CRISIS DE COMPETITIVIDAD

Publicado en Punto Final en Mayo de 2010.

En la fría lógica capitalista, hablar de la competitividad de los países sería sinónimo de desarrollo y prosperidad. Por este motivo, los resultados del último Ranking de Competitividad Mundial, elaborado en Suiza por la Escuela de Negocios IMD, ha tenido el efecto de un balde de agua fría para los entusiastas aduladores del modelo criollo. El informe puso a Chile en el puesto 28, entre 58 economías, lo que representa su  ubicación más baja desde el 2000. Y los datos son anteriores al terremoto. De esta forma el país retrocede 10 lugares en cinco años y en relación con 2009, cae en tres posiciones. Desde la perspectiva de la globalización y los mercados, el Chile neoliberal decae definitivamente.

Más crítico aún es observar los motivos que el informe detalla como causa de este retroceso: Chile involuciona en el ranking de competitividad mundial principalmente por el alto margen de usura de la banca (técnicamente el “alto spread” de la tasa de interés) y la profunda crisis de su sistema educacional. El spread bancario esta relacionado con la concentración de ese mercado. Este proceso oligopólico ha permitido a los bancos chilenos maximizar el margen entre la tasa pasiva que pagan a los ahorristas y la tasa activa que reciben por los préstamos otorgados. Esta diferencia es de 5,77 puntos promedio, en comparación a 0,33 puntos que opera en el Reino Unido. Chile aparece en este aspecto en los niveles más altos del mundo. En relación al modelo educativo, hay consenso en que el actual modelo no es el un resultado de un estado ineficaz o del sino trágico de la nación. Se trata de un “sistema escolar concientemente estructurado por clases sociales” (Informe OCDE:2004) con el fin de producir mano de obra barata en un modelo extractivista y concentrador. Además el estudio denuncia los bajos niveles de inversión en Innovación y Desarrollo (I+D) que recaen exclusivamente en los magros presupuestos estatales, los abusivos costos de las telecomunicaciones, especialmente en los servicios de telefonía celular, fija y la conexión a Internet, la baja productividad laboral, la persistente discriminación de género y el reducido número de empleos como porcentaje de la población. Un panorama que la ciudadanía corrobora cotidianamente.

Lo complejo de este diagnóstico es que implícitamente se indica que para recuperar la “competitividad país” es necesario reducir la competitividad del sector financiero y del mercado de servicios privatizados y desregulados. En otras palabras, para volver a crecer Chile necesita más Estado, un mayor aporte fiscal de los privados y mayores regulaciones. Esta constatación se podría tolerar perfectamente en otras latitudes, pero para la mentalidad de nuestro empresariado sería como aceptar un oxímoron.

Es evidente que la competitividad no constituye un objetivo en sí mismo. De hecho, el país que lidera el ranking es Singapur, una ciudad-estado donde gobierna un régimen monopartidista sobre la base de un control draconiano de los medios de comunicación, restricciones a la libertad de asociación, y una configuración de los distritos electorales que garantiza el predominio absoluto del partido que ha gobernado en ese país desde su independencia. Su economía se desarrolló sobre la base a la inversión de compañías multinacionales que  reciben incentivos fiscales extremadamente generosos y utilizan una mano de obra «altamente disciplinada», con bajas remuneraciones. Con la presión que se ha desatado sobre Suiza y Liechtenstein, Singapur se ha convertido en el paraíso fiscal de moda. La sociedad civil y el movimiento sindical vive en estado de permanente represión. La llamada “Acta de Seguridad Interna” permite al gobierno arrestar a cualquier ciudadano cuando le plazca. No existe acceso a la información abierta, bajo el control de medios masivos complacientes con el régimen. Con un modelo como ese es muy fácil competir.

El desafío que se presenta a Chile es extraordinariamente complejo. Proponer un proyecto de desarrollo nacional, aún desde una perspectiva capitalista, es hoy más que nunca una idea antagónica, incompatible y enfrentada al proyecto de las élites nacionales, que apuestan a la riqueza rápida, fácil y depredadora. No hay márgenes  para acuerdos. Es hora de definiciones.

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