Los nuevos pobres y el nuevo ecumenismo

No es posible entender al movimiento ecuménico sin comprender el mundo de los pobres. Y si alguna vez algunos pensaron que eso era posible, la historia se ha encargado de hacer inseparables las búsquedas de los creyentes y las aspiraciones de justicia y paz  de toda la humanidad. Se trata de un proceso indisoluble que obliga a analizar constantemente los  cambios en las sociedades y las culturas con el objetivo de estar presentes en el aquí y ahora de los pueblos.

Aún así es fácil que el movimiento ecuménico evada la realidad, ingresando en una inacabable discusión dogmática que termine funcionando como una elegante fuga mundi que tape las preguntas incómodas por su relevancia y su pertinencia respecto al entorno en el que se ubica. Siempre será más cómodo debatir interminablemente sobre las diferencias sacramentales entre nuestras iglesias que clarificar posturas respecto al origen de la desigualdad social y los efectos sociales de la crisis financiera internacional.

Pero la mayor tentación que puede hoy por hoy amenazar al ecumenismo es creer que las respuestas que tenían en el pasado seguirán siendo válidas en el futuro. Y en ningún punto este aspecto se torna más crítico que en relación a la comprensión del nuevo mundo de los pobres. ¿Porqué hablar de un “nuevo mundo”? Simplemente porque lo que tradicionalmente entendíamos bajo este concepto ha comenzado a desaparecer, para reaparecer de una nueva forma, mucho más violenta y provocadora.

En los años setenta el mundo de los pobres era el ámbito de los excluidos. Un enorme campo de seres humanos que había que incluir tanto en las políticas públicas como en el consumo. Por ese motivo se comenzó a pensar en los límites de la pobreza bajo el criterio de la línea de renta monetaria. Si una familia superaba cierta renta se suponía que ya estaba incluida en la clase media. Para lograr que estas personas incrementaran su renta se les incentivó a abandonar sus iniciativas económicas de subsistencia para acceder a puestos de trabajo precarios, de baja calidad, pero que funcionaban bajo la lógica del salario. Además se crearon subsidios sociales de diverso tipo que vinieron a complementar estos escuálidos ingresos.

Treinta años después vemos que esta política fue exitosa en los términos en los cuales fue definida: incrementar la renta de los excluidos. A pesar de la descarada intervención del gobierno chileno a los datos de la encuesta CASEN 2012, la verdad es que la pobreza medida bajo el criterio de la línea de renta ha disminuido considerablemente desde 1990 a la fecha. En América Latina ha ocurrido un proceso similar. Incluso en algunos países, como Brasil, las cifras son proporcionalmente más espectaculares. Pero también este proceso esta ocurriendo en África y en Asia. En todo el mundo los pobres, entendidos como aquellos que carecen de una renta monetaria mínima, están disminuyendo rápidamente.

El problema es que la medición de la pobreza bajo el criterio de la línea de renta oculta el empobrecimiento de la amplia mayoría de la población, bajo el criterio de los bienes de uso a los que puede acceder. Dicho de otra forma, en estas décadas los pobres han incrementado modestamente el dinero en su bolsillo, pero han perdido una inmensa cantidad de bienes y recursos no monetarios, a los que accedían en su calidad de ciudadanos o de miembros de una comunidad local.

Uno de los primeros que se dio cuenta de esto es el economista peruano Hernando de Soto, en los años ochenta. Para ello le bastó darse una vuelta por los alrededores de Lima y calcular el enorme valor inmobiliario de los terrenos en los que se asentaban cientos de miles de personas, en las inmensas poblaciones construidas mediante tomas de terreno que rodeaban a esa ciudad. Para estas gentes las viviendas y los terrenos que ocupaban no tenían valor monetario ya que al estar instaladas “ilegalmente” por lo que no podían ser vendidas ni arrendadas. Pero esas viviendas tenían un valor de uso enorme. Más aún si se considera que esa ocupación era un proceso colectivo, mediante el cual no sólo accedían a un techo, sino también a una amplia red de servicios mutuos y mecanismos de reciprocidad que les permitían sustentar una poderosa economía popular orientada a satisfacer directamente sus necesidades..

Para los técnócratas como De Soto esta economía “de las necesidades”, basada en los bienes de uso, no especulativos, orientados a la subsistencia y fundados en la autonomía de los sujetos, simplemente no existe. Por ello su propuesta fue simple: darle valor monetario a las viviendas de los pobres asignándoles derechos de propiedad individual. De esa forma a los pocos años se creo un verdadero mercado inmobiliario ligado a las barriadas populares de Lima. Por supuesto, algunos pudieron vender su terreno y con ello mudarse a barrios más consolidados y con servicios. Pero para la gran mayoría este proceso fue equivalente a lo que Marx llamo “acumulación primitiva”: un proceso en el que mediante la presión y el engaño los pobres son arrancados de sus tierras y comunidades y obligados a reinventarse bajo la anónima “esclavitud del salario”.

Este proceso se ha repetido en todo el mundo durante estas décadas: los campesinos chilotes obtenían con sus cosechas de papas un ingreso monetario bajísimo. Con la llegada de las salmoneras han más que triplicado su renta en pesos. Pero han perdido su tierra, se han tenido que mudar a una habitación en Casto o en Ancud, y se ha destruido la red económica y social que les permitía acceder a bienes materiales e inmateriales valiosísimos que hoy simplemente no existen. ¿Son hoy los campesinos chilotes más ricos? Según las estadísticas del gobierno, indudablemente que si. Pero en la realidad, si cuantificáramos de alguna forma los recursos económicos, sociales y culturales que han perdido, no sacaríamos las mismas cuentas.

Los mapuches tradicionalmente vivieron fuera de los circuitos económicos monetarizados. Pero no por ello vivían en pobreza. Su riqueza radicaba en bienes de uso que sólo existían en la forma de procomún, o dominio público, con carácter comunal. Obligados a migar a las ciudades hoy su renta en pesos es indudablemente mayor a los años en que estaban en el campo, pero su riqueza real, las necesidades integrales que pueden satisfacer son mucho menores.

Es difícil llegar a calcular la riqueza que los pobres de Santiago llegaron a acumular en los años sesenta y setenta. En ese período, en el que toda nuestra periferia se transformó en un inmenso campamento, el dinero no era abundante en los bolsillos de los pobladores. Pero los bienes de uso a los que accedieron fueron gigantescos: cientos de kilómetros cuadrados, puestos en uso bajo régimen de autogestión participativa por la fuerza de los hechos. A ello sumemos los servicios públicos estatales a los que lograron acceder, especialmente con la masificación de la educación pública y los servicios sanitarios. Treinta años después este capital social se ha desconstituido de dos formas. Las poblaciones, que eran patrimonio de una comunidad de pobladores, no son ahora más que la suma de viviendas individuales con escaso valor de mercado. Lugares de los que se quiere huir, porque no hay redes asociativas capaces de hacer posible la convivencia.

Por otra parte, mientas se ha incluido a los excluidos arrebatándoles sus bienes de uso, se ha excluido a los que antes estaban incluidos en razón de sus salarios. Es el continuo y sostenido empobrecimiento de los profesionales y pequeños actores económicos. El resultado: las fronteras entre los pobres y la clase media se han borrado. Hoy un profesor en una población es mucho más pobre que la mayoría de los padres de sus alumnos. Y lo mismo puede suceder en una variada gama de profesiones: periodistas, trabajadores sociales, incluso profesionales de la salud o de la administración. Y no les comparemos con la renta de los trabajadores de las industrias “ilegales”: drogas, tráfico de personas, prostitución, y otras ramas de ese floreciente mercado.

El filósofo italiano Mario Perniola ha propuesto una explicación inteligente a este ciclo: “Mi tesis se centra en un nuevo fenómeno: la ruptura de la alianza entre el capitalismo y la burguesía. La burguesía ya no le sirve al capitalismo que encuentra en la clase media un obstáculo a la expansión del patrón neoliberal. La clase media es demasiado costosa. En el siglo XIX el burgués era un acaudalado que vivía de una renta…Hoy en día el capitalismo ya no está dispuesto a pagar un sueldo “político” independiente” del mercado. Eso nos conduce a la formación de solo dos rangos sociales: una pequeña minoría de super ricos y una enorme masa de subocupados y miserables”[1]. En otros términos, llegó la hora de asumir que la consiga de los jóvenes de Ocuppy Wall Strett: We are the 99%‎, no es solo un slogan. Es una descripción de la realidad.

 Pero, si somos tantos y tan pocas cosas nos separan ¿No habrá llegado de alguna forma la hora de hacer realidad el sueño ecuménico de “ser uno”? ¿No habrá llegado la hora de volver a reclamar la riqueza que nos han arrebatado, y ponerla en común bajo régimen de usufructo?

[1]Entrevista a  Mario Perniola,en Unelibros, Otoño 2012. p 25.

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