En malas compañías

El 15 de diciembre pasado visitó el país el ministro del interior de España, Jorge Fernández Díaz. No es habitual que los  ministros de esa cartera realicen visitas al exterior, campo que por su naturaleza compete a la diplomacia. Pero esta visita se hacía sentir desde hace bastante tiempo. Los lazos ya los había creado el ministro Hinzpeter y los acrecentó el ministro Chadwick. Y en septiembre pasado Rodrigo Peñailillo visitó Madrid y estableció una serie de acuerdos en materia “antiterrorista” con su homólogo peninsular. Ahora, la visita de Fernández Díaz cerró un ciclo de conversaciones y convenios que apunta, según la versión oficial a “establecer una vía de colaboración para luchar contra el terrorismo anarquista”. Esta opción presupone que los atentados cometidos en los últimos años en Santiago y la región de Valparaíso, como el atentado en el metro Escuela Militar de septiembre de 2014, son obra de grupos insurreccionales vinculados a esa identidad política. Y que esos grupos han establecido una línea de acción transfronteriza que iría desde Chile a España. La prueba sería la detención en Barcelona de Mónica Caballero y Francisco Solar en noviembre de 2013. Además, se agrega hora la detención de Francis Peña Orellana, vinculada al denominado “Estado Islámico”, justamente el pasado 15 de diciembre.

Las hipótesis de complots y relatos de conspiración no merecen el menor desarrollo. La existencia de grupos pseudo-anarquistas encapsulados, con prácticas violentas, es un hecho comprobado. Y que ISIS y otros grupos yihadistas son capaces de reclutar a personas de cualquier nacionalidad, mediante vínculos personales y afectivos directos, también es un dato evidente. Pero ambos datos no logran justificar un acuerdo de las proporciones que han escenificado Peñailillo y su contraparte de España.

En el caso de Fernández Díaz se hace evidente su necesidad de conseguir a breve plazo un nuevo “enemigo interior” luego de la desmilitarización de la ETA. El enorme presupuesto, los recursos humanos, y la vasta  infraestructura creada para el combate a esta organización vasca, desarrollada desde hace  cincuenta años, es una necesidad prioritaria para el ministro del interior español. En un contexto de recortes presupuestarios salvajes, que han desmantelado dramáticamente el sistema de protección social  ¿como justificar una infraestructura terrorista tan amplia y cara, en el contexto en el que su enemigo se ha desvanecido? Fabricar un enemigo a su altura es una necesidad de primer orden para él y su gente.

Simultáneamente Fernández Díaz ha iniciado la tramitación parlamentaria de una nueva “ley de seguridad ciudadana” muy semejante a la propuesta en su momento por el ministro del interior chileno Rodrigo Hinzpeter. En síntesis se trata de un intento de legalizar la censura, impedir el derecho a la asociación, a asamblea, reunión y libre manifestación. Todo ello en un contexto de extremo temor del gobierno a enfrentar estallidos sociales en el contexto de la crisis social que afecta a su país. De allí que los movimientos sociales españoles denominen a la iniciativa de Fernández Díaz la “ley mordaza”.

Finalmente, al ministro del interior español le venía bien un pequeño deshielo internacional, en un momento en el que su gestión ha sido acusada de violaciones a los derechos humanos en el ámbito de la vigilancia de fronteras en el norte de África y el mediterráneo. El ministro español ha logrado legalizar en el parlamento, gracias a la mayoría absoluta del Partido Popular, las denominadas “devoluciones en caliente”, que permiten a la Guardia Civil expulsar a los inmigrantes ilegales sin mayor trámite administrativo. Ello es particularmente dramático en los territorios de Ceuta y Melilla, en el norte de África, bajo soberanía española.

Frente a estas políticas  Fernández Díaz ha debido enfrentarse a la Iglesia Católica, su tradicional aliada en su carrera política. Como supernumerario del Opus Dei Fernández Díaz ha construido su trayectoria sobre la base de pronunciar frases de una catolicidad recalcitrante, tales como “Dios está en el Congreso” o “España será cristiana o no será”. Pero luego de que la Conferencia episcopal expresara su “enérgico rechazo” a la legalización de las devoluciones en caliente   Fernandez Díaz varió en 180 grados su discurso, para argumentar que “España es un estado aconfesional”.

Las críticas al ministro del interior no sólo han logrado aglutinar a más de un centenar de ONGs. El comisario de derechos humanos de la Unión Europea Nils Muiznieks afirmó el pasado 10 de diciembre que la política de Fernández Díaz contradice expresamente la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. De allí que, en sus palabras, España no pueda “legalizar lo ilegal”. Por su parte el comisario europeo de Inmigración, Dimitris Avramopoulos ha admitido la preocupación pública de  la UE ante las determinaciones de España.

Este es el contexto de la visita de Fernández Díaz a Chile. Aislamiento internacional, desprestigio público por sus políticas violatorias de los DDHH, masivas manifestaciones en contra de la “ley mordaza” y la búsqueda desesperada de  justificar el presupuesto de su cartera. De allí que la mano tendida desde el fin del mundo le haya caído en tan oportuno momento.

El ministro Peñailillo debe medir mejor sus vínculos internacionales, sopesando con prudencia los efectos de este tipo de vinculaciones. Todos agradecemos la preocupación por la seguridad pública, la que constituye un deber y una urgencia para todo Estado. Pero esa preocupación debe centrarse en objetivos claros, que no se contaminen por la agenda oculta de un personaje tan oscuro, cuestionado y merecedor de tanta desconfianza como Jorge Fernández Díaz. Lo que busca el ministro español no es otra cosa que “fabricar ruido” con tal de lograr un aval internacional a sus políticas criminalizadoras, y un justificativo racional al enorme presupuesto de su Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que para su desgracia se ha quedado sin ETA, su gran razón de ser y de existir. No caigamos en su trampa.

 

 

 

 

 

 

 

 

El Papa Francisco y la alianza de los excluidos

El Encuentro Mundial de Movimientos Populares, convocado por el Papa Francisco los días 27, 28 y 29 de Octubre de 2014 se ha transformado en una señal de alcance global y políticamente crucial.

Nunca se había visto a un Papa invitar a debatir y compartir a los movimientos sociales de los excluidos y marginalizados del mundo, organizados sin límites étnicos, culturales, o religiosos. Llegaron los campesinos sin tierra, los trabajadores precarios, los colectivos de recicladores y cartoneros de las megápolis latinoamericanas, los pueblos indígenas, las mujeres que luchan por todos sus derechos, Una muestra de los  y las protagonistas de las trasformaciones contemporáneas, en el Vaticano, en una escena impensable tan sólo hace un par de años. Para mayor perplejidad, el Papa ha estado acompañado en este evento por el Presidente de Bolivia Evo Morales, pero no en su calidad de jefe de Estado, sino como militante de los movimientos sociales y representante de los pueblos originarios.

Y ante esa audiencia impensada Francisco, lejos de inhibirles, les emplazó a seguir adelante, a ir más allá en sus luchas, a avanzar en su agenda de cambio: « Los pobres ya no esperan de brazos cruzados por soluciones que nunca llegan; ahora los pobres quieren ser protagonistas para encontrar ellos mismos una solución a sus problemas. A su juicio « los pobres no son seres resignados, sino que protestan”, y esa protesta «molesta» a los poderosos. Pero sus demandas son necesarias, ya que « los pobres no se conforman con padecer la injusticia sino que luchan contra ella”.  Y para el Papa, la Iglesia les debería « acompañar en esa lucha».

La reacción ante este acontecimiento ha sido previsible : el extremo silencio de los medios de comunicación, tanto corporativos como eclesiales. No es extraño que esta noticia apenas se haya difundido en Chile. Ni siquiera en los medios de comunicación de la Iglesia, que parecen paralogizados ante las noticias que llegan desde Roma.

« Cuando pido para los necesitados tierra, techo y trabajo, algunos me acusan de que ‘el papa es comunista’! No entienden que la solidaridad con los pobres es la base misma de los Evangelios» dijo Francisco. Y es cierto. No lo entienden, ni siquiera los que deberían entenderlo, ypero que se han enclaustrado en sacristías y conventos.

Evo Morales, junto al Papa, puedo explallarse sin límite al denunciar al « capitalismo que todo lo compra y todo lo vende ha creado una civilizacion despilfarradora ». Evo pudo recalcar que « hay que refundar la democracia y la politica, porque la democracia es el gobierno del pueblo y no el gobierno de los capitales y de los banqueros » y que « hay que respetar a la Madre Tierra » y oponerse a que « los servicios basicos sean ivatizados ». Por su parte, Francisco comentó el discurso de  Evo Morales recordando que todo eso ocurre « cuando se saca al ser humano del centro del sistema y que en ese centro està ahora el dinero ».  De allí nace el imperativo de « alzar la voz », ya que « los cristianos tenemos un programa que me atreveria a calificar de revolucionario: las bienaventuranzas del ‘Sermon de la Montana’ del Evangelio segun San Mateo ».

El Papa Francisco sostuvo que su esperanza radica en que « el viento de la protesta se convierta en vendaval de la esperanza» y para eso sugirió que los Movimientos Populares presentes en Roma formen « una gran alianza de los excluidos para defender los derechos colectivos». No es una alianza para incluir a los excluidos, como las muchas que yan se han conformado hasta ahora. Se trata de una alianza de los excluidos mismos, para labrar su destino, para hacerse su espacio, soberano, autónomo, propio y completo en la mesa de la humanidad.

El contraste más brutal radica en que este discurso valiente, fuerte, profético, no logra ser replicado por un clero que mayoritariamente se ha acostumbrado a contentar a los poderosos, que se dedica profesionalmente a suministrar « servicios religiosos » pero que ha abandonado su función crítica ante una sociedad deshumanizada. Incluso la Doctrina Social de la Iglesia se ha convertido en una discplina desconocida en seminarios y universidades católicas, que ni la entienden, ni la difunden, ni menos la propagan.  De allí que la opción por los pobres se convierta hoy en el criterio maestro de la Iglesia aliada a los excluidos que el Papa comienza a modelar.

¿Estarán las Iglesias  locales, y nacionales a la altura de tal desafío ? ¿Será posible que la alianza de los exluidos se pueda replicar en nuestro país ? Por ahora parece difícil, ya que el Cardenal Ezzatti ha optado por una alianza de los super incluidos, con los sostenedores de colegios que lucran con dinero público, con los empresarios de la ENADE, con Gutenberg Martínez y la oposición más furibunda a las tibias reformas que el actual gobierno trata de sacar adelante. Una alianza con los que no quieren dejar espacio a nadie en el reparto de los derechos y las libertades, en la redistribución de la educación, de la salud o de la vivienda, o en la lucha por el reconocimiento y la dignidad.

El Papa Francisco parece dispuesto a poner su enorme liderazgo politico y moral a disposición de un cambio histórico. Se ha dado cuenta de su lugar, como abanderado solidario de las luchas de los pobres. ¿Estará la Iglesia a la altura de ese compromiso ?

 

 

El muro de Berlín como espantapájaros de los cambios

El 25 aniversario de la apertura del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, ha dado ocasión a la derecha chilena, heredera indisimulada del pinochetismo, a llenarse la boca con ese hito histórico. A la vez, una buena parte de la izquierda, a pesar de los años transcurridos, aún no logra interpretar ese acontecimiento en clave emancipadora, y tiende a evadirlo o manipularlo para tapar sus contradicciones, ambigüedades y problemas de conciencia. En el primer grupo se ubican Evelyn Matthei y otros políticos de su sector, que no desprecian ningún momento para asociar las tibias y contradictorias propuestas de reforma del gobierno de la Nueva Mayoría con la antigua República Democrática Alemana y estigmatizarlas como cuasi-totalitarias. No hace falta detenerse en estas críticas. Resultan contra-intuitivas porque atentan de lleno contra el sentido común. El país vive un lento proceso de cambios, muy pequeños y sectoriales, apoyado abiertamente por el FMI y los grandes grupos financieros globales, pero que está siendo boicoteado de forma abierta por grupos económicos endógenos, que se apoyan en sectores políticos que están dentro y fuera de la actual coalición gobernante. En esa batalla los ataques retóricos sobrepasan la imaginación del más afiebrado.

Más complejas son las intervenciones de los que en algún momento idolatraron a la RDA como un paraíso socialista y luego de los giros de la historia han hecho de su arrepentimiento un negocio redondo, en términos políticos y financieros. Es el caso del ex ministro de cultura de S. Piñera, Roberto Ampuero. Y también, de otra forma, Camilo Escalona. Ambos pasaron por la RDA, ambos llegaron allí libremente, ambos no manifestaron sus críticas en ese país que les proporcionó refugio y sustento. Luego, mucho después, en un contexto cómodo y totalmente distinto al de la guerra fría, se rasgan las vestiduras por sus “años verde olivo”, y delatan a todo el que quiera cambiar el statu quo como una sombra que emerge desde sus propias oscilaciones biográficas. Frente a estas narrativas, la ciudadanía parece perpleja y confundida. Las referencias al fantasma de la RDA, sacado extemporánea y convenientemente de su tumba, sirve una y otra vez como un espantapájaros al servicio de los que quieren que nada cambie.

La revolución de 1989

Siempre me ha parecido que la única terapia adecuada a las caricaturas históricas es acercarse de lleno a los hechos mismos, desnudos, para que hablen por sí mismos. Si se visita Berlín, y se logra ir más allá de los circuitos turísticos masivos, es fácil darse cuenta de lo que ocurrió el 9 de noviembre de 1989. Lo primero que llama la atención es que los berlineses se refieren ese proceso como “la revolución de 1989”. Y es una buena categoría. Se trató de una revolución verdadera, auténtica, en su sentido más profundo. En mecánica una revolución es el giro o la vuelta que da una pieza sobre su eje ¿Pero , hacia donde querían los berlineses que girara su Alemania? ¿Qué sentido querían darle a la rotación política?

La versión de Matthei, Ampuero y Escalona, remite a una rebelión procapitalista, de masas desbocadas por entrar a los McDonald’s y a los centros comerciales. Pero no es así. La mejor manera de entender lo que anhelaba el pueblo es visitar dos antiguas iglesias luteranas del este de Berlín: la Sionkirche y la Gethsemanekirche. En estos lugares se articularon los movimientos sociales que provocaron la caída del muro entre 1985 y 1989. En esos mismos espacios, mucho antes, ya se había resistido clandestinamente al nazismo, bajo el liderazgo del pastor Dietrich Bonhoeffer, quién terminó siendo ejecutado en 1945. En los años de la RDA ambas Iglesias se parecían a cualquier parroquia de las poblaciones de Santiago en tiempos de dictadura. Eran el centro de reuniones de todos los disconformes, de los que deseaban otra cosa.

Allí, sobre el altar, pasaron grandes grupos punkies de la escena europea, desafiando la prohibición de exhibir la música “decadente” de occidente. Se podía hablar libremente, debatir, había una pequeña imprenta clandestina y un viejo mimeógrafo para imprimir panfletos en papel roneo. En general, se hacía lo que Matthei consideraba en esos años como “actividades terroristas”. En la Sionkirche hoy es posible revisar esos antiguos boletines y textos impresos artesanalmente. A partir de ellos se puede sintetizar lo que se demandaba en cuatro grandes puntos:

  1. Una democracia plena y participativa. Esto se concretaba en la consigna “Wir sind das Volk”, (somos el pueblo) y denunciaba que “el partido” había secuestrado la soberanía popular. Lo que se pedía no era una democracia “semisoberana” a la manera occidental. Se exigía una democracia deliberativa, que devolviera el poder a la gente de manera radical. Se pedía algo que a Matthei, Ampuero y Escalona les pone los pelos de punta: un proceso constituyente, ni más ni menos.
  2. Una economía centrada en la gente, y no en las cifras de crecimiento. Llama la atención que la crítica económica que aparece en los boletines ataca el productivismo de la RDA, basado en una industrialización a marcha forzada y a toda costa. Frente a ello se propone un giro social y ecológico, que impida sucesos como el accidente nuclear de Chernóbil. En la Sionkirche existía una amplia biblioteca sobre temas medioambientales, que documentaba la devastación producida por el modelo económico soviético, que no tuvo la menor consideración sobre el planeta. Se cuestionaba el crecimiento como un fetiche y se promovía o que hoy se denomina la política del decrecimiento. Se demandaba la satisfacción justa de las necesidades humanas fundamentales, pero no aparece, ni por asomo, el anhelo de un modelo basado en el consumo masivo, a la manera occidental.
  3. Unas relaciones culturales que permitieran el libre desarrollo de la personalidad. No importaba si se era ateo o creyente, si te gustaba Bach o Rick Springfield, todo podía ser en esas iglesias. El único criterio era el respeto, la posibilidad de convivir en la diferencia. Esto chocaba con un régimen que definía a priori una serie de criterios estéticos y morales que debían ser acatados autoritariamente.
  4. Un marco político basado en el reconocimiento de los derechos humanos, la promoción de la paz y la solidaridad internacional. Frente al militarismo irracional de la guerra fría y el poder despótico de la agencia de seguridad del Estado, la famosa Stasi, se ofrecía amparo legal y extra legal a todos los perseguidos, sin distinción ni condiciones. Y se promovía la cooperación con otras causas de liberación en el mundo, entre otras, con la lucha chilena en contra de la dictadura de Pinochet.

En los viejos papeles amarillos de la Sionkirche se atisba una crítica profunda al comunismo impuesto desde arriba, por la fuerza de los tanques soviéticos. Pero no se encuentra una idealización ingenua de la vida en occidente, ni el reclamo de un modo de vida capitalista. Se ve en ellos el germen de una revolución democrática, ecológica y culturalmente libertaria. Se crítica al Estado por ser arbitrario y despótico. Pero no por proveer acceso a la salud, a la educación o a la vivienda. Se demanda menor gasto militar y policial y mayor inversión social, cultural y protección ambiental. Se pide democracia directa, pero no se piden “elecciones” financiadas por los bancos, a la manera a la que nos hemos acostumbrado.

Cuando se produjo la apertura del muro que dividía Berlín desde 1961, la mayoría los movimientos políticos que impulsaron ese proceso en la RDA no deseaba la reunificación alemana, al menos de forma inmediata. Es conocido que la joven Angela Merkel, la tarde del 9 de noviembre de 1989 estaba tomando un sauna con una amiga en el Berlín del Este y no se enteró de los sucesos hasta el día siguiente. La inmensa mayoría deseaba preservar su país, bajo un nuevo tipo de democracia y un nuevo tipo de socialismo, liberado del autoritarismo, y no ser anexado de forma autoritaria. Había caído el muro, se terminaba la dictadura, pero integrar las dos sociedades, tan distintas, se percibía como algo remoto, una tarea de años o décadas.

Sin embargo, la imprevista apertura de las fronteras destrozó la moneda de la RDA y generó un enorme caos en el sistema de precios. Y la Alemania Occidental ofreció de inmediato un rescate millonario. El costo: la reunificación fulminante del 3 de octubre de 1990. El movimiento de la Sionkirche y de la Gethsemanekirche se dividió. Algunos se contentaron con el nuevo proceso político, porque suponía un marco básico de libertades y de estabilidad económica. Entre ellos, el actual presidente de la República Federal Alemana, el pastor Joachim Gauck. Pero muchos otros lo sintieron como una traición a un proyecto político que buscaba reconstruir un socialismo auténtico, democrático, verde, feminista y antiautoritario. Una ruptura que sigue hasta hoy.

Lecciones para una izquierda del siglo XXI

Analizar con perspectiva el derrumbe de los socialismos reales del siglo XX no es fácil. Pablo Iglesias, secretario general del nuevo partido español Podemos comentaba hace pocos días lo siguiente: “La Unión Soviética era un régimen monstruoso y criminal en muchos aspectos, pero permitió una correlación de fuerzas a nivel internacional que hizo posible el estado de Bienestar en los países del occidente europeo”. Tiene razón. La caída del muro de Berlín tuvo como consecuencia no deseada la globalización del “neoliberalismo a la chilena”, sin cortapisas.

Pero por otro lado, lo que calló en 1989 debía caer, aunque por ello nos hayan caído también muchos de los males que hoy tenemos que enfrentar. Nunca tendremos una izquierda a la altura de la historia si no logramos sintonizar y asumir las banderas de esa revolución traicionada, que logró botar el muro. Porque lo que allí se intentó no era una lucha por más capitalismo, como le gustaría a Evelyn Matthei, ni una demanda por laissez faire neoliberal como pretende Roberto Ampuero. Era una lucha por una democracia  auténtica,  de esas que aterran a Camilo Escalona, basada en el poder constituyente del pueblo soberano.

No surgirá una auténtica y coherente izquierda del siglo XXI mientras este sector político sienta la menor dosis de culpa o de nostalgia por la RDA. La izquierda del siglo XXI debe saber mostrar el valor emancipatorio del 9 de noviembre de 1989, como un momento que hay que unir a otras fechas en la historia de la liberación humana. Repugna que los que hasta hoy defienden la dictadura pinochetista, se apropien de un proceso en el cual un pueblo ejerció en plenitud su poder constituyente/destituyente. No se puede dejar que los que no quieren cambios políticos y económicos celebren una revolución, incompleta y traicionada, pero auténtica en su voluntad y el anhelo liberador. No se puede legitimar que los que desprecian y se burlan de los derechos humanos se vanaglorien de un acontecimiento que ayudó su universalización.

Es necesaria una izquierda que destierre toda forma de incoherencia o doble moral: o avanzamos hacia una democracia real, sustantiva, basada entregar el poder a la gente, o bajamos la cortina y dejamos que la derecha imponga su dominación autoritaria para siempre. O asumimos un modelo económico basado en garantizar las necesidades humanas básicas y la preservación del medio ambiente, o permitimos a la derecha que nos lleve a una crisis climática y social sin retorno. O hacemos de los derechos humanos un criterio político absoluto, que no duda ni plantea dobles lecturas, o nos retiramos a otros menesteres. La revolución del 9 de noviembre de 1989 quedará siempre ahí, como un acontecimiento que incomoda las conciencias cómodas y dormidas y que exige repensar, una y otra vez, el horizonte inacabable de la lucha por una sociedad que este más allá de toda forma de dominación.