VICTOR FARÍAS Y SANTA MARÍA DE IQUIQUE: UN INTENTO DE ASESINAR LA MEMORIA.

Alvaro Ramis

El investigador Víctor Farias, autor de una serie de polémicos estudios históricos, ha anunciado la publicación de un nuevo libro titulado “Santa María de Iquique: La realidad de un mito”. Con este texto Farias continúa con el leitmotiv de sus obras anteriores, que siempre se han fijado un objetivo “desmitificador”, ya sea de algún personaje público (Heidegger o Allende) o de algún sector político o social (el nazismo o la izquierda chilena).

Farías descubrió en 1987 lo rentable que resulta este tipo de obras. Con “Hedegger y el nazismo” se convirtió de la noche a la mañana en un autor “superventas” y una referencia a la hora de analizar la vida del filósofo alemán. Sin duda, su libro provocó un gran eco mediático y no faltaron quines hablaron de un «informe abrumador» o de un «libro-acontecimiento». Desde esa fecha se han publicado miles de ejemplares de esta investigación y Farías logró una fama rápida en Alemania, al calificar las relaciones del filósofo con el nazismo como «una adhesión sin límites al fondo general del nacionalsocialismo». Lo que no es tan conocido es que luego del boom originado por este texto, los círculos académicos, de forma rigurosa pero obviamente mucho menos noticiosa, han criticado duramente los argumentos de Farías respecto a Heidegger.

Uno de filósofos que han refutado más sólidamente a Farías ha sido el académico de la Universidad de Berkeley Philippe Lacoue-Labarthe, quién sentenció secamente: “En el fondo este libro no es justo y lo considero incluso -y mido mis palabras- deshonesto”[1]. En su opinión, Farías no sólo trata de construir un bestseller reflotando  elementos ya ampliamente conocidos. Su crítica se basa en la forma en que “Heidegger y el nazismo” presenta los hechos, bajo el manto de un trabajo historiográfico escrupuloso, pero que descontextualizando elementos dispersos, busca instalar afirmaciones simplificadoras, carentes de rigurosidad. Lacoue-Labarthe plantea que Farías usa un “collage de documentos heterogéneos en cuanto a su significado y a su envergadura filosófica y política”, para llegar a conclusiones que buscarían deslegitimar el conjunto de la obra Heideggeriana.

En la misma línea se ha expresado Jacques Derrida, uno de los más influyentes pensadores y filósofos contemporáneos, que ha denunciado la deshonestidad intelectual de Farías al tratar de extraer conclusiones filosóficas desde elementos histórico-biográficos que se deben analizar en su propia especificidad. Jean Beaufret, simplemente se refirió a las críticas de Farías recordando que Heidegger es “alguien que se sale lo suficiente de lo común para suscitar en contra suya la conjura de los mediocres en nombre de la mediocridad”.

Lamentablemente,  Farías logró opacar el prestigio de Heidegger entre el gran público, pero en el terreno estrictamente filosófico hoy no es posible prescindir de obras como Ser y Tiempo. A pesar de lo repudiable que fue la connivencia de Heidegger con el nazismo, su obra merece una atención necesaria, sin la cual no hubiera sido posible el pensamiento de autores como Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, Emmanuel Lévinas, Michel Foucault, Paul Ricoeur, e innumerables otros.

Luego del éxito comercial de su libelo contra Heidegger, Farías se ha dedicado a replicar este “modelo” de múltiples maneras, por lo cual podríamos hablar de una “metodología” propia, basada en escoger un tema o un personaje de alta significación intelectual o política, para proceder a escarbar en los vericuetos archivísticos más olvidados, para encontrar aquellas pruebas que le incriminen de alguna manera. No en vano el propio Farías ha declarado que “mi señora dice que se casó con un filósofo, pero que vive con un detective”. Después, con las pruebas en la mano, se convierte en el juez que dicta la sentencia condenatoria, que supuestamente destruye un cúmulo de falsedades que se han arropado con mitologías.

El problema es que el Farías siempre necesita dar un golpe, para lograr un titular espectacular que le garantice la masividad de las ventas. De nada le serviría descubrir fuentes de gran valor historiográfico para sostener un argumento ya divulgado. Se trata de lograr la novedad absoluta, la polémica rápida, propia de quién atrapó al criminal desconocido y que nadie pudo alcanzar antes que él.

En el libro sobre Santa María de Iquique Farías utiliza esta misma metodología “desmitificadora”. El “detective” asegura que ha investigado por tres años la matanza de 1907 para descubrir lo que en cien años nadie había visto o querido ver. Y el juez sentencia que el principal responsable de la masacre no fue el Gobierno ni el Ejército, sino… la izquierda. “Era una facción anarco-izquierdista que utilizaba a la masa, dejándola en una situación de conejillo de Indias”, afirma en El Mercurio[2]. Para el “juez”  Farías, la dirigencia de la huelga buscó que les dispararan, ya que era parte de una estrategia premeditada de victimización. Además, Farías exculpa al genocida directo, el general Roberto Silva Renard, asegurando que “hay que destacar que trató, por todos los medios, de ser un factor de negociación entre ambas partes”.

Finalmente, por medio del único dato aparentemente novedoso que parece haber encontrado, Farías sindica como traidores a los dirigentes de los trabajadores, por haber solicitando la protección del consulado de Estados Unidos ante la inminencia de su persecución por la autoridad militar. Se olvida, deliberadamente, de la información que Luis Casado ha recuperado para refutarle: “los dirigentes obreros nunca ocultaron esta visita al Cónsul estadounidense, y que Luis Olea (sobreviviente de la masacre) la relata en una carta publicada por el diario “El pueblo Obrero” en 1908”[3]. Efectivamente, lo único que puede revelar esta poco novedosa información, es cierta ingenuidad de los dirigentes pampinos, al pensar que el consulado norteamericano iba a protegerles, entrando en conflicto con los intereses del gobierno chileno y del Imperio Británico.

Por absurda que nos parezcan la tesis de Farías, es necesario reconocer que su nueva obra cumple al pie de la letra la metodología que tantos beneficios le ha reportando con anterioridad. El escándalo es rápido, y aunque se puedan rebatir fácilmente sus afirmaciones, el  impacto de sus supuestas revelaciones opaca cualquier clarificación posterior. Basta recordar su libro “Salvador Allende, Antisemitismo y Eutanasia”, que aunque enteramente rebatido y desacreditado por cualquier especialista con algún asomo de objetividad[4], ha causado enorme daño a una figura que debería despertar, sino admiración política, al menos respeto ético universal.

Es paradojal que uno de los argumentos de Farías para elaborar este tipo de textos aparentemente “desmitologizadores” es obligar a otros a someterse a la autocrítica. ¿Con que  autoridad exige a los demás un ejercicio de esta naturaleza si él no ha sido capaz de responder a ninguno de los cuestionamientos públicos que se han hecho a sus obras? Arropado en el apoyo financiero y mediático del CEP, el principal centro de estudios de la derecha liberal, y de la Universidad Andrés Bello, ligada también a grupos empresariales de derecha, Farías pontifica y juzga sin hacer caso a las críticas que demuelen sus constructos teóricos.

 

Si empleáramos el método de Farías para analizar su propia obra sería bastante fácil despertar también escándalos fáciles y lucrativos. Basta retomar uno de sus argumentos recurrentes, por el que culpabiliza a la Unidad Popular por las violaciones a los derechos humanos… cometidas por la dictadura. A su juicio, la radicalización y la ruptura del estado de derecho “obligaron” a actuar a las FFAA. En su análisis afirma “Cuando tú no tienes la mitad del pueblo más uno y cuando no has dividido al ejército a tu favor, intentar hacer una revolución no es un error, es un crimen.”[5].

Es interesante contrastar estas afirmaciones con el programa del Seminario internacional sobre Estado y Derecho en un período de transformación, organizado por el CEREN de la Universidad Católica en enero de 1973. En ese evento podemos encontrar a Víctor Farías exponiendo junto al especialista soviético Vladimir Tumasov, una ponencia titulada “El Estado Popular, objetivo de la Unidad Popular” en la que llama a traspasar los límites de la legalidad burguesa[6]. Utilizando consistentemente la metodología de Farías sería posible acusarlo a él mismo de asesino, por haber generado las condiciones para el golpe de estado y sus consecuencias. Obviamente una acusación de este tipo sería tan injusta como la que él realiza ahora contra los obreros de 1907.

Farías no ha descubierto nada nuevo. Pero tampoco se trata de una simple lectura histórica alternativa de los acontecimientos de 1907. Al afirmar que las víctimas fueron las causantes de su propia masacre, Farías se transforma en uno de los tantos “asesinos de la memoria”[7], a la misma altura que los historiadores revisionistas neonazis que culpabilizan a los propios judíos de la Shoah.  El caso más conocido es Josef Ginsburg (J. G. Burg), un historiador judío, famoso por afirmar que la actitud antifascista del movimiento sionista de los años treinta fue la causa del holocausto judío. De la misma forma Farías, en algún momento militante de izquierda,  acusa  a la izquierda de ser la autora de la responsable de la masacre.

Las obsesiones de Víctor Farías no tienen más explicación que en rencores no expresados y en su absoluto oportunismo, que siempre le llevará a seguir buscando el titular “escandaloso” que permita la ganancia fácil y el protagonismo inmediato. Es una lástima que un buen archivista desperdicie su talento con tan bajos intereses. Porque aunque la deshonestidad intelectual de Farías no pueda ser objeto de sanciones penales, debe ser sancionada a nivel académico y sobre todo, debe ser condenada éticamente, como un intento más de acallar las voces de las víctimas, que siguen clamando justicia desde el fondo de la tierra.


[1] Philippe Lacoue-Labarthe. Sobre el libro de Víctor Farías. Heidegger y el nazismo” En «La ficción de lo político», traducción de Miguel Lancho, Arena Libros, Madrid, 2002, pp. 139-156.

 

[2] El Mercurio, 16 de diciembre de 2007.

[3] Luis Casado. “Infamias ordinarias”. El Clarín de Chile. Martes, 26 de junio de 2007.

[4] Al respecto basta retomar los argumentos de Julio Silva Solar, “Víctor Farías y su fobia contra Salvador Allende”  y “Las “pruebas” de Farías que no prueban nada” en La Nación, 30 y 31 de enero de 2007.

[6] OSAL 2007. “Seminario internacional sobre estado y derecho en un período de transformación” (Buenos Aires, CLACSO) Año VIII, Nº 22, septiembre.

[7] Pierre Vidal-naquet “Los asesinos de la memoria”, Siglo XXI México, 1994.

Santa María de Iquique y Victor Farías: desmitificando al desmitificador

El investigador Víctor Farias, autor de una serie de polémicos estudios históricos, ha anunciado la publicación de un nuevo libro titulado “Santa María de Iquique: La realidad de un mito

Con este texto Farias continúa con el leitmotiv de sus obras anteriores, que siempre se han fijado un objetivo “desmitificador”, ya sea de algún personaje público (Heidegger o Allende) o de algún sector político o social (el nazismo o la izquierda chilena).

Farías descubrió en 1987 lo rentable que resulta este tipo de obras. Con “Hedegger y el nazismo” se convirtió de la noche a la mañana en un autor de referencia mundial a la hora de analizar la vida del filósofo alemán.

Sin duda, su libro provocó un gran eco mediático y no faltaron quines hablaron de un «informe abrumador» o de un «libro-acontecimiento». Desde esa fecha se han publicado miles de ejemplares de esta investigación y Farías logró una rápida fama en Alemania, al calificar las relaciones del filósofo alemán con el nazismo como «una adhesión sin límites al fondo general del nacionalsocialismo».

Lo que no es tan conocido es que luego del boom originado por este texto, los círculos académicos, de forma rigurosa pero obviamente mucho menos noticiosa, han criticado duramente los argumentos de Farías.

Uno de filósofos que le han refutado más sólidamente fue el académico de la Universidad de Berkeley Philippe Lacoue-Labarthe, quién sentenció secamente: “En el fondo este libro no es justo y lo considero incluso -y mido mis palabras- deshonesto” .

En su opinión, Farías no sólo trata de construir un best seller desde elementos ya ampliamente conocidos. Su crítica se basa en la forma en que “Hedegger y el nazismo” presenta los hechos, bajo el manto de un trabajo historiográfico escrupuloso, pero que descontextualizando elementos dispersos, busca instalar afirmaciones simplificadoras, carentes de rigurosidad. Lacoue-Labarthe plantea que Farías usa un “collage de documentos heterogéneos en cuanto a su significado y a su envergadura filosófica y política”, para llegar a conclusiones que buscarían deslegitimar el conjunto de la obra Heideggeriana.

Obviamente, Farías logró opacar la fama de Heidegger entre el gran público, pero en el terreno estrictamente filosófico hoy no es posible prescindir de obras como Ser y Tiempo y el Kantbuch.

Desde 1987, Farías se ha dedicado a replicar este “modelo” de múltiples maneras, por lo cual ya podríamos hablar de una “metodología” propia de Farías, basada en escoger un tema o un personaje de alta significación intelectual o política, para proceder a escarbar en los vericuetos archivísticos más olvidados, para encontrar aquellas pruebas que le incriminen de alguna manera. No en vano el propio Farías ha declarado que “Mi señora dice que se casó con un filósofo, pero que vive con un detective”.

El problema es que el “detective” Farías siempre necesita dar un golpe, para lograr un titular espectacular que le garantice la masividad de las ventas. De nada le serviría descubrir fuentes de gran valor historiográfico para sostener un argumento ya divulgado. Se trata de lograr la novedad absoluta, la polémica rápida, propia de quién atrapó al criminal que nadie pudo alcanzar.

En el libro sobre Santa María de Iquique Farías utiliza esta misma metodología “desmitificadora”. El “detective” asegura que ha investigado por tres años la matanza de 1907 para descubrir lo que en cien años nadie había visto o querido ver. En su opinión el principal responsable de la masacre no fue el Gobierno ni el Ejército, sino… la izquierda. “Era una facción anarco-izquierdista que utilizaba a la masa, dejándola en una situación de conejillo de Indias”, afirma en El Mercurio. Para el “detective” el que les dispararan era parte de una estrategia premeditada de victimización. Además, Farías exculpa al genocida directo, el general Roberto Silva Renard, asegurando que “hay que destacar que trató, por todos los medios, de ser un factor de negociación entre ambas partes”.

Finalmente, por medio del único dato aparentemente novedoso que parece haber encontrado, Farías sindica como traidores a los dirigentes de los trabajadores, por haber solicitando la protección del consulado de Estados Unidos ante la inminencia de su persecución por la autoridad militar. Se olvida, deliberadamente, de la información que Luis Casado ha recuperado para refutarle: “los dirigentes obreros nunca ocultaron esta visita al Cónsul estadounidense, y que Luis Olea (sobreviviente de la masacre) la relata en una carta publicada por el diario “El pueblo Obrero” en 1908”. Efectivamente, lo único que puede revelar esta poco novedosa información, es cierta ingenuidad de los dirigentes pampinos, al pensar que el consulado norteamericano iba a protegerles, entrando en conflicto con los intereses del gobierno chileno y del Imperio Británico.

Farías no ha descubierto nada nuevo. Pero tampoco se trata de una simple lectura histórica alternativa de los acontecimientos de 1907. Al afirmar que las víctimas fueron las causantes de su propia masacre, Farías se transforma en uno de los tantos asesinos de la memoria, a la misma altura que los historiadores revisionistas que culpabilizan a los propios judíos de la Shoah. El caso más conocido es Josef Ginsburg (J. G. Burg), un historiador judío, famoso por afirmar que la actitud antifascista del movimiento sionista de los años treinta fue la causa del holocausto judío. De la misma forma, para Farías

Por absurda que nos parezcan la tesis de Farías, es necesario reconocer que su nueva obra cumple al pie de la letra la metodología que tantos beneficios le ha reportando con anterioridad. El escándalo es rápido, y aunque se puedan rebatir fácilmente sus afirmaciones, el impacto de sus supuestas revelaciones opaca cualquier clarificación. Basta recordar su libro “Salvador Allende, Antisemitismo y Eutanasia”, que aunque enteramente rebatido y desacreditado por cualquier especialista con algún asomo de objetividad, ha causado enorme daño a una figura que debería despertar, sino admiración política, al menos respeto ético universal.

Si empleáramos el método de Farías para analizar su propia obra sería bastante fácil despertar también escándalos fáciles y lucrativos. Basta retomar uno de sus argumentos recurrentes, por el que culpabiliza a la Unidad Popular por las violaciones a los derechos humanos… cometidas por la dictadura. A su juicio, la radicalización y la ruptura del estado de derecho “obligaron” a actuar a las FFAA. En su análisis “Cuando tú no tienes la mitad del pueblo más uno y cuando no has dividido al ejército a tu favor, intentar hacer una revolución no es un error, es un crimen.” .

Es interesante contrastar estas afirmaciones con el programa del Seminario internacional sobre Estado y Derecho en un período de transformación, organizado por el CEREN de la Universidad Católica en enero de 1973. En ese evento podemos encontrar a Víctor Farías exponiendo en el plenario final, “El Estado Popular, objetivo de la Unidad Popular” en la que llama a traspasar los límites de la legalidad burguesa. Utilizando consistentemente la metodología de Farías sería posible acusarlo a él mismo de criminal y asesino. Obviamente una acusación sería tan injusta como la que él realiza contra los obreros de 1907.

Las obsesiones de Víctor Farías no tienen más explicación que su absoluto oportunismo, que siempre le llevará a seguir buscando el titular “escandaloso” que permita la ganancia fácil y el protagonismo. Es una lástima que un buen archivista desperdicie su talento con tan bajos intereses. Porque aunque esta clase de brillo es rápido, también es efímero.