Y AHORA ¿ADONDE IRÁ LA IGLESIA?

Publicado en Le Monde diplomatique. Mayo de 2011

Hace veinte años, el padre Sergio Silva ss.cc, uno de los más prestigiosos profesores de la facultad de teología de la Universidad Católica, publicó en la revista Mensaje un artículo titulado “¿A donde va la Iglesia?”. Su impacto fue enorme ya que por primera vez utilizó un concepto que al correr de los años sería cada vez más evidente: involución eclesial. Era el año 1991 y la Iglesia Católica se podía enorgullecer de ser la institución más prestigiosa del país, de acuerdo a todos los estudios. No era fácil percibir lo que Silva ya advertía en los sutiles cambios que la Iglesia empezaba a experimentar en consonancia con el retorno del país a la normalidad institucional. La involución a la que se refería tenía relación con un regreso a posiciones conservadoras, nostálgicas de la cristiandad preconciliar, de la mano de grupos eclesiales que adquirirían un inusitado poder, como el Opus Dei, Legionarios de Cristo, o la Pía Unión de El Bosque. Proceso que para el común de los fieles no era evidente en un momento en el que la Iglesia gozaba de un justo prestigio por su papel durante la dictadura.

Hoy, veinte años después, la Iglesia Católica chilena aparece como una institución desprestigiada: “Respecto de la opinión que tienen estas personas de la Iglesia, el 24% estima que es buena; 32%, ni buena ni mala, y 21% la califica como mala. El 59% de los encuestados piensa que su opinión sobre la Iglesia Católica ha empeorado a lo largo de los años. El 80% dice que disminuirá la confianza. Además, sólo el 38% la califica de algo confiable, mientras que el 36% manifiesta que no es nada confiable”[1]. Se trata de cifras inimaginables en 1991 y que deberían remecer a un episcopado acostumbrado a la autocomplacencia y a la adulación. El escándalo Karadima, las acusaciones a la religiosa ursulina Paula Lagos por humillaciones y actitudes de connotación sexual, y otros procesos similares en contra de sacerdotes en regiones han rebalsado el vaso de un laicado que se siente exasperado.

La primera respuesta contundente a este reclamo se ha escuchado en la 101ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal por medio del documento “Transparencia, verdad y justicia”. Se trata de un mea culpa explícito de los obispos respecto a “los casos pasados y recientes de abusos de menores y jóvenes, cometidos por miembros del clero”. Reconocen que la jerarquía eclesial no siempre reaccionó con prontitud y eficacia ante las denuncias, utiliza la categoría de “víctimas” para referirse a quienes sufrieron los atropellos y anuncia la creación de un organismo de la Conferencia Episcopal que orientará las políticas eclesiales de prevención de abusos sexuales y ayuda a las víctimas. Pero lo más llamativo es que por primera vez aparece la palabra más demandada por la opinión pública a la Iglesia en estos últimos años: transparencia.

La institucionalidad católica no posee una especial afinidad con este concepto. Si se revisa el Código de Derecho Canónico la palabra “transparencia” no aparece en ninguna ocasión. En cambio la palabra “secreto” aparece treinta y ocho veces. La palabra “discreción” siete. La palabra ocultar, en sus diferentes conjugaciones, en diecisiete. El secreto y lo oculto poseen un lugar importante en las formas de funcionar de la Iglesia, desde el “cónclave” en el que se elige al Papa, la “clausura” monástica, el “secreto de confesión”, los “comités de búsqueda” de rectores, hasta los nombramientos de Cardenales “in pectore”. Los Legionarios de Cristo llevaron el secretismo al paroxismo: hasta la defenestración de Maciel pronunciaban dos votos “secretos”: el primero impedía toda clase de crítica de los miembros de la congregación hacia los superiores, mientras el segundo prohibía a los religiosos desear cargos en su institución.

No se trata de cuestionar la legitimidad o el sentido de algunas de estas prácticas, que se pueden justificar en su contexto. Lo extraño es la ausencia de una reflexión sobre el valor de la transparencia en el gobierno y en la administración de una institución tan grande y compleja como es la Iglesia. Hoy nos hemos acostumbrado a poder conocer en los envases de cualquier alimento toda la información de sus ingredientes. En el ámbito político la ley de transparencia y acceso a la información garantiza a cualquier persona el derecho a solicitar información del Estado, sin mediar explicaciones y para el uso que estime conveniente. En el ámbito financiero la crisis internacional ha desnudado la relevancia de transparentar hasta el detalle los fondos de inversión y hoy cualquier manejo de información privilegiada es castigada de forma drástica. Y a pesar de estos avances, todo nos parece poco: wikileaks ha llevado el debate a sus límites, al reclamar el derecho de la sociedad civil a transparentar la información pública que las autoridades hayan decidido compartimentar, aunque en este proceso se viole la ley y se exponga la seguridad de los actores involucrados. Si ese es el dilema ético que hoy discute la ciudadanía global, la Iglesia Católica parece anclada en prácticas administrativas medievales. ¿O de qué otra forma se puede calificar la forma como se ha actuado al enviar a Alemania, sin mayor información, a sor Paula Lagos? ¿O la decisión del Arzobispado de Santiago y de la Nunciatura Apostólica de no remitir a la justicia civil los antecedentes del proceso canónico practicado contra Fernando Karadima?

La posterior incautación de la investigación eclesiástica sobre Karadima, ordenada por la magistrada Jessica González, puso de manifiesto la profunda falta de sincronía entre la demanda social de acceso a la información y el secretismo eclesiástico. Resulta sintomático que tanto el arzobispo Ezzati como el obispo de San Bernardo, Juan Ignacio González, hayan rechazado esta incautación ya que habría pasado a llevar el llamado «secreto pontificio». Esta disposición, basada en la Instrucción “Secreta Continere” de 1974, es una normativa interna de la Iglesia, que se puede leer como un monumento al secretismo eclesial, pero que en caso alguno debería constreñir las obligaciones de la justicia civil.

Un debate similar cruza la investigación de las finanzas de la Parroquia del Sagrado Corazón de Providencia. Si bien la investigación eclesiástica preliminar, del entonces obispo auxiliar Fernando Chomali, concluyó que no había irregularidades, por otro lado un informe de la PDI muestra que se habrían desviado recursos económicos de la Parroquia con el fin de pagar sobornos al ex colaborador Oscar Osbén. En todo caso, se comienza a afirmar que la contabilidad de El Bosque era tan poco transparente que el obispo Chomali no pudo revisar más que información muy genérica, sin incluir un balance. De esa forma no es posible descartar que los sobornos a Osbén se hayan pagado con recursos donados con fines parroquiales.

Las consecuencias de estas prácticas secretistas están abriendo debates inéditos entre líderes políticos católicos y autoridades eclesiales. Por ejemplo, el ex presidente Eduardo Frei criticó a la Iglesia chilena por enviar la información referida a las denuncias contra la ex superiora de la las Ursulinas Paula Lagos a Roma, y no a la justicia local. Al respecto afirmó: “es una decisión que ya tomó la jerarquía eclesiástica hace rato. Todos los antecedentes se mandaron al Vaticano sin tomar la decisión acá. Por lo tanto, de alguna manera podríamos decir entre comillas que hay una iglesia intervenida, porque todo se está resolviendo en el Vaticano”. Un debate similar protagonizó el diputado DC Roberto León frente a una denuncia contra un sacerdote de Curicó, por presuntos abusos sexuales a menores en un prestigioso colegio de esa ciudad. Ante el hecho León señaló que “la comunidad del establecimiento está legítimamente preocupada y teme que se intente ocultar este hecho e incluso obstaculizar la investigación y es obvio, después de los lamentables hechos que todos hemos conocido y que, francamente, no pueden repetirse en ningún lugar del país”. Al mismo tiempo el parlamentario criticó duramente al obispo de Talca, Horacio Valenzuela, por no pronunciarse ante esta denuncia: “es este silencio el que reprochamos, el silencio que en el pasado permitió que continuaran los abusos, por eso, esperamos que en las próximas horas la Iglesia en la región tenga voz y condene este tipo de hechos”.

No es fácil saber si la indignación que la ciudadanía está expresando ante el modus operandi eclesial va a ser capaz de transformar una forma de proceder que se ha incrustado durante siglos en la identidad institucional del catolicismo. Pero al menos esta crisis sirve para volver a leer aquel pasaje del evangelio de Mateo en que se dice: “no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”. Siempre hay un momento en que incluso el secreto mejor guardado va a salir a la luz.

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[1] “Evaluación de la imagen de la Iglesia Católica poscaso Karadima”, Centro de Encuestas de La Tercera. 

 

¿QUÉ TE PASÓ, OBAMA?

Publicado en Punto Final en Abril de 2011.

¿Quién no se emocionó, aunque sea un poquito, cuando Barak Obama logró ganar las elecciones presidenciales de 2008? Aunque sabíamos que el complejo militar industrial hace que la política de Estados Unidos posea vida propia, el triunfo de un joven senador negro, proveniente de la golpeada y empobrecida Illinois, no era para nada una noticia habitual. Obama despertaba esperanzas, en algunas áreas más fuertes, y en otras más tímidas, pero en definitiva luego de los ocho años de desastres con George W. Bush había razones para esperar que el cambio fuera significativo. Reconozco que mis expectativas en materia de política exterior norteamericana eran bajas. De sobra está decir, parafraseando a Mirabelau, que Estados Unidos no es un Estado que posea un ejército, sino un ejército que ha conquistado una nación. Pero en el fondo aguardaba los pequeños gestos y palabras que todo gobernante puede administrar por si mismo y que pueden hacer una diferencia en los momentos difíciles. Estas expectativas se acrecentaron al leer “Los sueños de mi padre”, el hermoso libro autobiográfico que escribió Obama en 1995, luego de su viaje a Kenia, donde se reencuentra con su propia historia personal. Se trata de un texto muy sincero, en donde un joven abogado, transparente y lleno de anhelos de justicia social, trata de entenderse a si mismo. Para eso revisa su vida, atravesada por el profundo racismo de la sociedad en que vive.

Tal vez animado por estas mismas esperanzas, en los días previos a su visita a Chile Ariel Dorfman le pedía un gesto respecto a nuestra historia reciente, algún contacto con “el trauma que el pueblo de mi país padeció durante los casi 17 años del régimen del general Augusto Pinochet”. Y le sugería ideas para hacerlo: le proponía visitar a los “120 investigadores se dedican asiduamente a recoger una lista definitiva de las víctimas de Pinochet” en la comisión Valech. Le insinuaba que  podía “conversar con una investigadora llamada Tamara, cuyo padre “uno de los guardaespaldas de Allende, fue detenido, sin que jamás se supiera su paradero ulterior”. Le recomendaba que “podría familiarizarse con Villa Grimaldi”, o “o ceder 10 minutos para visitar el Museo de la Memoria”. Y por último le invitaba a visitar la tumba del presidente “que entregó su vida luchando por la democracia y la justicia social” en 1973.  Como señala Dorfman “no sería imprescindible que pidiera perdón o expresara remordimiento por la intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de Chile ni por haber sostenido a Pinochet durante tanto tiempo. Bastaría ese gesto sencillo. Ese homenaje mandaría un mensaje a América Latina, y de hecho a todo el planeta, que sería más elocuente que 50 discursos retóricos”.

Lamentablemente la opción de Barak Obama no ha  sido esa, sino lo que temía Dorfman: un previsible y poco inspirado discurso retórico para prometer una hipotética, e improbable, “alianza entre iguales”. Más aún, ha soltado una lacónica frase de escapatoria al sostener que “no nos quedemos atrapados por la historia». Pero no hemos sido los chilenos quienes hemos escogido nuestra historia, aunque hemos sido quienes han pagado el costo en vidas, sufrimientos y derechos sociales conculcados por una dictadura que no habría durado un solo día si no hubiera sido sostenida y alentada desde Washington. Y pregúntenle ahora a  Hosni Mubarak si no lo creen así. Una corresponsal extranjera tituló: “Obama’s delicate dance around Human Rights Issues”. Una danza delicada que evadió la oportunidad asumir un mínimo de responsabilidad, a destiempo, pero al menos un gesto de reparación. ¿Es posible dar algún crédito a esa nueva “Alianza entre iguales” sin un reconocimiento explícito por parte de Estados Unidos de estas y todas  sus responsabilidades en nuestro pasado común?

Si ahora, según Obama, “somos todos americanos” algo deberíamos opinar sobre el curso de “nuestra América”. Pero parece que las decisiones pasan por otra parte y vamos a tener que seguir mirando por la ventana, y por mucho tiempo. Mientras se elogiaba en Santiago a la “democracia” chilena y sus “logros” económicos, en el Mediterráneo se iniciaba una nueva “intervención humanitaria” con olor a petróleo. Mientras se firmaba el memorándum de entendimiento sobre cooperación nuclear, en la planta atómica de Fukushima una mezcla de óxidos de uranio y de plutonio se empezaban a filtrar en la atmósfera y en las napas subterráneas de Japón. Y mientra Obama regresaba a Washington, la bullente democracia y la exitosa economía chilena seguían su curso.