PIENSA LO QUE QUIERAS, PERO PIENSA EN LO QUE QUE YO QUIERO

Publicado en Punto Final en Abril de 2011.

En las sociedades liberales los medios no pueden imponernos qué pensar, pero sí pueden imponernos en qué pensar. La diferencia entre “qué” y “en qué” puede resultar sutil pero es la clave que explica la forma de dominio que se ejerce en países que en apariencia disfrutan de amplias libertades y derechos. En una dictadura el pensamiento único simplemente se impone por la fuerza y por lo mismo siempre cabe la desobediencia y la rebeldía privada. En cambio en las democracias occidentales no importa lo que los sujetos opinen sobre los temas en discusión, porque lo importante es controlar el inventario de esos asuntos. De esa forma, bajo una apariencia de una libertad de expresión casi abusiva e ilimitada se oculta un espectro muy acotado de problemas que entran en la esfera de deliberación pública. La clave del poder no radica en opinar o manifestar una posición, sino en definir cuales materias van a ser consideradas en la tabla de los medios de comunicación.

La graduación de la importancia de un asunto, el espacio que puede tener en una pantalla de televisión o el número de caracteres que se puede escribir sobre él en un periódico no sólo pasa por criterios técnicos. Es fruto de una jerarquización política en la que cuenta tanto lo que se dice como los silencios y las omisiones. Por ese motivo, cada vez más se habla de la canalización periodística de la realidad, que lejos de reflejar lo real sólo manifiesta una trama de intereses que busca exponer determinados temas (por ejemplo la delincuencia en los sectores populares o las episódicas  reacciones violentas de los movimientos reivindicativos de derechos conculcados) mientras se descuida toda contextualización de estas expresiones. Paralelamente se omite sistemáticamente un campo de problemas que simplemente no existe para el sistema de medios de comunicación hegemónicos: en Chile es imposible encontrar referencias a las demandas de reforma tributaria, o notas sobre la subrepticia privatización de nuestros recursos mineros. No hay duda que la prensa se ha convertido en el cuarto poder, pero a la vez es el poder más despótico, el más irresponsable y menos democrático.

Es cierto que en ocasiones algunos conflictos son imposibles de tapar. Por más que se intente acallar la larga huelga de hambre de presos políticos mapuches, una vez que el gobierno necesita hacer pública su posición, o cuando las movilizaciones llegan hasta la catedral de Santiago, ya no es posible seguir callando. En ese momento se pasa de la invisibilidad total a un escenario en el que lo que importa es controlar la connotación de la información. Toma un lugar central el sensacionalismo, los trascendidos, las asociaciones subliminales. Pero lo que nunca tiene espacio es el debate de fondo, los argumentos y razones fundamentales que han originado la confrontación. Cuando ya no se puede ocultar se necesita deslegitimar.

Es cierto que el número de temas que pueden ser reflejados por los medios siempre será limitado.   Como también es verdad que la capacidad de atención de la ciudadanía también es restringida. Por ello el punto crítico, en sociedades que aspiran a llamarse democráticas, es definir los criterios y las condiciones en las que se determinan los puntos prioritarios a deliberar colectivamente. Una democracia ideal supondría una pauta de debates inclusiva, que reflejara al mayor número de ciudadanos posible. En otras palabras, se equipararía a un escenario en el que se superarían las asimetrías de poder, género, raza y clase social y los temas de discusión pública se definirían bajo mecanismos  participativos. Este escenario utópico es imposible, pero no por ello deja de ser una idea regulativa, un principio trascendental que debería servir para juzgar, reflexiva y éticamente, nuestras prácticas reales de comunicación. Si sometiéramos a los países a este examen  nos encontraríamos con enormes sorpresas ya que los supuestos campeones de la democracia querían en ridículo ante pequeñas y olvidadas naciones que podrían exhibir mucho mayor pluralismo y diversidad.

Romper la clausura explícita e implícita que imponen los medios de propiedad corporativa es una tarea muy difícil en países en los que se produce una fuerte complicidad entre la prensa y el gobierno. En Chile no sólo se invisibiliza la realidad por la acción del duopolio El Mercurio-COPESA. El Estado es también un actor que oculta, instala estereotipos, valoriza, desacredita o legitima determinadas acciones, personas o sucesos. Frente a ese poder los medios de comunicación alternativos o independientes juegan un papel importante, pero que por si mismo es insuficiente. Las asimetrías son tan grandes que instalan barreras tan infranqueables que aunque nuestra multitud de pequeñas iniciativas contrahegemónicas estuviera perfectamente coordinada por si sola no sería capaz de torcer el control  que ejercen los poderosos.  La clave, lo que podría hacer la diferencia, es una alianza que vaya más allá, y que permita romper el enclaustramiento entre el mundo social, los actores políticos y lo medios alternativos. Algo que de una u otra forma está explorando Por Más Izquierda.

Alguien, con justa razón, ha dicho que no se puede hacer una revolución por facebook, ni se puede provocar un cambio político por twitter. Siempre será necesario salir a la calle, mirarse a la cara, enfrentarse a las tareas más o menos gratas de organizarse en vivo y en directo. Lo importante es que las nuevas organizaciones que podamos inventar no sólo sean capaces de responder a las distracciones que nos instalan quienes detentan el poder. Lo importante es intentar ser nosotros quienes impongamos nuestras propias preguntas.

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