Lo que le debemos al reo 46664

En la hora del adiós, es justo poner en valor la enorme e impagable deuda que como Humanidad hemos contraído con Nelson Mandela. Le debemos mucho más de lo que pensamos, ya que su voluntad emancipatoria no sólo liberó a Sudáfrica sino levantó el rostro de Africa y devolvió la dignidad a la gente de raza negra. La larga resistencia de Mandela al régimen del apartheid se asemeja a esa gota en la que se contiene todo un océano. Sus 27 años como el preso 46664 en la cárcel de Robben Island, marcaron el límite moral que impidió la demolición de la más importante (y precaria) conquista civilizatoria de la modernidad: la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Su proclamación en 1948 no ha significado, ni podía significar, que los crímenes y abusos de los Estados y de los poderes opresivos desaparecieran por sí solos. Pero desde ese momento existe un criterio explícito, con pretensión de universalidad, que traza un límite al poder de los Estados y de quienes ejercen de facto su rol, aunque sean actores privados. Por eso los violadores a los derechos humanos niegan u ocultan sus crímenes. Pero el apartheid era diferente. No era un crimen que se negara, ocultara o se implementara en las sombras, sino que se aplicaba legalmente a cara descubierta, y que aspiraba a ser reconocido como legítimo a nivel internacional. Para ello necesitó una Constitución fundada en principios de supremacía racial, y luego un conjunto de leyes articuladas como un sistema que penetraba biopolíticamente hasta el más minúsculo espacio intersubjetivo. No se violaban solamente artículos particulares de la Declaración Universal. Se negaban las bases conceptuales que sostenían la idea misma de los derechos humanos: la libertad, igualdad y fraternidad del género humano.
Por eso la Asamblea General de las Naciones Unidas, en noviembre de 1973, promulgó la Convención Internacional sobre la Represión y el Castigo del Crimen de Apartheid, definiéndolo como “actos inhumanos cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión y dominación sistemática de un grupo racial sobre uno o más grupos raciales, y con la intención de mantener ese régimen”. El énfasis debe ponerse en la “institucionalización” y la “sistematicidad”. Aceptar el régimen del apartheid desfondaba la idea misma de la Declaración de Derechos Humanos, desde su fundamento. Dejaban de ser derechos “universales” y pasaban a ser derechos “particulares”, una interpretación de la dignidad humana entre muchas otras. Por eso la ONU calificó al apartheid como crimen de lesa humanidad, saliendo también al paso de otros posibles intentos de legitimar regímenes basados en la opresión institucionalizada por motivos de raza, creencia, sexo, opinión u otros criterios que negaran al ser humano como fin en sí mismo.

MANDELA, EL TERRORISTA

Si se revisa la lista de los países signatarios de la Convención Internacional sobre el Crimen de Apartheid llama la atención que no aparezcan Estados Unidos, Canadá y la gran mayoría de los países de Europa occidental. La Sudáfrica blanca era considerada la gran aliada en el continente negro y una socia privilegiada en lo económico, por lo que estos gobiernos no tuvieron empacho en defenderla a ultranza en los foros internacionales. Cada vez que el crimen del apartheid llegó al Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos y sus aliados vetaron cualquier sanción o condena. Ello también explica que Nelson Mandela sólo dejara de aparecer en la lista de presuntos terroristas que elaboró Estados Unidos en 2008, cuando tenía 90 años, y diez años después de haber dejado la presidencia de su país. También Margaret Thatcher y su gobierno siempre calificaron a Mandela y su partido como organizaciones terroristas. En 1987 el ministro portavoz del gobierno inglés, Bernard Ingham, dijo que quienes creían que el Congreso Nacional Africano (CNA) debía formar el gobierno de Sudáfrica, vivían en Cloud cuckoo land (una forma de decir “un mundo de fantasía”).
Pero las grandes potencias tenían un problema. La opinión pública en sus países fue tomando conciencia del significado del apartheid. Enormes campañas de boicot económico, deportivo y académico evidenciaron lo intolerable del sistema sudafricano. A nivel ecuménico la redacción, en 1985, del documento Kairós, que condenó como herejía el intento de legitimar teológicamente elapartheid, tuvo enorme repercusión en el mundo protestante, tanto en Europa continental como en el mundo anglosajón. El testimonio del reo 46664 y la resistencia activa de su pueblo en la calle, deslegitimaba cualquier intento de “normalizar” la situación sudafricana, como aspiraba Estados Unidos con su política de “compromiso constructivo” con el gobierno de Pretoria.
Ello explica que Sudáfrica siempre buscara aliados más estrechos, capaces de ir más allá de lo que podían hacer las grandes potencias occidentales. En las décadas de 1970 y 1980 esos socios estratégicos fueron Israel, Brasil y Chile. La participación de Santiago en este eje conjunto con Tel Aviv, Pretoria y Brasilia es uno de los aspectos menos estudiados de la dictadura pinochetista. La alianza con el régimen del apartheid tenía varios niveles: el más evidente era el frente diplomático basado en apoyo mutuo y votaciones cruzadas en todos los foros internacionales y un lobby coordinado en los organismos multilaterales.

CHILE, SOCIO DEL APARTHEID

Pero además estaba el nivel militar. Sudáfrica abrió a Chile su escuela de inteligencia, lo que explica la sofisticación que fueron adquiriendo los agentes de la CNI en relación a la brutalidad de los agentes de la Dina. No hay cifras exactas de cuántos oficiales chilenos pasaron por Sudáfrica, pero se puede saber algo de su perfil y la duración de estos cursos. El ex comandante en jefe del ejército y actual presidente del consejo directivo del Servicio Electoral, Juan Emilio Cheyre Espinosa, fue destinado al curso de comando y estado mayor en Pretoria, durante el año 1981. A su regreso, asumió como profesor en la Academia de Guerra, como jefe del departamento de Estrategia. Se puede decir que Sudáfrica fue la escuela de altos estudios del ejército de Pinochet, el lugar para formar sus más altos cuadros. Pero además, Sudáfrica fue un socio comercial perfecto, ya que permitía burlar los embargos en ventas de armas que afectaban a ambos países, y a la vez ofrecía espacio a los más oscuros negocios de la familia Pinochet, tal como lo denunció Punto Final en 2004(1).
Lo peligroso de estas alianzas no es difícil de percibir. El vínculo con Israel permitió a Sudáfrica llegar a poseer armas nucleares, cuya primera prueba se realizó en el Atlántico Sur el 22 de septiembre de 1979 (el llamado “incidente Vela”). La existencia de estas armas fue reconocida por el gobierno de Frederik de Klerk en 1990, y sólo con el fin del apartheid fueron desmanteladas. El papel de Chile en estos negocios nucleares es un punto que aún no se ha esclarecido por completo, especialmente durante el escenario prebélico con Argentina, en 1979.

UN PRESO NO PUEDE ENTRAR EN LOS CONTRATOS

Nelson Mandela fue condenado a cadena perpetua en 1962 por liderar la organización Umkhonto we Sizwe (MK), frente armado conjunto del CNA y del Partido Comunista de Sudáfrica (PCSA). Mandela representaba al CNA y Joe Slovo al PCSA en una dirección compartida. La resistencia armada del MK tenía dos frentes. A nivel interior su foco era el sabotaje al régimen, especialmente a las fuerzas armadas sudafricanas y a compañías industriales. Y a partir de 1975 desarrolló un frente externo, apoyando al gobierno de Angola en su defensa ante la invasión sudafricana. En este frente, el MK compartió filas con las fuerzas internacionalistas de Cuba, que brindaron su solidaridad en la lucha conjunta contra el apartheid, y que permitió la defensa de Angola y la independencia de Namibia. Este frente externo debilitó de forma estratégica al régimen racista sudafricano. El punto de inflexión fue la famosa batalla de Cuito Cuanavale (1987-1988) que selló la derrota militar sudafricana. Mandela afirmó con razón que “Cuito Cuanavale fue el viraje para la lucha de liberación de mi continente y de mi pueblo del flagelo del apartheid”.
En 1985 el presidente sudafricano Pieter Botha ofreció a Mandela su liberación condicional a cambio de que su partido, el Congreso Nacional Africano (CNA), renunciara a la lucha armada. La respuesta de Mandela es un ejemplo de consecuencia ética, pero también una lección completa de filosofía política que permite interpretar toda su vida: “¿Qué libertad se me ofrece, mientras sigue prohibida la organización de la gente? Sólo los hombres libres pueden negociar. Un preso no puede entrar en los contratos”.

RESISTENCIA ARMADA

Para un presidiario que ya había cumplido 23 años de cárcel en condiciones inhumanas, una propuesta como la de Botha suponía una oportunidad imposible de rechazar. Pero Mandela fija en su respuesta el criterio de su lucha política. La existencia de un régimen opresivo como el apartheid devuelve a los seres humanos a una situación pre-política, pre-contractual. En términos hobbesianos, es un regreso al “estado de naturaleza”, por más que la dictadura legalice su opresión por medio de leyes y controles constitucionales. En ese contexto, donde ni siquiera es posible una mínima libertad, la autodefensa es legítima y necesaria. La resistencia armada no sólo es válida, sino que se impone como condición posible para la propia sobrevivencia. Ello no exime de los imperativos éticos de ejercer esa facultad con extremo discernimiento y juicio humanitario. Pero como observa Mandela, “sólo los hombres libres pueden negociar”. Mientras no existan libertades básicas, incondicionadas, el recurso a la autodefensa es indelegable. Este es el fundamento moral y político de la resistencia armada a las dictaduras opresivas, por más que se intente deslegitimarlas como terrorismo.
Mandela, aunque la prensa occidental tienda a mostrarlo como un líder de la “reconciliación” y la “magnanimidad”, nunca perdió este fino criterio ético y jurídico. La libertad, a la que accedió en 1990, fue incondicional. Los acuerdos de 1993 con el gobierno de Frederik de Klerk supusieron el fin tajante de las instituciones del antiguo régimen, mediante el recurso a una Asamblea Constituyente que redactó la actual Constitución, vigente desde el 11 de octubre de 1996. Se trató de una salida “institucionalizante”, y no “institucional”. La Comisión para la Verdad y la Reconciliación, formada en 1995 y que entregó su informe en 1998, funcionó bajo un criterio clarísimo que fijó Mandela: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. Para ello se constituyeron miles de audiencias públicas que dieron cuenta de los abusos a las víctimas y las confesiones de los victimarios.

SABIDURIA DE MANDELA

La Sudáfrica del Arco Iris post-apartheid no es un paraíso ni una tierra prometida, como lo ha puesto de relieve la sangrienta represión de las huelgas mineras del platino, cromo, oro y carbón que han dejado cientos de muertos durante este año. La empresa clave en este mercado es la minera AngloAmerican, la mayor accionista de la sudafricana De Beers. Esta empresa fue fundada por Cecil Rhodes en 1880. A su vez Rhodes fue el mayor y más cruel colonialista británico del siglo XIX, fundador de Rhodesia, un país hecho a su entera imagen y semejanza. Más de cien años después, esta empresa continúa moviendo los hilos del poder desde las sombras, manipulando a los políticos a su servicio.
Obviamente la avaricia, la corrupción y la violencia no son patrimonio exclusivo del opresor. Ya Franz Fanon en Los condenados de la tierra describió cómo el oprimido introyecta y replica las conductas de su dominador. La misma familia de Mandela no ha dado un ejemplo de virtud en el cruel espectáculo de sus disputas rastreras. Pero nada de esto desmerece al gran “Madiba”. Más bien pone en un sitial más alto su mensaje a los pueblos, que no es otro que confiar en sí mismos, como quien sabe que nada ni nadie le puede arrancar su libertad, según dijo en su hermoso discurso de investidura presidencial: “Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin límite. Es nuestra luz, no la oscuridad lo que más nos asusta.
Nos preguntamos: ¿quién soy yo para ser brillante, precioso, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres hijo del universo. El hecho de jugar a ser pequeño no sirve al mundo. No hay nada iluminador en encogerte para que otras personas cerca de ti no se sientan inseguras. Nacemos para poner de manifiesto la gloria del universo que está dentro de nosotros. No solamente de algunos de nosotros: está dentro de todos y cada uno. Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Y al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás”.

 

(1) “Pinochet muere en la rueda”, en PF 573. http://www.puntofinal.cl/573/quiencalla.htm

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