Los amantes del miedo

El atentado explosivo en el metro Escuela Militar, y más ampliamente, el clima de inseguridad  provocado en torno a este 11 de septiembre ha dejado abiertas muchas más preguntas que respuestas. Bombas que estallan al paso de los trabajadores que usan el transporte público, bencina sobre periodistas, balas perdidas en las poblaciones, falsas alarmas destinadas a enervar la tensión en lugares insospechados. Y todo ello sin que ningún grupo organizado reivindique esos actos ni los asocie a alguna demanda o revindicación concreta. Violencia desnuda y a secas, que retumba en las entrañas con mucha más fuerza que en las conciencias.

En un contexto político enrarecido y marcado por profundas desconfianzas entre los actores políticos y sociales, estos hechos violentos han venido a agravar un clima de temor que se ha venido construyendo deliberadamente desde el inicio del actual gobierno. Los responsables de esta campaña son diversos, y no se pueden catalogar, bajo un esquema simplista, en el eje izquierda-derecha o solamente bajo la lógica binaria gobierno-oposición. Sabemos que los amantes del miedo provienen de distintos rincones de la realidad chilena. El único punto en el que se encuentran es en su interés de conducir las relaciones políticas a un cause en donde se aparte toda argumentación y se valide únicamente la fuerza coactiva como criterio de decisión.

Por supuesto, los “poderosos de siempre” siempre aspiran a un orden donde el temor discipline mecánicamente toda demanda. Pero reducir el actual ciclo de violencia a este análisis es demasiado reduccionista. Las innumerables teorías de la conspiración que inundan el debate tampoco aportan a clarificar las responsabilidades criminales ni abren causes de prevención y resguardo del derecho a la seguridad que poseen todas las personas. Lo único que siembran estas elucubraciones es mayor crispación y desconfianza, en un momento en el que se requieren amplias alianzas sociales a favor de cambios profundos, que perfilen en el horizonte del 2015 un momento de transformación constituyente.

Lo que todos los amantes del miedo parecen compartir es su afán de mantener el statu quo, porque les conviene. Los grandes grupos económicos, los sostenedores de colegios que lucran con recursos públicos, los evasores tributarios, los partidos políticos sobre-representados por el sistema electoral,  tienen mucho en común con los narcotraficantes y las mafias criminales que también aspiran a que nada cambie en este país. A todos estos actores les viene muy bien que el miedo paralice las aspiraciones transformadoras de la población. Y  todos ellos profitan descaradamente de la memoria viva y doliente del 11 de Septiembre para inocular el pánico paralizante en las calles y en las mentes. Los amantes del miedo, sean los que sean y vengan de donde vengan, saben que ante la inseguridad y el temor las personas están dispuestas a ceder su soberanía a un soberano, con tal de obtener protección para sus vidas y sus pertenencias. Este gran Leviathan no actúa por la fuerza de los argumentos ni por criterios de justicia. Como pensaba Hobbes, en ese escenario “el que fija la ley es la Autoridad, no la Verdad”. No se necesitan argumentos racionales ni criterios de justicia, basta el poder y la riqueza.

Estos sectores encuentran en los grandes medios de comunicación una caja de resonancia perfecta a sus intereses. A lo amantes del miedo les interesa exacerbar los efectos de la violencia. Poner en portada o ante las cámaras la piedra, la sangre, el fuego. Pero nunca aparece la pregunta crítica por todo lo demás. Basta reseñar el esperpéntico reportaje de Canal 13 en el que vinculó abiertamente el atentado en el metro con los colectivos de estudiantes universitarios. O la portada de La Segunda, bajo el titular “El retorno del miedo”. Un regreso que el vespertino aplaude de pie y recibe con alfombra roja, porque viene acompañado por un reclamo por inmovilismo político y autoritarismo jurídico.

Romper el círculo del temor

El miedo siempre opera bajo la lógica del circuito integrado. Se retroalimenta de sí mismo. A más temor, mayor necesidad de ceder libertades y derechos a un poder despótico que brinde protección. A mayor dependencia de este poder, menos autonomía y capacidad de decisión de las personas. A menor capacidad de acción, más miedo e inseguridad. Este es el ciclo perverso ha alimentado las dictaduras y los fascismos más variados. La respuesta del pensamiento crítico y emancipador no puede reducirse a denunciar o analizar ese proceso. Debe entrar en el núcleo de ese engranaje y romper sus mecanismos.

No colabora a este objetivo banalizar estas formas de violencia, justificarlas como expresión de la tensión social o minimizar sus efectos. Hay que tomar muy en serio este ciclo de construcción de temor político y exigir que la justicia llegue al fondo de estos hechos lo antes posible. Es necesario entrar en el debate sobre las políticas de inteligencia y combate del terrorismo, desde el supuesto que el resguardo de la vida es un derecho humano fundamental y un deber prioritario de todo gobierno. Pero a la vez, este objetivo no puede servir para alimentar el circuito que pretenden instalar los amantes del miedo, recortando libertades y garantías en nombre de la seguridad.

El proyecto de los amantes del miedo no se supera con discursos “buenistas”, que apelen ingenuamente al diálogo, los valores, el valor de la vida humana o el respeto de las formas y procedimientos democráticos. Quienes han franqueado la puerta del terror ya han roto un pacto social fundamental y obligan a la sociedad a hacer uso del derecho, con todas las imperfecciones y contradicciones que contenga. Porque el peor sistema legal siempre será preferible a la ciega arbitrariedad de la fuerza. Ello significa mostrar que no hay otra vía a la libertad, la justicia y a la dignidad que recorriendo los caminos que estas mismas palabras encierran.

¿Antisemitas?

Quienes criticamos abiertamente las políticas de Israel siempre debemos enfrentar una acusación frontal y descalificadora que se resume en la etiqueta del “antisemitismo”. Caer bajo esa denominación siempre es un golpe duro, ya que inmediatamente asimila a quienes enfrentan al gobierno israelí con una tradición de discriminación, violencia e intolerancia que llegó bajo la Alemania nazi a su nivel más extremo. Por eso los gobiernos y organizaciones pro-isaelíes han encontrado en este recurso un arma comunicacional  poderosa, que debe ser desmontada de forma radical.

De partida el concepto “antisemitismo” es altamente confuso ya que la noción de “pueblos semitas” no es racial, sino lingüística, y abarca a un conjunto variado de comunidades del medio oriente, cuyas lenguas tiene una raíz común. Entre otros idiomas se consideran semíticos al árabe,  arameo, acadio, fenicio, maltés, yemení, y el hebreo.  Por lo tanto, más que antisemitismo lo que se quiere decir es “antijudaísmo”.  Es evidente que las políticas de ataque y violencia contra el pueblo judío han sido constantes en la historia de Occidente y han dado origen a variadas formas de violencia y terror, desde muy antiguo. Sin embargo, los críticos actuales del moderno Estado de Israel no formulan sus juicios en razón del carácter “judío” de ese Estado, sino porque sus políticas atentan sistemáticamente en contra los derechos humanos, especialmente del pueblo Palestino. Más aún, muchos de los más duros críticos de Israel se sienten parte del judaísmo, ya sea como identidad cultural o como práctica religiosa.

Lo que se quiere decir entonces es que los críticos son “antisionistas”. Esta etiqueta también es  contradictoria, ya que nunca ha existido “el sionismo”, sino diferentes “sionismos” que han estado siempre en pugna y controversia. Lo único que han tenido en común estas diversas corrientes es haber promovido la constitución de un Estado nacional judío, pero las formas, el método, el lugar y los objetivos de esta meta no han sido uniformes. Todos los sionismos deben ser sometidos, indistintamente, a una crítica permanente, en razón de su carácter nacionalista. Pero ser crítico no implica desconocer las enormes diferencias entre estas tendencias.

Una de las corrientes iniciales del sionismo se inspiró en el pensamiento de Marx, y basaba su proyecto en la idea de crear un Estado judío como resultado de la lucha de clases. Sería  un esfuerzo conjunto tanto de la clase obrera judía como de la población árabe asentada asentada en Palestina. De allí que su estrategia original se basara en la constitución de comunas agrarias (los kibutz) y de sindicatos en las ciudades. Esta corriente era fuertemente anti-imperialista, y criticaba a Theodor Hertz y otros líderes sionistas por pensar que las grandes potencias podrían llegar a promover una patria judía como fruto de acuerdos, pactos y concesiones internacionales.

El sionismo socialista realizó importantes contribuciones al pensamiento emancipador de la humanidad. Entre otros cabe destacar a Dov Ber Borojov, quien trabajó en su obra “La Cuestión Nacional y la Lucha de Clases” el problema de la compatibilidad entre las luchas de emancipación social y las luchas de liberación nacional. A Bojorov se debe la distinción entre países centrrales y periféricos, que sería retomada en los años sesenta por la teoría de la dependencia en América Latina. Para Borojov y los primeros sionistas socialistas las clases obreras árabes y judías tenían intereses comunes, ya que ambas eran explotadas y dominadas en una relación colonial. Por lo tanto podían articular sus luchas en contra de estas formas de explotación y desarrrollar en conjunto su proyecto de liberación. En palabras de Bojorov: “Cuando las tierras improductivas sean preparadas para la colonización, cuando se introduzcan las nuevas técnicas de producción, y cuando los otros obstáculos sean removidos, habrá suficiente tierra para ubicar tanto a judíos como árabes. Las relaciones normales entre judíos y árabes prevalecerán[1]“.

El problema histórico es que esta corriente socialista será arrastrada hasta abandonar estas propuestas y asimilarse en la práctica a la corriente hegemónica, que se denomina “sionismo revisionista”. Bajo esta etiqueta se ubica al sionismo heredero de la ideología de Vladimir Jabotinsky y que hoy hegemoniza ampliamente al pensamiento del gobienro y la sociedad israelí.

Al sionismo de Jabotinsky se le llama “revisionista” porque se enfrentó tanto al sionismo de Hertz, que abogaba por las vías diplomáticas, como al sionismo socialista. Su programa desdeñaba al vía  pacíficas, y por ello impulsó desde su origen la constitución de una organización terrorista llamada Irgún, destinada a la conquista violenta del territorio palestino. Irgún nació en 1931 y es el antecedente directo de todas las formas de terrorismo que han afectado al Oriente Medio posteriormente. Su acción más brutal fue el atentado contra el Hotel Rey Davíd, en Jerusalén, y que causó 96 muertos.  Irgún y Jabotinsky nunca ocultaron que su interés radicaba en la conquista total de todo el territorio que estaba bajo el protectorado brítanico en 1945, incluyento al actual israel, Jordania, Cisjordania y Gaza, y por lo tanto excluyendo totalmente a la población árabe de tododerecho sobre este espacio.  Por este motivo desde su origen importantes personalidades judías, como Hanna Arendt y Albert Einstein alertaron sobre esta ideología y auguraron su efecto perverso en el agravamiento de los conflictos en Medio Oriente.

Una vez que se constituyó el Estado de Israel Irgún disolvió sus fuerzas en las FFAA del nuevo país. De allí que el componente “revisionista” ha sido desde su origen la columna vertebral de sus fuerzas armadas. Paralelamente se constituyó el partido Hirut como expresión del sionismo revisionista, ocupando el rol de la derecha militarista y antisocialista. Con el paso del tiempo Hirut se fusionó con otras facciones de la derecha hasta formar el partido Likud, actualmente en el poder.  Los herederos del liderazgo de Jabotinsky han sido cuatro: Mejajem Beguim, primer ministro entre  1977 y 1983, Isaac Shamir, primer ministro entre 1986 y 1992, Ariel Sharon, primer ministro entre 2001 y 2006 y Benjamín Netanyahu, quien gobierno entre 1996 y 1999 y que volvió al poder en 2009 hasta la actualidad. El sionismo revisinista que sostiene Netanyahu no tiene ningún pudor en reivindicar las ideas y los métodos de Jabotisky y la organización terrorista Irgún. En 2006 Netanyahu presidió la “conmemoración” del atentado al hotel Rey David homenajeando públicamente a los autores de este salvaje atentado.

El drama de Israel y Palestina no se puede entender sin analizar la responsabilidad histórica de Jabotinsky y sus herederos políticos, encarnados en el partido Likud. Pero tampoco se puede comprender sin analizar la deriva del antiguo “sionismo socialista”, convertido desde hace décadas en un vagón de cola del Likud, tanto en la política exterior militarista y expansionista, como en el abandono de las políticas sociales orientadas a la propia población israelí.  La crítica a Israel no es antisemita, ni antijudía, ni siquiera en principio, antisionista. Es simplemente la denuncia necesaria e irrenunciable del carácter criminal y terrorista del “sionismo revisionista” fundado por Jabotinsky, y continuado por Likud y sus cómplices, como causa directa del conflicto en Medio Oriente. No es posible imaginar un escenario de paz en esta región mientras este sector político continúe conduciendo la política de Israel.  Por lo tanto, su derrota es una tarea política fundamental de todo aquel que anhele un futuro en el que sea posible la convivencia y la prosperidad del pueblo de Israel, de Palestina y de todo el Oriente Medio.

[1]Bojorov, Dov Ber, “Eretz Israel en nuestro programa y tácticas”.1917.

Educación, memoria y Derechos Humanos. Hacia una genealogía del horror

Le Monde diplomatique, septiembre de 2014

El “Plan Z” existió… y existe. Posee la misma realidad fáctica que los “Protocolos de los sabios de Sión”. En ambos casos se trata de una obra ficcional cuyo objetivo es justificar ideológicamente el aniquilamiento de un sector de la sociedad. Poco importa su carácter fantasioso a la hora de analizar sus efectos reales, en la consecución de sus objetivos. A esto se refería Roland Barthes[1] cuando teorizaba sobre “La muerte del autor”, para decirnos que todo texto es reescritura, un “tejido de citas”, que se  reactualiza constantemente. En ese proceso “el autor” desaparece, subsumido en la cultura y la historia que se apropia de su relato para transformarlo en un texto vivo, independiente de su intención original y de su verosimilitud: “El nacimiento del lector -y del espectador- se paga con la muerte del Autor (Creador)”.

En el caso del plan Z esta muerte es violenta. Ninguno de los creadores del “Libro blanco del cambio de gobierno en Chile”, donde se divulgó este supuesto Plan, reconoce su autoría. Gonzalo Vial Correa, Cristian Zegers, Hermógenes Perez de Arce y el almirante Patricio Carvajal nunca han reconocido su paternidad literaria. Aunque testigos directos, como el general Gustavo Leigh y Federico Willougbhy hayan divulgado los entresijos del montaje y los documentos desclasificados por la CIA hayan mostrado la anatomía interna del texto, como producto sofisticado de una campaña de guerra sicológica.  Pero, como muy bien advierte Barthes, toda obra posee vida propia y su itinerario sigue sus propios derroteros.

Este fenómeno explica porqué Felipe Cuevas, el presidente de la juventud de la UDI, haya podido afirmar en pleno 2014 “Mi abuelo se tuvo que ir del país. Lo perseguían sólo por ser el presidente de los carniceros en San Felipe. Estaba en la lista negra, en el plan Z”. Seguramente el relato íntimo de la familia Cuevas ha sido capaz de resistir todas las andanadas de la verdad histórica. No han hecho mella sobre las historias del abuelo las argumentaciones, los documentos, las denuncias públicas y los estudios académicos. Para Felipe Cuevas el Plan Z existió, y su abuelo carnicero huyó del país por ello, mucho antes que se divulgara su existencia.

Federico Willougbhy comentó este proceso: “Yo tengo la impresión que la gente encargada de las operaciones de inteligencia discernieron que era conveniente generar un elemento de justificación del pronunciamiento militar para convencer a la población civil que los habían salvado. Entonces, se hizo este libro y se produjo —incluso— un efecto social. Había gente que decía con cierto orgullo: Ah, yo estaba en la lista de los que iban a matar y eso generaba un cierto estatus[2]“. El “efecto social” del Plan Z, y el “estatus” de aparecer en sus listas ha demostrado tener una extraordinaria fuerza narrativa y evocadora, capaz de transmitirse intergeneracionalmente, superando todas las evidencias empíricas que llevarían a abandonarlo.

Romper el velo del silencio

El caso “Cuevas-Plan Z” evidencia la necesidad (y la dificultad) de implementar en el ámbito educativo el reconocimiento de la verdad histórica ligada a las violaciones a los derechos humanos. No basta el recurso de una historia descriptiva, que haga referencia explícita, de forma contextual y pertinente, a los hechos cruciales, sus causas y sus efectos. Se trata de ir más allá de los aspectos formales y acometer una respuesta global de los acontecimientos pasados, entendidos como portadores de un sentido vital, capaz de interpretar el presente de las personas. La mirada histórica no ayuda si se proyectan sobre el tiempo pretérito los dilemas y preocupaciones del presente. En cambio, es útil para descubrir, en el presente, los efectos no observados de los procesos del pasado.  Que los jóvenes conozcan en profundidad el relato politico-social ligado al Plan Z es pertinente en la medida en que les puede ayudar a formular un juicio crítico respecto a su propio horizonte de sentido. En palabras de Zubiri, se trata de ayudarles a comprender “desde la estructura misma de la vida[3]“.

Seguramente Felipe Cuevas recibió informaciones actualizadas respecto al Plan Z,  su origen, sus motivaciones, sus efectos. Pero esta información no fue por sí sola capaz de motivar en él un juicio crítico respecto a los relatos vitales recibidos en el ámbito familiar. La “historia oficial” se mantuvo en un plano abstracto, incapaz de interactuar con los relatos orales y vivenciales, que adquieren su legitimidad por la autoridad de los afectos y la confianza básica de las relaciones primarias. Este contraste explica que relatos históricos “irracionales” puedan sobrevivir en el tiempo. Por ejemplo, que Turquía persista en la negación del genocidio armenio, a cien años del suceso. O que una parte importante de la población de Israel piense que antes de la creación de ese Estado en 1948 el territorio estaba vacío, y era “tierra de nadie”.

En Estados Unidos el profesor Richard Delgado ha divulgado la historia olvidada del linchamiento de mexicanos a inicios del siglo XX, un proceso no registrado en la memoria pública y que posee valor explicativo en el presente. En Chile hay situaciones similares. Durante décadas se ha sostenido  que la desaparición de los indígenas Selk’nam en la Patagonia se debió a enfermedades, guerras tribales y causas naturales. Pero ahora, el historiados español José Luis Alonso Marchante acaba de publicar “Menéndez. Rey de la Patagonia[4]“. En esta obra se  contrasta la versión original del libro “Treinta años en Tierra del Fuego del salesiano Alberto de Agostini, con sus ediciones posteriores. De esa manera se comprueba un proceso de autocensura orientado a exculpar a José Menéndez, el gran latifundista patagónico, que ordenó el genocidio de la población aborigen.   ¿Cómo pudieron permanecer en silencio estos hechos? ¿Como se puede mantener en el olvido el  genocidio de un pueblo? ¿Porque Menéndez pudo perpetuar su memoria como gran benefactor de Tierra del Fuego, y ocultar su responsabilidad en la desaparición de este pueblo?

Parafraseando a José Donoso, se ha necesitado de un “tupido velo” social, que ha mantenido en el tiempo una narración conveniente, actualizándola constantemente hasta convertirla en “verdad” de cara a quienes la reproducen. De allí que la educación en Derechos Humanos no pueda reducirse a una exposición neutral y descriptiva. Reclama un método genealógico, entendido en el sentido foucoltiano, como una investigación de aquellos aspectos que «tendemos a sentir [que están] sin historia[5]».

 

[1]Barthes, Roland. “La muerte de un autor”. El susurro del lenguaje. Barcelona: Paidós, 1987.

[2] Sohr, Raúl  “El plan Z. La mentira que ensangrentó a Chile”. en The Clinic, 2 de Septiembre de 2013.

[3]Zubiri, Xabier. (1980) Cinco lecciones de filosofía, Alianza, Madrid, p 254.

 [4] Ediciones Catalonia, 2014.

[5]Foucault, Michel (1980): Language, Counter-Memory, Practice: Selected Essays and Interviews. Ithaca, Cornell University Press, Nueva York, p. 139.