El dedo en la llaga

Según el gobierno chileno, el presidente Hugo Chávez habría insultado al Senado de nuestro país. Y de esa interpretación se han colgado la mayoría de los medios de comunicación, que han centrado la visita de la presidenta Bachelet a Venezuela en sus actitudes ante la pretendida ofensa a esta institución de nuestra República. Sin embargo, lo que parece quedar oculto en toda esta polémica es lo que verdaderamente dijo Chávez y que parece velado por esta supuesta “injerencia” verbal.

Lo que cualquier buen entendedor debería leer en las palabras del presidente venezolano no es más ni menos que la constatación de un hecho político indesmentible: la derecha chilena es extremista, y puede ser catalogada, de modo analítico, como fascista. Si a ese sector político este análisis le parece injurioso, está en su derecho, pero en caso alguno se trata de un insulto al conjunto del Senado. El debate debería centrarse entonces en la caracterización que merece nuestra derecha criolla. ¿Qué tan extremista es? ¿Puede llamársele efectivamente “fascista”? ¿Cual es la imagen que esta derecha transmite al exterior sobre nuestro país? Estas son las preguntas que debería desatar la afirmación del presidente Chávez y no un debate inconducente que tergiversa groseramente las afirmaciones que realizó el presidente de Venezuela.

Chávez ha puesto el dedo en la llaga, señalando que la derecha chilena no cumple con mínimos estándares democráticos internacionales, y para probar su afirmación ha recordado su currículum golpista, que no solamente está directamente ligado el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, sino también al apoyo entusiasta a todos los atentados contra la democracia que han ocurrido en América Latina desde hace mucho tiempo.

Cualquier analista político riguroso no podría caracterizar a los partidos de la Alianza por Chile dentro de las versiones modernas y moderadas de la derecha. Partidos como la UDI no pueden ser equiparados al Partido Popular español, a pesar de la virulenta y agresiva oposición que este ha realizado en los últimos años al gobierno del PSOE. Tampoco puede ser comparada con la UMP francesa, ni siquiera con el Partido Conservador británico. Se le podría asociar con el Frente Nacional de Jean Marie Le Pen, nostálgico de la Francia de Vichy, los partidos ultracatólicos de Polonia, o los sectores más unilateralistas y guerreristas del Partido Republicano de los Estados Unidos. Pero los únicos partidos con los que se podría comparar a la UDI de manera realmente justa es con otros partidos derechistas latinoamericanos, herederos de las dictaduras genocidas que azolaron nuestro continente: ARENA del El Salvador, el Frente Republicano Guatemalteco, Acción Democrática Nacionalista de Bolivia, por citar algunos ejemplos.

A todos estos partidos les une el desprecio ideológico a la democracia, que es interpretada desde una clave netamente procedimental. Para muestra de lo anterior es útil remitirse a la entrevista que el diario La Nación efectuó a Gonzalo Müller, encargado electoral de la UDI el domingo 15 de abril. En esa ocasión, afirmó que “Nosotros hemos llegado a un 48% de los votos defendiendo el binominal, nadie va a dejar de votar por nosotros, porque lo defendemos. No es un tema relevante a la hora de captar votación y sí lo es desde el punto de vista de lo que queremos”. Se desprende que en los análisis políticos de la UDI poco o nada importa la calidad y intensidad de la democracia, solamente el proyecto político que sustentan, y que implica la exclusión permanente de quienes no se identifican con los partidos políticos hoy existentes en Chile. Renovación Nacional no se aleja demasiado de estas valoraciones. Basta recordar las recientes afirmaciones de su presidente, Carlos Larraín, que acusó a la presidenta Bachelet de “gobernar con el libro rojo de Mao en la mano”, debido al proyecto de reforma educacional que ingresó al parlamento durante la semana pasada.

Para entender el ethos y el pathos del discurso de los partidos de la derecha chilena es útil analizar a sus principales ideólogos y agitadores. Cada miércoles, en El Mercurio, Hermógenes Pérez de Arce deleita a sus seguidores con afirmaciones que niegan de las violaciones de los derechos humanos acaecidas en dictadura, o en el mejor de los casos en la legitimación ética de los inocultables crímenes del pinochetismo, que no pueden ser disimulados ni con sus extrañas argumentaciones. Y si se trata de impulsar una agenda propositiva, allí aparece José Piñera para sostener proyectos privatizadores que ni siquiera Margaret Thatcher se atrevería a defender en público. Si se trata de sumar algo de Logos al particular Ethos de Hermógenes y al Pathos privatista de Piñera, podemos leer a Cristobal Orrego, el nuevo intelectual del Opus Dei criollo, que cada domingo escupe sus ofensas a diestra y siniestra. Por lo tanto, ¿de qué nos escandalizamos? ¿acaso el presidente Chávez ha dicho algo que pueda negar cualquier observador medianamente juicioso de nuestra realidad?