Caminar al ritmo de la propia conciencia

La directiva del partido Demócrata Cristiano ha presentado una acusación en contra del Senador Adolfo Zaldívar ante el Tribunal Supremo de esa colectividad. Se le acusa de votar en contra del parecer de la directiva partidaria, al rechazar la entrega US$ 290 millones al Transantiago.

No recuerdo una situación semejante en nuestra convivencia democrática. Por una parte se ha argumentado que este tipo de acusaciones vulnera el art.32 de la ley Orgánica Constitucional de Partidos Políticos, que prohíbe las «órdenes de votación» a los parlamentarios. Sin embargo, creo que en este caso estamos ante una situación todavía más grave. A un Senador se le pretende condenar por votar en conciencia. La opinión pública en general, y los miembros de su partido en particular, pueden opinar como quieran sobre las razones que Adolfo Zaldívar ha esgrimido para votar en la forma como lo ha hecho. En una democracia se le puede apoyar o se le puede rebatir, pero lo inconcebible es que se juzgue la interioridad de una persona. Si eso ocurre con un parlamentario se abre la posibilidad a que en el futuro se abra la puerta para violar uno de los derechos fundamentales que nos permiten convivir de forma democrática. Estamos ante una coyuntura que amenaza el carácter sagrado de la libertad de conciencia, derecho anterior y superior a cualquier ordenamiento jurídico.

La libertad de conciencia sólo puede ser planteada si aceptamos la tesis de que en la naturaleza de todo ser humano -en su realidad primaria, básica y fundamental- existe un conjunto de prescripciones racionales que lo impelen a obrar el bien y evitar el mal. Conciencia, por lo tanto, es el juicio moral que cada persona hace de sus acciones, después de cotejarlas con la regla objetiva de conducta impresa en su propio ser. Esta capacidad fundamental bien puede basarse en principios religiosos, como inspirarse en sistemas de carácter filosófico, humanistas o políticos. Por este motivo la libertad de conciencia es uno de los fundamentos de la ética universal.

Parece inverosímil que en nuestro país se pretenda atentar contra ella y vulnerar así la Declaración Universal de Derechos Humanos y el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos que garantiza este derecho en su artículo18. Por otra parte, nuestra  Constitución, como todas las constituciones o cartas magnas de los estados modernos,  resguarda la libertad de conciencia en el artículo 19, nº6.

La libertad de conciencia como derecho humano primario, abarca, simultáneamente, dos poderes jurídicos: el de obrar sin impedimento y de obrar sin coacción. El primero es una inmunidad. El segundo, una autonomía. La libertad de conciencia nos hace inmunes y autónomos. Inmunes, porque nadie puede impedirnos o imposibilitarnos el seguimiento de los juicios proferidos por aquella facultad a la cual compete dictaminar sobre las cualidades de nuestros actos. Autónomos, porque nadie puede hacer violencia para ordenarnos a obrar en oposición de esos dictámenes. Se viola, pues, la libertad de conciencia cuando un hombre es víctima de impedimentos o de coacciones que afectan su fidelidad al juicio de la razón sobre lo que moralmente puede hacer u omitir en una circunstancia particular.

Ya en el siglo XVIII Tomas Paine señalaba que la conciencia humana, su capacidad de discernir entre el bien y el mal, no puede ser violada ni siquiera por una obligación legal, y que el contrato social representa una sujeción de conductas externas, pero jamás puede llegar a afectar la interioridad moral fundamental de la persona.

Ser ciudadano es objetivamente una condición que antecede a la inserción en una determinada sociedad política. La capacidad y dignidad inviolable de la conciencia humana nunca puede ser vulnerada bajo el pretexto de la lealtad partidaria o la obediencia ciega a las jerarquías. Si en esta ocasión permitimos que este derecho humano sea violado se sentará un precedente nefasto que amenazará no solo los derechos de un parlamentario, sino también los de toda la ciudadanía.

Tal vez, los acusadores del Senador Zaldivar deberían reflexionar por un momento los versos de Henry David Thoreau: «Cuando un hombre no camina al mismo ritmo que sus compañeros, puede ser debido a que oye un tambor distinto. Que ande al son de su música, por distinta y lejana que sea su cadencia».

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