LOS CÓDIGOS DE LA FE

Es muy probable que Dan Brown, el autor de “El código Da Vinci”, nunca se imaginó el impacto que causaría con su novela en los debates teológicos y culturales del nuevo siglo. Porque es muy difícil explicar que un best seller policial, de consumo rápido y lectura fácil, destinado a un público masivo y desinformado, esté marcando la pauta de las discusiones entre los líderes eclesiales y espirituales de todo el mundo. Es un fenómeno curioso, que revela la fascinación que continúa despertando la figura de Jesús entre nuestros contemporáneos.

La mayoría de los comentaristas conservadores ha criticado el texto, y ahora la película, por representar, a su juicio, un ataque a la persona de Jesucristo. Y no han faltado las voces que han comparado este caso con las caricaturas del profeta Mahoma, publicadas a comienzo de este año en Dinamarca, tal vez con la secreta esperanza de atemorizar a los editores y divulgadores de esta obra con una reacción semejante a la ocurrida en los países islámicos. Sin embargo, tras esta condena simplificadora, no se escucha una palabra que explique los motivos que pueden haber convertido un libro como éste en un suceso editorial, y en un ineludible objeto de debates.

A mi modo de ver, “El código Da Vinci”, más allá de sus méritos o debilidades literarias y fílmicas, ha logrado fascinar a millones por la sencilla razón de poner en discusión, bajo el manto protector de la ficción, algunas de las contradicciones centrales que afectan a una parte de la Iglesia y de las instituciones católicas. Más que un ataque a Jesucristo, lo que Brown obliga a debatir es la relación del catolicismo con la sexualidad y el poder, dos esferas que han constituido algunos de los nudos más problemáticos en la historia de Occidente.

Ciertamente, Brown explora una imagen de Jesucristo que no se corresponde con las doctrinas cristológicas más difundidas, pero su propuesta alternativa no es insultante ni irrespetuosa. Y tampoco argumenta algo muy novedoso: la hipótesis de la relación entre Jesús y María Magdalena tiene mucho arraigo en corrientes cristológicas heterodoxas muy antiguas, y por lo tanto, la posibilidad de escandalizarse por postular a un Jesucristo casado es algo que un análisis histórico debería despejar fácilmente: no estamos ante el primer ni el último autor que desarrolle esa posibilidad, que ciertamente es factible de fundamentar bíblica y teológicamente. La más clara pista proviene de la tradición judía: un rabino soltero en el siglo I no hubiera tenido credibilidad alguna ante su comunidad por lo que hipotetizar un Jesús célibe es más difícil que uno casado. Por otro lado, en términos teológicos, asumir con coherencia la fe en la Encarnación supone creer que Jesús fue un verdadero ser humano, en toda su integridad, lo que incluye a la afectividad y la sexualidad humana. Y como la tradición cristiana argumenta, la verdadera humanidad de Cristo no niega ni se contradice con su naturaleza divina.

Por esto, mi sospecha apunta a que lo verdaderamente polémico, lo que de verdad incomoda, es otra cosa: lo que desata esta novela es la sombra de la duda en torno a las obsesiones y patologías que cierta teología cristiana desarrolló a lo largo de la historia en torno a la sexualidad humana. A las visiones que cierto tipo de cristianismo medieval generó sobre el cuerpo, sobre lo femenino, sobre el placer, sobre el pecado y el libre albedrío, y que siguen marcando la vida de millones de personas. Y junto con ello, cuestiona los mecanismos de poder que esa teología ha utilizado para imponerse en la vida política y cultural de Occidente. Por eso, usando la metáfora del código secreto, el lector actual sospecha que las actitudes misóginas y las fobias sexuales que la institución eclesial ha desarrollado a lo largo de la historia le han impedido acceder al conocimiento del verdadero mensaje de Jesús.

El fenómeno de “El código Da Vinci” muestra que el mensaje cristiano sigue convocando a todas las generaciones y despierta, incluso en las sociedades secularizadas, una fascinación incomparable. Sin duda, Jesús es hoy tan popular como ayer. Pero no ocurre lo mismo con la Iglesia. El papel del Opus Dei, como antagonista de esta novela, no sólo representa a esa polémica asociación de fieles y sacerdotes. Representa, en el imaginario actual, los lazos que tantas veces se han cruzado entre la cruz, la corona y la espada, que han servido para instaurar un orden social que poco o nada tiene en común con el mensaje del Evangelio.

En definitiva, la irrupción de “El código Da Vinci” en la discusión pública, más que atentar contra los creyentes, les permite renovar y repensar sus convicciones. Al fin y al cabo, la única forma de acercarse a Jesús es por medio de los códigos de la fe, que no tienen más dueño que al ser humano y su conciencia.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/los-codigos-de-la-fe/2006-05-23/192619.html