PIÑERA Y LA DESMESURA DEL PODER

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 745, 28 de octubre, 2011

En muchos aspectos se va viendo de manera preocupante que a Chile no le va nada bien cuando es gobernado por la derecha. El Gobierno sigue sin reconocerlo, pero ya es hora que admita la responsabilidad de su mala conducción política y de su pésima gestión. Podríamos sentarnos pasivamente a ver como se desmorona el proyecto piñerista, envuelto en sus contradicciones y desastres. El problema es que en su desplome, Piñera se está llevando por delante algunas seguridades mínimas que como sociedad habíamos alcanzado en las últimas décadas. La causa es la arrogancia de unos cuantos ineptos que se han venido resistiendo, reiteradamente, a admitir el impresionante conflicto que nos invade hace meses y en aumento. Chile ha caído en una gravísima  crisis de confianza en sus gobernantes, lo que constituye un problema para quienes gobiernan pero también para quienes somos gobernados. Es un problema de convivencia básica, que instala una sensación de inseguridad, miedo e incertidumbre. Se asemeja a la ruptura de ese contrato social, invisible pero omnipresente, que nos sacó del “estado de naturaleza” hobbsiano. De improviso estamos en un escenario donde la fuerza bruta y el capricho son nuevamente los únicos criterios de verdad y validez.

Pensemos en Carabineros: durante los últimos diez años había recuperado una parte de la confianza de la sociedad, a pesar de los abusos que seguía cometiendo en territorio indígena y en los barrios populares. Pero la dinámica represiva parecía, al menos, acotada y en la vida cotidiana respondían al papel que cualquier policía debe cumplir, en circunstancias normales. Esa confianza mínima se quebró. De nuevo los ciudadanos sienten que deben cuidarse tanto de los delincuentes como de los policías. Recordemos los montajes judiciales (el caso bombas, el caso del joven pakistaní), el escándalo del general Gordon, las imágenes de carabineros infiltrados en manifestaciones y destrozando el mobiliario público, la extrema violencia en contra de menores de edad, la arbitrariedad de los criterios con que se opera, el cuasi “estado de sitio” que se decreta ante un partido de fútbol. Y ahora la nueva figura de los “cazadores” que van a salir a “capturar” manifestantes. Sálvese quién pueda en semejante cacería.

Junto a destruir la legitimidad social de la policía, se viene ahora un intento grosero de intimidar ý hostilizar al poder judicial, bajo la excusa de arrogarse la competencia de “evaluar los fallos de los magistrados”. Y como remache, el anuncio de la UDI de promover un proyecto de ley que permita acusar constitucionalmente a los jueces de garantía. ¿En qué país se ha visto, hoy por hoy, tamaño disparate? Sólo la Italia de Berlusconi se le compara. Sumemos a lo anterior, la cuestionada renovación del directorio del Consejo para la Transparencia. Esta institución es una de las pocas innovaciones democráticas que se logró institucionalizar durante los veinte años de la Concertación. Se logró, no nos engañemos, porque a la derecha le interesó mientras fue oposición. Pero cuando ha llegado al poder ha demostrado, reiteradamente y de diversas maneras, que le incomoda y que le agradaría un directorio que no le cuestione. Prefiere destruir el consejo a que ejerza como institución autónoma, como contrapoder ante la corrupción y los abusos de autoridad.

Pero la raíz última de esta crisis radica en la incapacidad dialógica de este gobierno, que desde el primer día de su gestión ha pensado que el Estado posee la legitimidad del monopolio de la violencia  sólo por ser el Estado. Se ha olvidado que la legitimidad política en democracia no se logra sólo por el acceso al poder por la vía electoral, sino que se debe mantener día a día mediante procedimientos igualmente cívicos y democráticos. Su incompetencia negociadora y comunicativa le ha arrojado al marasmo del autismo político. No es extraño que la ciudadanía perciba que este gobierno es irresponsable ya que  la responsabilidad tiene relación con la capacidad de respuesta que tiene una autoridad frente a los diferentes grupos de interés. Una administración es responsable cuando es capaz de responder de aquello que se espera de ella, cuando es capaz de integrar intereses contrapuestos. No cuando los reprime, caricaturiza y acalla.

Piñera es un gobernante que ha logrado monopolizar un poder inmenso en todas las áreas de la sociedad. Posee la fuerza del dinero, la fuerza de las balas, la fuerza de la las instituciones políticas y la fuerza del aparato mediático comunicacional. Sin contrapeso. Ese inmenso poder sólo se podría gestionar con extrema prudencia, en el sentido aristotélico del término: comprendiendo el contexto social en el que se encuentra, mostrando criterios impecables de justicia procedimental, discerniendo participativamente los medios adecuados, en la búsqueda de fines altamente compartidos, en definitiva, mostrando moderación y buen juicio. Nada de ello ha ocurrido. Envanecido por lo que en Grecia llamaban “hybris”, la desmesura, se ha dejado llevar por su codicia y ambición. Por eso Piñera no será recordado como el presidente que mejoró la calidad de la educación, sino como el gobernante más repudiado del que se tenga memoria, desde su ilustre predecesor Augusto Pinochet. Ha hecho mucho mérito para merecer semejante recompensa.

 

 

TERAPIA PARA UN MAL GOBIERNO

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 744, 14 de octubre, 2011

• Identificación del paciente : varón de 62 años, que comienza a presentar síntomas de impopularidad crónica luego de veinte meses de gobierno.

• Motivo de consulta : el paciente siente dolor en la región educativa, con fuertes tensiones en el área económico-financiera. El dolor le lleva a inclinarse cada vez más hacia la derecha, lo que le provoca espasmos represivos particularmente violentos. Al mismo tiempo, padece alucinaciones severas mientras hace uso de la palabra. Puede llegar a estados delirantes agudos, especialmente cuando viaja al extranjero. El cuadro se complica por la simultaneidad de los trastornos, lo que repercute en el agravamiento de las hemorroides en la cara posterior del glúteo. En vista que el cuadro no ha cedido, decide consultar.

• Antecedentes clínicos : el paciente ha sufrido en el pasado episodios de severa incontinencia especulativa, que le han llevado a ser incapaz de refrenar su apetito bursátil. Esta situación le ha provocado una obesidad mórbida en el área de los conflictos de intereses. Reiteradas conductas mitómanas y narcisistas.

• Enfermedad actual o anamnesis próxima : el paciente se ve afectado por graves trastornos simultáneos en diversos sistemas de su organismo, lo que le ha llevado al borde de la parálisis motora. Se aprecian síntomas de envejecimiento prematuro, lo que puede augurar una enfermedad laboral incapacitante e impotencia política permanente.

• Hábitos : autoritarismo exacerbado, personalidad pasivo-agresiva, antisocial, sociopática. Rasgos maníaco-depresivos y esquizofrénicos.

• Alergias : abierta repulsión a los derechos sociales y a las conductas altruistas y cooperativas.

• Inmunizaciones : es insensible en el área del bolsillo. Ha sido vacunado numerosas veces por sus socios políticos, por lo cual es inmune a la confianza y a la delegación del poder.

• Revisión por sistemas :

Sistema respiratorio : exceso de gases lagrimógenos le provocan obstrucción bronquial. Requiere una urgente desintoxicación del recinto en que trabaja.

Sistema cardiovascular : disnea de esfuerzo, todo movimiento le provoca ahogo y sensación de agotamiento. Lo que le parecía tan fácil en su anterior ocupación, ahora le parece extremadamente pesado. Se le sugiere acceder a jubilación por invalidez.

Sistema digestivo : apetito lucrativo, náuseas mentales, vómitos legislativos, diarrea verbal, constipación presupuestaria.

Sistema genitourinario : alteración del chorro urinario ante situaciones de inesperada presión callejera.

Sistema endocrino : brusca baja de peso político, intolerancia al frío y al calor, temblores en las manos, ronquera, somnolencia, sequedad de la piel.

Sistema neurológico : cefalea, mareos, problemas de coordinación, pérdida de autonomía y capacidad de controlar esfínteres. Crisis de gobernabilidad. Requiere más estudios epidemiológicos. Urge un tratamiento antidepresivo.

• Recomendaciones útiles para quienes deben convivir con el enfermo : con el paso del tiempo este tipo de pacientes puede presentar conductas catatónicas o impulsivas, por definición imposibles de prever y que requieren extrema prudencia. Su progresiva descoordinación motriz exige estar alertas ante reacciones explosivas y autodestructivas. Nunca hay que gritarle. Se le debe hablar en tono normal, mirándole a la cara, diciéndole las cosas con firmeza pero sin agresividad. Ofrecerle una visión realista de su enfermedad es la mejor forma de afrontar sus problemas. Intente comprenderle, aunque sea muy difícil.