Balance de la tercera cuenta pública de Piñera. Una extraña forma de cumplir

“Fuerza presidente, siga cumpliendo” se podía leer en un enorme lienzo colgado de un edificio justo frente al Congreso Nacional, a la espera de la llegada del presidente Sebastián Piñera a dar lectura de su cuenta el 21 de mayo pasado. A su paso, todas las cámaras se posaron en el “espontáneo” cartel, escrito con trazo improvisado y letra manuscrita. ¿Auténtica expresión de base o planificación palaciega? Poco importa a estas alturas. Pero todo lo que quería dejar claro el gobierno ese día estaba escrito en ese lienzo. “El gobierno que cumple”. No por nada el título oficial del discurso presidencial de este año era justamente “Chile cumple y avanza hacia el desarrollo”.

Este 21 de mayo la retórica del cumplimiento ha inundado a los círculos oficialistas. No fue extraño que lo primero que expresara el ministro portavoz Andrés Chadwick, una vez que finalizara el discurso presidencial fuera: “Lo que el Presidente Piñera prometió lo está cumpliendo”. Por su parte el ministro Larroulet complementó afirmando: “”Quedó demostrado con hechos concretos que este es un Gobierno que cumple lo que promete”. Y por supuesto las frases más reiteradas e insistentes del discurso presidencial abundaron en el mismo verbo: “Pido perdón por mis errores, pero siento que hemos cumplido”…”quiero decir que no ha habido un sólo día en que estos ministros no hayan trabajado al máximo. Siento que hemos cumplido con Chile”… “hemos entregado lo mejor de nosotros para cumplir los desafíos”… “pero no descansaremos hasta cumplir el 100 por ciento”… “Ningún obstáculo o grupo de presión nos desviará de cumplir nuestros compromisos”… y por supuesto aprovechó de aleccionar a los estudiantes, recordándoles que “tienen deberes que cumplir”. En total el verbo cumplir y sus variantes – cumpliendo, cumplido y cumplimiento-  fue utilizado en 23 ocasiones. Si algo se quería dejar en claro desde las oficinas de la presidencia tenía relación con este concepto.

Tras la opción comunicacional del gobierno hay un diagnóstico político que interpreta como su principal problema que la ciudadanía no logra percibir que se está cumpliendo el programa de gobierno. Por lo tanto,  la crisis de popularidad se solucionaría demostrando lo contrario. Todo se trataría de una contradicción entre “buenas” cifras y la mala percepción. Sobre ese punto, los estudios y cifras sobre grado de cumplimiento programático dan para todo tipo de interpretaciones. El Instituto Libertad, de RN, analizando 122 anuncios del mensaje presidencial de 2011 concluyó que el gobierno Piñera ha cumplido el 59% de sus promesas, e incumpliendo sólo un 24,6%. Parlamentarios UDI han afirmado que un 71% de los proyectos de ley enviados después del mensaje del 21 de mayo de 2011 ya han sido aprobados o están en trámite. La fundación ciudadano inteligente ha calculado que en materia legislativa se ha cumplido un 56% de lo anunciado por el Presidente en su discurso del año 2011. Pero el Centro Democracia y Comunidad, vinculado a la Democracia Cristiana, desmienten estos datos optimistas y cifra en 80,9% el incumplimiento de los compromisos legislativos.

¿Cumplir un programa o cumplir expectativas?

Lo que la guerra de porcentajes no logra explicar es la diferencia entre cumplir y satisfacer, entre lo formalmente comprometido y lo legítimamente esperado. Porque el problema no radica en cumplir el programa, sino que el programa es el problema mismo. De poco vale mostrar un ‘check list’ de leyes aprobadas y medidas implementadas si esas leyes y medidas en poco o nada responden a los problemas y demandas que las originaron.

Recordemos que durante la campaña presidencial de 2009-2010, Piñera generó expectativas en una serie de ámbitos en los cuales la Concertación había perdido prestigio y reconocimiento social. Sin embargo estas expectativas no se recogieron expresamente en el programa electoral de la derecha, aunque se abordaron ampliamente en el formato informal de la campaña, por medio de insinuaciones abiertas y declaraciones a los medios de comunicación. Este recurso, electoralmente efectivo, ha sido muy  perjudicial para Piñera a la hora de gobernar.

La extraña forma de cumplir que ha encontrado el actual gobierno radica en abordar los temas cruciales de debate y tensión política por medio de propuestas efectistas y reactivas. A cada conflicto, un anuncio “espectacular”. A cada crisis, una propuesta “histórica”. A cada debate, un proyecto de ley que pretende resolverlo todo y para siempre. El problema es que este estilo se agotó muy temprano, porque los anuncios espectaculares, históricos y definitivos han resultado ser, en el mejor de los casos, pequeñas concesiones cosméticas, y en otros una franca desilusión. En poco tiempo la experiencia de leyes o proyectos gubernamentales que contienen “letra chica”, “cláusulas inesperadas” “efectos insospechados” se han acumulado de forma grotesca, lo que daña la credibilidad del gobierno. Tras esta estrategia se advierte más un interés de clausurar los debates y pasar página, que responder sustancialmente a las demandas que los originaron. Esta lógica es evidente en áreas cruciales que pueden derivar en nuevos ciclos de movilizaciones sociales agudas:

– La reforma tributaria, anunciada a fines de abril luego de innumerables señales que daban a entender que se trataría de una medida que corregiría de forma progresiva la carga fiscal, ha terminado desilusionando, no sólo por el escuálido monto que se espera recaudar. Como ha señalado el economista de Fundación Equitas, Hernán Frigolett, “en el fondo lo que se está escondiendo es la reducción de los impuestos de los que ganan más plata y en ese sentido la reforma es regresiva…los sectores empresariales, que también se benefician con la reducción de tasas serán los grandes ganadores del ejercicio de ajuste tributario[1]”.

– El caso del FONDENOR, un fondo de compensación de 25 millones de dólares para 40 comunas mineras entre los años 2013 y 2015, ha terminado desatando una ola de indignación en ciudades como Calama ya que la medida fija un límite máximo de tres millones de dólares por comuna. Por ello el alcalde de Calama reaccionó al discurso del 21 afirmando “Cuando menciona el Fondenor el Presidente hasta se coloca nervioso y no sabe cómo explicar y decir que esos 108 mil millones de pesos van a ir a comunas mineras, él sabe que está disfrazando cifras en torno al fondo de desarrollo. Eso no es desarrollo y por eso se puso tan nervioso antes de mencionar el Fondenor, porque yo creo que ha recordado los compromisos que no ha cumplido con el norte y sabe que Calama es una bomba de tiempo en razón de lo que no ha cumplido todavía[2]

– En el área de la educación, la propuesta de eliminar el Crédito con aval del Estado (CAE) ha seguido la misma línea. Como ha señalado el presidente de la Fech, Gabriel Boric, el proyecto del ejecutivo “significa que (los estudiantes) se sigan endeudando y no queremos cambiar deuda por deuda. El sentido de lo que nosotros queremos es reivindicar la gratuidad, porque el dinero no debiese limitar a la calidad de educación a la que se accede”. No fue por nada que el Presidente de la FEUC Noam Titelman comentó luego de la cuenta presidencial  “Cuando faltan cosas que decir, se habla mucho”.

– Respecto a los acuerdos alcanzados con la Mesa del Movimiento social de Aysén, se evidencian silencios preocupantes que pueden avizorar nuevos enfrentamientos. El 16 de mayo los dirigentes Ayseninos enviaron al presidente una carta recordándole que a dos meses de las negociaciones, aún restan muchos temas en los cuales alcanzar acuerdos. Entre ellos  “la zona franca con combustibles, la rebaja al gas licuado, el subsidio a la leña, sueldo mínimo regionalizado, nivelación asignación de zona, estabilidad laboral, pensión regionalizada, situación de trabajadores eventuales, consulta ciudadana sobre proyectos hidroeléctricos, proyecto de Ley Aysén Reserva de Vida, regionalización recursos naturales, profundización de sistema de plebiscitos mediante modificaciones legales, reducción del costo de la electricidad y el agua potable, zona franca en general y construcción definitiva Camino Longitudinal Austral”, entre otros.

El insólito estilo de cumplir sus compromisos que ha asumido este gobierno no sólo choca por su insuficiencia y su afán embaucador, sino además porque acompaña todos sus actos con expresiones de vanidad y soberbia que no colaboran a dar credibilidad a su mensaje. Si la ministra Matthei afirma que “este gobierno a va a pasar a la historia como el mejor gobierno que hayamos tenido en Chile” obliga a la ciudadanía a realizar una complicada elección entre largarse a reír o ponerse a llorar. El próximo año al menos evítenos pasar por tan difícil transe.

[1] Video de la entrevista a Frigolett en http://www.fundacionequitas.org/

[2] Entrevista en radio U. de Chile, 21 de mayo de 2012.

Cristián Precht: Retrato en Claroscuro

En las antiguas sociedades heroicas, cuya vida quedó reflejada en los relatos de Homero y en las sagas islandesas, a nadie se le podía proclamar como héroe mientras estuviera vivo. Y la razón era muy clara. ¿Qué ocurriría si Aquiles se acobarda en su última batalla? ¿O qué pasaría si en la hora final Príamo decide traicionar a Troya y rendirse ante Menelao? ¿O si Ulises, atado al mástil de su barco, termina por ceder a la tentación de las sirenas? El heroísmo en Homero o en los relatos vikingos era el resultado de una vida completa, a la que se puede juzgar porque está cerrada y acabada, y por lo tanto ninguna nueva acción o decisión del protagonista puede cambiar el curso de su destino. Este criterio nos permite recordar que todos nuestros juicios morales son siempre provisorios. Quién por justas razones nos parece el más virtuoso de los hombres puede tomar en el futuro opciones que contradigan los actos que nos han causado admiración. O por el contrario, el más despreciable de los granujas, puesto en un trance decisivo, puede llegar a realizar actos de una honestidad y generosidad impensable.

Cristian Precht ha ocupado en el imaginario de nuestra sociedad el papel del héroe. Y las razones para tomar ese puesto son más que merecidas. Si entendemos al héroe como aquel que en situación de desventaja estructural, y a riesgo de su vida y sus intereses, es capaz de enfrentar con valentía a los poderosos, buscando la justicia y la libertad, Cristián Prech, el primer vicario de la Solidaridad, debería ser considerado unánimemente como un héroe moderno. Pero como Homero nos previene, el heroísmo no es flor de un día, ni de un año, ni siquiera de una década. Es una suma compleja de coherencias que pocos son capaces de mantener durante toda su existencia. Conviene por lo tanto repasar la vida de Precht para desentrañar sus claroscuros. Tal vez este racconto nos permita abandonar al héroe para devolvernos a un ser humano cuya vida no está completa ni acabada, y por lo tanto todavía puede darnos nuevas respuestas y explicaciones sobre lo que ha hecho y sobre lo que ha omitido.

 El vicario

El l6 de octubre de 1974 el Cardenal Raúl Silva Henríquez nombró a Cristián Precht secretario ejecutivo del Comité Pro Paz. En ese momento Precht respondía de forma prototípica al perfil del nuevo sacerdote formado desde las orientaciones del Concilio Vaticano II. Educado en el colegio Saint George, alcanzó a conocer como prefecto de disciplina al padre Gerardo Whelan, cuya sensibilidad y carácter apasionado describiera tan bien Andrés Wood en su película “Machuca”. En 1961 ingresó en el seminario diocesano, ordenándose presbítero en 1967. Entre 1969 y 1972 estudió liturgia en Roma, en un momento en el que la Iglesia nacida del Concilio parecía abierta a una nueva espiritualidad, capaz de expresarse de forma activa por medio de arte, de las expresiones culturales locales y sobre todo por medio de la sensibilidad de los laicos, protagonistas activos de la vida eclesial. Esta formación innovadora permitió a Precht, en cuanto secretario de una institución eclesial sin precedentes, ser capaz de hacer síntesis entre la labor jurídica y política que le era prioritaria, y a la vez mantener la conexión con la misión de la Iglesia, entendida como dignificación de la vida humana.

Cuando el comité Pro Paz se vio forzado a disolverse por presión del régimen, el Cardenal Silva decidió responder a Pinochet constituyendo una nueva institución con rango propiamente eclesiástico. De esa forma nació la Vicaría de la Solidaridad el 1 de enero de 1976. Y en continuidad total con el Comité, Cristián Precht pasó a ser el primer vicario, cargo en el que se mantuvo hasta el 31 de marzo de 1979. Estos años, que han sido descritos de forma emotiva y conmovedora en la serie televisiva “Los archivos del Cardenal”, nos dejan una imagen de Precht como “un hombre de una mente brillante, un gran líder, un hombre carismático”, como recordaba hace poco el abogado Nelson Caucotto.

El pastoralista

Por esta razón no es extraño que en la década de los ochenta Precht ocupara un rol central al lado del Cardenal Silva, como Vicario general de pastoral, cargo que mantuvo con la llegada del Fresno en 1983. Además fue vicepresidente de la comisión encargada de organizar la visita del Papa Juan Pablo II en 1987. Es en ese período cuando la influencia de Precht  alcanzó su mayor influjo, especialmente en la pastoral juvenil y territorial, a un punto en que su “estilo” llegó a estar presente a múltiples niveles de la sociedad, mucho más allá de lo eclesial. El sello Precht lograba aunar la sensibilidad social, el ansia de cambios políticos junto a un cierto el emotivismo espiritual capaz de abrirse e involucrar a quienes sin ser necesariamente católicos encontraban en la pastoral un cause de expresión de su intimidad, en un ambiente de confianza y reciprocidad.

Se puede decir que en esos años, con una dictadura decadente y aislada, pero también con una sociedad civil arrinconada y “clandestina”, la Iglesia Católica ejerció de facto la hegemonía, en el sentido gramsciano de la expresión. La Iglesia se logró constituir como aquella institución capaz de ejercer “la dirección política, intelectual y moral” de la sociedad por medio del consenso voluntario de la ciudadanía. Es cierto que la Iglesia no buscó esta posición, sino que la encontró fruto de las circunstancias. Pero una vez que la alcanzó, utilizó ese poder de forma estratégica. Fue la Iglesia Católica quién logró legitimar un nuevo “bloque histórico” que dio curso a los pactos de la transición y que ha gobernado el país desde entonces. Los nuevos partidos políticos y las nuevas instituciones sociales que vinieron a habitar el territorio representativo que la dictadura había vaciado en 1973 nacieron gracias a la bendición del “diálogo” de 1983, del “acuerdo nacional” de 1986, y de las “negociaciones” de 1989. Proceso que requirió de algo mucho más complejo que el simple poder del capital: necesitó de un poder ideológico entendido como un todo orgánico y relacional, encarnado en aparatos e instituciones, que logró unificar a largo plazo a quienes devinieron en la nueva clase hegemónica y que logró excluir a quienes no adhirieron al nuevo consenso.

En ese entramado ideológico la pastoral de Precht fue una cantera que logró movilizar a una amplia capa social, despolitizada y atemorizada, bajo las dos consignas contradictorias y complementarias: por “la vida” (entendida como una crítica a la violenta represión dictatorial) pero también por “la reconciliación” (entendida como un reclamo de orden político y estabilidad económica). De esta forma aportó la necesaria masividad y densidad social que requería el nuevo bloque histórico para socializar sus acuerdos.

La crisis

 En 1991, al momento de cerrar al Vicaría de la Solidaridad, el arzobispado anunció que Cristián Precht se abocaría a una nueva tarea: fundar la Vicaría de la Esperanza joven. Concluida la transición, era la hora de evangelizar. De capitalizar de forma orgánica, sacramental y  cuantitativa la hegemonía alcanzada en los ochenta. Fue la época en la que Precht era capaz de liderar a cien mil jóvenes que marchaban cada primavera “De Chacabuco a Los Andes”. Era un tiempo de grandes misas masivas que auguraban un futuro promisorio a la Iglesia chilena. Pero las cosas no fueron tan fáciles como se pensaba.

En primer lugar la sociedad chilena cambió rápidamente. Si en los ochenta la Iglesia disfrutaba de un cuasi monopolio de las “ofertas de sentido”, en los noventa va a encontrar competidores. Y muchos. Las subjetividades se redefinieron a ritmo galopante, se diversificaron las identidades personales y la pastoral, que sólo ayer era un ámbito de desarrollo social y personal interesantísimo, se comenzó a ver como un espacio anticuado y contradictorio. A la vez la pastoral de Precht ya no calzaba con los nuevos obispos, y las nuevas orientaciones de Roma. La síntesis que había logrado en dictadura, entre lo personal y lo social, con un leve acento crítico y político, ya no calzaba con Mons. Oviedo, que prefería pontificar sobre la “crisis moral” de los jóvenes. Era preferible una pastoral de “multitudes”, que mostrara que la Iglesia todavía era importante y tenía convocatoria. Se abandonaron las comunidades de base y se puso énfasis en institucionalizar el nuevo prestigio eclesial por medio de Universidades y Colegios orientados a las nuevas élites emergentes.

Incluso el compromiso con los Derechos Humanos, que había marcado a fuego la identidad de la Iglesia chilena, comenzó a desteñirse. Primero, en virtud de la “paz social”, se pidió privilegiar el perdón sobre la justicia. Luego, con Mons. Errázuriz Ossa, se pasó derechamente en una cerrada defensa de los victimarios, empezando por Augusto Pinochet, durante su prisión en Londres.  Y el último signo en este giro involucró a Cristián Precht de forma directa, cuando presentó en 2010 el documento “Chile, una mesa para todos” que proponía que los condenados por delitos de lesa humanidad accedieran a beneficios carcelarios. Una propuesta tan incomprensible, dado el contexto de impunidad y privilegio que ha acompañado a estos criminales, que incluso el gobierno de Piñera se vio obligado a rechazarla públicamente.

La Iglesia, poco a poco, año a año, se ennegreció y no sólo en sus ropajes. Fue perdiendo su ascendiente  y su prestigio, y de ser la institución “legitimante” del orden social en la transición pasó a ser un actor necesitado de legitimación. ¿Pero por quién? ¿Quién puede legitimar a una institución religiosa en el contexto de una sociedad diversificada y moralmente pluralista? ¿Y como legitimarse si las instituciones a las que legitimó (el parlamento, partidos políticos, cámaras empresariales, la CUT) también han caído en una grave crisis de credibilidad y desprestigio?

El ocaso

 Precht, el vicario de la solidaridad, no parecía encajar bien en el nuevo Chile de la desmemoria. Y Precht, el pastoralista, tampoco calzaba con la Iglesia de los macro eventos y de los “nuevos movimientos” orientados a lavar la conciencia de las élites económicas. Como nunca se le nombró obispo, pero su influencia y prestigio era mucho mayor al de cualquiera de ellos, en 1995 se le designó secretario ejecutivo adjunto de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM). Un cargo con sede en Bogotá, en apariencia importante, pero en la práctica muy burocrático y de escasa implantación territorial. Sólo regresará en 1999 como vicario de la zona Sur de Santiago. Pero la Iglesia a la que volvió ya era otra Iglesia.

En 2002 se inicia un largo ciclo de escándalos sexuales que involucra a personalidades del clero. El primero en ser denunciado es el arzobispo de La Serena Francisco José Cox, ex presidente de la comisión organizadora de la visita del Papa. Luego en 2005 cae José Andrés Aguirre, el cura “Tato”, por abusos sexuales contra menores y estupro. Ese mismo año es condenado Víctor Hugo Carrera, en Punta Arenas, y en 2008 Marcelo Morales Vásquez en Valdivia. En 2009 el sacerdote filipino Richard Aguinaldo en el Liceo Alemán del Verbo Divino de Chicureo y en 2010 el párroco de Curacaví Ricardo Alberto Muñoz Quinteros. A fines de ese año José Ángel Arregui Eraña en Viña del Mar y Francisco Valenzuela Sanhueza, en Putaendo. En 2011 se conoce el caso de la Madre Paula, superiora de las Ursulinas de Vitacura, y estalla el más caso bullado de todos, Fernando Karadima, líder de una “Pia unión sacerdotal” por medio de la cual influye en buena parte de las diócesis del país.

En ese contexto la institución eclesial debe reaccionar. La defensa corporativa y la tradicional vista gorda ante lo casos de abusos sexuales se deben abandonar en vista a mejorar una reputación que cae en picada. Sea quién sea, y cueste lo que cueste. El 28 de junio del 2012 el arzobispo de Santiago Ricardo Ezzati, informa a la opinión pública que los sacerdotes Cristián Precht y Alfredo Soiza-Piñeyro han sido sometidos a una investigación preliminar por presuntas faltas basadas en  “noticias verosímiles de conductas abusivas con mayores y menores de edad”. Como lo describió el propio sacerdote Marcelo Gidi, abogado a cargo de la investigación canónica, tradicionalmente las autoridades eclesiales “escuchaban la denuncia y no hacían nada o simplemente tomaban remedios secundarios, pero nunca se juzgaron ni investigaron”. Después de tanta agua pasando bajo el puente ya no pueden hacer lo mismo.

Cristián Precht ha decidido defenderse. La denuncia involucra a una veintena de testigos, lo que da cuenta de su verosimilitud. Acude, bastante incomprensiblemente, a la asesoría de Raúl Hasbún, en cuanto abogado canonista. El debate estalla en las redes sociales y en columnas de opinión. Su familia y las víctimas de la dictadura recuerdan al pastor de la vicaría. Pero otros actores intervienen para hacer referencia a los constantes rumores sobre su conducta sexual en los últimos diez años. Se argumenta que la CNI o la ultraderecha católica podrían  estar detrás de una conspiración en su contra. Por otro lado se hace ver la reciente “amistad” de Precht con Álvaro Corvalán, al que visita regularmente en Punta Peuco y al que ofrece escribir una carta dirigida al ministro Luciano Cruz Coke. En definitiva, pareciera que nuestro héroe de ayer es mucho más incomprensible y contradictoriamente humano de lo que creíamos. Por eso, este proceso puede ser el momento para enterrar al héroe, y con él a todos los héroes vivientes. Y aprovechar la oportunidad de reencontar al ser humano, que debería asumir sus vergüenzas con tanta dignidad como acoge los honores y lo halagos. Pero mientras la investigación siga su curso y no tengamos al frente toda la información, de todas las partes y de todas fuentes, solo queda acogerse, provisoriamente, a las palabras de Wiggenstein: De lo que no se puede hablar, mejor es callar. Por ahora.

Sobre Fernando Lugo, un testimonio

Conocí al presidente Fernando Lugo en agosto de 2009 en un seminario sobre políticas sociales organizado por el PNUD y la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) en Asunción. Nada más al llegar se podía palpar en la ciudad una sensación extraña. Si se hacía caso a la televisión y a los periódicos, parecía que el país estaba a punto de colapsar y el gobierno a un tris de venirse abajo. Un fantasma lo corroía todo: el “peligro” de una revolución armada, liderada por unos “violentos” campesinos sin tierra que se dirigían en tumulto hacia la capital, instigados por la llegada de Lugo y sus secuaces. Sin embargo, el gobierno llevaba un año en el cargo y nada de eso había pasado. Las calles no mostraban nada parecido. Los comentarios de las personas no tenían nada que ver con todo ese barullo. La calma habitual del Paraguay, su estructura agraria, con ciertas tendencias hurañas e introvertidas, eran las de siempre. La polka y el chamamé se podían escuchar en los barrios, había mucha esperanza por los pequeños cambios que empezaban,  el conflicto histórico por las tierras existía, pero aires revolucionarios no había por ninguna parte.

Luego de los saludos protocolares del presidente el seminario partió con una ponencia del  ministro de hacienda paraguayo Dionisio Borda. En veinte minutos describió, únicamente con cifras, la situación de un Estado que no contaba con una mínima estructura tributaria. No solamente los impuestos eran regresivos, como suele ser común en América Latina, sino que además eran escasísimos. Prácticamente el Paraguay se podía describir como un Estado fallido en materia de hacienda pública, ya que la estructura fiscal era mínima, y para colmo los pocos impuestos que existían se evadían de forma masiva. Pasando a la estructura de gastos, Borda describió un Estado Gendarme en su etapa pura, en donde las funciones policiales y militares demandaban una muy gruesa tajada de los fondos públicos. Como resultado, hablar de presupuestos para el gobierno de Lugo, en ese momento, era una fantasía o un buen deseo.

Pocas horas después de la intervención de Borda tomó la palabra el presidente de la federación agraria paraguaya, la asociación de los latifundistas. Obviamente no había estado en la presentación del ministro, porque si lo hubiera escuchado se habría ahorrado el papelón de dedicar su intervención a quejarse de los “altos” impuestos que el gobierno quería proponer para gravar a los ya “sobrecargados” bolsillos de los empresarios agrícolas que representaba. No puedo olvidar la cara de Enrique Iglesias, secretario de la SEGIB, y de Rebeca Grynspan, la directora regional del PNUD, mientras hablaba ese personaje. Hay situaciones tan descaradas, de tanta desfachatez, que obligan al cuerpo a reaccionar por más que se intente parecer como el más técnico, diplomático y neutral de los funcionarios. Simplemente, ciertas desvergüenzas superan  lo imaginable.

El nuevo gobierno debía emprender desde cero el diseño de políticas sociales en un contexto de mínimos recursos, que en su mayoría se destinaban a funciones de militares y policiales. Por ello se debía cambiar la estructura tributaria, aunque fuera de forma limitadísima, ya que de otra forma cualquier proyecto bien intencionado no sería más que una quimera. Por otra parte era evidente que los empresarios, si es que se puede llamar así a los latifundistas, sojeros y estancieros del Chaco, vivían en una galaxia paralela, quejándose de los impuestos en el país con la menor recaudación fiscal del hemisferio después de Haití. Para peor de los males, la prensa local, que de forma unánime, cargaba contra el gobierno de forma brutal, las 24 horas, más por un cúmulo paranoico de miedos y temores que por verdaderas o fundadas razones.

Al finalizar el primer día ocurrió algo inhabitual. El presidente comunicó a la treintena de participantes en el seminario que nos invitaba a su casa a una “recepción”. Al llegar, vimos al cocinero presidencial poner unas fuentes de carne en unas mesas, unas ensaladas, y algunos canapés a modo de autoservicio. Así empezó el “otro seminario”. El espacio para hablar en confianza y directamente. Estaba por supuesto Lugo, algunos ministros y funcionarios de primer y segundo rango. Toda gente del círculo más cercano al presidente. En esa noche entendí como Lugo y Lula negociaron personalmente, por 78 horas, a puertas  cerradas, hasta encontrar una difícil fórmula por la cual Paraguay logró triplicar el precio que cobra a Brasil por la electricidad de Itaupú. Comprendí que el gobierno preparaba una amplia batería de políticas sociales que incluía en la primera etapa la universalización del acceso a la salud pública y a la alimentación escolar. Y deducí que el gobierno debía mantener una constante tensión entre la promoción de la lucha de los “sin tierra” y a la vez tratar de encausar legalmente sus ocupaciones. La reforma agraria era un objetivo clave, pero no se contaba con fuerza parlamentaria propia.

Entre bastidores, ya había temor a lo que finalmente ocurrió. Se sabía que el plan de la derecha, desde el primer día, era llegar a un juicio destitutorio en el parlamento y Lugo no tenía cómo evitarlo. Para ello se necesitaban sólo dos cosas: concordar el momento entre colorados y liberales y encontrar un casus belli que lo justificara. Pero el presidente abrigaba esperanzas. El reciente golpe de Estado en Honduras todavía parecía posible de revertir y sus consecuencias parecían suicidas para la oligarquía. Tres años más tarde sabemos lo que ha pasado en estos dos países. Y sabemos cual debe ser nuestra respuesta. Ni un paso atrás, ni un golpe de Estado más en América Latina