DEMOCRACIA CRISTIANA: MUCHO MÁS QUE UNA ELECCIÓN

Publicado en Crónica Digital el 30 de julio 2010

Las elecciones internas de la Democracia Cristiana han entrado en su última fase, lo que augura una interesante discusión al interior de ese partido. Este miércoles 28 se han retirado las candidaturas de Gabriel Silver y Aldo Cornejo por lo que sólo quedan en disputa Ignacio Walker, representado el ala derecha de la DC y Mariano Fernández desde posiciones más progresistas.

Si bien se trata de una disputa intrapartidaria, la mesa que emerja de este proceso va a tener grandes consecuencias políticas, con efectos que van mucho más allá de la propia Democracia Cristiana. Las definiciones que los distintos actores nacionales asuman a mediano y largo plazo dependerá del tipo de orientación tome en específico este partido, ya que ejerce en nuestro sistema un papel definitorio de las grandes decisiones ya que el modelo vigente, al estar construido desde el centro hacia los polos, le otorga al partido que ocupa con mayor propiedad el centro político un rol crucial y determinante.

Sebastián Piñera ha hecho evidente un claro interés por lograr un “pacto histórico” con la Democracia Cristiana. El discurso del 21 de mayo pasado, y la determinación de no aplicar un indulto generalizado a violadores de la DDHH son signos de esta decisión. Este afán tiene relación con la proyección que Piñera desea dar a un actual gobierno, que anhela prolongar construyendo una coalición que cope el centro político y le asegure mayorías estables en el parlamento. Para alcanzar este objetivo el Presidente no ha escatimado recursos y se ha atrevido a enfrentar a la UDI cada vez que ha sido necesario. Una alianza con la DC en 2014 le supondría clara ventaja en las negociaciones con sus socios gremialistas y una muy probable victoria.

En este horizonte el triunfo de la candidatura de Ignacio Walker aparece como el escenario soñado por Piñera. Por este motivo no es extraño que El Mercurio se haya definido claramente a su favor, aupando su candidatura de una manera sistemática. Walker orientaría a la DC en posiciones claramente conservadoras en lo político y neoliberales en lo económico, desplegando una oposición muy suave y conciliadora, en preparación a un acuerdo de largo plazo con el piñerismo. Los gestos de Walker han sido bastante explícitos en este aspecto, al esgrimir durante toda su campaña, de modo constante, un discurso virulentamente descalificador de todo progresismo, a un punto que es difícil diferenciarlo del que emplean los partidos en el gobierno. Para muchos militantes, bajo Ignacio Walker la DC se enrielaría en un proceso más parecido a la CODE que a la Concertación.

Por el contrario, si la victoria es para Mariano Fernández, la DC se orientaría en una clara y abierta oposición democrática al gobierno de la derecha. Su candidatura ha sabido congregar a los sectores de avanzada de su partido, con clara vocación por mantener un entendimiento con el PPD y el PS, e incluso mostrando lucidez y realismo a la hora de proponer un acuerdo más amplio, en función de construir una alternativa de poder en 2014. Fernández ha sostenido su candidatura en base a la defensa los acuerdos del V Congreso ideológico y programático de la Democracia Cristiana que constituyó uno de los momentos más esperanzadores de la política nacional en los últimos diez años, ya que definió como un objetivo estratégico de la DC la promulgación de una nueva Constitución para Chile.

El gran problema de Mariano Fernández es disputar esta elección en una cancha que se ha desnivelado dramáticamente a nivel mediático. El apoyo abierto y explícito que el grupo de Agustín Edwards le brinda a Walker contrasta con la dificultad que la tendencia de Fernández ha encontrado para hacer visible su propuesta. Sin embargo, sea cual sea el resultado, su candidatura tiene un mérito especial para quienes no somos parte de su partido: Fernández ha reposicionado en la DC ideas de avanzada social, nacional y popular, que permitieron que en Chile se alcanzaran históricas transformaciones. Por eso en las definiciones del próximo 29 de agosto se jugará mucho más que la conformación de una mesa partidaria. Se determinará el escenario de lo políticamente posible en los años que se avecinan.

La iglesia del olvido

Crecí en una Iglesia de la que era fácil sentirse orgulloso. Era la Iglesia de don Raúl, de don Carlos Gonzalez, de don Jorge Hourton, de don Enrique Alvear, de don Carlos Camus, de don Sergio Contreras. Una Iglesia en las antípodas de los obispos argentinos o españoles, que en el mejor de los casos cerraron los ojos ante el horror, cuando no derechamente lo empujaron. De esa Iglesia aprendí que ser católico era sinónimo de defender los derechos humanos, promover la justicia y optar siempre por lo pobres. La primera vez que escuché de censura, detenidos desaparecidos, ejecutados políticos, torturados, exiliados o relegados no fue en mi familia, sino en la parroquia, leyendo por casualidad la revista de la Vicaría de la Solidaridad, cuando tenía diez años. Me acuerdo de varias noches sin dormir luego de enterarme por esa vía de lo que nunca me habían comentado mis padres, y sentir que el país en el que me creía tan seguro no era más que una parodia de espantos. Fue como darse cuenta, de golpe, que el Chile de la televisión, de El Mercurio, incluso de una buena parte de mi familia, no era más que una caricatura, el decorado de un circo, los bastidores de una obra de terror. En medio de esa confusión, lo que me sostuvo fue aprender que Dios no era neutral en el Chile de Pinochet. Dios estaba con los perseguidos, quería que acabaran tantos sufrimientos, no le era indiferente la miseria y la penuria de la gente. Aunque no entendía todo lo que pasaba, a esa edad para mi estaba claro que el Dios cristiano no era un dios de componendas ni de falsos equilibrios.

Han pasado muchos años y las certezas de fe que esa Iglesia me regaló nunca me han abandonado. Sigo pensando que Dios no es neutral, ni ambiguo ni indiferente. Sin embargo, dudo que la Iglesia que me ayudó a entender eso sea la misma Iglesia que hoy aparece desfilando ante La Moneda para reclamar una anodina “mesa para todos” en la que se sienten los que nunca han reconocido culpa ni arrepentimiento por las atrocidades con las que cargan. Veo los rostros de don Alejandro Goic, de Cristián Precht y no puedo creerlo. ¿Tanto han cambiado los vientos en la curia, tan lejos han llegado los poderes de la nunciatura, tan dura es la presión de los “bienechores” empresariales? ¿Tan poco queda de la Iglesia valerosa y corajuda que conocimos? ¿Tan poca la decencia y tan corta la dignidad para dejarse usar para cumplir la promesa más impopular de la campaña presidencial? ¿O tanto el miedo a la irrelevancia y al olvido de los poderosos?

Como me ocurre a mi, creo que esta indignación le sobreviene a muchas personas. Amanda Jara, la hija de Víctor, lo compartía al decir que “es impresentable que la Iglesia se olvide del cardenal Silva Henríquez”. Es fácil entender que algunos de los nuevos obispos como Gonzalo Duarte o Juan Ignacio Gonzalez, que siempre defendieron a los genocidas y criminales pinochetistas, hagan estas proposiciones. Pero que las avalen quienes acompañaron los dolores de las víctimas, quienes les vieron a la cara en su hora más angustiosa, me parece infame.

Haber llevado a juicio a los sesenta condenados que hoy cumplen penas por crímenes atroces y alevosos, cometidos al amparo del Estado y sus recursos, ha sido un esfuerzo extenuante y desgastador que ha supuesto décadas para los familiares y las organizaciones que les han apoyado. Se trata de un número irrisorio de casos, que han contado con condiciones judiciales y carcelarias incomparables frente a la masa de presidiarios comunes que abarrotan las cárceles. La propuesta del Episcopado, junto con dar pié a que se reduzca este número de condenados a la mitad, permite que se apruebe, de manera encubierta, una ley de obediencia debida que deje fuera de los tribunales a oficiales de menor graduación que hoy están en proceso.

Si algo caracteriza al cristianismo es que exige definiciones. Jesús nunca evadió conflictos y supo resistir a las presiones de los poderes de su tiempo. Su delito capital fue proponer un Reino distinto al Imperio del César, lo que representaba un crimen de lesa majestad. Por eso su muerte no sólo es un acto de donación, sino el resultado de un tipo de práctica consecuente que acabó por detonar su asesinato judicial, por instigación del poder religioso. A pesar de la condena, Jesús fue fiel a si mismo, a su fe y a la justicia. ¿Puede la Iglesia chilena hoy decir lo mismo? ¿Puede anunciar con alguna credibilidad estos misterios?

LA CEGUERA DE CHILE

Publicado en Punto Final en julio de 2010.

Chile es un extraño país. Mientras la “comunidad internacional” le aplaude por su estabilidad y aparente desarrollo, muchos de los que vivimos en ese territorio no concordamos con tan optimista diagnóstico. Lo que vemos se refleja mucho más en las escandalosas cifras de desigualdad en la distribución del ingreso que en las engañadoras cifras de la encuesta CASEN. Lo que percibimos es un sistema político totalmente agrietado por una baja legitimidad democrática, que se explica por la persistencia de una Constitución dictada para que nada ni nadie se mueva. Observamos cómo el centralismo santiaguino asfixia a las regiones, que no disponen de recursos y competencias para acometer proyectos de desarrollo pertinentes a su realidad, que contribuyan  minimamente a su entorno y que san ambientalmente sustentables. Los abusos de la “industria” financiera acorralan a las iniciativas productivas y la usura crediticia no deja espacio más que a los grandes grupos del retail. La discriminación por género, orientación sexual, edad, raza, religión, o ideología goza de plena impunidad y las medidas que se han propuesto para contenerla, como la defensoría del pueblo y la ley anti discriminación, duermen por años en el parlamento. Nuestro catastrófico modelo educativo, resultado de más de treinta años de deriva neoliberal, ha configurado un “sistema escolar concientemente estructurado por clases sociales” (Informe OCDE: 2004) con el fin de producir mano de obra barata para un modelo extractivista, contaminante y concentrador. Los bajos niveles de inversión en Innovación y Desarrollo, que recaen exclusivamente en los magros presupuestos estatales, auguran un país amarrado de por vida a las fluctuaciones del precio de sus commodities, mientras esperamos una segunda ola exportadora  que nunca termina de llegar. El país que vemos tiene mucho que ver con los abusivos costos de las telecomunicaciones, con la especulación con medicamentos por parte de las farmacias, con la baja productividad laboral de trabajadores desmotivados y sobre-explotados, con la criminalización del pueblo mapuche y sus demandas de tierra y dignidad. Ese es nuestro país real.

Lo que vemos tampoco es lo que aparece en la televisión ni en los periódicos de los grupos empresariales que controlan la pauta noticiosa. Lo que vivimos no se refleja en las discusiones de los parlamentarios ni en los debates de los partidos políticos. Lo que nos preocupa parece no importarle al gobierno, que bajo el lema “cambio, futuro y esperanza” ha enrielado a Chile en un radical “mucho más de lo mismo”, que apuesta a incrementar la riqueza rápida, fácil y depredadora de los grandes grupos empresariales que se han apersonado masivamente a dirigir los ministerios y reparticiones públicas, sin intermediarios. Pero lo más preocupante es que tampoco es lo que ve una buena parte de los propios chilenos, que miran embelezados las tiendas saturadas de plasmas y computadores, mientras en el sur los campamentos de damnificados (rebautizados como aldeas)  se chorrean por la inclemencia de la lluvia. Parece que no estamos en la misma nación y no hablamos el mismo lenguaje ¿Seremos acaso un par de tuertos en el país de los ciegos, como en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago? Yo creo que no.

Quienes nos hemos encontrado para lanzar el Comité de Iniciativas Por más Izquierda (X + I) no nos hemos querido poner el frente de nada. Queremos estar al fondo, y bien atrás. No nos creemos más lúcidos ni visionarios que nadie. No sómos ni queremos ser los lazarillos de los ciegos ni los encargados de despertar a los dormidos. Al contrario, Lo único que queremos decir, fuerte y claro, es que quienes todavía vemos y sentimos al Chile profundo debemos reaccionar. No sabemos cómo, ni porqué, pero a un buen número de chilenos todavía no se nos cierran los ojos. Todavía no se nos ha agotado nuestra capacidad de asombro y de indignación. No creo que sea un mérito de nuestra parte, simplemente, como en la novela de Saramago, todavía podemos ver. Pero esta circunstancia nos obliga a permenecer en vigilia, sin dormitar. Es el momento de pensar en nuevas estrategias, de romper prejuicios, y de saber ocupar los espacios vacíos desde una amplia articulación de actores que se olvide de las niñerías y narcisismos y se ponga a trabajar. No podemos autoexcluirnos o sentir que las ideas y propuestas por las que hemos luchado por tanto tiempo son menos válidas que antes. Es el momento de actuar.