LA DISPUTA DE IDEAS EN EL CHILE DE PIÑERA

Publicado en La Nación el 17 febrero de 2010.

Si la derecha ha triunfado electoralmente en enero es porque ya había triunfado ideológicamente hace varios años atrás. Recordemos que en 1999 Lavín estuvo a treinta mil votos de ganarle a Ricardo Lagos. Lo que significa que durante los años noventa el electorado chileno se hizo más conservador y neoliberal, sin darse cuenta de ello necesariamente. Este proceso ha marcado el rumbo de la última década y el país, escorado a la derecha, fue administrado por una coalición de centro izquierda que gobernó a una ciudadanía que la evaluaba bajo criterios y mentalidades de derecha.

Esta esquizofrenia política es la que ha naturalizado las decisiones que hoy asume sin espanto ni vergüenza Sebastián Piñera. La designación de un gabinete claramente empresarial parece ser aceptado por la población como la más normal de las decisiones políticas de un gobernante moderno. Los comentarios de la calle lo ratifican: “es que si gobiernan los ricos, no van a robar, porque ya tienen”, “es que si no son políticos van a ser más honestos”, “ es bueno que gobiernen los empresarios. Si en el fondo el país es una empresa también y ellos saben como administrarlas bien”, “nombrar técnicos es la tendencia, es lo que se hace en el siglo XXI” ¿Ha escuchado este tipo de argumentos? No importa lo simple que le parezcan ni lo fácilmente rebatibles que puedan ser. Lo importante es el sentido que logran tener estas frases en quienes las pronuncian.

Este proceso, que debería ser analizado más desde la psicología social que desde la política, es el reflejo de la hegemonía cultural que han logrado instalar en el inconciente de toda una nación. Se trata de una forma de convencimiento que ya opera por sí sola, sin necesidad de leer El Mercurio o de ver Megavisión. Ideología inocua, incolora e inodora que se inocula por los poros insospechados de las conversaciones cotidianas. El sutil pero contundente mensaje que se basa en el sentido común. (que no siempre es el mejor de los sentidos)

Antonio Gramci llamó a esto Hegemonía. Se trata de la capacidad de los poderosos para que los dominados acepten el ‘statu quo’ no por coerción, sino por el consentimiento. Para ello es necesario que existan un conjunto de ideas dominantes presentes en la sociedad, pero a las que la gente da un asentimiento casi natural. Cuando la ‘hegemonía’ es verdadera se la puede llegar a identificar con la ‘cultura popular’. Opera por medio de  intercambios, mediaciones, asimilaciones y resistencias hasta convertirse en la cultura dominante Esto significa que cuando la cultura popular se ve reflejada en los medios masivos ya han logrado un grado importante de consenso. Los medios no hacen más que participar en su construcción y sobre todo en su amplificación, por eso la gente escucha estos argumentos y los asimila de una forma autónoma y libre. No se trata simplemente de manipulación, sino que hay un liderazgo cultural, que logra el consenso de los grupos y de las clases subordinadas.

De esta forma la hegemonía conservadora, convertida en sabiduría popular, logra que don Pepe ola Señora Maríaexpresen todo su conformismo en frases como: “mejor es malo conocido que bueno por conocer”, “no hay mal que por bien no venga” “así es la vida” o “peor es mascar lauchas”. Cuando lo poderosos no logran mantener una sociedad disciplinada solamente por medio del soft power del consenso necesitan del hard power y la fuerza. El Chile de hoy esta tan saturado por un discurso neoliberal y mercantilizado que logra un consenso libre y cómplice de una población que no requiere de agentes dela DINApor las calles para aceptar y asentir. Por esto, la construcción de una contra-hegemonía política y cultural debería ser una tarea fundamental para la nueva oposición. Ello no se identifica necesariamente con la sola adquisición o administración de medios de comunicación. Se puede tener medios poderosos pero ineficaces.  Se trata de algo mucho más complejo. Pero lo que no se puede es pensar que se puede cuestionar y debatir la hegemonía conservadora sin una política de comunicaciones propia. La tan debatida frase “la mejor política comunicacional es no tener política comunicacional” hoy le pasa le cuenta a quienes la aceptaron, en un contexto en que el Estado no posee un rol como garante de una real libertad de expresión.

Se sostuvo que el mercado es un buen regulador de los contenidos de los medios, que se adaptarían a la demanda. Este concepto, este ingenuo e irresponsable, distrajo a los decidores públicos pensando en medios de comunicación inexistentes, provistos de inocentes y neutrales pautas, sólo influenciadas por una ciudadanía crítica y activa. Hoy ya es tarde para lamentarse y lo único que queda es no repetir los errores.

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