LAS RELACIONES ESTADOS UNIDOS -AMÉRICA LATINA EN LA PRÓXIMA DÉCADA

Publicado el 13 de mayo 2011 en Crónica Digital

Luego de la reciente visita de Obama a Chile parecía que nuestro país, o al menos nuestra región, iba a cobrar importancia estratégica a los ojos de Estados Unidos Pero ¿Es tan así? ¿Qué piensan los analistas que verdaderamente marcan el curso de la política exterior norteamericana?

La verdad es que el mainstream norteamericano no le da importancia a nuestros países. Por ejemplo, el analista de inteligencia George Friedman, autor de “la próxima década”,  afirma que Estados Unidos no debería tener mayor interés en América Latina. Sus únicas preocupaciones, dice, deberían ser el medio oriente, China y Rusia. Amenazas reales a su hegemonía económica y militar. Salvo por México y el Caribe, que como regiones de vecindad inmediata, ligadas al tráfico ilegal de personas y de drogas si deberían ser objeto de preocupación.

Sostiene que México ha comenzado un camino que le llevará a ser “una de las mayores potencias económicas del mundo” hacia fines del actual siglo. En ese momento los estados del sur estadounidense tendrán una población abrumadoramente mexicana, lo que podría augurar “un serio enfrentamiento Estados Unidos y un México de creciente poder y seguridad en sí mismo”. Si bien este análisis es de largo plazo, las tensiones que se viven respecto a la política migratoria y antinarcóticos muestran que este enfrentamiento ya está en curso y determinará fuertemente el grado de violencia de la región de Centro América y México.

Respecto a Brasil, la 8ª economía y el 5º país por tamaño y población del planeta, piensa que no representará en los décadas inmediatas una amenaza real a la hegemonía norteamericana, pero si a partir del 2030 en adelante. Frente a este proceso sugiere una política de contención de su liderazgo regional, buscando desde ahora acrecentar las fisuras en el ámbito latinoamericano, por ejemplo apoyando a Argentina como contrapeso económico y demográfico: “Hablando de los emergentes países BRIC-Brasil, Rusia, India y China. Si se combinan todas sus economías en una sola, el PIB total sería sólo el 60 por ciento de la de los Estados Unidos. Por cierto que están creciendo, pero ninguno de ellos se acerca a cuestionar la economía estadounidense”. Sin embargo, es claro que a Estados Unidos le preocupa contener el liderazgo de Brasil, que ha cambiado la agenda predeterminada por su diplomacia en región: ha impedido el aislamiento de Venezuela, Bolivia, Ecuador. Al contrario ha colocado mucha presión sobre el caso de Honduras, y mantiene la propuesta de integración por la vía de UNASUR, y la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (Celac).

Friedman no observa un riesgo real en Venezuela, catalogando como retóricos los conflictos mutuos, ya que entre ambos países existe un vínculo petrolero más fuerte que las diferencias inmediatas. Al mismo tiempo se muestra escéptico respecto a las posibilidades de integración regional de América Latina y el Caribe debido no sólo a barreras políticas e institucionales entre nuestros países, sino también a la desconexión entre nuestras economías por razones geográficas, debido a barreras naturales que siguen siendo gravitantes en la configuración del espacio latinoamericano.

Para Friedman Latinoamérica es un continente seguro, que contrapone a África, descrita como “un lugar en el que no hay que intervenir”. Ante ese continente propone “mantener la caridad planetaria”, tratando de contener sus luchas armadas internas y al islamismo, por medio de la estabilidad de Nigeria (país petrolero) y Kenia. Este dato es ilustrativo de las tendencias de las cooperación internacional, que se desplaza violentamente a ocupar un rol de contención de las crisis en lugares en los cuales no existe seguridad jurídica ni militar. Friedman afirma que Estados Unidos ha devenido en imperio sin querer serlo, pero una vez que ha asumido esta condición no puede abandonarla ya que cualquier inestabilidad de Estados Unidos es una amenaza para el mundo entero (algo así como lo que se dijo de los bancos: “demasiado grande para caer”). Se identifican así, totalmente, los intereses cosmopolitas y el “destino manifiesto” norteamericano.

Estas constataciones pueden prevenir dos cosas: el nuevo narcisismo latinoamericano, que sueña con el desacople de nuestras economías post crisis. Y la paranoia de quienes creen que Estados Unidos se juega su destino en este patio trasero. Ni una cosa ni la otra. Esta década parece ser un tiempo de lentos desplazamientos hacia un mundo multipolar, pero todavía bajo una hegemonía estadounidense, en lento declive. Es tiempo para trabajar paso a paso las condiciones de posibilidad de un nuevo orden multilateral, para preparar nuevos esfuerzos emancipatorios. No es tiempo quejarse ni para celebrar.

LA IGLESIA EN CRISIS DE CONFIANZA, INSTITUCIONAL… Y ECONÓMICA.

Publicado en Le Monde diplomatique. Chile. Abril 2011

La actual coyuntura financiera ha puesto de moda hablar sobre responsabilidad empresarial e institucional. No hay multinacional que se precie que no constituya ahora su departamento de RSE e incluso, las más osadas, de reputación corporativa. Esta ola no responde a un simple gesto de buena voluntad. Es fruto de una sociedad civil mucho más crítica e informada, que no está dispuesta a aceptar violaciones a sus derechos, corrupción y abusos de poder.  ¿Pero, qué pasaría si por un momento comprendemos a la Iglesia Católica como una empresa más? Si aplicáramos ese criterio nos encontraríamos con una de las multinacionales más antiguas y poderosas del mundo. Su clientela potencial estaría compuesta por 1.181 millones de personas, el 17,40% de la población mundial. El 49,9 % de esta masa de consumidores estaría en el continente americano, un 24% en Europa, el 10,7 % en Asia y el 15, 2% en África. Su personal de planta estaría conformado en el 2009 por 410.593 sacerdotes, 729.371 religiosas, y 38 mil 155 diáconos permanentes. A este enorme ejército lo lideraría un contingente de 5.065 obispos, dirigidos por 117 cardenales, presididos a su vez por el Papa.

Sobre estas cifras hay bastante claridad, ya que la Iglesia Católica ofrece en su “Anuario Pontificio” estadísticas claras y confiables. Sin embrago, si queremos conocer sus métodos de toma de decisión interna, su envergadura financiera, sus flujos de inversión, sus balances y estados de situación, nos toparíamos con muchas más limitaciones. Sería posible conocer una cifra aproximada de lugares de culto, de colegios, universidades, hospitales, y obras sociales. Pero más allá sería difícil llegar. Porque la Iglesia Católica no sólo se financia por medio de aportes de las personas e instituciones que la componen directamente, sino también por medio de rentas económicas recibidas en forma de plusvalías de capital invertido, y de aportes directos o indirectos, tanto de las arcas públicas como de donantes privados, las que en muchos casos gozan de exenciones tributarias. Tampoco obtendríamos mucha información sobre sus criterios de gobernanza, ya que su estructura de mando no responde a métodos de elección democrática, ni existen concursos públicos para realizar los nombramientos. Su sistema de control se basa en un código jurídico interno (el código canónico) en el que las autoridades ejecutivas (los obispos) son también jueces de sus propios actos. Toda esta estructura está traspasada por un manto de secretismo y compartimentación de la información que impide a la ciudadanía conocer sus actos y procedimientos.

Un claro ejemplo de esta situación se presentó en el caso de la intervención de los Legionarios de Cristo luego del estallido de los escándalos sexuales de su fundador Marcial Maciel. Al tratar de establecer un catastro de sus obras y bienes los interventores del Vaticano se encontraron con una trama tan compleja de personalidades jurídicas, inversiones, fundaciones y  participaciones accionarias que hacía imposible delimitar lo que se podía considerar como bienes de la congregación y lo que no. Si bien todas las inversiones de los Legionarios se entrelazan en el Grupo Integer, un holding privado que opera como caja fuerte y como centro directivo de todas las obras de la Legión, cuyo patrimonio global está estimado en 25 mil millones de euros y que formalmente no tiene nexos con la Iglesia Católica[1]. En Chile esta red es evidente en los lazos que los Legionarios han tejido en torno a los grupos económicos Luksic, Claro, Matte, Ibañez, y Edwards, entre otros[2].

Pero no se trata sólo de casos aislados. El propio Vaticano hoy está bajo sospecha luego que el Instituto para las Obras de Religión (IOR), el “Banco del Papa”, ha sido acusado de violar las normas internacionales sobre blanqueo de dinero. La IOR es presidida por Ettore Gotti Tedeschi, un economista muy próximo al Opus Dei, ex presidente de la división italiana del Grupo Santander. El caso, que está siendo investigado por la jueza María Teresa Covatta, de la magistratura de Roma, se inició en septiembre de 2010 cuando retuvo 23 millones de euros que la OIR había depositado en una sucursal de un banco italiano, cerca de la Plaza de San Pedro. El Vaticano ha dicho que se trata solo de un “malentendido”, pero finalmente ha tenido que comenzar a reformar su estructura financiera para adecuarla a las exigencias europeas en lo referente a “prevención y combate del reciclaje de dinero ilícito y financiamiento del terrorismo”[3]. En Enero de este año instituyó la figura de la Autoridad de Información Financiera Vaticana, presidida por el cardenal Attilio Nicora, con el fin de mejorar la imagen de un IOR que carga con un largo prontuario de acusaciones de corrupción desde que lo presidía el cardenal Paul Marcinkus (imputado por la muerte de Juan Pablo I) y más tarde por monseñor Donato De Bonis, un protegido de Angelo Sodano, cuyas redes de corrupción e intrigas mafiosas han quedado al descubierto en el documentado libro Vaticano, S.p.A., escrito por Gianluigi Nuzzi a partir del archivo personal de monseñor Renato Dardozzi, que entre los años setenta y noventa vivió en primera persona la corrupción del IOR.

Este contexto nos muestra que lo que está ocurriendo en nuestro país en torno al caso Karadima, que incluye abusos sexuales, una supuesta red de corrupción inmobiliaria y lazos de protección de la jerarquía episcopal, no es para nada algo extraño. Este suceso ha escalado en las últimas semanas a una acusación directa al Arzobispo emérito de Santiago Francisco Javier Errázuriz Ossa, luego que el abogado de los denunciantes Juan Pablo Hermosilla confirmara que él también tendrá que aclarar ante la justicia, cuánto sabía respecto a las primeras denuncias que recibió en 2004. El doctor James Hamilton, una de las víctimas de Karadima lo ha acusado directamente en el programa Tolerancia Cero, al afirmar: “Monseñor Errázuriz es un criminal, el 2004 tuvo denuncias y las mandó a investigar con la rigurosidad de ellos, es decir con la humillación que eso significa…Esto fue manejado por Errázuriz, da lo mismo cuál fue su intención, es un encubridor criminal”. Al mismo tiempo ha recordado que persisten en sus cargos varios Obispos ligados a la Unión Sacerdotal de Karadima: “No se olviden de Tomislav Koljatic, Juan Barros, Horacio Valenzuela y Andrés Arteaga, todos obispos que estuvieron presentes y veían las mismas cosas”. Imputaciones directas que han generado una enorme controversia en un país desacostumbrado al lenguaje abierto y frontal. 

A este bullado caso se ha sumado ahora la destitución de la superiora de la Congregación de las Ursulinas, Isabel Margarita Lagos, o madre Paula, ligada a uno de los colegios más elitistas y conservadores del país. Según el Arzobispado esta situación se debería a una situación interna de la comunidad religiosa, ligada al “ilegítimo ejercicio como superiora religiosa de la Hermana Paula Lagos, el que se ha extendido más allá de lo establecido por sus Constituciones, y con eventuales conductas reñidas con las normas de la Orden”. No ha tardado en generarse una ola de especulaciones ya que la cuestionada religiosa ha sido enviada a un convento en Alemania sin mayor comentario ni explicaciones. ¿A qué tipo de conductas se refiere la Iglesia? ¿Por qué no se hicieron públicas las acusaciones y los descargos de la religiosa? ¿Qué ocurrirá ahora en este y en los otros sucesos que están abiertos y sin resolver?

Lo que está claro es que la Iglesia Católica actúa como aquellas empresas que consideran que el propietario tiene derecho a hacer lo que le de la gana. El problema es que desde hace algún tiempo, y con mayor fuerza luego de la catástrofe financiera de 2008, la opinión pública ha empezado a comprender que todo negocio es una construcción colectiva, en la que hay múltiples actores involucrados: trabajadores, clientes, proveedores, competidores, y ciudadanos potencialmente afectados por su actividad. Bajo esta visión las empresas lejos de ser mónadas autosuficientes, son organizaciones que han recibido una licencia social para actuar, y la sociedad que les ha otorgado ese poder, puede muy bien retirarlo si pierden su legitimidad y confianza. Por lo tanto, la labor de la Iglesia no es una actividad privada. La jerarquía Católica debe responder públicamente, y no sólo ante sus feligreses, que merecen una explicación transparente y oportuna, sino ante el conjunto de la sociedad en la que actúa y ejerce tareas de la más alta responsabilidad.

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[1] El dato lo confirma el vaticanista Sandro Magíster  en su artículo “Legionarios. La “nomenklatura” que debe desaparecer” en Il Espresso 29 de marzo de 2010.

[2] Chile, el laboratorio de los Legionarios de Cristo. La Nación 19 de mayo de 2006.

[3] El presidente del banco vaticano investigado por presunto lavado de dinero.  El Trastévere, blog de José Martínez de Velasco.  22 de septiembre de 2010.