UN PRESIDENTE TRIUNFADOR

Publicado en Punto Final en Octubre de 2010.

Sebastián Piñera no ha logrado su poder sobre la base del virtuosismo cívico o fidelidad a sus convicciones. Tampoco por conocer de literatura o por tener buena ortografía. Menos por su oratoria o por haber dado muestras de desprendimiento, altruismo o generosidad. El atractivo que ha logrado despertar radica en su capacidad de aparecer siempre como un ganador. Y en una sociedad modelada por la racionalidad neoliberal sólo hay un objetivo que parece superponerse al lucro y la utilidad: mostrarse como un “winner” permanente, en todo y por siempre. Por eso, cuando el domingo 22 de agosto, muy temprano, Piñera supo que los 33 mineros estaban vivos, programó todo para poder dar él mismo, en persona, esa noticia. No importó que los familiares tuvieran que esperar o que la tragedia del grupo de trabajadores se convirtiera en material para el morbo y el espectáculo. Una vez más Piñera ganó. La agenda pública, centrada en la arremetida privatizadora, las protestas de los damnificados, los conflictos de intereses presidenciales, el “terrorismo incipiente”, los despidos en el sector público, la huelga de hambre mapuche, todo eso y mucho más pasó al olvido y Piñera pudo aparecer ante el mundo como un exitoso estadista, ocultando de pasada a quienes  presionaron durante 17 días para que el gobierno no abandonara el rescate.

Una vorágine de adrenalina parece dominar al presidente en muchas ocasiones. Como aquel instante en que reaccionó ante la aprobación, en la COREMA de Coquimbo, de la termoeléctrica de Barrancones. No fueron nuestras protestas, ni el espanto colectivo ante la inmimente destrucción de una reserva ecológica incomparable la que le llevaron a actuar. La represión a las manifestaciones del martes 24 de agosto tuvo la misma brutalidad que la que han vivido los estudiantes, los pobladores de Dichato, o los deudores habitacionales. Lo que le movió a llamar a Suez Energy y pedirle que deslocalizara el proyecto fue su temor a verse derrotado si no lograba cumplir una promesa pública de campaña. No le importó mucho que en su acción desnudara las miserias de la institucionalidad ambiental diseñada para tranquilizar a las empresas, dejara sin piso político al intendente de Coquimbo y pusiera en ridículo a la ministra de Medioambiente. Piñera no podía permitirse aparecer como un “loser”. Menos a pocas horas de su momento de gloria en la mina San José.

En esta y en muchas otras ocasiones  ha mostrado que no tiene otros principios que no sean sus intereses, y en un sentido muy reducido y personal. Sus intervenciones no tienen otro norte que satisfacer una adicción irrefrenable a la victoria. Y en ese campo no se le puede discutir un talento magistral y una audacia que bordea la desmezura. Como el atrevimiento que demostró al lanzar en 2005 su candidatura presidencial y disputarle a Joaquín Lavín su entonces claro liderazgo de la derecha. O el desparpajo que le permitió engatuzar a Ricardo Claro en el negocio de las tarjetas de crédito. El problema es que en la antigüedad los generales o emperadores afligidos por un síndrome similar poseían un esclavo que les decía al oído, mientras marchaban bajo arcos de triunfo, “sic transit gloria mundi”. En cambio Piñera no parece escuchar más que a su propio ego  y luego de gozar el sabor efímero del triunfo ha estado obligado a recoger los efectos de sus excesos.

En esta dinámica su actuar político está más cerca de la amoralidad que de la inmoralidad. Si la Concertación cayó una y otra vez en inconsistencias éticas que le llevaban a declarar su adhesión a determinados valores y a gobernar después con los contrarios, Piñera no parece afectarle tal dicotomía. Siempre será capaz de conjugar los opuestos si eso le da crédito y ganancia, sin remordimientos. Y si bien ha puesto en puestos  claves a verdaderos “talibanes” (neoliberales, católicos o  pinochetistas ) lo ha hecho porque les necesita, pero no está dispuesto a defender en público sus exabruptos. En cierta forma Piñera es lo opuesto a Jaime Guzmán que hablaba de “principios conceptuales sólidos y de valores morales objetivos y graníticos”. Pero tampoco se trata de ver en Piñera a un liberal constreñido por los límites y dificutades de la política. Como dijo Groucho Marx, “Estos son mis principios. Pero si no le gustan, tengo estos otros”. Una actitud útil para subir el rating de un canal de televisión o para vender baratijas en un supermercado, pero contradictoria con la construcción de un proyecto político de largo plazo. Simplemente sucede que con Piñera todo puede ser o no ser, en tanto coincida con sus conveniencias.

 

¿Furia islamista o farsa conservadora?

La extraña muerte por asfixia del embajador de Estados Unidos en Libia el pasado 11 de septiembre, como consecuencia del ataque incendiario en contra del consulado de su país en Bengasi, y la posterior ola de manifestaciones violentas en contra de las embajadas norteamericanas en todo oriente medio ha vuelto a poner en el centro del debate internacional la teoría de la “confrontación de culturas”, que posee entusiastas adherentes tanto en Occidente como en el campo árabe y musulmán.

Detrás de esos estallidos, nos dicen los medios de comunicación corporativos, estaría la difusión de la película titulada  “Innocence of Muslims”, de abierto contenido ofensivo en contra del profeta Mahoma y de las convicciones de fe islámica. ¿Ha sido esta la chispa en que ha hecho estallar un enorme polvorín, abarrotado de ofensas, agravios y ataques? Nadie puede negar que las naciones árabes, y en general todo el mundo musulmán, posee abundantes motivos de furia y exasperación acumulados por larguísimas décadas, que podrían avalar la idea de un estallido como este. Sin embargo, la trama, el cómo y el cuando de este suceso obligan a poner bajo sospecha esta teoría. El contexto es turbulento: a pocas semanas de las elecciones norteamericanas, en un momento en el que el primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu busca desesperadamente un casus belli, un suceso que obligue a Estados Unidos a apoyar un ataque a Irán. Además, ocurre en el mismo momento en el que las llamadas “revoluciones árabes” han  entrado en una fase decisiva.

Desde la caída de las dictaduras de Ben Alí en Túnez y de Mubarak en Egipto lo que se ha abierto es una disputa por el carácter del proceso de cambios que se vive en esas sociedades. Se trata de una contienda abierta y complejísima, en la que ningún actor controla todos los hilos del proceso y en el que nadie sabe con seguridad para quien trabaja. Algo que bien ha comprobado en carne propia Hillary Clinton en  los sucesos de Libia y por lo que se preguntaba públicamente: “¿Cómo pudo suceder esto en un país que ayudamos a liberar? ¿En una ciudad que ayudamos salvar de la destrucción?”. No es el único caso: les está sucediendo en Afganistán con los llamados “ataques desde el interior”, que este año han supuesto que uno de cada tres muertos de la OTAN haya caído por las balas del Ejército afgano, entrenado y financiado por Estados Unidos. A la inversa, Paquistán, país con estatus de “aliado extra-OTAN”, mantuvo su frontera con Afganistán cerrada a las fuerzas de occidentales por siete meses como protesta por un ataque aéreo estadounidense en noviembre de 2011 que mató a 24 guardias fronterizos paquistaníes. Si algo parece claro en la actual geopolítica del oriente medio es que nada es como aparenta ser.

Es necesario preguntarse ¿Quienes ganan con titulares de prensa que afirman: “Ola de violencia contra Occidente recorre el mundo musulmán”? Los que obtienen dividendos son variados actores, muy diferentes entre si, pero que tienen en común una serie de cosas: desean definir y delimitar el campo de la confrontación internacional bajo la premisa del “choque de civilizaciones”, tal como lo definió Samuel Hungtinton al finalizar la guerra fría. En segundo lugar les interesa “cercar” la teología y la identidad cultural islámica, atraparla, controlarla. Y de esa forma asegurar su “clausura interpretativa” desde una exégesis fundamentalista, impidiendo que se desplieguen sus potencialidades emancipadoras. En consecuencia, les interesa legitimar y dar credibilidad a dos tesis políticas centrales:

  1. La incompatibilidad absoluta entre la cultura occidental y el mundo musulmán.
  2. La necesidad de segregar ambas sociedades, con mecanismos legales y militares.

Como es natural estas tesis agradan a personajes muy distintos: Por un lado estarían de acuerdo con ellas Anders Breivik, el terrorista de ultraderecha que perpetró el doble atentado de Oslo en julio de 2011, y los políticos xenófobos europeos, como el holandés Geert Wilders o la francesa Marine Le  Pen. Por supuesto, también tendrían la adhesión del Partido Republicano de Estados Unidos y de la mayoría de los políticos israelíes. Pero por el otro campo, también contarían con la aprobación de la casa real Saudí, de los jeques petroleros de los emiratos del golfo pérsico, de los líderes talibanes de Afganistán, y en general todos los partidos, grupos y facciones que adscriben al llamado “salafismo”, o interpretación wahhabita del islam suní, incluyendo a Al Qaeda y los mal llamados movimientos “yihadistas”. Cada actor, a su manera y por distintos intereses, adhiere e impulsa estas dos tesis fundamentales.

Para lograrlo es necesario hacer del Islam una caricatura, por medio de la “falacia por composición” que busca “tomar la parte por el todo”. Es decir, lograr que un sector fundamentalista minoritario (y en la mayoría de los países extremadamente minoritario) aparezca ante la opinión pública como el sector mayoritario, e idealmente, como la única expresión válida y acreditada para expresarse a nombre del Islam. Ello supone invisibilizar la enorme diversidad histórica y teológica  del mundo musulmán.

La historia, por el contrario, nos devuelve a una realidad completamente opuesta a la pantomima de los conservadores. Basta recordar el grado de desarrollo científico y la tolerancia religiosa y política que gozó el Califato de Córdoba, en la actual Andalucía, bajo la dinastía Omeya (755-1031). O el proceso que llevó adelante el emperador Yalaluddin Muhammad Akbar en India (1542- 1605) que Amartya Sen describe con admiración: “Mientras Akbar fue un devoto musulmán, abogó por la necesidad de que cada uno sometiera sus creencias y prioridades heredadas al escrutinio de la crítica…al ser atacado por tradicionalistas dentro de su propia comunidad religiosa, que argumentaban a favor de la fe intuitiva e incondicional en la tradición islámica, Akbar le dijo a su amigo y leal lugarteniente Abdul Fazl (un formidable intelectual en sánscrito, árabe y persa): “La búsqueda de la razón y el rechazo al tradicionalismo son tan evidentes que están por encima de la necesidad de argumentación[1]

“¿Es posible un Gandhi musulmán?” se ha preguntado el filósofo iraní Ramin Jahanbegloo[2]. Y recuerda dos nombres: Maulana Abul Kalam Azad (1888- 1958) y Abdul Ghaffar Khan (1890-1988). Sobre Khan destaca: “un pastún y devoto musulmán nacido en Afganistán, creó el primer ejército musulmán no violento de la historia para liberar a su pueblo del dominio imperial británico. Convenció a 100.000 compatriotas de que abandonaran las armas que habían fabricado y se comprometieran a luchar por medios no violentos… Khan abrió escuelas, sacó a las mujeres del hogar y les dio un papel en la sociedad, e hizo que sus soldados no violentos se comprometieran a llevar a cabo dos horas diarias, por lo menos, de labor social. No necesitó mucha justificación teológica para emprender una acción no violenta basada en sus creencias islámicas. No entabló ningún debate sobre cuándo el islam permite y no permite la violencia y la guerra. Su fe y su devoción por la no violencia le bastaron para movilizar a su gente, los pastunes, y animarles a que emprendieran acciones no violentas contra el dominio colonial británico. Ghaffar era un musulmán devoto y estaba convencido de la fuerza de la noviolencia en el islam. Proclamó: “Voy a daros un arma tal que la policía y el ejército no podrán vencerla. Es el arma del Profeta, pero vosotros no sois conscientes. Es el arma de la paciencia y la rectitud. Ningún poder terrenal es capaz de derrotarla”. Destacó los elementos de la ética islámica que promueven la no violencia. Dijo que el islam era “amal, yakeen, muhabat [trabajo, fe y amor]” y predicó una versión del islam que destacaba la paz, la tolerancia y la contención.”

¿Porqué este Islam liberador no ha prosperado? ¿Porqué no ha florecido un Islam político emancipador? Para Vijay Prashad la respuesta está en la enorme presión que ha ejercido la Liga Musulmana Mundial (LMM), financiada y adoctrinada por la casa real Saudí desde la llegada al trono del rey Faisal en 1961: “La LMM se organizó con el objetivo de obstaculizar el crecimiento del nacionalismo tercer mundista y su concepción laica de la comunidad y para reclamar que su lugar fuera ocupado por los sublimes lazos de la religión. Gracias a la dadivosidad saudí la LMM abrió delegaciones en todo el mundo musulmán, desde Indonesa hasta Marruecos, y se puso a la obra de contrarrestar el auge del laicismo y del socialismo[3]”.  A lo que hay que agregar la propia corrupción y degradación interna de los partidos pan-arabistas laicos, que en su origen se inspiraron en el líder egipcio Gamal Abdel Nasser, y que terminaron sosteniendo dictadores brutales, muchos de ellos miembros de pleno derecho de la “internacional socialista”.

El teólogo alemán Jürgen Moltmann escandalizó a muchos cuando afirmó hace unas décadas que “toda teología es teología política”. Pero tenía toda la razón. Lo importante es ser conciente de ello, y descifrar a que política sirve determinada teología y a que intereses acomoda su mensaje.

Notas
[1] Amartya Sen. La idea de la Justicia. Taurus, Madrid, 2010.  p. 67-68

[2] Ramin Jahanbegloo ¿Es posible un Gandhi musulmán?. http://elpais.com/diario/2006/12/05/opinion/1165273206_850215.html

[3] Vijay Prashad. Las naciones oscuras. Península, 2011, p. 431.