SCANNER A LA NUEVA OPOSICIÓN

Publicado en Punto Final en Enero de 2010.

La previsibilidad de la victoria de la derecha chilena no la hace menos angustiante. Es un dolor que retrotrae a experiencias vitales difíciles de olvidar y que se reinstalan en la memoria afectiva al ver los rostros eufóricos de los mismos que sostuvieron el régimen terrorista de Augusto Pinochet. Si bien los afectos y las emociones dan cuenta de la rabia, la desilusión y la impotencia, desde la razón se hace imperioso reconocer que la escena transcurre en otro tiempo, bajo otras circunstancias y con otros condicionantes. Se trata de una victoria electoral inobjetable. Buena parte de los votos de Piñera han venido desde los sectores populares en los que la Izquierda y la Democracia Cristiana habían logrado a inicios de los noventa sentar bases electorales duras y extensas, que auguraban un piso sólido para disputar el curso de la transición. Sin embargo, a poco andar, esa base popular se distanció de la propuesta de la Concertación y se convirtió en objeto de las más sofisticadas y efectivas políticas clientelares de una nueva derecha, que desde los laboratorios políticos de la municipalidad de Las Condes o desde los escritorios del Instituto Libertad y Desarrollo fue capaz de llegar a los lugares en los que la acción del gobierno no llegaba, o lo hacía con una lentitud e ineficacia incomparables.

Paralelamente, la Concertación desarrolló de manera muy precoz lo que Antonio Cortés Terzi denominó “ideología del gobiernismo”, que tenía como objetivo fundamental consolidar avances sociales y políticos modestos e inmediatistas, por medio una “política de los acuerdos” con la derecha. Para sostener esta propuesta se requería abjurar de todo objetivo que tuviera pretensiones de transformación sistémica, rechazando al mismo tiempo la reflexión crítica y subordinando la independencia de sus militantes y actores afines a los objetivos del gobierno de turno. En una primera etapa esta política parecía rendir frutos. Se consolidó rápidamente la estabilidad política, económica y social del país. Pero el costo social y político de esta ideología ha sido devastador.

En marzo próximo la nueva oposición llegará a ocupar su nueva posición y se encontrará con desagradables sorpresas. En primer lugar descubrirá que durante veinte años se produjo una disociación entre las agendas de los partidos de la Concertación y las agendas de los movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil con las que colaboraron en los tiempos de la dictadura. Como reconoce la directora de Chile 21, Maria de los Ángeles Fernández “Uno  de  los  elementos  que  han  caracterizado  históricamente  a  los  partidos  progresistas  es  su vocación de vínculo y representación de los sectores más desposeídos de las sociedades, así como su relación con los movimientos sociales. En Chile, esa vinculación ha tendido a decaer al punto de que es posible afirmar que los partidos progresistas y la sociedad civil tienen agendas más bien bifurcadas  y  lejanas  a  la  convergencia.  No  es  ésta  una  situación  casual  ni  producto  de  un espontaneismo  histórico. Los  artífices  de  la  ingeniería  política  de  la  transición  diseñaron  las condiciones para la desmovilización social con el objetivo de lograr la paz social”.

Se trata de una oposición que deberá reaprender a vincularse y establecer alianzas con la ciudadanía organizada, a la que ha despreciado y deslegitimado durante años. Una oposición que no contará con medios de comunicación progresistas capaces de enfrentar al sistema de medios del nuevo gobierno. Una oposición que deberá dar cuenta de sus responsabilidades a la hora de naturalizar las desigualdades del actual modelo, al inhibir toda iniciativa política con pretensiones de transformación sistémica. En definitiva, una oposición a la que no le será fácil asumir un rol para el que no se han preparado. Al contrario, se trata de una oposición deberá pagar el costo de sus propias políticas de disciplinamiento forzado y debilitamiento deliberado de la conciencia crítica de los ciudadanos.

¿DÓNDE ESTÁ LA NUEVA DERECHA?

Publicado en Crónica Digital el 17 de enero 2010

La verdad es poco importante saber como votarán Patricio Navia o Eugenio Tironi. Tienen todo el derecho a votar por quién deseen y en el caso en que lo hagan por Piñera, demuestran mayor coherencia que al hacerlo por la Concertación.

Me parece lógico que se decanten de una buena vez por los dueños de las empresas por las que trabajan full time y que se saquen sus caretas definitivamente. Muchos otros neoliberales convencidos deberían hacer lo mismo.

Lo que es peligroso es el intento de estos dos personajes de tratar de legitimar su opción con el argumento de la emergencia de una “nueva derecha”, que ha logrado desprenderse de su historia de crímenes, sangre y represión. Tironi sentencia desde El Mercurio: “Piñera está hoy en una posición espectable para ganar el 17 de enero. Pero su éxito va aún más allá: fundó una nueva derecha, el piñerismo. Una derecha que hace aspavientos de haber estado con el “No”; que no reniega del Estado ni de la protección social; que asume las uniones entre homosexuales y atrae a los jóvenes; en fin, una derecha ya no sólo post-Pinochet, sino post-UDI.” En la misma línea Navia sostiene desde La Tercera que “Votar por Piñera no es votar por los pinochetistas y conservadores” dejando entrever que se trata de “una derecha democrática nueva, liberal e incluyente”. Con todo respeto, me pregunto ¿Dónde está esa derecha, que no la he visto nunca por estas latitudes?

No niego que existe en algún lugar de este mundo una derecha como la que anhelan Tironi y Navia. Una derecha laica, liberal en lo económico, pero también liberal en los político y en lo valórico. Una derecha en la lógica de partidos como VVD de  Holanda o PVV de  Bélgica.  Pero, por favor, eso es justamente lo que no existe en Chile. Acaso se nos olvida que el presidente de RN, el partido de Piñera, es nada menos que Carlos Larraín, supernumerario del Opus Dei, el mismo que afirmó en junio de 2009 que las violaciones a los derechos humanos cometidas en Villa Grimaldi eran “vicisitudes personales”. Se trata de un personaje que se ha hecho conocido por frases tan progresistas como “yo no tengo compasión por los homosexuales”, “La Presidenta está gobernando con el Libro Rojo de Mao Tse Tung” o “Es ilógico que una persona que se pasea en góndola por Venecia venga a decidir quién va a gobernar Chile, mientras que los que permanecen aquí se pasean en el Transantiago”. No se trata de una figura de poca relevancia. Al contrario, es el presidente de la “partido eje” de un eventual gobierno de Piñera.

Tampoco es posible hablar de una nueva derecha si se repasa la bancada parlamentaria que apoyará a una eventual administración piñerista. ¿Nos podemos olvidar que el grueso de sus parlamentarios se inició en la política como alcaldes designados por la dictadura? La gran mayoría ocupó cargos por designación presidencial durante ese régimen, como Jovino Novoa, Albero Cardemil, por recordar los primeros nombres  que se me vienen a la cabeza. Si existiera esa nueva derecha, debería haberse notado en la tramitación de proyectos de ley que amplian derechos y libertades, pero lamentablemente no es posible contar un solo gesto, una sola iniciativa parlamentaria de este sector en esta línea. En conclusión, hablar de una nueva derecha democrática y liberal en Chile o es un espejismo o es una contradictio in terminis.

VOTAR POR FREI, A PESAR DE FREI

Publicado en Crónica Digital. el 9 de enero 2010

En la última fase de la campaña electoral se ha tratado de legitimar el voto por Piñera con el argumento de la emergencia de una “nueva derecha”, que ha logrado desprenderse de su historia. Navia sostiene desde La Tercera que “Votar por Piñera no es votar por los pinochetistas y conservadores” dejando entrever que se trata de “una derecha democrática nueva, liberal e incluyente”. ¿Estamos hablando de la derecha de Carlos Larraín, el presidente del partido del candidato Piñera?

Es necesario reconocer que existen fuertes reticencias a votar en segunda vuelta por Eduardo Frei. Se trata de suspicacias con fundamento y sentido, sobre todo para quienes vivimos como dirigentes sociales o políticos el período 94-99. Me tocó enfrentar ese gobierno como presidente de la FEUC y puedo recordar con amargura cómo el Ministerio de Educación intervino de forma descarada para dividir y quebrar el Congreso de la CONFECH de junio de 1998, que pretendía generar una orgánica y un programa estudiantil de carácter nacional. Recuerdo las manifestaciones en rechazo a la decisión del gobierno de Frei por jugarse a fondo por lograr el retorno a Chile del dictador Augusto Pinochet, detenido en Londres por crímenes de lesa humanidad. No he olvidado como el entonces canciller José Miguel Insulza reiteraba a los medios nacionales e internacionales que “en Chile existen las condiciones para juzgar al senador vitalicio”. La tranquila muerte del criminal se encargó de desmentirlo. Nada ni nadie esta olvidado.

Al votar por Eduardo Frei el 17 de Enero próximo voy a tener todos estos hechos muy claros en mi memoria. Porque votar en esta coyuntura por la Concertación no se anulan las luchas acumuladas, ni las críticas sostenidas a pesar de todos los intentos de cooptar y dividir a nuestras organizaciones. Se trata de un voto lleno de memoria, que no regala cheques en blanco, no vende principios, ni entrega nada a cambio. Se trata de un voto al que se llega por haber acumulado durante años un programa de cambios que ya no pueden ser postergados, y que a fuerza de persistir y mantener se ha convertido en la única propuesta que puede movilizar un voto que impida al pinochetismo acceder al poder. Quienes votaremos en segunda vuelta por la Concertación no lo haremos por Frei. Lo haremos a pesar de Frei, lo que es muy distinto.

Por este motivo, no sólo votaremos en contra de la derecha y lo que representa. Podremos votar por un programa mínimo que no es fruto de los think tank de la Concertación ni de sus lobbistas. Se trata de doce puntos que van mucho más allá de frases bonitas o buenas intenciones. Es el fruto más palpable de las demandas de la ciudadanía y la Izquierda, que fue capaz de instalar en el debate presidencial lo que se trataba esquivar y tapar: una nueva Constitución, la defensa de CODELCO, la educación y salud públicas, la ampliación de los derechos de los trabajadores, la recuperación del agua, la democratización de los medios de comunicación, un país con más equidad, menos discriminación, más derechos de las mujeres, más integrado a América Latina, y con mayor protección contra los abusos financieros.

No se trata de un programa de Izquierda. Pero los doce puntos garantizan un marco democrático que permite mantener las conquistas sociales alcanzadas producto de las demandas sociales y políticas, y a la vez abren posibilidades de continuar resquebrajando el entramado político y jurídico pinochetista. Se trata de un instrumento para enfrentar y derrotar a la derecha, y a la vez hacer posible la convergencia de gran parte de las fuerzas progresistas en torno a una propuesta democrática. No se trata de un chantaje, basado en la coacción, el miedo, o la ausencia de alternativas. Votamos por un consenso activo, basado en la convergencia en torno a un horizonte mínimo conquistado y delimitado desde la Izquierda.

Son doce puntos que se han logrado arrancar como conquista y como derecho. No son dádivas, ni limosnas. A partir de marzo de 2010 estos compromisos se convierten en un dato duro, que cambiará el horizonte de quién ocupe La Moneda. Y también cambiarán nuestra propia agenda, dándonos un marco de propuestas que deberemos ser capaces de exigir y presionar para que lleguen a puerto. Quién no desea ver las posibilidades históricas de esta coyuntura, está en su derecho. Pero que recuerde que las oportunidades perdidas sólo son experiencia acumulada. Como afirmaba Arrate en la campaña., prefiero apostar a ensanchar el umbral de lo posible.