Democracia de las diferencias

A pocos días de asumir el poder la derecha se explaya en argumentos y alabanzas a la “democracia de los acuerdos”. Esta súbita pasión por atraer el concurso de la nueva oposición hacia sus propuestas debe tomarse con mucho cuidado. Recordemos que los ahora furibundos partidarios del concordismo político y la unidad nacional nunca buscaron en el parlamento llegar a acuerdos con los gobiernos de la Concertación sino en circunstancias y temas que llevaran agua a su molino. La democracia de los acuerdos sólo funcionó cuando la Concertación estuvo en las cuerdas y tuvo que ceder en algún punto programático con el fin de lograr la aprobación de leyes fundamentales e impostergables.

Lo que la ciudadanía espera de la nueva oposición no es muy complejo de analizar. Se trata de proceder de la misma manera como lo hizo la derecha en estos veinte años. No recuerdo que ese sector haya cedido en ningún punto fundamental a los intereses de sus grandes representados, ligados a los gremios empresariales y grupos económicos. Y si cedió en algo, lo hizo para cobrar en otros aspectos el doble de lo entregado. Hoy la oposición deberá actuar en reciprocidad, pero a favor del mundo sindical, de las organizaciones sociales y ciudadanas, de los movimientos sociales, de los consumidores y usuarios, y de todo un mundo que no posee más poder que el que ha entregado con el voto a sus representantes.

¿Sobre qué materias se podría llegar a acuerdos con el nuevo gobierno? ¿Se estaría de acuerdo en flexibilizar el empleo? ¿O en privatizar Codelco y Enap? ¿En terminar con la entrega de tierras al pueblo mapuche? ¿O retrotraer los avances que han conquistado las mujeres en materia de derechos? ¿De que acuerdos estamos hablando? En estas y en muchas otras materias lo que se espera desde la sociedad civil es poder visibilizar, ahora más que nunca, las diferencias que separan a ambos conglomerados políticos y que parecen trivializarse entre tantos llamados a diluir las identidades políticas en un marasmo piñerista.

Durante las últimas elecciones la Concertación desarrolló un insistente llamado centrado en reafirmar que no daba lo mismo votar por Eduardo Frei o por Sebastián Piñera. Twitter se saturó de argumentos bajo el rótulo “#nodalomismo”, lo que a la larga permitió que Frei remontara más de 19 puntos en la segunda vuelta. ¿Cómo explicar a estos electores, a los que se les convenció de las diferencias entre estas dos opciones, que ahora las dos coaliciones se camuflen en abrazos y componendas parlamentarias?

La verdadera “la prueba de la blancura” que deberá afrontar la nueva oposición radica en su capacidad de resistir unida a los intentos de atraer a las voluntades más débiles y claudicántes de la Concertación para aprobar una agenda de contrarreformas en materia laboral, cultural, social y ambiental. Si se avanzó poco, lento y dificultosamente en estos años, caer en esta trampa profundizará un proceso de deslegitimización de sus liderazgos.

Lo que se requiere es contraponer a estos acuerdos espúreos una democracia de las diferencias, basada en el debate público, transparente y participativo de los grandes temas que se abren a partir de este cambio de gobierno. Los parlamentarios opositores deberían desarrollar metodologías innovadoras, como las audiencias públicas ciudadanas, los cabildos comunales y los foros sociales, para colocar en discusión la agenda legislativa del período. La ciudadanía organizada espera contar con una fluida y constante interlocusión con ellos, en la idea de concretar alianzas estratégicas basadas en el respeto mútuo y en el reconocimiento de los roles diferenciados de cada actor en el campo que le es propio.

La gran oportunidad política que se abre el próximo 11 de marzo es reconectar los vínculos entre la sociedad civil y los partidos polítiocos progresistas, que se han bifurcado peligrosamente en los últimos años. ¿Cómo hacerlo? Construyendo una agenda común de derechos y de avances sociales que señale claramente un rumbo compartido. De esta forma se podría avanzar hacia una nueva forma de democracia, basada en el protagonismo de la ciudadanía.