LA BANDERA NO TIENE LA CULPA

Publicado en Punto Final en septiembre de 2010.

La celebración del bicentenario, pudiendo haber sido un hito reflexivo sobre nuestra identidad y proyecto como nación, simplemente ha decantado en una serie de ritos inconexos, chauvinistas y superficiales. Tal vez el ejemplo más claro es la instalación de la llamada “Gran Bandera Nacional” en el bandejón central de la Alameda, frente a La Moneda. Su inauguración, el próximo 17 de septiembre, se ha planificado como un momento culminante en esta ronda de festejos. Importada desde Texas, y confeccionada en nylon, medirá 27 metros de largo y 18 de ancho y será sostenida por un mástil de 61 metros. Dimensiones grotescas que reflejan la estética de la ostentación, la desmesura y la grandilocuencia de quienes han decidido su emplazamiento. Si desde la antigüedad el criterio para pensar lo bello se ha vinculado a cualidades de medida, simetría y proporción, nuestra bandera bicentenario nos instala de lleno ante lo artificial y lo desmesurado del pastiche kitsch. Y para remate, en el lugar más solemne y de mayor profundidad histórica de la capital.

Lo más contradictorio es que el secreto de la bandera chilena radica en sus proporciones. Nuestra bandera, al igual que los demás pabellones latinoamericanos, fue pensada cuidadosamente y refleja la cosmovisión de los libertadores. Ellos utilizaron la geometría en clave alegórica para representar el nuevo orden postcolonial que anhelaban instituir luego de la revolución. Por eso en nuestra bandera todo está diseñado en claves numéricas. Por ejemplo, en una proporción de tres: un cuadrado azul, dos blancos, tres rojos. O en clave de cinco, en la estrella pentacular de 5 ángulos agudos, que con su punta hacia arriba, que se suele identificar con el ser humano, en una postura similar a la utilizada por Leonardo en su famoso “Hombre de Vitruvio”. Pero si se observa el conjunto, todo el diseño busca que la bandera mantenga la llamada “proporción áurea”, que expresa la relación que resulta al dividir un trazo en dos partes desiguales, de manera que la distancia entre la sección menor y la mayor sea la misma que entre la mayor y el todo. Un juego sutil que vincula la patria con las leyes matemáticas del crecimiento armónico y el orden justo. Lo que tiene que ver con los tres colores representativos de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

Este complejo marco simbólico nos recuerda que la bandera chilena nació como una enseña revolucionaria, destinada a transmitir ideas libertarias, racionalistas y anticolonialistas. Sin embargo, quienes han controlado el poder en Chile siempre han tratado de apropiarse de esta enseña, vaciándole de su significado humanista y dialéctico. Han tratado de reducirla al paño colorinche que colgaron en sus casas del barrio alto el 11 de septiembre de 1973. El mismo trapo que el alcalde Labbe instaló en toda Providencia cuando Pinochet cayó preso en Londres. Y ahora, Piñera se encarga de apropiársela definitivamente, instalando esta antibandera desproporcionada, remedo de última hora a la bandera-monstruo del Zócalo de Ciudad de México. Un buen monumento para quién piensa en montos y cantidades lo que debe expresarse en relaciones de consonancia y belleza.

Pero la bandera de los chilenos no tiene porqué pagar esas culpas. Su simbolismo, lejos del estruendo y fanfarronería del nacionalismo conservador de masas, se acerca mucho más a las propuestas de quienes intuyen que lo hermoso por lo general es pequeño y que la patria es en definitiva la humanidad. La bandera chilena, con su mensaje cifrado de armonía e interconexión humana puede resignificarse como un grito potente contra los excesos, la codicia, los abusos y la sobreexplotación. Pero para lograrlo hay que volver a mirarla con otros ojos, diferentes a los de la celebración del bicentenario con su profusa abundancia de banderitas y banderotas que lo único que parece indicar es que los límites entre el mal gusto y la patriotería no tienen contornos muy definidos.

Se hace necesario volver a rescatar nuestra bandera. Tal como lo hicieron los valientes militantes que el 30 de marzo de 1980, sin necesidad de disparar un solo tiro,  recuperaron la bandera sobre la que se juró la independencia de Chile y no la devolvieron hasta el 19 de diciembre de 2003, en manos de familiares de detenidos desaparecidos. Quienes se acerquen a esa bandera, ahora restaurada, podrán ver que la estrella aparece claramente inclinada hacia la izquierda. No es un error, ni una casualidad. Fue simplemente el deseo de los forjadores de esta patria que buscaban mostrar así su anhelo de cambios profundos y permanentes en la nación que comenzaban.

Un presidente triunfador

Sebastián Piñera no ha logrado su poder sobre la base del virtuosismo cívico o fidelidad a sus convicciones. Tampoco por conocer de literatura o por tener buena ortografía. Menos por su oratoria o por haber dado muestras de desprendimiento, altruismo o generosidad. El atractivo que ha logrado despertar radica en su capacidad de aparecer siempre como un ganador. Y en una sociedad modelada por la racionalidad neoliberal sólo hay un objetivo que parece superponerse al lucro y la utilidad: mostrarse como un “winner” permanente, en todo y por siempre. Por eso, cuando el domingo 22 de agosto, muy temprano, Piñera supo que los 33 mineros estaban vivos, programó todo para poder dar él mismo, en persona, esa noticia. No importó que los familiares tuvieran que esperar o que la tragedia del grupo de trabajadores se convirtiera en material para el morbo y el espectáculo. Una vez más Piñera ganó. La agenda pública, centrada en la arremetida privatizadora, las protestas de los damnificados, los conflictos de intereses presidenciales, el “terrorismo incipiente”, los despidos en el sector público, la huelga de hambre mapuche, todo eso y mucho más pasó al olvido y Piñera pudo aparecer ante el mundo como un exitoso estadista, ocultando de pasada a quienes presionaron durante 17 días para que el gobierno no abandonara el rescate.

Una vorágine de adrenalina parece dominar al presidente en muchas ocasiones. Como aquel instante en que reaccionó ante la aprobación, en la COREMA de Coquimbo, de la termoeléctrica de Barrancones. No fueron nuestras protestas, ni el espanto colectivo ante la inmimente destrucción de una reserva ecológica incomparable la que le llevaron a actuar. La represión a las manifestaciones del martes 24 de agosto tuvo la misma brutalidad que la que han vivido los estudiantes, los pobladores de Dichato, o los deudores habitacionales. Lo que le movió a llamar a Suez Energy y pedirle que deslocalizara el proyecto fue su temor a verse derrotado si no lograba cumplir una promesa pública de campaña. No le importó mucho que en su acción desnudara las miserias de la institucionalidad ambiental diseñada para tranquilizar a las empresas, dejara sin piso político al intendente de Coquimbo y pusiera en ridículo a la ministra de Medioambiente. Piñera no podía permitirse aparecer como un “loser”. Menos a pocas horas de su momento de gloria en la mina San José.

En esta y en muchas otras ocasiones ha mostrado que no tiene otros principios que no sean sus intereses, y en un sentido muy reducido y personal. Sus intervenciones no tienen otro norte que satisfacer una adicción irrefrenable a la victoria. Y en ese campo no se le puede discutir un talento magistral y una audacia que bordea la desmezura. Como el atrevimiento que demostró al lanzar en 2005 su candidatura presidencial y disputarle a Joaquín Lavín su entonces claro liderazgo de la derecha. O el desparpajo que le permitió engatuzar a Ricardo Claro en el negocio de las tarjetas de crédito. El problema es que en la antigüedad los generales o emperadores afligidos por un síndrome similar poseían un esclavo que les decía al oído, mientras marchaban bajo arcos de triunfo, “sic transit gloria mundi”. En cambio Piñera no parece escuchar más que a su propio ego y luego de gozar el sabor efímero del triunfo ha estado obligado a recoger los efectos de sus excesos.

En esta dinámica su actuar político está más cerca de la amoralidad que de la inmoralidad. Si la Concertación cayó una y otra vez en inconsistencias éticas que le llevaban a declarar su adhesión a determinados valores y a gobernar después con los contrarios, Piñera no parece afectarle tal dicotomía. Siempre será capaz de conjugar los opuestos si eso le da crédito y ganancia, sin remordimientos. Y si bien ha puesto en puestos claves a verdaderos “talibanes” (neoliberales, católicos o pinochetistas ) lo ha hecho porque les necesita, pero no está dispuesto a defender en público sus exabruptos. En cierta forma Piñera es lo opuesto a Jaime Guzmán que hablaba de “principios conceptuales sólidos y de valores morales objetivos y graníticos”. Pero tampoco se trata de ver en Piñera a un liberal constreñido por los límites y dificutades de la política. Como dijo Groucho Marx, “Estos son mis principios. Pero si no le gustan, tengo estos otros”. Una actitud útil para subir el rating de un canal de televisión o para vender baratijas en un supermercado, pero contradictoria con la construcción de un proyecto político de largo plazo. Simplemente sucede que con Piñera todo puede ser o no ser, en tanto coincida con sus conveniencias.

HUELGA DE HAMBRE MAPUCHE. LAS RESPONSABILIDADES DE LA CONCERTACIÓN

Publicado en Crónica Digital el 1 de septiembre 2010

Hace un año, en Septiembre de 2009, el Estado de Chile se presentó ante el Examen Periódico Universal del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. En esa ocasión Naciones Unidas pidió expresamente al gobierno chileno no aplicar la Ley Antiterrorista a actos relacionados con los pueblos indígenas y reformar su contenido y su aplicación. La respuesta de nuestro Estado la conocemos, en la voz y en el dolor de los 32 dirigentes mapuches que han soportado más de 53 días en huelga de hambre.

El cerco informativo a  este drama no ha logrado impedir que su realidad empiece a estremecer hasta a los más recalcitrantes y autoritarios. De pronto, la élite política chilena debe dar explicaciones de lo injustificable ante una opinión pública que se pregunta por la racionalidad jurídica de los testigos sin rostro, los dobles procesamientos, la jurisdicción militar sobre civiles y especialmente por la brutalidad de las penas que implica la legislación antiterrorista.

Ya en mayo de 2006, en el marco de la cumbre la cumbre eurolatinoamericana realizada en Viena, la presidenta Bachelet afirmó públicamente: “No voy a aplicar la ley antiterrorista porque considero que la justicia ordinaria tiene bastante fuerza para actuar”. Pocos días después, en Madrid, el escritor José Saramago le rogaba: “hágame el favor de mirar a los mapuches””. Bachelet, en consonancia con varias autoridades regionales de la araucanía, asumió un compromiso, y empezó a responder a los editoriales del duopolio El Mercurio-Copesa , que demandaba constantemente un endurecimiento de la represión, afirmado que los conflictos de tierras eran “casos puntuales” que no ameritaban un marco legal particular. Incluso en  abril de 2009, la presidenta Bachelet se comprometió ante el Relator Especial de Naciones Unidas sobre pueblos indígenas, James Anaya, a no aplicar la ley antiterrorista para procesar a personas en casos vinculados con movimientos sociales mapuche.

Sin embargo, estas promesas y buenas intenciones fueron olvidadas y en la práctica  la dinámica represiva se incrementó exponencialmente. El subsecretario del interior Felipe Harboe empezó a señalar que si la aplicación de la ley antiterrorista daba resultados, “bienvenida sea”. Y la ley antitrerrorista volvió, y de forma masiva y recurrente. Luego, en 2009, el nuevo subsecretario, Patricio Rosende, justificaba la brutalidad policial afirmando que los dirigentes mapuches utilizaban a sus familias como “escudos humanos” ante los ataques de la policía. Niños, ancianos y mujeres tendrían la culpa de vivir en su casa, asistir a la escuela y permanecer en su territorio mientras Carabineros procedía a allanar sus comunidades. Por su parte, el Fiscal Nacional, Sabas Chahuán, impulsó la aplicación de ley antiterrorista luego de una serie de vergonzosas derrotas judiciales de los fiscales regionales, que no pudieron impedir la absolución de varios dirigentes mapuches por insuficiencia en las pruebas.

No es fácil entender en lo que ocurrió en esos años. ¿Dónde quedaron las buenas intenciones de 2006 y cómo se llegó a la degradante situación que vivimos en 2010? Poco a poco algo ha empezado a salir a la luz pública. La ex ministra de Mideplan, Paula Quintana se ha atrevido a deslizar algo importante: “Asumo la autocrítica. Los que tuvimos una convicción respecto de la causa mapuche y la defensa de los derechos indígenas, perdimos la pelea dentro del gobierno”. Son palabras sinceras pero la autocrítica debería estar en la boca de otros. Sin duda, en la de los ex subsecretarios del interior Felipe Harboe y Patricio Rosende, directos responsables de la violencia policial y de la espiral criminalizadora que ha vivido el movimiento mapuche. Sería importante que se pronuncie el ex ministro del interior Edmundo Pérez Yoma, responsable político de estas decisiones. Sería lógico que los protagonistas de la “pelea” a la que se refiere la ministra Quintana dieran la cara y nos aclararan las contradicciones entre el discurso presidencial y la práctica política de sus ministros. No sólo el actual gobierno debe dar explicaciones. Quienes ocuparon cargos en los gobiernos anteriores también deben responder.