LOS HIJOS DE KARADIMA

Publicado en Punto Final en Marzo de 2011.

La condena canónica al párroco Fernando Karadima parece cerrar el más bullado caso de abusos sexuales que ha enfrentado la Iglesia Chilena. A diferencia de otras situaciones, que han involucrados a clérigos de bajo perfil, en esta ocasión el ascendiente de Karadima sobre las élites chilenas ha conferido a este suceso una importancia inusitada. No sólo se estaba cuestionando a un sacerdote devenido en celebridad pública, sino que se estaba juzgando al fundador de una organización religiosa que ha alcanzado un enorme poder en el interior de la Iglesia de Chile. Recordemos que la Pía Unión Sacerdotal del Sagrado Corazón, liderada por Karadima desde hace más de treinta años, reúne a una cincuentena de sacerdotes que le consideran su “padre espiritual”. Entre ellos se cuentan nada menos que cinco obispos: el auxiliar de Santiago Andrés Arteaga; el obispo de Talca, Horacio Valenzuela; el obispo castrense, Juan Barros; el obispo de Linares, Tomislav Koljatic, y el obispo de Los Ángeles, Felipe Bacarreza. Además, sus discípulos han copado buena parte de los altos cargos en la arquidiócesis de Santiago, por ejemplo, Francisco Javier Manterola es el vicario de la zona centro; Rodrigo Polanco, el vicedecano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica, entre otros. Andrés Arteaga además ocupa el cargo de Vice gran canciller de la Pontificia Universidad Católica. El lunes 21 de febrero un grupo de dirigentes estudiantiles de la FEUC, junto a profesionales que cursan programas de postgrado, alumnos de pregrado, ex alumnos, y profesores de esa universidad han demandado a Arteaga su dimisión, afirmando que  su cerrada defensa de Karadima “llegó a desestimar los testimonios de las víctimas, convirtiéndose así en un cómplice más de la red de protección de Karadima”, por lo que su  “complicidad también es falta”. Arteaga respondió a esta carta el miércoles 23, lamentando que sus palabras o actitudes “hayan significado dolor y sufrimiento a quienes han sido afectados en este caso». Al mismo tiempo Arteaga se refirió a la condena a Karadima afirmando: «Declaro públicamente mi completa y filial adhesión a los dictámenes de la Santa Sede». Pero de renuncias y responsabilidades personales no hubo ninguna palabra.

Respecto a la investigación penal, la fiscal judicial Loreto Gutiérrez ha señalado la investigación del magistrado Leonardo Valdivieso ha sido «incompleta», por lo que sería importante estudiar la reapertura de la investigación criminal,  sometiendo al párroco  a careos con sus denunciantes y practicándole pericias sicológicas. En ocasiones anteriores Karadima ha rechazado someterse a estos trámites. Pero además la fiscal solicita interrogar a 10 sacerdotes de la Pía Unión, empezando por el obispo auxiliar de Santiago, Andrés Arteaga, y al obispo de Linares, Tomislav Koljatic, que aparecería involucrado en la investigación por los millonarios pagos efectuados desde la parroquia a eventuales testigos de los abusos. Este cuadro presagia que la tormenta jurídica no esta completamente cerrada.

Lo que recién se esta abriendo es el proceso de “visita canónica” a la Unión Sacerdotal, demandado por la resolución de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la que se notificó la condena a Karadima. En dicho dictamen se ordena al Arzobispo de Santiago “verificar la eclesialidad de los procesos formativos y la transparencia de la administración económica” de este grupo. En pocas palabras se trata de una inspección administrativa, financiera y lo más importante, un examen a su ortodoxia eclesial. Una verdadera paradoja, ya que lo que ha caracterizado a los discípulos de Karadima es haber presumido de su impecable compostura católica, que les ha hecho barrer en todos los lugares por los que han pasado con toda expresión de “heterodoxia” doctrinal. Durante los últimos quince años este grupo se ha dedicado a perseguir y disolver las prácticas sociales y culturales que se desarrollaron al alero de la Iglesia chilena en los años en que obispos como el Cardenal Silva Henríquez, Carlos González o Carlos Camus abrieron las puertas de las parroquias al mundo popular. La llegada de un cura de “El Bosque” como párroco, o pero aún como obispo, suponía un giro absoluto en las pastorales del lugar. Las colonias de verano, los comités de allegados, los comedores y ollas comunes, las comunidades de base, los comprando juntos, los grupos de derechos humanos, los dispensarios, las radios comunitarias, todas estas prácticas desaparecieron de esos espacios. Las que pudieron se refugiaron al alero de municipalidades o sobreviven en la autogestión. Pero este enorme capital social, acumulado como resistencia a la dictadura y que representaba una formidable alternativa a la exclusión y la anomia, se disolvió bajo la mirada de este tipo de clérigos. En su lugar se entronizó la cultura del narcotráfico, la desconfianza y la apatía. De este crimen también deberían responder los hijos de Karadima.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s