CONICYT en Peligro. Longueira desata la nueva “revolución científica”

Publicado en Le Monde diplomatique, noviembre de 2012

El pasado 11 de septiembre el ministro de economía, fomento y turismo Pablo Longueira deslizó a un periódico financiero, casi al pasar y de forma sorpresiva, una noticia que ha desatado una inédita reacción al interior de la comunidad académica del país. Fue escueto pero muy claro: “El presidente me pidió que redactara el proyecto de ley para trasladar la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt) al ministerio de Economía, con un modelo económico que se vincule con un valor agregado y que en el fondo unamos el mundo de la academia en Chile, el mundo de la investigación con el mundo de la empresa[1]”. Al mismo tiempo el ministro dio a entender que si bien era un mandato presidencial, la idea era de su propia cosecha: “Es una materia que yo he venido planteando hace tiempo y creo que es muy importante que Conicyt se radique en Economía y toda la inversión publica que hacemos en I+D en Chile y en ciencia y tecnología tenga un vinculo mayor con el aparato productivo”.

Es verdad que este tipo de ideas no son nuevas ente las actuales autoridades políticas del país. Algunos comentarios, deslizados entre pasillos, se habían podido recoger durante la última campaña presidencial. Pero nadie había tomado en serio la posibilidad que un planteamiento tan radicalmente neoliberal podía llegar a tomar cuerpo, ya que significaba cruzar una línea roja en la vinculación entre el gobierno y al ámbito universitario, las academias de ciencias y el campo de los investigadores profesionales.

A fines de septiembre el ministro de educación Harald Beyer se vio obligado a matizar los planes de Longueira, mostrando que la tensión desatada no sólo incumbía a la comunidad científica sino también al propio Ministerio de Educación: “Es una decisión que no está tomada, es una de las distintas alternativas que hemos barajado. Hay distintas formas de organizar la ciencia y la tecnología, no es una decisión tomada se están estudiando las distintas alternativas de forma tal de potenciar la labor científica, la labor tecnológica y la innovación en el país[2]” Evidentemente los reparos de Beyer obedecen a motivos complejos: ningún ministro desea entregar su cartera con menos competencias que las que recibió al asumir su cargo. Tampoco es habitual que un ministro informe a la prensa de decisiones orgánicas que incumben a la estructura de otro ministerio. Pero además Beyer ha debido recibir de primera fuente las reacciones del mundo científico y académico al anuncio del ministro de economía. Una respuesta que ha alcanzado, como nunca antes, un nivel de unanimidad prácticamente absoluta.

La academia de ciencias del Instituto de Chile, una institución muy poco dada a entrar en polémicas, afirmó sin ambigüedades: “Un eventual traslado de Conicyt al Ministerio de Economía, sin más, no solucionaría el problema. Por el contrario, podría agravarlo… la relación entre el desarrollo de ciencia básica, humanidades, ciencias sociales y otras manifestaciones culturales similares claramente no calzan con los objetivos de la economía y, como es sabido, tampoco existe una relación lineal entre el desarrollo intelectual y el momento o las circunstancias en que éste se transforma en resultados prácticos.[3]”. El Consejo de Rectores  tampoco ahorró sus palabras: ““Nos parece un error que el ministro de Economía manifieste una reforma estructural acerca de la institucionalidad en Ciencia y Tecnología sin considerar el fortalecimiento de una clara política en esta materia, y sin reconocer el virtuoso vínculo de Conicyt con el sistema de investigación que actualmente se desarrolla en más de un 90 por ciento en las universidades del Consejo de Rectores”[4]. Declaraciones similares se han sucedido, una tras otra, provenientes de investigadores, académicos, federaciones de estudiantes, y organismos especializados. Incluso en el exterior las revistas Nature y Science, las más afamadas en este ámbito, ya han manifestado sus temores por el futuro de la ciencia en el país.

Pero tal vez el factor que más ha influido en la respuesta social a este proyecto es la existencia del movimiento “+ ciencia para Chile”. Nacido a fines del 2010 este movimiento ciudadano ha recogido las demandas y propuestas de los investigadores jóvenes que a partir de septiembre de 2010 comenzaron a manifestarse públicamente para exigir un cambio profundo en la política de investigación, desarrollo e innovación (I+D+i). Como relatan sus organizadores “Pablo Astudillo, en ese entonces investigador en postgrado de la PUC, llegó con una idea que generaría el comienzo de la campaña: transformar las inquietudes de miles de chilenos en un movimiento ciudadano que buscara empoderar a la ciudadanía por + Ciencia para Chile, de la misma forma que ocurrió en Inglaterra el año 1986 a través de una famosa campaña conocida como Save British Science. Rápidamente se generó el primer equipo de trabajo y se lanzó la campaña con gran éxito el 2 de noviembre de 2010”.

El mérito de + Ciencia para Chile no sólo radica en haber denunciado las formas inconsultas, autoritarias y mercantilizadoras que han acompañado al anuncio gubernamental. Su virtud es que han sido capaces de contraponer a la iniciativa del gobierno una alternativa integral, centrada en la idea de implementar un ministerio de ciencia y tecnología tal como lo han hecho 20 de los 34 países miembros de la OCDE, y varios países de la región, entre ellos Argentina, Brasil, Venezuela y en un futuro muy próximo Perú. A partir del estudio “Las organizaciones gubernamentales de fomento a la ciencia en los países líderes en vinculación Academia-Empresa[5]”  muestran como más del 50% de los países del mundo poseen una institucionalidad ministerial para el campo de la ciencia y la tecnología, ya sea bajo la forma de “Ministerios de educación y ciencia” o bajo la forma de “Ministerios de ciencia y tecnología”. Más aún un 39% de los países ya posee un ministerio de ciencia específico y autónomo. Y a la vez que sólo el 1% de los países posee un ministerio que integre ciencia y economía. Por lo tanto la iniciativa de Longueira va a contrapelo de todas las tendencias internacionales en la materia.

¿Porqué el gobierno se atreve a lanzar una iniciativa que concita el rechazo frontal de sus más directos implicados? Tal vez la respuesta se deba encontrar en la reacción conjunta y sincronizada de los gremios empresariales. El 13 de octubre, Carlos Eugenio Jorquiera,  presidente de la Confederación Nacional del Comercio le manifestaba al ministro Longueira, a nombre de su organización, de la Sofofa y de la CPC su apoyo público a la decisión del gobierno: “Le dije al ministro de Economía que estamos muy contentos con la noticia de Conicyt, porque nosotros sabemos que el emprendimiento ha sido un objetivo fundamental de la dirección suya en la cartera y confiamos que dentro de toda su tramitación llegue a buen puerto[6]”.

Luego de tan rotundo apoyo las sospechas no tardaron en salir a flote. ¿Se está fraguando la “captura” de CONICYT como un nuevo fondo de subsidios indirectos al sector privado? ¿El gobierno desea “inflar” artificialmente los montos de inversión en I+D+i haciendo aparecer recursos destinados al fomento empresarial como inversión en ciencia e investigación? Sospechas que tienen su fundamento, ya que Chile está en un último lugar entre los países de la OCDE en esta materia. Mientras el gasto per cápita promedio en esos países es de US$250 en Chile apenas llega a US$62. A la vez mientras en nuestro país el gasto del Estado en I+D+i más que cuadriplica la inversión del sector privado, que prácticamente no destina recursos a este ámbito. Una realidad totalmente opuesta a la que viven los países desarrollados.

Está claro que las políticas de investigación, desarrollo e innovación no pueden desconectarse de las necesidades de desarrollo integral y sustentable de una nación. Sin embargo, esta conexión requiere de un diagnóstico que permita hacer efectiva esa vinculación. Todas las evidencias internacionales muestran que un país como Chile, cuya economía está basada en productos de baja complejidad requiere ampliar sus capacidades en ciencias básicas, de manera que alcance un potencial efectivo en esta materia. El cortoplacismo empresarial, que ve en los fondos de CONICYT una presa fácil de “apalancamiento” financiero puede llevar a Chile a un retroceso catastrófico, agudizando su matriz primario exportadora y destruyendo la precaria institucionalidad que se ha logrado construir en los últimos años.

¿Cual debe ser entonces la función pública de la ciencia en un país como el nuestro? Nadie lo ha dicho mejor y de forma más completa que Francis Bacon, en el siglo XVII: “La finalidad de la ciencia no es, por ello, la satisfacción de la curiosidad ni tampoco la habilidad de procurarse dinero y pan. La ciencia no debe ser un lecho de reposo para el espíritu azuzado por la curiosidad, ni un paseo destinado al solaz, ni una alta torre desde la que se mira con desprecio hacia abajo, ni una fortaleza y trinchera para la disputa o la pendencia, ni un taller para la avaricia y la usura. La ciencia tiene que ser un rico almacén, una cámara, un tesoro en honor del artífice de todas las cosas y en provecho de la humanidad[7]”.

[1] “Longueira prepara incorporación de Sence y Conicyt al Ministerio de Economía”. El Diario Financiero, 11 de septiembre de 2012.

[2] “Beyer aseguró que aún no se ha decidido mover Conicyt a Economía”. Radio Cooperativa 29 de septiembre de 2012.

[3] El Mercurio, 15 de Octubre del 2012.

[4] Cruch manifiesta rechazo al traslado de Conicyt al ministerio de Economía. Radio U. de Chile.  16 de octubre 2012

[5] http://www.mascienciaparachile.cl/wp-content/uploads/2012/10/EstudioInstitucionalidad-RE.pdf

[6] “Gremios empresariales se alinean y apoyan traspaso de Conicyt al Ministerio de Economía” Diario Financiero 13 de octubre de 2012.

[7] Bacon. Novum organum I.  Aforismo 81.