Thatcher y la muerte de la socialdemocrácia europea

Ocho días antes de la muerte de Margaret Thatcher el premier David Cameron anunció una ola sin precedentes de recortes en el ya precarizado “Estado de bienestar” del Reino Unido. La salud pública pasará a un modelo de semiprivado, se pondrá fin a los subsidios a la vivienda (700000 mil afecatdos directos) y a las contribuciones municiaples de las familias más pobres (5,9 millones de familias), se dejará de reajustar por IPC los otros subsidios existentes, y se universalizarán las tasas judiciales, lo que encarecerá los juicios por despido improcedente y por abusos de las grandes empresas. Resulta sintomática esta sincronía de eventos. Cameron logra concluir la obra thatcheriana justo antes de la muerte de su mentora y líder histórica.

Estas medidas no son nada frente al desmantelamiento del Estado que se está implementando en todos los países mediterráneos: Grecia, Portugal, España, Italia y también en Francia. Sin duda Thatcher ha podido morir satisfecha. Lo que  no alcanzó a hacer en su vida lo llevará a término la actual crisis financiera.  Es cierto que la reacción de los movimientos sociales ante estas medinas no ha sino menor. Hay fuertes luchas de resistencia desde los sindicatos y desde las asociaciones ciudadanas, como la “Plataforma de afectados por las hipotecas”, de España. Pero se trata de resistencias, de intentos de impedir que el filo de las tijeras cercene los derechos conquistados. Pero desde estas resistencias, por masivas que sean, no se puede extraer una propuesta integrada que permita refundar la eonomía sobre bases productivas, de tal manera que se garanticen los objetivos sociales y democráticos que las Constituciones de todos estos países declaran como finalidad explícita de su existencia.

Quienes deberían proponer un programa alternativo, que permita salir del ciclo privatizador y contractivo, son los partidos de izquierda, que parecen petrificados ante la ola neoliberal y que no aciertan más que a mover vegetivamente sus banderas keynesianas en los ciclos electorales, para luego guardarlas hasta nuevo aviso en el caso de acceder al poder. El ejemplo más evidente es el de Francois Hollande, electo para hacer frente a las envestidas de Sarkozy, pero que a un año de llegar al palacio del Eliseo ha logrado despilparrar su popularidad  (27%) sin ofertar más que recortes y austeridad, en medio de escándalos de corrupción de sus ministros. En España el PSOE se hunde encuesta trás encuesta, acercándose a lo que ha ocurrido en Grecia, donde el Movimiento Socialista Panhelénico, PASOK practicamente ha sido erradicado de la escena política.

En este contexto la  muerte de Thatcher ayuda a concatenar los hechos. Porque la actual crisis económica y política no es más que una nueva expresión de una crisis mayor, que ha redefinido la división internacional del trabajo y que no tiene visos de estar concluyendo. Se puede explicar como el reemplazo del viejo paradigma tecno-económico “fordista” por un paradigma “post-fordista” en el marco del desplazamiento entre la “cuarta onda” de Kondratiev a una “quinta onda”, que estaría marcada por la importancia de la informatización y la robotización, el aumento exponencial de área de los servicios, una creciente feminización de la mano de obra, el tránsito a un modelo de producción masivo de bienes idénticos a bajo precio y  una mayor facilidad y rapidez en los medios de transporte. Todos estos procesos han sido facilitados por un entorno político y jurídico que ha facilitado la creación de un nuevo mercado del trabajo que se tiende a relocalizar en los países del «Sur global», que adquieren competitividad a costa de una precaria regulación social y ambiental.  Esto explioca que el “pacto de clases” keynesiano se ha agotado y es imposible de restaurar.

Cuando Thatcher se convirtió en la primera ministra en 1979 encuentra este viento económico favorable a su programa, por lo cual pudo implemertarlo de forma radical, sin mayor argumento que las cifras del déficit público y su voluntad política. Acontecimientos como el abandono del patrón oro-dolar por parte de Estados Unidos en 1971, la crisis del petróleo de 1973, y el surgimiento del mercado chino a raíz de la muerte de Mao facilitaron de sobremanera la financierización de la economía y el inicio de un proceso de deslocalización de industrias. A su vez esta nueva movilidad geográfica y especulativa del capital otrogó una ventaja estrategica a las empresas, por lo que pudieron poner fin a sus acuerdos con los sindicatos y obligar a rebajar las regulaciones estatales en materia social y ambiental. El capitalismo vuelve a ser, después del paréntesis keynesiano de la post guerra, lo que siempre ha sido. Como lo define Polanyi “una economía de mercado es un sistema económico regido, regulado y orientado unicamente por los mercados[1]”, en el cual la esfera económica, política y social están totalmente disociadas.

Ante este programa la socialdemocracia no ha logrado reaccionar. Su sector hegemónico ha asumido los axiomas neoliberales, tratándo de apaciguar sus efectos sociales con políticas de subsidios a la demanda, mientras se incrementa la desregularización financiera. Es la llamada “tercera vía” que teorizó Antony Giddens para Tony Blair en los noventa y que ha pasado al olvido desde el inicio de la crisis en 2008. Pero por la otra banda, los sectores minoritarios, más cercanos a los sindicatos, no han logrado ofrecer una altrernativa distinta a una nostalgia por el modelo industrial fordista-taylorista, basado en el pleno empleo estable y garantizado. Si la primera tendencia claudicó absolutamente ante el mercado autoregulado, el segundo sector evade el problema central del capitalismo contemporáneo: “cuanto más aumenta la productividad, más tiene que aumentar ésta para evitar que el volumen de beneficio disminuya. La carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir. El sistema evoluciona hacia un límite interno donde la producción y la inversión en la producción dejan de ser lo suficiente rentables[2]”.

 

[1] Karl Polanyi. “La gran transfomación”. La Piqueta, Madrid, 1989. p. 122.

[2] André Gorz. “La salida del capitalismo ya ha empezado” . Ecorev. N° 28 . 2008.

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