamentalistas de distinto signo. Para los líderes radicales, este incidente se ha convertido en una excelente ocasión para confirmar de una forma verificable lo que tantas veces habían afirmado en sus sermones: el odio occidental hacia el Islam, y el desprecio a su forma de sociedad, y, por lo tanto, la muestra concreta de la incompatibilidad entre el liberalismo de Occidente y la fidelidad a la fe islámica en los términos en que estos líderes la definen.

Pero también es necesario contextualizar la situación de los musulmanes en la sociedad danesa. En 2001, luego de 72 años de hegemonía socialdemócrata, la derecha logra llegar al Gobierno mediante una coalición liberal-conservadora, y con el apoyo del Partido del Pueblo Danés, de extrema derecha. La principal consigna de este grupo, “Dinamarca limpia y sin tintes multicolores”, nos habla bien de su ideología. Lo que proponen es evitar que el país llegue a ser multicultural, lo que ocasionaría, según su líder Pia Kjaersgaard, que “culturas atrasadas y reaccionarias tengan la intención de destruir la estable y homogénea sociedad danesa”.

Desde ese cambio político, Dinamarca se ha convertido en el país europeo más restrictivo en su política migratoria. En estos últimos cinco años, el Gobierno danés ha sometido a una enorme presión a las minorías no autóctonas mediante la creación de un Ministerio de Migración e Integración, que en la práctica no sólo se ha centrado en restringir la migración, incluso de familias directas de los trabajadores migrantes. Además, ha ideado e implementado todo tipo de normas para presionar la asimilación cultural de las inmigrantes que residen en ese país por décadas.

En este contexto, la participación de Dinamarca en la guerra de Irak no asombró a nadie. Cuando el diario danés “Jyllands Posten” publicó, el 30 de septiembre de 2005, las doce caricaturas en las que se reproduce la imagen de Mahoma sabía que estaba actuando en un contexto de mucha polarización, y pudo prever las consecuencias de su acción. El mensaje de las caricaturas era evidente: la religión islámica llevaría implícita, dentro de sí, la carga del terrorismo. Una generalización lamentable. Por su parte, en vez de ayudar a resolver el impasse, el Primer Ministro Anders Rasmussen, se negó el 19 de octubre pasado a recibir a once embajadores de los países árabes que le solicitaron una audiencia pública para aclarar el episodio, lo que avivó las llamas del conflicto.

Si se analiza el caso de esta manera, es posible reconocer que existen responsabilidades múltiples en este absurdo proceso. El fundamentalismo islamista y la extrema derecha europea han logrado crear un escenario ideal para sus confrontaciones, que están teñidas de xenofobia e intolerancia. Y, lo más lamentable, es que quienes creemos en la posibilidad de construir sociedades multiculturales e integradoras nos sentimos impotentes mientras la violencia simbólica pasa rápidamente a ser real y concreta ante nuestra vista. Compatibilizar la libertad de expresión con la responsabilidad social de los medios de comunicación se ha convertido en una tarea cada vez más urgente y difícil. Más allá de toda consideración ideológica, vivimos en un mundo cada vez más conectado, donde la convivencia entre diferentes culturas exige afinar este tipo de discusiones.

Durante muchos años, la socialdemocracia europea idealizó el multiculturalismo, minusvalorando las dificultades propias de la convivencia cotidiana, de las personas concretas, que se encuentran día a día. En los ’70 y ’80 se pensaba que la población autóctona y homogénea lograría absorber a los miles de inmigrantes que ocuparon puestos de trabajo de baja calificación. La realidad fue otra. A fines de los ’90, la tercera generación de “europeos no autóctonos” entró en escena como una legión de adolescentes problema, afectados por conflictos de identidad y un alto desempleo. La delincuencia juvenil y los conflictos barriales y culturales que hoy sacuden a Francia son sólo un síntoma de la falta de integración de esa porción de la población en toda Europa.

Luego de constatar los efectos de las políticas represivas de la derecha xenófoba, hoy es posible volver a plantear un nuevo tipo de multiculturalismo, siempre que se evite “romantizar” las diferencias. De cierta manera, una parte de la izquierda, descontextualizada en sus escritorios, creyó que los rasgos de autonomía cultural de los migrantes mantenían en sus nuevos lugares de vida, podían constituir un modo de resistencia y una forma de autonomía. Pero la historia ha mostrado que las singularidades culturales no necesariamente son una muestra de la vitalidad de las clases subalternas, sino una forma de mantener el orden social.

La precondición más importante para llegar a constituir sociedades multiculturales es generar una educación para el diálogo y el entendimiento. Esto no significa una tolerancia débil, hacia un “otro” que se supone inferior, sino la tolerancia fuerte de una personalidad con autoestima, pero no orgullosa, capaz de aprender de otros sin temor a perder la propia identidad.

original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/sobre-la-violencia-de-papel/2006-02-13/185954.html