El horóscopo postprimarias

Bachelet. Si lo quiere, lo puede: Su gran capital político es ahora claramente personal. Si lo desea podría ejercer un poder suprapartidario y ningunear a los lobbistas y financistas electorales. Pero cuidado: su victoria tiene más de mandato y encargo que afirmación de confianza ciega o aclamación popular. La calle no le pedirá más que cumplir sus promesas. Pero no menos que eso. El apoyo obtenido elimina cualquier excusa: si quiere cumplir su programa, lo puede hacer. Para ello debe imponer un criterio estratégico en la confección de la lista parlamentaria y definir un equipo orientado a hacer viables sus objetivos. Los llamados a la “moderación” se han visto desfondados por la contundencia de las cifras. El arte del buen gobierno es el arte de la prudencia. Pero prudencia es buscar los medios adecuados para alcanzar objetivos justos. La moderación puede ser el peor camino cuando los objetivos prudentes exigen ir a la raíz de los problemas.

Longueira. Es preferible ser temido que ser amado: Su triunfo cumple más del 50% de la tarea que le encomendó la UDI. Nada hubiera sido más trágico que una derrota en este momento. El declive electoral en las municipales y los signos de debilidad de Golborne habían encendido las alarmas en la calle Suecia. No aspire a vencer en diciembre pero sí a obtener un empujón parlamentario que le haga conservar su rol en la obstrucción total de cualquier cambio estructural al modelo. Y aspire a instalarse como líder indiscutido de la oposición de cara al 2018. Usted despierta amplísimo rechazo en las encuestas. Un odio muy bien ganado en sus años de furibundo pinochetista callejero. Pero no olvide a Maquiavelo, que  matiza esta desventaja: para el Príncipe es bueno ser amado y temido a la vez. Pero si hay que escoger, es preferible ser temido que ser amado.

Allamand. De vuelta al desierto: Había despertado expectativas entre sus seguidores. Se suponía que encarnaba el proyecto de una derecha liberal, despojada de resabios autoritarios y conservadores. ¿Era posible creer en su discurso cuando RN es dirigida y representada  por gente como Carlos Larraín, Rodrigo Hinzpeter o la vocera Cecilia Pérez? Parece difícil que los “verdaderos” liberales hubieran aceptado esta dicotomía. Vale la pena que repase el principio de no contradicción: “Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido.” Tal vez llegó la hora en que su vieja “patrulla juvenil” deba pasar a retiro.

Velasco. El dulce sabor de la derrota: Creció envuelto por el marketing más sofisticado y las nuevas formas de lo políticamente correcto. Sin partido, pero apoyado por las celebrities más ligth de la televisión, descubrió una importante cantera electoral en Vitacura, Las Condes, Lo Barnechea e incluso en Providencia. Una “burguesía elegante” al decir de Carlos Larraín. Si lanza candidaturas en esas comunas tal vez podría impedir el doblaje de la derecha. Pero no logró aterrizar fuera de los límites del golden district chileno. Ya que le gusta la literatura anglo debería hojear a Michael Sandel para entenderlo: “El problema de una sociedad que se inspira en la promesa liberal no es simplemente que la justicia esté siempre por realizarse, sino que la concepción es deficiente y la aspiración incompleta”[1]

Orrego. No hay peor ciego: Usted no se enteró que en marzo hubo un cónclave y que al Papa Benedicto XVI lo ha sucedido el Papa Francisco. Un Pontífice que considera que las manifestaciones sociales son “justas y acordes con el Evangelio”, que es necesario “recuperar el sentido del regalo, de la gratuidad, de la solidaridad” y que “un cristiano, si no es revolucionario en los tiempos actuales, no es cristiano”. Con su estrepitosa derrota la DC ha quedado como especie en peligro de extinción. Podría revivir si desempolva las conclusiones de su Congreso Ideológico de 2007, que puso bajo siete llaves durante esta campaña.

Gómez: Derrota táctica ¿victoria estratégica?: Aunque fue el menos votado, puede presumir de haber tensionado el debate programático. Sus coqueteos no consumados con el PC pusieron nervioso al PS y visibilizaron disidencias en la disciplinada tienda de Recabarren. Fortaleció a su hueste y la ha acercado al mundo juvenil, lo que para un partido de 150 años, y varias veces declarado en estado cadavérico, es bastante meritorio. Su derrota (personal) de hoy puede ser una victoria (estratégica) mañana si logra mantener sus énfasis programáticos y penetrar el comando de su candidata.

Marcel, MEO, Miranda, Parisi, Ruz, Sfeir: Entre la dispersión y la invisibilidad: Ustedes son los que más han perdido durante estas primarias. El poder del duopolio los ha invisibilizado deliberadamente. Pero también su falta de articulación agudiza la percepción de inviabilidad de sus candidaturas. ¿Sería mucho pedir que llegaran a puntos racionales de articulación y acuerdo? ¿O es muy tonto lo que estoy diciendo?

[1] SANDEL, Michael (2000) El liberalismo y los límites de la justicia. Barcelona, Gedisa. p. 10

Lo que le debemos al reo 46664

En la hora del adiós, es justo poner en valor la enorme e impagable deuda que como Humanidad hemos contraído con Nelson Mandela. Le debemos mucho más de lo que pensamos, ya que su voluntad emancipatoria no sólo liberó a Sudáfrica sino levantó el rostro de Africa y devolvió la dignidad a la gente de raza negra. La larga resistencia de Mandela al régimen del apartheid se asemeja a esa gota en la que se contiene todo un océano. Sus 27 años como el preso 46664 en la cárcel de Robben Island, marcaron el límite moral que impidió la demolición de la más importante (y precaria) conquista civilizatoria de la modernidad: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Su proclamación en 1948 no ha significado, ni podía significar, que los crímenes y abusos de los Estados y de los poderes opresivos desaparecieran por sí solos. Pero desde ese momento existe un criterio explícito, con pretensión de universalidad, que traza un límite al poder de los Estados y de quienes ejercen de facto su rol, aunque sean actores privados. Por eso los violadores a los derechos humanos niegan u ocultan sus crímenes. Pero el apartheid era diferente. No era un crimen que se negara, ocultara o se implementara en las sombras, sino que se aplicaba legalmente a cara descubierta, y que aspiraba a ser reconocido como legítimo a nivel internacional. Para ello necesitó una Constitución fundada en principios de supremacía racial, y luego un conjunto de leyes articuladas como un sistema que penetraba biopolíticamente hasta el más minúsculo espacio intersubjetivo. No se violaban solamente artículos particulares de la Declaración Universal. Se negaban las bases conceptuales que sostenían la idea misma de los derechos humanos: la libertad, igualdad y fraternidad del género humano.
Por eso la Asamblea General de las Naciones Unidas, en noviembre de 1973, promulgó la Convención Internacional sobre la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid, definiéndolo como “actos inhumanos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión y dominación sistemática de un grupo racial sobre uno o más grupos raciales, y con la intención de mantener ese régimen”. El énfasis debe ponerse en la “institucionalización” y la “sistematicidad”. Aceptar el régimen del apartheid desfondaba la idea misma de la Declaración de Derechos Humanos, desde su fundamento. Dejaban de ser derechos “universales” y pasaban a ser derechos “particulares”, una interpretación de la dignidad humana entre muchas otras. Por eso la ONU calificó al apartheid como crimen de lesa humanidad, saliendo también al paso de otros posibles intentos de legitimar regímenes basados en la opresión institucionalizada por motivos de raza, creencia, sexo, opinión u otros criterios que negaran al ser humano como fin en sí mismo.

MANDELA, EL TERRORISTA

Si se revisa la lista de los países signatarios de la Convención Internacional sobre el Crimen de Apartheid llama la atención que no aparezcan Estados Unidos, Canadá y la gran mayoría de los países de Europa occidental. La Sudáfrica blanca era considerada la gran aliada en el continente negro y una socia privilegiada en lo económico, por lo que estos gobiernos no tuvieron empacho en defenderla a ultranza en los foros internacionales. Cada vez que el crimen del apartheid llegó al Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos y sus aliados vetaron cualquier sanción o condena. Ello también explica que Nelson Mandela sólo dejara de aparecer en la lista de presuntos terroristas que elaboró Estados Unidos en 2008, cuando tenía 90 años, y diez años después de haber dejado la presidencia de su país. También Margaret Thatcher y su gobierno siempre calificaron a Mandela y su partido como organizaciones terroristas. En 1987 el ministro portavoz del gobierno inglés, Bernard Ingham, dijo que quienes creían que el Congreso Nacional Africano (CNA) debía formar el gobierno de Sudáfrica, vivían en Cloud cuckoo land (una forma de decir “un mundo de fantasía”).
Pero las grandes potencias tenían un problema. La opinión pública en sus países fue tomando conciencia del significado del apartheid. Enormes campañas de boicot económico, deportivo y académico evidenciaron lo intolerable del sistema sudafricano. A nivel ecuménico la redacción, en 1985, del documento Kairós, que condenó como herejía el intento de legitimar teológicamente elapartheid, tuvo enorme repercusión en el mundo protestante, tanto en Europa continental como en el mundo anglosajón. El testimonio del reo 46664 y la resistencia activa de su pueblo en la calle, deslegitimaba cualquier intento de “normalizar” la situación sudafricana, como aspiraba Estados Unidos con su política de “compromiso constructivo” con el gobierno de Pretoria.
Ello explica que Sudáfrica siempre buscara aliados más estrechos, capaces de ir más allá de lo que podían hacer las grandes potencias occidentales. En las décadas de 1970 y 1980 esos socios estratégicos fueron Israel, Brasil y Chile. La participación de Santiago en este eje conjunto con Tel Aviv, Pretoria y Brasilia es uno de los aspectos menos estudiados de la dictadura pinochetista. La alianza con el régimen del apartheid tenía varios niveles: el más evidente era el frente diplomático basado en apoyo mutuo y votaciones cruzadas en todos los foros internacionales y un lobby coordinado en los organismos multilaterales.

CHILE, SOCIO DEL APARTHEID

Pero además estaba el nivel militar. Sudáfrica abrió a Chile su escuela de inteligencia, lo que explica la sofisticación que fueron adquiriendo los agentes de la CNI en relación a la brutalidad de los agentes de la Dina. No hay cifras exactas de cuántos oficiales chilenos pasaron por Sudáfrica, pero se puede saber algo de su perfil y la duración de estos cursos. El ex comandante en jefe del ejército y actual presidente del consejo directivo del Servicio Electoral, Juan Emilio Cheyre Espinosa, fue destinado al curso de comando y estado mayor en Pretoria, durante el año 1981. A su regreso, asumió como profesor en la Academia de Guerra, como jefe del departamento de Estrategia. Se puede decir que Sudáfrica fue la escuela de altos estudios del ejército de Pinochet, el lugar para formar sus más altos cuadros. Pero además, Sudáfrica fue un socio comercial perfecto, ya que permitía burlar los embargos en ventas de armas que afectaban a ambos países, y a la vez ofrecía espacio a los más oscuros negocios de la familia Pinochet, tal como lo denunció Punto Final en 2004(1).
Lo peligroso de estas alianzas no es difícil de percibir. El vínculo con Israel permitió a Sudáfrica llegar a poseer armas nucleares, cuya primera prueba se realizó en el Atlántico Sur el 22 de septiembre de 1979 (el llamado “incidente Vela”). La existencia de estas armas fue reconocida por el gobierno de Frederik de Klerk en 1990, y sólo con el fin del apartheid fueron desmanteladas. El papel de Chile en estos negocios nucleares es un punto que aún no se ha esclarecido por completo, especialmente durante el escenario prebélico con Argentina, en 1979.

UN PRESO NO PUEDE ENTRAR EN LOS CONTRATOS

Nelson Mandela fue condenado a cadena perpetua en 1962 por liderar la organización Umkhonto we Sizwe (MK), frente armado conjunto del CNA y del Partido Comunista de Sudáfrica (PCSA). Mandela representaba al CNA y Joe Slovo al PCSA en una dirección compartida. La resistencia armada del MK tenía dos frentes. A nivel interior su foco era el sabotaje al régimen, especialmente a las fuerzas armadas sudafricanas y a compañías industriales. Y a partir de 1975 desarrolló un frente externo, apoyando al gobierno de Angola en su defensa ante la invasión sudafricana. En este frente, el MK compartió filas con las fuerzas internacionalistas de Cuba, que brindaron su solidaridad en la lucha conjunta contra el apartheid, y que permitió la defensa de Angola y la independencia de Namibia. Este frente externo debilitó de forma estratégica al régimen racista sudafricano. El punto de inflexión fue la famosa batalla de Cuito Cuanavale (1987-1988) que selló la derrota militar sudafricana. Mandela afirmó con razón que “Cuito Cuanavale fue el viraje para la lucha de liberación de mi continente y de mi pueblo del flagelo del apartheid”.
En 1985 el presidente sudafricano Pieter Botha ofreció a Mandela su liberación condicional a cambio de que su partido, el Congreso Nacional Africano (CNA), renunciara a la lucha armada. La respuesta de Mandela es un ejemplo de consecuencia ética, pero también una lección completa de filosofía política que permite interpretar toda su vida: “¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de la gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos”.

RESISTENCIA ARMADA

Para un presidiario que ya había cumplido 23 años de cárcel en condiciones inhumanas, una propuesta como la de Botha suponía una oportunidad imposible de rechazar. Pero Mandela fija en su respuesta el criterio de su lucha política. La existencia de un régimen opresivo como el apartheid devuelve a los seres humanos a una situación pre-política, pre-contractual. En términos hobbesianos, es un regreso al “estado de naturaleza”, por más que la dictadura legalice su opresión por medio de leyes y controles constitucionales. En ese contexto, donde ni siquiera es posible una mínima libertad, la autodefensa es legítima y necesaria. La resistencia armada no sólo es válida, sino que se impone como condición posible para la propia sobrevivencia. Ello no exime de los imperativos éticos de ejercer esa facultad con extremo discernimiento y juicio humanitario. Pero como observa Mandela, “sólo los hombres libres pueden negociar”. Mientras no existan libertades básicas, incondicionadas, el recurso a la autodefensa es indelegable. Este es el fundamento moral y político de la resistencia armada a las dictaduras opresivas, por más que se intente deslegitimarlas como terrorismo.
Mandela, aunque la prensa occidental tienda a mostrarlo como un líder de la “reconciliación” y la “magnanimidad”, nunca perdió este fino criterio ético y jurídico. La libertad, a la que accedió en 1990, fue incondicional. Los acuerdos de 1993 con el gobierno de Frederik de Klerk supusieron el fin tajante de las instituciones del antiguo régimen, mediante el recurso a una Asamblea Constituyente que redactó la actual Constitución, vigente desde el 11 de octubre de 1996. Se trató de una salida “institucionalizante”, y no “institucional”. La Comisión para la Verdad y la Reconciliación, formada en 1995 y que entregó su informe en 1998, funcionó bajo un criterio clarísimo que fijó Mandela: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. Para ello se constituyeron miles de audiencias públicas que dieron cuenta de los abusos a las víctimas y las confesiones de los victimarios.

SABIDURIA DE MANDELA

La Sudáfrica del Arco Iris post-apartheid no es un paraíso ni una tierra prometida, como lo ha puesto de relieve la sangrienta represión de las huelgas mineras del platino, cromo, oro y carbón que han dejado cientos de muertos durante este año. La empresa clave en este mercado es la minera AngloAmerican, la mayor accionista de la sudafricana De Beers. Esta empresa fue fundada por Cecil Rhodes en 1880. A su vez Rhodes fue el mayor y más cruel colonialista británico del siglo XIX, fundador de Rhodesia, un país hecho a su entera imagen y semejanza. Más de cien años después, esta empresa continúa moviendo los hilos del poder desde las sombras, manipulando a los políticos a su servicio.
Obviamente la avaricia, la corrupción y la violencia no son patrimonio exclusivo del opresor. Ya Franz Fanon en Los condenados de la tierra describió cómo el oprimido introyecta y replica las conductas de su dominador. La misma familia de Mandela no ha dado un ejemplo de virtud en el cruel espectáculo de sus disputas rastreras. Pero nada de esto desmerece al gran “Madiba”. Más bien pone en un sitial más alto su mensaje a los pueblos, que no es otro que confiar en sí mismos, como quien sabe que nada ni nadie le puede arrancar su libertad, según dijo en su hermoso discurso de investidura presidencial: “Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite. Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta.
Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo del universo. El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. Nacemos para poner de manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros. No solamente de algunos de nosotros: está dentro de todos y cada uno. Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”.

 

(1) “Pinochet muere en la rueda”, en PF 573. http://www.puntofinal.cl/573/quiencalla.htm

Falacias, o el poder del engaño

Los procesos electorales desafían la capacidad de los ciudadanos de ejercer su capacidad de discernimiento. Sometidos a una constante avalancha de argumentos efectistas, diseñados por publicistas especializados y oficinas de comunicación cada vez más sofisticadas, los discursos políticos echan mano a las más inverosímiles herramientas lingüísticas y psicológicas para lograr la confianza de los electores, o al menos, un voto desconfiado pero conveniente. La reacción más común ante esta catarata de propaganda es una forma sana de “cinismo cívico”: reírse de la capacidad de mentir o defender acciones condenables por parte de los políticos. Se trata de una forma de rechazo indirecto, sinuoso, que no impide que una mayoría de la población termine votando, con mayor o menor agrado, por una candidatura determinada.

Lo que esta situación plantea a la calidad e intensidad de la democracia es que no logra elevar el nivel del debate, y por lo tanto, la reacción cívica “cínica”, explicable y necesaria, no incide en los programas de los partidos ni en la selección de los candidatos. Y lo más importante, no desmonta los discursos hegemónicos que terminan fundamentado la toma de decisiones ineficaces o injustas. A cada acusación de corrupción o de falta de probidad los candidatos se responden con un sonoro “y tú más”. Cada promesa que formula un partido es contestada por una enmienda a la totalidad por parte de sus contrincantes. El proceso democrático, que debería propiciar la deliberación y el análisis ponderado de los argumentos, se transforma en un combate a muerte, sin reglas ni límites, digno de un circo romano. Se trata en palabras de Arthur Schopenhauer de una dialéctica erística: “El arte de disputar, y de hacerlo de tal manera que uno tenga siempre razón, o sea per fas et nefas (es decir, por todos los medios posibles)”[1]

Este tipo de dialéctica ha sido objeto de los más finos y detallados análisis desde la antigüedad clásica. Por ello sorprende que nuestra sociedad tenga hoy muchas menos herramientas de interpretación de este tipo de discursos que sociedades anteriores, donde se educaba a los jóvenes en las sutilezas de la retórica, entendida como arte de la persuasión, y de la lógica, entendida como coherencia argumentativa, basada en demostraciones e inferencias.

El sutil encanto de las falacias

De todas las herramientas de que disponen los políticos para desplegar su artillería discursiva, la más peligrosa es la falacia. Su poder radica en que un argumento falaz puede sostenerse sobre premisas o conclusiones verdaderas. Por lo tanto, la falacia no es exactamente lo mismo que una mentira. Se trata de razonamientos formalmente intachables, pero en el fondo inválidos o incorrectos. Todos echamos mano a ellos en algún momento, sin ni siquiera darnos cuenta de ello. Pero en política se utiliza de forma premeditada y calculada. Aristóteles clasificó las falacias en una larga lista que podemos reducir a un elenco de las más  conocidas, ejemplificándolas con frases extraídas del debate sobre la convocatoria a una Asamblea Constituyente:

 

  1. Falacia ad hominem: Es la forma más típica de falacia, en la que se desacredita de entrada a quienes sostienen una afirmación, evitando de esa forma dar razones adecuadas para rebatir el argumento en sí mismo. Ejemplo: Senador Víctor Pérez: “Es populismo y demagogia plantear una asamblea constituyente […] la izquierda quiere replicar en Chile el modelo venezolano”[2].

 

  1. Falacia del argumento ad consequentiam: Concluye que una premisa es verdadera o falsa basándose en si lleva a una consecuencia deseable o indeseable. Ejemplo: José Miguel Insulza: «A la asamblea constituyente uno sabe por donde se entra, pero no por donde se sale”[3]. La corrección o legitimidad de un proceso constituyente no depende de la incertidumbre que genere en una persona. Si fuera así tampoco habría que hacer elecciones porque tampoco se sabe quién las ganará.

 

  1. Falacia del hombre de paja: Construir un argumento simple de rebatir, atribuirlo al adversario, para luego rechazarlo. Ejemplo: Senador Camilo Escalona: “Hay personas que confunden desencanto político con crisis institucional. Y ése es un gravísimo error. No veo una crisis institucional ni veo una situación política que propicie o valide una asamblea constituyente”[4]. Al atribuir exclusivamente a una causa superficial, en este caso el desencanto político, la demanda por una asamblea constituyente es una forma sumamente fácil de negar los argumentos de quienes la defienden.

 

  1. Falacia por extensión o reducción ad absurdum. Se busca estirar las afirmaciones del adversario de forma disparatada, tomándolas según conveniencia en el sentido más amplio o estrecho posible con el fin de sacar una conclusión absurda pero creíble para el auditorio. Ejemplo: Gonzalo Rojas Sánchez: “¿En qué podría diferenciarse la instalación de una Asamblea Constituyente y su funcionamiento de un auténtico golpe de Estado? En nada.”[5].

 

  1. Falacia non causae ut causae: Hacer pasar por causa lo que no lo es. Ejemplo: Genaro Arriagada: “Las asambleas constituyentes invocan la libertad, pero terminan concentrando el poder en líderes populistas”[6] Schopenhauer comenta el efecto de esta falacia diciendo “si el adversario es tímido o estúpido y uno mismo posee mucho descaro y una buena voz, puede resultar bien”.

 

  1. Falacia por generalización apresurada. Ejemplo: Edmundo Pérez Yoma: “Yo, en principio, soy absolutamente opuesto a todas las asambleas constituyentes”[7]. Si se está “por principio” en contra de “todas” las asambleas constituyentes, en cualquier circunstancia, también se debería estar “por principio” en contra de la idea de soberanía popular y de la democracia.

 

  1. Argumentum ad verecundiam, o argumento de autoridad. Ejemplo: José Francisco García: “Debemos redoblar la defensa de la democracia representativa frente a quienes buscan instalar en el país -siguiendo los planteamientos del movimiento estudiantil- una democracia plebiscitaria -tan de moda entre los populistas del continente- que, como sabemos, es una forma encubierta de autoritarismo”[8]. El “como sabemos” al que nos remite el autor le sirve para legitimar su peculiar interpretación de las demandas movimiento estudiantil y de los efectos autoritarios de una “democracia plebiscitaria”.

 

  1. Falacia de la “afirmación del consecuente”, o error inverso. La posible verdad de una premisa no garantiza la verdad de la conclusión. Ejemplo: Gonzalo Bustamante Kuschel “Si se desea evitar el terror populista de una Asamblea Constituyente el único paso son reformas profundas que permitan primero acabar con el binominal y que un Congreso legitimado pueda actuar como poder constituyente”[9].

 

  1. Falacia del francotirador: Se mezclan hechos absolutamente desvinculados para hacerlos aparecer en relaciones causales o al menos relacionadas. Ejemplo: Ministro Felipe Larraín: “Ya estamos empezando a ver los efectos en la inversión de esas propuestas que incluyen asamblea constituyente […] Curiosamente es la inversión la que se está desacelerando”[10]. El argumento fue rebatido a las pocas horas por diversos economistas, como Andrés Zahler, quién sostuvo que las declaraciones del Ministro “no resisten mucho análisis”, ya que si bien aumentó levemente el índice de riesgo país, el alza fue mucho menor que en otros países de América Latina. “Entonces, si es que estas propuestas tienen algún efecto, serían hasta beneficiosas”[11].

 

  1. Falacia ad nauseam. Dar credibilidad a una afirmación falsa a fuerza de repetirla. Ejemplo: Ministro Felipe Larraín: “Cuando vea algo que pone en riesgo el crecimiento del país, la inversión, la productividad y la creación de empleo voy a decirlo francamente aunque le moleste a algunos”[12]. Reiterando sus dichos respecto a la convocatoria a una asamblea constituyente.

 

  1. Falacia por petición de principio: Una proposición que debería ser demostrada en la conclusión se incluye implícita o explícitamente entre las afirmaciones de las que parte el razonamiento. Ejemplo: Senador Pablo Longueira: “Lo único que generan esas convocatorias son incertidumbres, inestabilidades, dudas […] atenta al ahorro del país”[13]

 

En la era de las redes sociales la posibilidad de expresarse individualmente es infinita, pero la capacidad de juzgar críticamente estas opiniones, las propias y las ajenas, es cada vez más baja. Tal vez sea necesario reaprender el antiquísimo arte de la dialéctica erística, no con el afán de mantener el ciclo desquiciado de del combate con palabras, sino como una estrategia de higiene mental y cívica.

[1] Arthur Schopenhauer. “El arte de tener siempre razón. La dialéctica erística” Centellas. Palma. 2011.

[2] chillanonlinenoticias.cl 13-6-2013.

[3] La Segunda; 29-8-2012

[4] La Segunda; 29-8-2012

[5] El Mercurio, 6-2-2013

[6] El Mercurio, 8-2012

[7] La Segunda, 8- 2012

[8] El Post. 8- 2012

[9] El Dínamo, 9 de 2012

[10] Cooperativa, 6 -6 -2013

[11] “Economistas desmienten a ministro Felipe Larraín”. Diario U Chile. 6 -6 -2013

[12] La Tercera, 9- 6-2013

[13] El Mercurio. 31- 5- de 2013