ENTRE EL MIEDO Y EL SILENCIO

SE TRATA DE un miedo irreprimible. Algo nos impide, a todos, y a veces, enfrentar nuestros inevitables conflictos en este Chile de consensos forzados. Porque no todos pensamos igual, aunque muchos se esfuercen en ocultarlo. Para muestra, baste recordar las histerias que se desataron cuando en los pasillos del Congreso alguien osó nombrar, hace poco, lo innombrable: el aborto, la salud reproductiva, los derechos sexuales.

Como católico reconozco que el miedo a este debate también me corroe. Evito esta discusión cada vez que puedo, y cuando me envalentono y quiero expresar lo que en realidad pienso, inevitablemente me reprimo. En esos instantes siempre me acuerdo del derecho canónico, que sentencia de modo tajante en el canon 1398, “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sentencia”. Obvio: el canon no prohíbe el debate, pero es muy claro que para los católicos resulta muy difícil enfrentar una discusión compleja sobre este asunto. El anatema ronda las conciencias y traspasar ese límite a estas alturas es muy complicado. Es una señal de identidad confesional, y si se cruza la línea, se abandona el rebaño.

Muchas veces me he repetido, a modo de consuelo: otras generaciones van a tener que enfrentar la discusión, sin las simplificaciones con las que hoy se aborda. Pero también esas generaciones hipotéticas heredarán los prejuicios e intolerancias que hoy obligan a postergar, otra vez, los temas de fondo que no nos atrevemos a asumir de forma radical. Si la vida fuera tan simple como la define el derecho canónico y Santo Tomás de Aquino, no sería necesario hablar de esto. Pero, lamentablemente, el aborto no puede ser analizado de manera aislada, como un hecho abstracto y separado de las circunstancias que conducen a él.

Bertolt Brecht escribió un poema que no deja de ser conmovedor y actual. Se llama “La infanticida Marie Farrar”. Allí Brecht se enfrenta al caso de una menor, huérfana y raquítica, embarazada, que intenta sin éxito abortar. Finalmente comete infanticidio. Los versos finales dicen así: “Marie Farrar, nacida en abril, muerta en la prisión de Meissen, madre soltera, sentenciada, quiere mostrarles los sufrimientos de todas las criaturas. Ustedes que dan a luz en limpias camas de maternidad y llaman ‘benditos’ a sus vientres preñados, quieran no condenar a los débiles perdidos, pues sus pecados fueron duros y su dolor fue grande. Por eso, les ruego, se abstengan de juzgar. Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás”.

Este es el tipo de contradicciones que obliga a debatir de verdad. Si sólo se tratase de un problema de principios y valores, sería posible hablar en los salones académicos. Pero no es así. Los católicos vivimos felices, sentados en la falacia de creer que por no ser legal, el aborto no existe. Y nos aterra su despenalización por el solo hecho de pensar que existirá a partir del momento en que la ley lo apruebe. Confundimos despenalización con incitación o promoción del aborto. Y es mucho más fácil lucir ante los demás el título de “defensores del derecho a la vida”. Mucho más difícil es enfrentar la realidad.

Ivone Gebara, famosa religiosa y teóloga brasileña, ha resumido brillantemente este problema, al afirmar que “el dolor de los principios es abstracto, pero el dolor de la mujer que no quiere y no puede dejar que se desarrolle su embarazo es concreto, es un dolor que se siente en la piel”. Pero por decir cosas como esta, Ivone fue sometida a un proceso canónico. A diferencia de muchos de nosotros, cobardes y pudorosos, ella se atrevió a ir más lejos, y afirmó: “El aborto no es pecado. El Evangelio no trata esto. El Evangelio es un conjunto de historias que generan misericordia y ayuda en la construcción del ser humano. La dogmática en relación con el aborto ha sido elaborada a lo largo de los siglos. ¿Quién escribió que no se puede controlar el nacimiento de los hijos? Fueron los sacerdotes, hombres célibes encerrados en su mundo en el que viven confortablemente con sus manías. No tienen mujer ni suegra y no se preocupan de algún hijo enfermo; algunos hasta son ricos y tienen propiedades. Así, es fácil condenar el aborto”.

Para Gebara no se trata de estar en favor o en contra del aborto. Se trata de condenar a la sociedad que no provee las garantías para mujeres y adolescentes. Y sentencia: “Una sociedad que no tiene condiciones objetivas para dar empleo, salud, vivienda y escuelas, es una sociedad abortiva. Una sociedad que silencia la responsabilidad de los varones y sólo culpabiliza a las mujeres, que no respeta sus cuerpos y su historia, es una sociedad excluyente, sexista y abortiva”. Es necesario superar el miedo, y dejar de callar.

Original: http://www.lanacion.cl/noticias/opinion/entre-el-miedo-y-el-silencio/2007-02-11/193628.html