LA TERAPIA ESTUDIANTIL CONTRA EL SHOCK NEOLIBERAL

No es extraño que la famosa ensayista Naomi Klein, ubicada por la revista Prospect en el número 11 entre los intelectuales más influyentes del mundo, haya decidido visitar Chile para presentar su último libro, La Doctrina del Shock.

En este libro se identifica a nuestro país como uno de los casos de estudio más relevantes a la hora de probar una hipótesis central: el neoliberalismo ha sido impuesto en sociedades que han sufrido violentas intervenciones radicales, ejercicios de fuerza militar y sicológica profundos, que han desgajado a sus ciudadanos de sus valores y convicciones, para reconfigurarles como una nueva realidad social, capaz de tolerar la brutal irracionalidad del nuevo modelo económico.

El shock que vivió Chile entre 1973 y 1990 explica muy bien la tolerancia cultural de buena parte de la sociedad chilena la lógica del mercado total. No se trata solamente de la connivencia de las elites políticas concertacionistas, adaptadas a la perfección a la administración del modelo. Es necesario reconocer que buena parte de la población se ha amoldado a la lógica neoliberal, a pesar de ir en contra de sus intereses vitales más inmediatos. ¿Cómo explicar de otro modo la desidia que tantos chilenos muestran a la hora de demandar el respeto a sus derechos? ¿Cómo entender de otra forma la indiferencia y hasta el deprecio que una parte de la población expresa hacia quienes de manifiestan colectivamente para reivindicar su plena ciudadanía democrática?

Si bien esta lógica fatalista e individualista es transversal a diferentes contextos geográficos y sociales del país, es posible percibir diferencias generacionales importantes. Los estudiantes secundarios que hoy se manifiestan en contra de los impresentables acuerdos contenidos en la Ley General de Educación (LGE) parecen estar inoculados de algunos de los traumas de sus mayores. Tal vez por eso sus intervenciones tienen la frescura y la originalidad de quienes no han naturalizado las desigualdades y las discriminaciones como factores inmodificables a los cuales hay que adaptarse de forma pasiva y autocontenida. Nacidos en la década de los noventa, parecen no cargar de forma directa con el shock pinochetista. Sus palabras reflejan, más bien, el desconcierto por la inexplicable esquizofrenia de una sociedad que les ha repetido hasta el cansancio que vivimos en democracia, que somos iguales en libertad y derechos, pero que asume como inmodificable un modelo político y económico que niega todos estos discursos.

La emergencia de los jóvenes, con su vendaval de exigencias y de demandas, no tiene nada de raro. Al contrario, su conducta debería ser comprendida como la normalidad misma, el ejercicio más lógico y coherente de quienes reivindican sus intereses y su dignidad. La anormalidad es la que afecta al resto de la sociedad. Es patológico que quienes se lamentan de sus condiciones laborales, de salud o de pasivo vivienda, no expresen esta insatisfacción de un modo colectivo, sino de un modo, privado, evasivo. ¿No es ese el síntoma más palpable del shock dictatorial, que nos acostumbró a tolerar medidas de parche, acuerdos de “hombres buenos”, y un sinfín de otras políticas diseñadas “en la medida de lo posible”?

Si pudiéramos contar con recursos suficientes sería interesante realizar una prueba clínica para probar esta sospecha: ¿Están los jóvenes chilenos inmunes al shock pinochetista? Si es así, tal vez radique en ellos la llave de los cambios que las generaciones anteriores parecen haber resignado. Pero esta posibilidad a lo mejor es demasiado optimista. Los movimientos estudiantiles de hoy parecen carecer, hasta ahora, de la proyección y capacidad política para concretar la agenda de cambios que han construido. No se trata de su propia responsabilidad, en absoluto. Lo que parece ocurrir es que ha cambiado la práctica organizativa de nuestra sociedad. Las experiencias asambleístas, las vocerías revocables, y la lógica horizontal de sus organizaciones les ha evitado caer en los vicios del partidismo ciego y sectario que afectó a los movimientos sociales del pasado. Pero por otra parte les impone una lógica espontaneísta y desinstitucionalizada, lo que conlleva algunos límites importantes a la hora de evaluar el impacto de las movilizaciones.

El shock dictatorial barrió la institucionalidad social que se construyó lentamente hasta 1973 y que contemplaba espacios y estructuras representativas, capaces de concretar en marcos legales y exigibles las demandas sociales. Sin embargo, se trataba de una institucionalidad altamente corporativista, poco participativa y que comprendía la representatividad como un cheque en blanco para los dirigentes. En reacción a esta experiencia anterior, hoy es mal visto apelar a la necesidad de institucionalizar los movimientos sociales, por lo que no se suele reflexionar sobre las posibilidades de construir un nuevo tipo de institucionalidad social, que supere la lógica delegativa y sectorialista del pasado.

Por otra parte, el Chile post Shock parece altamente intolerante a las frustraciones propias de las largas luchas que exigen los procesos por la concreción de transformaciones de carácter histórico. Por este motivo no es extraño que surjan habitualmente preguntas por el sentido de la organización y de la participación misma.
¿Existen terapias que permitan a nuestra sociedad superar el shock neoliberal? Al parecer no hay mejor remedio que la construcción de organizaciones capaces de alcanzar conquistas concretas, que aunque sean parciales, que permitan mostrar que la movilización, la acción colectiva y la lucha social son las únicas herramientas capaces de devolvernos nuestros derechos conculcados.

EL REGRESO DE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

A inicios de la presente década se fue haciendo habitual escuchar la pregunta ¿Y que pasó con la Teología de la Liberación? Se la empezó a citar como un caso histórico, interesante para los estudios sociales y culturales de América Latina, pero no como una experiencia viva y en desarrollo. Esta situación se explica por la ola de conservadurismo religioso que se desarrolló desde la segunda mitad de los años ochenta y que ya en los noventa marginó de las esferas de poder y visibilidad eclesial a los sacerdotes, religiosas y laicos que se comprometieron en procesos de transformación social en los contextos de las dictaduras latinoamericanas.

Karl Rahner alcanzó a caracterizar esta dinámica como un “invierno eclesial”, en reacción a la “Primavera de la Iglesia”, que se desarrolló en los sesenta y setenta, con el Concilio Vaticano II y las conferencias de Medellín y Puebla. Se trataría de una involusión en las orientaciones de la jerarquía católica que se ha operativizado en un creciente abandono de los compromisos eclesiales en materia de Derechos Humanos, desarrollo, y consolidación democrática en América Latina. La nueva agenda eclesiástica, dominada por los temás sexuales y reproductivos, trataría de controlar la matriz de individualización desde mecanismos biopolíticos, por medio de los cuales se prevendría el surgimiento de una dinámica secularizadora a la manera europea. De esa forma nos encontramos hoy envueltos en el singular debate sobre el presunto e indemostrado efecto abortivo de la píldora de anticoncepción de emergencia, entre otros temas similares que operan en los espacios jurídicos y parlamentarios de Chile.

Sin embargo, paralelamente  a este proceso intraeclesial, desde las esferas sociales y políticas emergen actores y discursos que recuperan de una nueva forma inesperada la herencia de la Teología de la Liberación. Fernando Lugo, un obispo castigado en 2004 por la curia romana debido a su compromiso con los campesinos sin tierra, gana la presidencia de Paraguay, rompiendo sesenta años de hegemonía del Partido Colorado. En Ecuador, el presidente Rafael Correa ha destacado en muchas ocasiones que su vocación política nació durante el año 1986-87, cuando se comprometió  en la misión salesiana en la comunidad indígena de Zumbahua, que combinaba la evangelización de los campesinos indígenas con su desarrollo humano, basándose en la Teología de la Liberación, bajo el liderazgo de monseñor Leonidas Proaño. Junto a Lugo y Correa se debe recordar que el presidente Lula recibió al inicio de su liderazgo sindical y político una influerncia decisiva del entonces obispo de São Paulo, Don Paulo Evaristo Arns y de Frei Betto, quién ha sido su mentor espiritual por muchos años.

Tal vez el fenómeno más inesperado ha llegado en medio de las primarias demócratas en los Estados Unidos. Barak Obama ha sido atacado durante las ultimas semanas de un modo insidioso por sus lazos con el pastor Jeremiah Wright, de la Trinity United Church, en el sur de Chicago. En esa congregación Obama contrajo matrimonio, bautizó a sus dos hijas y participó activamente en los últimos 17 años. Se trata de un espacio marcado por la Teología de la Liberación negra, la expresión religiosa de las comunidades afrodescendientes que se comprometen en la defensa de sus derechos y en la superación del racismo y la explotación. Aunque la presión mediática ha obligado a Obama a marcar distancias con las expresiones justas, pero politicamente “incorrectas” del pastor Wright, es evidente que su vida ha estado marcada por los sermones de quienes han heredado los sueños de Marin Luther King. En sus memorias ‘Dreams from My Father’ (Sueños de mi padre) Obama ha señalado que Wright ha tenido una profunda influencia sobre él desde los 90, cuando se afianzó su fe cristiana y comenzó a realizar trabajo comunitario en las periferias pobres de Chicago.

Es cierto que la Teología de la Liberación ya no tiene el protagonismo de los espacios eclesiales, tal como ocurrió hasta los años ochenta. Sin embargo, los temas que el episciopado latinoamericano retomó en 2007,  en la Conferencia de Aparecida, tienen un claro sello progresista, que debería a mediano plazo reintalar algunas de las preocupaciones abandonadas en la conservadora década del noventa. La Teología de la Liberación está de vuelta, de modo inesperado, entre los intersticios de la historia. Pero a diferencia de sus origenes, se trata de una teología laical, con acentos feministas, indígenistas, con sabor de negritud y de diversidad. Pero continúa siendo la teología de lo político, para mirar desde los ojos de Dios las luchas de los pobres.

IDEOLOGÍA E IDEOLOGIZACIÓN

¡Quién esté libre de ideologías que tire la primera piedra! Afortunadamente, nadie puede decir que no ha intentado interpretar el mundo y la realidad en que vive. Los seres humanos poseemos una infinita capacidad de construir sistemas de ideas y modelos conceptuales, hasta llegar a elaborar las más sofisticadas arquitecturas ideológicas y los más complejos esquemas argumentales.

A pesar de ello, en los tiempos que corren hablar de ideología es algo muy mal visto. Especialmente para quienes sostienen la ideología del fin de las ideologías. Esta paradojal corriente ha logrado en nuestro país una gran popularidad, ya que ha logrado instalar el predominio de la razón tecnocrática, basada en la administración perfecta de las demandas sociales sin mayor presupuesto que la pretendida neutralidad pseudo-científica de los administradores especializados. Se trataría, del gobierno del “experto”, que como moderno filósofo-rey conoce lo que el pueblo quiere, o debería querer.

Uno de los mayores ideólogos de  la tecnocracia ideológica es Niklas Luhmann, autor clave del siglo XX, pero también sociólogo críptico y difíciles de penetrar. En la base de sus argumentos Luhmann ataca lo que denomina “el prejuicio humanista”, que se basa en pensar que la sociedad consiste de seres humanos o de relaciones entre ellos. Si usted ha pensado que “la historia la hacen los pueblos”, o que “otro mundo es posible”, no se engañe, diría Luhmann. Lo único cierto, es que los sistemas sociales son sistemas de comunicación clausurados, que se reproducen a si mismos, sin fin. Por eso, afirmó sin titubear que “la sociedad no es, por suerte, una cuestión de moral”. La política y la ética, nos diría, no tienen nada que ver.

Un razonamiento similar es el de Friedrich von Hayek, el gran utopista del “mundo sin utopías”, que criticando las ideologías construyó la más ideológica de las interpretaciones de la economía, basada en la fe ciega en el mercado, entendido como un sistema de comunicación perfecto, autopoiético, autorreproductor de sus condiciones y necesidades, sin más límite que el mantenimiento al infinito del orden espontáneo que origina la libre competencia. A los seguidores de estos ideólogos anti-ideológicos, les duele mucho que se cuestione la “cientificidad” de sus propuestas y se revele lo mesiánicas y dogmáticas que resultan. Porque nada es más utópico y irrisorio que un mundo regido sin más límites que las leyes secretas de la caja del supermercado.

Los seres humanos, afortunadamente, no solamente vivimos la vida, sino también la interpretamos. Juzgamos en base a criterios culturales, religiosos o políticos lo que creemos que esta bien o mal, lo que es lindo o feo, lo que es conveniente o no, y deseamos con todas nuestras fuerzas que nuestros hijos vivan mejor que nuestra generación. Por eso las ideologías, grandes o pequeñas, conservadoras o progresistas, son tan necesarias como inevitables. El problema radica en la absolutización de nuestros puntos de vista. Se trata de un fenómeno muy recurrente, del que nadie esta a salvo. Es una forma de ceguera autoinducida, que impide ver lo que no cabe en nuestros propios parámetros. “Si la realidad no coincide con mis teorías, peor para la realidad”, parece ser el lema de quienes se han contagiado con el virus del ideologismo, que es a la ideología lo mismo que la indigestión es al buen comer.

Un ejemplo reciente de ideologización patológica es la sentencia del Tribunal Constitucional respecto a la píldora del día después, y su “eventual efecto abortivo”. La tergiversación del estudio de los doctores Horacio Croxatto y María Elena Ortiz nos muestra a que nivel puede llegar el deseo de acomodar los hechos a los propios espejismos ideológicos. Aunque todos los estudios posteriores a 2001 muestren que el levonorgestrel no es abortivo, se construyó un argumento basado en estudios anteriores y en recortes descontextualizados de los mismos informes que sostienen todo lo contrario al fallo del tribunal. Lo importante era dictaminar su efecto abortivo, y si los estudios científicos no lo hacían, mala suerte para la ciencia.

Cuando un grupo de la sociedad ya no distingue entre la realidad y sus deseos es para comenzar a preocuparse. Y si ese grupo es capaz de imponer sus fantasías por decreto, estamos en el peor de los mundos posibles. Ya no se trata de un debate de ideas, sino el triunfo de la sinrazón.