INTEGRISTAS Y MODERADOS

Los  miembros del Tribunal Constitucional que han votado a favor de prohibir la distribución de la “píldora del día después” en los servicios públicos de salud han argumentado que lo han hecho de acuerdo a sus convicciones de fe católica. Como se trata de materias en las cuales opera la conciencia, sería de una decisión legítima en derecho e incuestionable en términos morales. Se trataría, en su opinión, de la única opción que podría asumir un católico.

Sin embargo, si se revisa con atención la tradición teológica del catolicismo es posible reconocer que en materia moral siempre ha existido gran diversidad de posturas, lo que se ha reflejado en los debates que han cruzado a la Iglesia a lo largo de su historia. Este debate se puede sintetizar como un largo conflicto entre integristas y moderados, que ha llegado hasta nuestros días y que se ve reflejado en una multitud de discusiones referidas a la convivencia humana.

Integrismo y moderación se han enfrentado con especial fuerza en los temas ligados a la sexualidad. San Agustín, en el siglo IV, ha sido señalado como uno de los responsables de introducir en el cristianismo una fobia antisexual que aún hoy no se supera. De hecho él fue quién afirmó que la “impureza” del acto sexual persiste aún dentro del matrimonio.  San Agustín describió el acto sexual como un fenómeno irracional que se apodera completamente de las personas haciéndoles perder el control por medio de sacudidas violentas, que escapan al control de la voluntad. Por lo tanto, la sexualidad es entendida como una carga para la especie humana, un verdadero castigo por el pecado original.

La postura agustiniana no fue aceptada sin resistencias, y de hecho sus posiciones respecto a la sexualidad siempre han sido consideradas por la Iglesia Católica como una opinión más. Sin embargo, es imposible dejar de reconocer que la mirada de Agustín respecto a la sexualidad penetró fuertemente en la cultura medieval y tiñó de culpa y de pecado lo que hasta ese tiempo era considerado como una bendición divina. Hasta ese momento, la sexualidad sólo era objeto de reflexión ética en cuanto se trataba de una relación social, que requiere regulación y responsabilidad. Con San Agustín el sexo se transforma en un conflicto con uno mismo, donde entra en juego la capacidad de la voluntad de controlar el deseo sexual, para alcanzar una castidad “perfecta”, carente de pensamientos “impuros” e impulsos “desordenados”. De esta forma se formó toda una escuela de moralistas que buscaron la forma de controlar y reprimir las conductas humanas propensas a dejarse llevar por las tendencias libidinosas.

En el siglo XVII los seguidores más radicales de Agustín dieron forma al movimiento Jansenista, que puede ser considerado un antencedente de los conservadurismos e integrismos católicos del siglo XX. Para los Jansenistas el anhelo humano de placer, especialmente sexual, es una muestra de que la libertad humana es imposible. Los seres humanos somos incapaces de refrenar el deseo y por ello, la solución es la imposición de leyes rigoristas, represoras, puritanas. El cuerpo humano se transforma así en una carcel para el  alma, que anhela ser liberada de los “bajos instintos carnales”. Se impone una antropología dualista, en la que la corporalidad es degradada a un contenedor de las “sucias pasiones humanas”, que deben ser contenidas y diluidas por el espíritu, mediante el ejercicio elevado de la voluntad.

Frente al jansenismo y al agustinismo se levantaron diversas escuelas morales que se aproximaron de modo muy diferente a los mismos problemas. Una de esas escuelas, el probabilismo, es muy relevante a la hora de analizar el fallo respecto a la Pildora del día después, ya que se basa en el principio moral de Tomás de Aquino que afirma: “la ley dudosa no obliga“. Defendida por por jesuitas del siglo XVI, como Francisco Suárez, el probabilismo se basó en una mirada optimista de la naturaleza humana. Lo que constató es que el ser humano se enfrenta a infinitos escenarios de decisión moral, lo que hace impredecibles las consecuencias de una ley unívoca y absoluta. El principio probabilista “In dubio pro libertate”, es decir, “en la duda, libertad”, es el que justifica que cada persona, en situaciones en las que existe más de una opinión legítima y autorizada, decida por si misma.

Basta examinar la propia tradición católica para encontrar argumentos que desafían a nuestros modernos integristas del Tribunal Constitucional. Argumentos que también nos sirven para resistir, legítimamente, las imposiciones arbitrarias de quienes se erigen como los enemigos de la libertad.

 

 

MÁS PAPISTAS QUE EL PAPA

El reciente fallo del Tribunal Constitucional, que ha prohibido la distribución de la píldora del día después en el sistema de salud público, se debe contextualizar en el largo debate que ha dividido a los católicos respecto a los métodos anticonceptivos desde hace más de cuarenta años. Recordemos que en 1968 se promulgó la encíclica Humanae Vitae por parte del Papa Paulo VI, dedicada a exponer la posición oficial de la Iglesia Católica respecto a la regulación de la natalidad. Este texto se sintetiza en la afirmación de la conexión inseparable entre el “significado unitivo y el procreativo de la intimidad conyugal”. Dicho en palabras sencillas, bajo este criterio se la condena la utilización de todos los medios artificiales de regulación de la natalidad.

Aunque parezca difícil de comprender, diversos sectores de la Iglesia han asumido este  argumento de una forma rigorista y uniforme, sin importar las consecuencias y los contextos que pueden llevar a una pareja a asumir la decisión de utilizar anticonceptivos. Por ejemplo, el teólogo italiano Carlo Caffarra respondía a la prensa en 1989: “¿Como debe comportarse la mujer cuando el marido quiere hacer el amor con ella usando un preservativo o le impone el uso de un anticonceptivo? No debe aceptarlo por ninguna razón del mundo ¿Y si el marido la amenaza diciéndole “Entonces, me voy con otra mujer”? Debe responderle: pues vete”.  Esta misma posición es la que sostiene el abogado Jorge Reyes, patrocinante del requerimiento de 36 diputados de la Alianza para prohibir la entrega de la píldora del día después, que ha declarado que su intención es que el Tribunal Constitucional (TC) no permita la entrega de ningún tipo de anticonceptivo, incluyendo su posible distribución a través de una ONG.

Este tipo de análisis se basan en un criterio moral “deontológico”, que juzga el comportamiento ético de acuerdo a un código predefinido. Cualquier forma de distanciamiento de una norma previamente escrita, constituye una actitud o un comportamiento reprensible. Sin embargo, este tipo de análisis no es el único que existe en el campo de la moral católica. Junto a la deontología, existe otra mirada, denominada Teleología, que define el obrar ético como una actitud o comportamiento que contemple el bien para la mayoría, determinando qué es correcto y qué no lo es en función del resultado a alcanzar. Este punto de vista fue el que impregnó el Concilio Vaticano II, y que ayudó a superar las formas más extremas de abominación de la sexualidad que llegaron a incubarse en el catolicismo en el transcurso de los siglos.

Uno de los moralistas que tuvieron una influencia decisiva en este proceso fue Bernard Häring, quién consideró que la perspectiva sancionadora de los anticonceptivos asumida por Humanae Vitae fue una de las batallas más desafortunadas que emprendió la Iglesia en el siglo XX. En la misma línea, el redentorista Marciano Vidal sintetizó sus puntos de vista en este materia diciendo “la utilización moral de los métodos estrictamente anticonceptivos ha de ser objeto de responsable discernimiento de los cónyuges”.

La misma actitud moderada fue planteada en la declaración “Profesores de Teología de la UC se refieren a Encíclica “Humanae Vitae”, presentada en la revista Teología y Vida en 1968. Este artículo, sin cuestionar la legitimidad del magisterio de la Iglesia, se preguntó con mucha lucidez sobre las condiciones y modo en que obliga
una ley moral. Se trata, en sus palabras, de dar cuenta de quienes “aceptan como doctrina y precepto de la Iglesia pero no ven cómo practicarla. Su vida les parece, pues, dolorosamente marcada por una división entre su creencia y la imposibilidad de cumplirla totalmente. Otros no la entienden. Quisieran aceptarla por fidelidad a la Iglesia. Pero se han formado ya su conciencia en un sentido diferente, y a esta conciencia han conformado su práctica. Estos católicos viven hoy un serio conflicto interno con respecto al Magisterio de la Iglesia…”

Este mismo conflicto es el que hemos heredado y que hoy llega a nuestros días. La disputa a la que Jorge Reyes y los 36 diputados de la Alianza nos someten es el ejemplo más palpable de un debate mal resuelto y que trata de imponer por la vía legal lo que no se ha podido resolver por la vía del convencimiento, la argumentación y la credibilidad de las razones. Frente a esta debilidad se ha cedido a la tentación de  la imposición rigorista, que hace caso omiso a la opinión de las mayorías, y que pone en riesgo la credibilidad de la Iglesia, empujada hacia el rincón de los extremistas por un grupo de legisladores que desean aparecer como “más papistas que el Papa”.

Muchos Católicos creemos que las convicciones de fe, especialmente en relación a la sexualidad y el respeto de la vida humana, son tan importantes que no pueden estar libradas a los intereses de un grupo de políticos que desean satisfacer a sus propios electores. Anhelamos una Iglesia que sea creíble cuando afirma que “Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”.

 

SER CRISTIANO

Aunque el cristianismo ha entrado en su tercer milenio, es cada vez más difícil llegar a una definición mínima y compartida de lo que implica ser cristiano. George W. Bush se dice seguidor de Jesucristo, al igual que Barak Obama, aunque en un caso la fe le sirva para enviar soldados a Irak y en el otro para pedir que vuelvan. Los líderes sudafricanos durante el Apartheid trataron de justificar con la Biblia sus políticas racistas, mientras a Nelson Mandela y Desmond Tutu esas escrituras les inspiraron para resistir de forma no violenta a la opresión en que vivían. Más cerca de nosotros, Augusto Pinochet siempre dijo que su objetivo era proteger a la civilización “cristiana-occidental”, amenazada por aquellos a quienes el Cardenal Silva Henríquez y el Pastor Helmut Frenz defendían en nombre del Evangelio. ¿Cuál es entonces el núcleo del cristianismo? ¿Hay algo en común entre quienes invocan el nombre de Cristo para objetivos tan diferentes?.

Para algunos, las diferencias políticas o sociales entre los cristianos parecen ser irrelevantes. Para esta postura basta compartir el mismo credo, invocar al mismo Dios, o participar del mismo rito para asumir que se está entre cristianos. La forma en como se entiendan o se vivan estas convicciones de fe en la vida cotidiana es un asunto de interpretaciones, donde no cabría juzgar la conciencia ajena. Para otros no basta declarar una fe abstracta. Ser cristiano sería algo mucho más definitorio, que exige separar aguas basándose en un núcleo irreductible que daría forma a una identidad común, capaz de impregnar la vida diaria y las decisiones colectivas.

El problema es tratar de concordar en esa base permanente. Durante toda su historia el cristianismo ha buscado esa “esencia” y sin embargo cada vez parece más lejana. A las diferencias teológicas entre Católicos, Ortodoxos y Evangélicos hay que agregar la enorme  diversidad que habita al interior de estas tres grandes familias confesionales. Ser Católico en una Comunidad Eclesial de Base en La Granja es muy distinto a ser Católico en un grupo del Opus Dei en La Dehesa. Como también es muy diferente ser Evangélico en la mayoría de las Iglesias de nuestro país que participar del culto del “Obispo” Ricardo Cid, en el que llovía el oro desde el cielo.

En el siglo XX se buscó un cierto consenso filosófico cristiano en torno al concepto de persona. Esa fue la apuesta de Jacques Maritain, Emmanuel Mounier, y de Gabriel Marcel. Sin embargo, a inicios del siglo XXI esta búsqueda parece desafiada a reencontrar su norte. Hoy es difícil ver diferencias entre quienes sostienen el personalismo cristiano y quienes adhieren al individualismo liberal. Poco a poco, el derecho de propiedad fue convirtiéndose en el elemento  definitorio de la persona, y por esa vía cristianos y liberales terminaron demonizando al Estado y entronizando al Mercado, mientras el bien común se transformó en un concepto anacrónico y con olor a naftalina.

Si el bien común no es el valor prioritario, sino el lucro, todo puede ser privatizado: salud, educación, autopistas, playas, selvas, hasta el aire, el agua o el paisaje. Así se estrecha la pirámide de la desigualdad social. Mientras las ganancias son apropiadas por una minoría, y los perjuicios –la contaminación, el desempleo y la miseria- socializados.

Cuando los cristianos comienzan a aceptar que el bien, la bondad y la belleza se determinen en las subastas y al mejor postor algo no va bien. En la política la diferencia entre un parlamentario cristiano y uno que no lo es se va reduciendo a matices sobre su  grado de conservadurismo moral, en especial en temas ligados a lo sexual. Viejos axiomas como “El Estado está hecho para el hombre, no el hombre para el Estado, así como la economía está destinada para servir al hombre, y no el hombre a la economía” parecen ser objetos de museo.

Hoy somos 6 billones de habitantes. Según el Banco Mundial, 2,8 billones sobreviven con menos de US $ 2 por día. Y 1,2 billones, con menos de US $ 1 por día. Si empezamos a aceptar estos datos como algo tan natural como la diferencia entre el día y la noche es que se nos ha secado la semilla del Evangelio. En este momento debemos volver a las fuentes, para dejarnos cuestionar, y mantener encendida la indignación contra toda forma de injusticia, dominación y miseria.