LAS CONTRADICCIONES DEL “CANDIDATO CRISTIANO”

Luego de pasar a la segunda vuelta electoral, Sebastián Piñera ha iniciado una campaña para perfilarse como candidato del humanismo cristiano. Su intento puede parecer legítimo. Su biografía atestigua que creció en una familia de valores cristianos, como la gran mayoría de los chilenos. Tampoco es novedoso que Piñera señale que el cristianismo es una de sus fuentes de inspiración política y fundamento de su acción pública. Lo ha hecho en muchas otras ocasiones. El peligro que entraña es la manipulación del electorado. Al presentarse de modo unívoco como “el” candidato cristiano y descalificar a Michelle Bachelet por no compartir el don de la fe, cae en un recurso que se repite en el mundo.

Recordemos que George W. Bush siempre tiene el nombre de Dios en los labios, oportuna e inoportunamente. En el primer aniversario del 11 de septiembre, centró su discurso en un texto del profeta Isaías: “La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ellas”. Obviamente, Bush identificaba a EEUU con la luz y a las tinieblas, con el “Eje del Mal”. Piñera nos coloca ante una disyuntiva semejante: el representante del humanismo cristiano ante la candidata agnóstica, incapaz de representar a los creyentes.

Sin embargo, basta fijarse un poco para notar que las cuatro candidaturas presidenciales han contado con el apoyo de sectores cristianos. Los grupos religiosos que apoyaron la candidatura de Lavín poco o nada tienen en común con los que se vincularon a Tomás Hirsch. Pero legítimamente los creyentes se identificaron en conciencia con lo que representaba cada candidatura. Es la imposibilidad de identificar al cristianismo con un proyecto político determinado. Si bien la fe debe traducirse en un estímulo a la transformación de la realidad histórica, es ilegítimo afirmar que las mediaciones políticas que un cristiano asuma para ese objetivo agotan la trascendencia de su fe. Por eso, el intento de Piñera de descalificar a su adversaria por no ser creyente implica un intento de apropiarse de lo divino, de manipular a su favor nada menos que el nombre de Dios.

¿Recordará Piñera el segundo mandamiento?: “No usarás en vano el nombre del Señor tu Dios” (Ex 20,7). Martin Buber interpretó este texto muy sugerentemente: “Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada… Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros, y dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios'”. En la política, Dios se ha transformado en un recurso que vende, y gana elecciones. Más allá de las invocaciones religiosas de los candidatos supuestamente cristianos, cabe preguntar por el modelo de cristianismo al que adscriben.

La identidad cristiana no se puede interpretar de modo unívoco, bajo los estrechos parámetros de una sola tradición hermenéutica. Ese es el error en que caen personajes como Bush o Lavín, que se sienten dueños de la única verdad sobre el cristianismo. Basta comparar la forma de actuar durante la dictadura de monseñor Jorge Medina con la de Raúl Silva Henríquez para darnos cuenta que dos obispos católicos intervinieron de maneras diametralmente diferentes. Pero tampoco es posible sostener una posición postmoderna, donde el cristianismo es entendido como una etiqueta intercambiable al gusto del consumidor, como gancho comercial en tiempos de ofertas.

¿A qué tipo de humanismo cristiano apela Piñera? ¿Al fundamentalismo sectario de Fernando Moreno Valencia? ¿O está más cerca de uno light, a la medida, y reducido a una marca registrada, que pueda atraer dinero y poder? La identidad cristiana sólo se puede encontrar en el constante recurso al diálogo entre objetividad y subjetividad, mediante el discernimiento. Es en la intimidad de la conciencia donde se juega la coherencia con la identidad cristiana, no en el recurso fácil a las etiquetas vacías de contenido.

Bachelet no es cristiana en un sentido religioso. Sin embargo, es posible descubrir en su mensaje y sus actitudes de vida una profunda sintonía con un cristianismo ético, basado en la solidaridad activa entre las personas. Incluso la consigna “Estoy contigo” es una propuesta que hunde sus raíces en la ética cristiana de la reciprocidad, que busca relaciones libres y solidarias. El liderazgo de Bachelet es inexplicable sin entender que la ciudadanía reconoció en ella valores centrales de la ética cristiana, como su capacidad de entender la vida como algo “por hacer”, y no como destino trágico y determinado. Su liderazgo, como la mujer que es capaz de perdonar sin olvidar, de rehacer puentes y cruzar fronteras, se ha manifestado como un verdadero “signo de los tiempos”. Cuando el Concilio Vaticano II dice que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres [y mujeres] de nuestro tiempo” (GS1) son también las experiencias de los discípulos de Cristo, reflejó este tipo de procesos convergentes entre identidad de fe y las llamadas de la historia secular. Son momentos en los cuales podemos entender a lo que Karl Rahner hacía referencia bajo el concepto de “cristianos anónimos”, o Paul Tillich, en la categoría de “Iglesia latente”; o Edward Schillebeeckx, con la “fe implícita” o Jacques Grand’Maison, cuando escribía sobre “una Iglesia fuera de la Iglesia”.

El mundo popular ha sabido leer estas señales y no cae en la trampa a la que Piñera pretende llevarnos. La fe de los humildes comprende muy bien el Evangelio cuando afirma: “No todo el que diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos” ( Mt. 7, 21).

 

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/las-contradicciones-del-candidato-cristiano/2005-12-18/191816.html

MARCHANDO HACIA EL INFIERNO

¿Existe el infierno? Esta consulta me ha perseguido durante estos días. Hace mucho que un tema teológico no causaba tanta inquietud en gente que normalmente no se hace estas preguntas. Pero desde el domingo 10 muchos me han interrogado de formas distintas para saber si realmente existe “algo así” como el infierno. Es una reacción instintiva, algo irracional, que no busca tanto la solución de un dilema metafísico como tratar de encontrar sentido al dilema de la injusticia de este mundo.

Pinochet murió sin condena, y más encima, puede vanagloriarse ante el mundo en un funeral faraónico. ¿Si en este mundo no se ha alcanzado la justicia, es posible que se alcance después de la muerte? El escritor Carlos Fuentes lo dijo de forma simpática: “El diablo va a tener un mal día, le van a quitar la presidencia del infierno”.

Naturalmente, si nos imaginamos algo así como el averno de Dante, un espacio de fuego y terror, con nueve círculos concéntricos, lo más probable es que el infierno no exista. La sagrada escritura cuando se refiere al tema, ocupa un lenguaje simbólico.

El Nuevo Testamento presenta el lugar destinado a los obradores de iniquidad como un horno ardiente, donde “será el llanto y el rechinar de dientes” (Mateo 13, 42) o como la gehenna de “fuego que no se apaga” (Marcos 9, 43).

En la parábola del rico Epulón, se precisa que el infierno es el lugar de pena definitiva, sin posibilidad de retorno o de mitigación del dolor (Lucas 16, 19-31). El Apocalipsis lo representa plásticamente en un “lago de fuego” para los que no se hallan inscritos en el Libro de la Vida, yendo así al encuentro de una “segunda muerte”.

En julio de 1999, Juan Pablo II afirmó que “las imágenes con las que la Sagrada Escritura nos presenta el infierno deben ser rectamente interpretadas. El infierno indica más que un lugar, la situación en la que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios, fuente de vida y de alegría”.

El infierno es una situación vital, no un espacio determinado. De asumir esta definición, empezamos a comprender que es una realidad antropológica en la que está quien se hace prisionero de su soberbia y de su arrogancia y es incapaz de salir de su “cárcel narcisista”. Es una opción existencial para quien decide vivir egoístamente, por sí mismo, sólo para él, a costa incluso del daño que pueda causar al resto.

En esta opción por la soledad, el ego va construyendo barreras cada vez más impenetrables que, al final, impiden que se pueda discernir entre el bien y el mal, entre la mentira y la verdad, entre el autoengaño y la razón. El catecismo lo resume muy bien diciendo que “morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno” (n. 1033). Por eso no se podría decir que Dios es el que sentencia al infierno, sino que son los humanos quienes se condenan. Esto implica reconocer el riesgo de que cada uno pueda tomar esa opción, de manera libre, porque Dios no interviene en la libertad humana.

Ni los ritos más ostentosos ni las oraciones más solemnes que podamos hacer en el mundo pueden “salvar” el alma de un autocondenado. Una misa en estas condiciones no es más que un espectáculo vacío, que viene a reforzar el encierro de quien ha decidido romper sus lazos con la realidad, transformándose a sí mismo en su propio dios.

El único modo de evitar el infierno es mediante el arrepentimiento, volviendo a caminar por sobre los propios pasos. La lengua hebrea es muy gráfica para describir qué implica este proceso: dar la vuelta, regresar, abandonar, y quemar los ídolos que se han adorado. Y en griego, el evangelio habla de “metanoia”: un cambio radical en el pensamiento, en nuestra comprensión de la realidad, en los valores, en las metas, en los propósitos y en las relaciones.

Si existe arrepentimiento verdadero, se debería confesar el pecado públicamente, de manera explícita y consistente. Y finalmente, se debería restituir lo dañado. Si es dinero robado, se debería asegurar su reintegro. Si se ha matado, se debería buscar un modo de reparar el mal ocasionado.

Definitivamente, el infierno existe, pero no como un mar de fuego donde los diablos clavan sus tridentes en la carne.

Tal vez sólo es una proyección del anhelo de impedir que la injusticia triunfe, como ocurre tantas veces. Pero debemos reconocer que existen “demonios” en la mente que hacen que la egolatría logre arrebatarnos aquello esencialmente humano que nos distingue de las bestias: la capacidad de pensar desde el punto de vista del otro.

Cuando eso ocurre, el mal se banaliza hasta parecer como simple “exceso”, suceso insignificante que se justifica como detalle de una gran historia.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/marchando-hacia-el-infierno/2006-12-17/175333.html

Flexi-ambigüedad

La aplaudida presentación del ministro de Hacienda en la última Enade ha instalado el tema laboral como el gran debate para los próximos meses. Al plantear el concepto danés de “flexiguridad” Velasco ha tratado de encontrar la piedra filosofal que permita zanjar la larga discusión entre el empresariado, partidario de flexibilizar aún más el mercado del trabajo, y las organizaciones sindicales que plantean una mayor protección social.

Este debate toca frontalmente el modelo de sociedad que queremos construir. Pone en discusión si se da continuidad al neoliberalismo imperante desde hace décadas o comenzamos a buscar alternativas que nos permitan construir una sociedad donde primen los valores de la igualdad y la protección social. Es evidente que no es posible dejar a todo el mundo contento cuando la contradicción entre el trabajo y el capital se manifiesta de la forma brutal como se da en Chile. Flexibilidad y seguridad social son conceptos que colisionan entre sí, y no es posible optar por uno sin subordinar al otro.

Si vamos a copiar un modelo como el danés, es necesario imitarlo integralmente. Dinamarca es un país pequeño, y en el que sólo hay 2 millones 900 mil personas en el mercado del trabajo. Además, tienen negociación colectiva por sector, el 80% de las personas están sindicalizadas y la tasa de reemplazo del seguro de cesantía (monto que recibe la persona cesante) es de 80% de su sueldo. La educación y la salud son públicas, y forman parte de una extensa red de protección social que se financia en gran parte gracias los impuestos a la renta de las empresas, que llegan a 40%. Dinamarca logró implementar con éxito un modelo de protección social que permite garantizar el derecho al trabajo. Las normas de flexibilidad laboral que en el último tiempo se han introducido en ese país han conservado las bases de este modelo, pero permitiendo una mayor rotación laboral, lo que ha ido en beneficio principalmente de los jóvenes, que han podido acceder más rápidamente a un primer empleo.

Las diferencias saltan a la vista. En Chile el impuesto a las empresas es de 17%, hay una muy baja tasa de sindicalización y el seguro de cesantía que reciben los trabajadores es impresentable. El desmantelamiento de todo sistema de protección social ha convertido a Chile en un paraíso para los ricos, que liberados del pago de impuestos, cuentan con una masa laboral muy “barata” lo que les permite acumular de modo rápido y depredador.

En definitiva, parece que no existe la fórmula mágica para acabar con la tensión entre protección social y flexibilidad laboral. Es necesario optar de manera decidida tanto en esa materia como en otras similares en la que se aprecia la misma ambigüedad gubernamental: en los cambios al sistema de AFP, en la reforma al mercado de capitales, en el informe de la comisión sobre educación, en la conformación del ministerio del Medio Ambiente y la resolución de los conflictos ambientales, y en muchas otras materias.

Evidentemente el Gobierno está atravesado por distintas visiones que conviven desde el origen de la Concertación. Además, sabemos que la “divisoria de aguas” entre los neoliberales y los sectores progresistas atraviesa transversalmente a los partidos del conglomerado de gobierno. La pregunta que surge, en un tiempo en que la Concertación muestra evidentes muestras de agotamiento político, es ¿hacia donde decantará este debate? ¿En qué campo estarán los actores políticos a la hora de tener que enfrentar con mayor claridad una serie de definiciones que ya no pueden seguir siendo pospuestas?