Falacias, o el poder del engaño

Los procesos electorales desafían la capacidad de los ciudadanos de ejercer su capacidad de discernimiento. Sometidos a una constante avalancha de argumentos efectistas, diseñados por publicistas especializados y oficinas de comunicación cada vez más sofisticadas, los discursos políticos echan mano a las más inverosímiles herramientas lingüísticas y psicológicas para lograr la confianza de los electores, o al menos, un voto desconfiado pero conveniente. La reacción más común ante esta catarata de propaganda es una forma sana de “cinismo cívico”: reírse de la capacidad de mentir o defender acciones condenables por parte de los políticos. Se trata de una forma de rechazo indirecto, sinuoso, que no impide que una mayoría de la población termine votando, con mayor o menor agrado, por una candidatura determinada.

Lo que esta situación plantea a la calidad e intensidad de la democracia es que no logra elevar el nivel del debate, y por lo tanto, la reacción cívica “cínica”, explicable y necesaria, no incide en los programas de los partidos ni en la selección de los candidatos. Y lo más importante, no desmonta los discursos hegemónicos que terminan fundamentado la toma de decisiones ineficaces o injustas. A cada acusación de corrupción o de falta de probidad los candidatos se responden con un sonoro “y tú más”. Cada promesa que formula un partido es contestada por una enmienda a la totalidad por parte de sus contrincantes. El proceso democrático, que debería propiciar la deliberación y el análisis ponderado de los argumentos, se transforma en un combate a muerte, sin reglas ni límites, digno de un circo romano. Se trata en palabras de Arthur Schopenhauer de una dialéctica erística: “El arte de disputar, y de hacerlo de tal manera que uno tenga siempre razón, o sea per fas et nefas (es decir, por todos los medios posibles)”[1]

Este tipo de dialéctica ha sido objeto de los más finos y detallados análisis desde la antigüedad clásica. Por ello sorprende que nuestra sociedad tenga hoy muchas menos herramientas de interpretación de este tipo de discursos que sociedades anteriores, donde se educaba a los jóvenes en las sutilezas de la retórica, entendida como arte de la persuasión, y de la lógica, entendida como coherencia argumentativa, basada en demostraciones e inferencias.

El sutil encanto de las falacias

De todas las herramientas de que disponen los políticos para desplegar su artillería discursiva, la más peligrosa es la falacia. Su poder radica en que un argumento falaz puede sostenerse sobre premisas o conclusiones verdaderas. Por lo tanto, la falacia no es exactamente lo mismo que una mentira. Se trata de razonamientos formalmente intachables, pero en el fondo inválidos o incorrectos. Todos echamos mano a ellos en algún momento, sin ni siquiera darnos cuenta de ello. Pero en política se utiliza de forma premeditada y calculada. Aristóteles clasificó las falacias en una larga lista que podemos reducir a un elenco de las más  conocidas, ejemplificándolas con frases extraídas del debate sobre la convocatoria a una Asamblea Constituyente:

 

  1. Falacia ad hominem: Es la forma más típica de falacia, en la que se desacredita de entrada a quienes sostienen una afirmación, evitando de esa forma dar razones adecuadas para rebatir el argumento en sí mismo. Ejemplo: Senador Víctor Pérez: “Es populismo y demagogia plantear una asamblea constituyente […] la izquierda quiere replicar en Chile el modelo venezolano”[2].

 

  1. Falacia del argumento ad consequentiam: Concluye que una premisa es verdadera o falsa basándose en si lleva a una consecuencia deseable o indeseable. Ejemplo: José Miguel Insulza: «A la asamblea constituyente uno sabe por donde se entra, pero no por donde se sale”[3]. La corrección o legitimidad de un proceso constituyente no depende de la incertidumbre que genere en una persona. Si fuera así tampoco habría que hacer elecciones porque tampoco se sabe quién las ganará.

 

  1. Falacia del hombre de paja: Construir un argumento simple de rebatir, atribuirlo al adversario, para luego rechazarlo. Ejemplo: Senador Camilo Escalona: “Hay personas que confunden desencanto político con crisis institucional. Y ése es un gravísimo error. No veo una crisis institucional ni veo una situación política que propicie o valide una asamblea constituyente”[4]. Al atribuir exclusivamente a una causa superficial, en este caso el desencanto político, la demanda por una asamblea constituyente es una forma sumamente fácil de negar los argumentos de quienes la defienden.

 

  1. Falacia por extensión o reducción ad absurdum. Se busca estirar las afirmaciones del adversario de forma disparatada, tomándolas según conveniencia en el sentido más amplio o estrecho posible con el fin de sacar una conclusión absurda pero creíble para el auditorio. Ejemplo: Gonzalo Rojas Sánchez: “¿En qué podría diferenciarse la instalación de una Asamblea Constituyente y su funcionamiento de un auténtico golpe de Estado? En nada.”[5].

 

  1. Falacia non causae ut causae: Hacer pasar por causa lo que no lo es. Ejemplo: Genaro Arriagada: “Las asambleas constituyentes invocan la libertad, pero terminan concentrando el poder en líderes populistas”[6] Schopenhauer comenta el efecto de esta falacia diciendo “si el adversario es tímido o estúpido y uno mismo posee mucho descaro y una buena voz, puede resultar bien”.

 

  1. Falacia por generalización apresurada. Ejemplo: Edmundo Pérez Yoma: “Yo, en principio, soy absolutamente opuesto a todas las asambleas constituyentes”[7]. Si se está “por principio” en contra de “todas” las asambleas constituyentes, en cualquier circunstancia, también se debería estar “por principio” en contra de la idea de soberanía popular y de la democracia.

 

  1. Argumentum ad verecundiam, o argumento de autoridad. Ejemplo: José Francisco García: “Debemos redoblar la defensa de la democracia representativa frente a quienes buscan instalar en el país -siguiendo los planteamientos del movimiento estudiantil- una democracia plebiscitaria -tan de moda entre los populistas del continente- que, como sabemos, es una forma encubierta de autoritarismo”[8]. El “como sabemos” al que nos remite el autor le sirve para legitimar su peculiar interpretación de las demandas movimiento estudiantil y de los efectos autoritarios de una “democracia plebiscitaria”.

 

  1. Falacia de la “afirmación del consecuente”, o error inverso. La posible verdad de una premisa no garantiza la verdad de la conclusión. Ejemplo: Gonzalo Bustamante Kuschel “Si se desea evitar el terror populista de una Asamblea Constituyente el único paso son reformas profundas que permitan primero acabar con el binominal y que un Congreso legitimado pueda actuar como poder constituyente”[9].

 

  1. Falacia del francotirador: Se mezclan hechos absolutamente desvinculados para hacerlos aparecer en relaciones causales o al menos relacionadas. Ejemplo: Ministro Felipe Larraín: “Ya estamos empezando a ver los efectos en la inversión de esas propuestas que incluyen asamblea constituyente […] Curiosamente es la inversión la que se está desacelerando»[10]. El argumento fue rebatido a las pocas horas por diversos economistas, como Andrés Zahler, quién sostuvo que las declaraciones del Ministro “no resisten mucho análisis”, ya que si bien aumentó levemente el índice de riesgo país, el alza fue mucho menor que en otros países de América Latina. “Entonces, si es que estas propuestas tienen algún efecto, serían hasta beneficiosas”[11].

 

  1. Falacia ad nauseam. Dar credibilidad a una afirmación falsa a fuerza de repetirla. Ejemplo: Ministro Felipe Larraín: “Cuando vea algo que pone en riesgo el crecimiento del país, la inversión, la productividad y la creación de empleo voy a decirlo francamente aunque le moleste a algunos”[12]. Reiterando sus dichos respecto a la convocatoria a una asamblea constituyente.

 

  1. Falacia por petición de principio: Una proposición que debería ser demostrada en la conclusión se incluye implícita o explícitamente entre las afirmaciones de las que parte el razonamiento. Ejemplo: Senador Pablo Longueira: “Lo único que generan esas convocatorias son incertidumbres, inestabilidades, dudas […] atenta al ahorro del país”[13]

 

En la era de las redes sociales la posibilidad de expresarse individualmente es infinita, pero la capacidad de juzgar críticamente estas opiniones, las propias y las ajenas, es cada vez más baja. Tal vez sea necesario reaprender el antiquísimo arte de la dialéctica erística, no con el afán de mantener el ciclo desquiciado de del combate con palabras, sino como una estrategia de higiene mental y cívica.

[1] Arthur Schopenhauer. “El arte de tener siempre razón. La dialéctica erística” Centellas. Palma. 2011.

[2] chillanonlinenoticias.cl 13-6-2013.

[3] La Segunda; 29-8-2012

[4] La Segunda; 29-8-2012

[5] El Mercurio, 6-2-2013

[6] El Mercurio, 8-2012

[7] La Segunda, 8- 2012

[8] El Post. 8- 2012

[9] El Dínamo, 9 de 2012

[10] Cooperativa, 6 -6 -2013

[11] “Economistas desmienten a ministro Felipe Larraín”. Diario U Chile. 6 -6 -2013

[12] La Tercera, 9- 6-2013

[13] El Mercurio. 31- 5- de 2013

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