LA GLOCALIZACIÓN MUNICIPAL

Probablemente el titulo de esta columna le parezca extraño. Pero no se trata de un error tipográfico ni tampoco es un problema en su vista. La glocalización es un concepto que se ha tomado las discusiones sobre las relaciones entre la globalización y sus efectos en la vida cotidiana de las personas. Se trata  de un juego de palabras que nos lleva a pensar en como lo global y lo local interactúan hasta producir una cultura global en la que las identidades nacionales ceden espacio a procesos de individuación que recuperan los aspectos más propios de las localidades en las que vivimos. Se trata de una paradoja: la globalización nos ha hecho más concientes que nunca de nuestras especificidades, de nuestra ciudad, de nuestro barrio, de nuestra comuna.

La globalización ha intensificado nuestra conciencia de ser ciudadanos del mundo, entendido como un todo interdependiente. Los grandes desafíos de nuestro tiempo, como el calentamiento global, la sostenibilidad ambiental, los flujos migratorios, la violencia étnica, la crisis energética, o las fluctuaciones de la economía nos exigen construir comunidades que estén dispuestas a “pensar globalmente y actuar localmente”. Se trata de problemas en los que los estados nacionales se ven sobrepasados y las autoridades locales parecen más capacitadas para responder que los gobiernos centrales.

En nuestro país la radicalidad de estos desafíos no se reflejan en la valoración de las elecciones municipales. En la mayoría de los análisis prima una mirada simplificadora en la cual estos comicios se ven como una segunda división de la gran política nacional. Una especie de “primera B” en la que sólo importan las cifras globales a nivel nacional. ¿Cuántos consejales obtuvo tal partido? ¿Cuántos alcaldes tal coalición? Pero si lo pensamos desde nuestra propia posición, como ciudadanos, estas elecciones tienen una importancia crucial a la hora de definir la calidad de vida a la que tendrá acceso nuestra familia.

Es cierto que en nuestro país los municipios se enfrentan a múltiples factores que imposibilitan el desarrollo de gestiones glocalizadas. La inequidad estructural entre un puñado de  municipios riquísimos y una inmensa mayoría en la que los recursos escasean es sólo una punta de un iceberg que se visibiliza a la hora de analizar la administración de la salud o la educación a nivel municipal. Pero incluso en los municipios grandes, que cuentan con recursos y con equipos técnicos de primer nivel, la “cosificación” de la política municipal, tan fuerte durante los años noventa, ha reducido a las municipalidades al nivel de productoras de eventos, proveedoras de servicios o empresas publicitarias. Tal vez ya no está de moda traer nieve al parque de los reyes o bombardear las nubes para combatir la contaminación. Pero los municipios siguen pensando en medidas cortoplacistas y efectistas pero que no dan cuenta de la seriedad de los problemas de la ciudad globalizada.

Para que los municipios se conviertan en actores globales se requiere que asuman con seriedad su rol político, como verdaderos gobiernos locales. Sus proyectos pueden tener efectos mucho más profundos y radicales que los programas, muchas veces lejanos y difíciles de administrar de los gobiernos nacionales. En Brasil, Lula nunca hubiera llegado a ganar las presidenciales sin el prestigio que ganó lentamente el PT por medio de sus administraciones municipales. El modelo de “presupuestos participativos”, que ha sido estudiado e imitado en  todo el mundo, surgió de la audacia del municipio de Porto Alegre que construyó una experiencia que permitió hacer de la democracia algo mucho más complejo que el voto electoral. En Italia los municipios progresistas encabezaron la resistencia a la guerra de Irak y se pararon como actores globales para decir “no en nuestro nombre” cuando Berlusconi se paró junto a Bush en su aventura guerrerista. En India, durante el gobierno del partido nacionalista Bharatiya Janata, estallaron graves disturbios religiosos entre hinduistas y musulmanes, atizados por el gobierno central. Los municipios fueron el único actor que pudo contener esa violencia, marcando claramente sus diferencias políticas con el fundamentalismo gubernamental.

Para que estas experiencias pudieran surgir se requirió de autoridades locales que no se consideraron gerentes de una empresa o administradores de una productora. Se necesitaron líderes capaces de pensar sus territorios como parte de una escala de responsabilidades que parte en las micro relaciones domésticas y termina en los grandes espacios de deliberación y gobernanza mundial.

 

 

CHILE Y BOLIVIA: AHORA ES CUANDO

Las crónicas y los comentarios de prensa anteriores al referendum revocatorio que vivió Bolivia el 10 de agosto pasado auguraban un país que se hundiría en la división. Otros hablaban de un empate catastrófico y de la inconveniencia de enfrentar a la ciudadanía a una elección que sólo provocaría la agudización de la crisis política que tensaba al gobierno nacional y a las prefecturas opositoras. Además, se comentaba con recelo el mecanismo de revocación de mandato, especialmente entre quienes no son partidarios de permitir que decisiones políticas trascendentes se sometan al pronunciamiento ciudadano.

Con la distancia del tiempo, podemos extraer varias lecciones del caso boliviano. En primer lugar, que por medio de la instauración del mecanismo del referendo revocatorio la población pudo decidir la continuidad de sus principales mandatarios nacionales y departamentales. De esta manera la democracia boliviana ha ganado en calidad, profundidad, intensidad y transparencia. La conflictividad política ha dado lugar a nuevas posibilidades de diálogo, lo que confirma que la ampliación de los mecanismos de participación y consulta democrática constituyen estrategias insustituibles a la hora de superar el autoritarismo y consolidar modelos de desarrollo justos y sustentables.

En relación a los resultados mismos de la consulta, lo que se aprecia es un gobierno que ha alcanzado inédito consenso social en torno a su mandato. El 67 % de aprobación a la gestión del presidente Evo Morales constituye una cifra que lejos de mostrar a un país dividido, visualiza una nación que anhela un marco de diálogo y respeto que permita fortalecer su cohesión y la preservación de su integridad territorial.

Respecto a las demandas autonomistas, lo que se constata es un voto cruzado, que expresa que muchos habitantes de las prefecturas gobernadas por la oposición adhieren a los liderazgos de sus autoridades a un nivel local, pero que a  nivel nacional respaldan al gobierno central. El Vicepresidente García Linera, ha explicado con agudeza este fenómeno al afirmar que el referéndum “sincera la geografía política en el país y la correlación de fuerzas”, y habilita nuevos escenarios de diálogo. En su criterio, se ha sobredimensionado el poder de grupos opositores que se atribuyen el derecho a veto a partir de una “inflación mediática”. A todas luces este análisis es correcto. El voto de apoyo al gobierno de Morales se impuso en seis departamentos, empató en uno y perdió sólo en dos (Santa Cruz y Beni) en los cuales también cuenta con un porcentaje de apoyo que sobrepasa el 40%.

El gobierno boliviano ha logrado estas cifras de apoyo a pesar de enfrentar durante sus años de mandato a una oposición especialmente agresiva y destructiva, arropada por campañas de prensa internacionales denigrantes y difamatorias. Lo que demuestra que la ciudadanía latinoamericana es capaz de discernir con criterio propio lo que se le trata de imponer como verdad. Al mismo tiempo, el resultado da cuenta que más allá de fallas de gestión y de coordinación del gobierno de Evo Morales, cuando se demuestra seriedad  con los compromisos de lucha contra la exclusión, la pobreza y las desigualdades sociales la ciudadanía premia esa voluntad política generosamente.

Chile nunca ha vivido un momento similar en su relación con Bolivia.  Por primera vez dos gobiernos democráticos, con alta legitimidad social y política pueden esbozar un camino de diálogo y reencuentro. La agenda ya ha sido planteada de manera concreta por ambas cancillerías y se avanza sigilosamente hacia un punto de acuerdo definitivo, que permita que nuestras naciones restablezcan relaciones diplomáticas a un plazo relativamente corto. Es el momento en que Chile debe ser especialmente generoso, activo, abierto y audaz. Un momento como este no se va a volver a repetir con facilidad, y las oportunidades que abre la historia se pueden cerrar con rapidez.

¿Porqué no soñar con la enorme alegría que sentiríamos si las afrentas históricas y los arraigados  prejuicios cedieran para acelerar el día en que ambas naciones pudiéramos caminar por esta tierra compartida, sintiendo en la cara la brisa de la fraternidad?. Este sueño no aguanta una eterna espera. Para Chile y Bolivia el cuando no puede ser mañana. Ahora es cuando.