LA CONCERTACIÓN ENTRE DOS MODELOS NORMATIVOS DE DEMOCRACIA

Publicado en revista Pastoral Popular en marzo de 2011.

El gobierno de Sebastián Piñera ha completado su primer año inmerso en una crisis de credibilidad que se traduce en un alto rechazo tanto a la figura presidencial como al conjunto de su administración. Esta situación podría implicar un fortalecimiento de la oposición pero las encuestas nos muestran quela Concertaciónsigue muy abajo en los sondeos. Más aún, todos los partidos políticos se ven ante la opinión pública como las instituciones menos confiables del país. Según el Centro de Estudios Públicos el 76% de los chilenos considera que los partidos políticos no tienen ninguna virtud. El 61% piensa que privilegian los intereses propios por sobre los del país. Paradojalmente un 62% de los encuestados en ese estudio cree que plebiscitos son una buena forma de decidir materias importantes, lo que indica un reclamo de representación directa de sus inquietudes.  

Si analizamos el curso de los acontecimientos de este año se puede comprender muy rápidamente esta situación. ¿Quién ha ejercido fácticamente el rol de oposición en este período? ¿Lo han hecho los partidos en su rol parlamentario o lo han ejercido organizaciones de ciudadanos que han incidido de forma autónoma, desde agendas propias? Este contraste entre una ciudadanía activa y movilizada frente a partidos burocratizados, inmersos en acuerdos vergonzantes con el gobierno, parece justificar la percepción de desconfianza. Sin embargo no sería justo caer en una descalificación sistémica de los partidos políticos que desconozca el fondo teórico que explica esta dicotomía. No se trata solamente de “malos políticos” sino de una concepción de la democracia que condiciona a los partidos a ser lo que son, más allá de las voluntades cambiantes de los parlamentarios y los militantes.

En este contexto ha llamado la atención la redacción por parte del colectivo Océanos Azules, que participó en la campaña de Eduardo Frei en 2009, de un documento crítico llamando a refundar la Concertacióncomo una “Coalición de Ciudadanos por la Democracia». El texto, más allá de elaborar una crítica demoledora a las prácticas parlamentarias de la oposición, evidencia un debate de fondo que merece profundización. Océanos Azules señala que «Nunca fuimos partidarios del diseño de transición a la democracia que se impuso después del triunfo del NO en el plebiscito de 1988«. Cedimos en la «aceptación como un hecho de la Constitución de 1980″. «Intentamos cambiar las cosas desde dentro y no pudimos«. «No nos opusimos al reestablecimiento de un sistema político que circunscribió la democracia al simple funcionamiento de los poderes públicos.» No se trata por lo tanto de un debate sobre medios o sobre énfasis. Se trata de una discusión que pone en evidencia dos modelos normativos de democracia, como modelos en disputa, lo que implica un disenso sobre la naturaleza del proceso político.

Por una parte los partidos chilenos, sin excepción, se mueven dentro de una concepción liberal de la democracia que otorga una serie de derechos a los individuos, tratando de garantizar su “libertad negativa”, es decir, la no interferencia del Estado en sus intereses. Los individuos programan al Estado en las elecciones y después se retiran al ámbito de lo privado. En este esquema los actores de la política están altamente profesionalizados y se expresan en los partidos, entendidos como instituciones especializadas, que compiten en un “mercado” electoral. Entre el Estado y la sociedad civil existiría una brecha infranqueable, que sólo se puede amortiguar por mecanismos institucionales de contraloría institucional que eviten la personalización del poder.

Frente a esta concepción liberal, Océanos Azules parece adscribir a un modelo republicano de democracia, que más allá de garantizar las “libertades negativas” permita ejercer las “libertades positivas”, es decir, el derecho a la participación activa, constante y profunda en los procesos de deliberación pública. La democracia se entiende así como la autodeterminación de los sujetos, ejercida en un marco de diálogo racional. En este contexto los partidos políticos y la ciudadanía adquieren otro carácter. Jürgen Habermas, analizando este contraste, afirma que “según la concepción republicana el proceso de formación de la opinión y la voluntad política en el espacio público y en el parlamento no obedece a las estructuras de los procesos de mercado sino a las estructuras propias de una comunicación política orientada al entendimiento”[1]. Se  trata de una concepción de la democracia que atestigua con Hanna Aredt que “»Nadie puede ser feliz sin participar en la felicidad pública, nadie puede ser libre sin la experiencia de la libertad pública, y nadie, finalmente, puede ser feliz o libre sin implicarse y formar parte del poder político».

Es natural entonces que entre el texto de Océanos Azules y la dirección de los partidos concertacionistas se produzca una incomprensión absoluta, ya que están debatiendo en claves totalmente diferentes y por lo tanto es necesario adentrarse en una discusión de fondo sobre que entendemos por democracia. Por ejemplo, si se analiza la concepción liberal de la soberanía popular se entenderán las elecciones como una forma de legitimar el ejercicio del poder político. Una vez que se ha accedido al poder de forma legítima, en elecciones justas, el representante sólo debe responder por el uso que hace de ese poder en el marco de las atribuciones que la da la ley. En cambio, la concepción republicana considera que el acto electoral no sólo habilita a ejercer un mandato, sino que compromete a cumplir un programa que se ha construido mediante el acuerdo de un conjunto de actores implicados. Cualquier cambio en ese programa implica un proceso deliberativo con los ciudadanos que han validado ese programa.

Estas diferencias muestran que lo que se demanda a los partidos dela Concertaciónes algo que no se puede resolver con una foto publicitaria con representantes de la sociedad civil. Sería muy fácil reducir este debate a un momento “cumbre” en que personalidades e instituciones sociales entreguen sus propuestas a los partidos de la oposición. Pero se trataría de un rito intrascendente, que más allá de las buenas intenciones entrañaría un autoengaño colectivo. La demanda ala Concertaciónpasa por internalizar un profundo cambio de paradigma desde un modelo monológico de acción política a un modelo dialógico, donde la ciudadanía sea capaz de incidir en las decisiones de los partidos, orientándolos en una determinada dirección, sin por ello subsumirse en su institucionalidad ni perder su autonomía. Este cambio también supone repensar lo que se suele entender como dialogo entre el Estado y la sociedad civil. Una democracia republicana exigiría garantizar institucionalmente diversos espacios públicos autónomos y procedimientos de formación  de la opinión y la voluntad ciudadana que se puedan sostener autónomamente frente al poder del sistema económico y al poder del Estado. Una transformación de esta envergadura no se puede hacer en el marco de la actual Constitución y de la actual institucionalidad, pero los partidos opositores podrían prefigurarlos en su propia práctica si tuvieran la voluntad de repensar su concepción de la democracia. Lamentablemente, se trata de un ejercicio que no parece estar a la altura de sus actuales dirigentes.


[1] HABERMAS, J. “Tres modelos normativos de democracia” en “La inclusión del Otro”. Paidós. Barcelona. 1999. p. 233.

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