LOS NEGACIONISTAS

El 8 de febrero el ex candidato presidencial francés Jean Marie Le Pen fue condenado a una pena de prisión remitida de tres meses y a pagar una multa de 10.000 euros por apología de crímenes de guerra y cuestionamiento de crímenes contra la humanidad. Le Pen había afirmado en 2005 que “en Francia, al menos, la ocupación alemana no fue particularmente inhumana, incluso si hubo abusos, inevitables en un país de 550.000 kilómetros cuadrados”. En la legislación francesa este tipo de declaraciones son sancionadas debido a que se prohibe la expresión pública de tesis que contesten la existencia de crímenes contra la humanidad. Hasta el momento, se trata de penalizar a quienes niegan los crímenes definidos por el Tribunal de Nuremberg en 1946, cometidos por la Alemania de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, poco a poco, en distintos países de Europa se ha abierto la puerta para comprender de una manera mucho más amplia este delito, lo que podría llevar a que se sancione a todos aquellos que nieguen o realicen apologías de crímenes contra la humanidad cometidos en cualquier lugar del mundo.

En la actualidad Francia, Alemania y Bélgica sancionan exclusivamente el delito de negacionismo del genocidio judío. Pero en España y en Suiza es delito la apología de cualquier crimen contra la humanidad. La Corte Europea de los Derechos Humanos pretende homogeneizar la situación basándose en el Convenio europeo de los Derechos Humanos, y en ese contexto la Unión podría asumir el criterio español, que no sanciona como delito el debate histórico sobre los crímenes de genocidio, sino la difusión de ideas que los “justifiquen”. Bajo ese marco sería posible condenar no sólo a quienes como Le Pen traten de minimizar los crímenes nazis, sino también a muchos otros personajes que cotidianamente legitiman todo tipo de genocidios y crímenes políticos. Si estos cambios prosperan ¿sería posible que otros chilenos fueran juzgados, tal como los diecisiete colaboradores del ex dictador a los que les aguarda un tribunal francés en mayo de este año?

En Chile estamos muy lejos de este tipo de regulaciones, pero abundarían los candidatos a una sanción europea. Basta recordar algunas perlas. Encotramos a negacionistas explícitos, como el abogado Pablo Rodríguez Grez, quién en El Mercurio en diciembre de 2006 afirmó: “El presidente Pinochet no violó los derechos humanos y si no sancionó algunos lamentables excesos fue porque no le correspondía hacerlo a él, y porque la situación que vivía el país exigía velar por la férrea unidad de sus Fuerzas Armadas”. En esta categoría también cabe Hermógenes Perez de Arce, que en 2003 todavía declaraba: “hay 500 muertos por los terroristas que, como hay un lavado de cerebro en Chile, inmediatamente dicen que son muertos de los militares, pero fueron los terroristas los que los mataron”. También están los negacionistas implícitos, como el senador Jovino Novoa, quién al tratar de justificar la fuga de Raúl Iturriaga Neumann sostuvo en junio de 2007: “los tribunales deben evitar poner a las personas en situaciones límite, especialmente cuando dictan fallos que no se ajustan a la verdad”.

También encontramos a los apologístas, aquellos que sin negar los de crímenes de la dictadura, los legitiman y justifican por razones económicas o políticas. “Pinochet -“gústeles o no les gústeles”, como él solía decir- fue uno de los grandes transformadores de la sociedad chilena”, reflexionaba Cesar Barros en Qué Pasa en diciembre de 2006. Y le seguía por esos mismos días Alvaro Bardón, en El Mercurio: “La “dictadura” de Pinochet fue tolerante, de educación libre y abierta, respetuosa de los contratos y la propiedad, aperturista y libertaria…. Nada que ver con totalitarios matadores, como Fidel, Stalin, Hitler, Franco, Mao o Honecker, que costaron unos 100 millones de muertos. Aquí no llegaron a tres mil -como la décima parte, proporcionalmente hablando, de la revolución del 91 o de otras dictaduras latinoamericanas de la época”.

Castigar penalmente a quienes niegan o legitiman las violaciones a los derechos humanos puede acarrear graves costos, especialmente en sociedades en que la libertad de expresión ha tenido tantas dificultades para afianzarse. Pero no deja de ser contrastante la liviandad con la que se da espacio en nuestro país a afirmaciones eticamente aberrantes,  que en otras latitudes serían motivo de escándalo y de condena.

 

 

“MI VIDA ES MI MENSAJE”

Ocurió hace sesenta años, en Nueva Delhi. El 30 de enero de 1948  Nathuram Godse, militante del partido untraderechista hindú Hahasabha, llegó hasta la casa de Mohandas Gandhi justo a la hora en que solía dar su paseo público de cada día. Instigado por los discursos sectarios de quienes se oponían al sueño de una India multicultural y diversa, Godse apretó el gatillo y apagó la vida de uno de los líderes espirituales más grandes del Siglo XX. Quienes motivaron el crimen, ocultos entre viejos rencores contra el Mahatma, permanecieron impunes como tantos otros criminales políticos y dictadores que han escapado de los procesos judiciales, pero no de los tribunales de la historia.

Pocos días antes de su muerte un grupo de seguidores le pidió a Gandhi que resumiera su doctrina. Su respuesta fue un largo silencio. Al final del día tomó un lapiz y escribió: “Mi vida es mi mensaje”. Una corta frase para resumir lo que en su autobiografía define como “La historia historia de mis experiencias con la verdad”.

A tantos años de distancia, Gandhi es cada vez más admirado en todo el mundo, pero también es un personaje distante y desconocido. La dificultad al acercarse a él radica en que sus ideas son inseparables de sus prácticas no violentas, que requieren mucho más que buena voluntad para hacerse realidad. Se requiere una disposición que va totalmente contra el clima de satisfacción inmediata que rodea a nuestro tiempo. “El satyagraha significa luchar contra la injusticia sometiéndose voluntaria y personalmente al sufrimiento”, explicaba Gandhi, al referirse al concepto que resumía su táctica y estategia de vida.

Satyagraha se ha traducido desde el sánscrito como “aferrarse a la verdad”, entendida en su sentido epistemológico ( lo cierto, lo correcto) como en su sentido ontológico ( lo que es, lo que permanece). No se trata de un equivalente oriental a la ley natural occidental. Para Gandhi la verdad se debe buscar y descubrir de forma contextual, ya que es la historia, y lo que ella nos hace experimentar, es lo que revela el fondo de las tramas de justicia e injusticia que mueven el mundo. Pero una vez que se ha captado “lo verdadero”, todo lo demás se relativiza y la única obediencia absoluta que cada persona debe aceptar es esta verdad primordial.

La fidelidad a este principio hizo de Gandhi un violador sistemático de las leyes, los decretos y los reglamentos injustos que encontró a su paso. Lejos de ser un pacifista ingenuo, o un moderado que aspira a solucionar todo por consenso, Gandhi fue un continuo provocador de conflictos en todos los frentes y lugares por los que pasó, ya sea en contra del racismo en  Sudáfrica, ya sea en contra del colonialismo en Inglés en India o incluso en contra de las contradicciones de su propio pueblo y cultura.

Es interesante preguntarse que le hubiera pasado si hubiese nacido en nuestro tiempo. Sin duda, Gandhi y los suyos estarían hoy inscritos en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Tal vez hubiera tenido que hacer ayunos desde Guantánamo. Pero lo que sin duda más le hubiera costado vencer en nuestros días es el endiosamiento del estado de derecho, que ha identificado legalidad con justicia y formalidad jurídica con corrección moral. Este desface cultural hace que la no violencia activa sea hoy poco comprendida, incluso entre personas que ostentan cargos y roles políticos. Hace pocos días una alta autoridad chilena afirmó muy relajadamente que “poner en riesgo la propia vida también es una expresión de violencia”. Si eso fuera cierto Gandhi hubiera sido un violentista extremo, ya que buena parte de su vida la ocupó en huelgas de hambre que verdaderamente le llevaron al borde de la muerte.

Gandhi siempre se refirió a la no violencia activa como un método de los fuertes, ya que realmente es imposible de aplicarlo si se trata de defender por esa vía una causa egoísta o injusta. Por eso es entendible el optimismo que despierta al escucharle: “La no violencia,  en su condición dinámica, significa sufrimiento conciente. No significa dócil sumisión a la voluntad del malhechor, sino entregar toda el alma contra a voluntad del tirano. Si se trabaja bajo esta ley una sola persona podrá desafiar a todo el poder de un imperio injusto para salvar su honor, su religión, su alma y sentar las bases para la caída o la regeneración de ese imperio ”. Lo fascinante de este análisis es que Gandhi lo hizo realidad, al derrotar sin balas ni cañones al mayor imperio de su tiempo, lo que rebasó la imaginación de los mas más fantasiosos novelistas. Por ese motivo, al conocer la noticias de su muerte, Albert Einstein escribió: “las generaciones venideras apenas podrán creer que semejante hombre de carne y hueso haya caminado sobre esta tierra”.