La Encíclica anticapitalista del Papa Francisco

Se la esperaba con ansiedad y ha cumplido con las expectativas.  Laudato Si’, la primera encíclica del Papa Francisco, refleja a cabalidad el giro de Jorge Bergoglio. Por algo la derecha política, los antros eclesiales más conservadores y los centros del poder financiero no han tardado en reaccionar, atolondrados, entre la frialdad del desprecio y el bochorno de la incomodidad. Desde la ultraderecha norteamericana se han oído las voces más atronadoras. El Heartland Institute, un think tank del Tea Party dedicado exclusivamente a negar la evidencia del cambio climático, reaccionó a las pocas horas:  “La postura del Papa sobre el calentamiento global es parte de una conspiración comunista de izquierda[1]”. Steve Milloy, de otro centro similar llamado Free Enterprise Action Fund dedicó una gran cantidad de tweets a Francisco, llamándole  “Papa Rojo”  y comparando su llamado a la “revolución cultural” con la China de Mao.  Y el candidato presidencial republicano Jef Bush, que se ha presentado como católico  ferviente en diversas ocasiones, comentó: “Espero no ser castigado por decir esto por mi sacerdote de vuelta a casa pero yo no cambiaré  mi política económica por causa de mis obispos o cardenales o de mi Papa.”

Al interior de la Iglesia Católica la oposición interna ha sido palpable, aunque no se exprese abiertamente. El ejemplo más claro fue la filtración del texto, tres días antes de su presentación oficial. La mayoría de los analistas coincidió en ver en allí un ataque directo al Papa y un intento de sabotear al lanzamiento de su encíclica “verde”. Ello resultó evidente porque el autor de la filtración fue Sandro Magister, un veterano periodista de L’Expresso de Milán, que actúa habitualmente como voz de los sectores conservadores de la curia romana y es un abierto crítico del Papa argentino.

En Polonia, tierra de Juan Pablo II, el periódico “Rzeczpospolita”, de Varsovia, afirmó que la encíclica se ocupa” de problemas que para la Iglesia son marginales”, y que por desincentivar la producción de carbón, era una encíclica “anti-polaca”. En Inglaterra la organización integrista Voice of the Family arremetió contra Francisco por  su “omisión en la carta encíclica Laudato Si’ de una reafirmación de la doctrina de la Iglesia en contra de la anticoncepción y sobre la procreación como el principal fin del acto sexual”. Por ese motivo esta organización alertó que “la falta de una clara enseñanza sobre estos peligros en la encíclica nos ponen en guardia. Los padres católicos deben resistir todos los ataques sobre nuestros hijos, incluso cuando emanan del interior del Vaticano[2]”.

En el Acton Institute para el estudio de la religión y la libertad, un centro de estudios norteamericano creado para vincular la ideología neoliberal y el catolicismo, se apresuraron a publicar una “anti-encíclica”[3] que desesperadamente trata de descalificar sin aparecer desertando de la Iglesia Católica. En cambio un  columnista del Wall Street Journal se lo tomó con más de calma a reconocer: “Vamos al grano: Gran parte de lo que está en Papa Francisco encíclica sobre la administración ambiental, Laudato Si ‘, plantea un reto importante para los defensores del libre mercado, aquellos de nosotros que creen que el capitalismo es una fuerza poderosa para el cuidado de la tierra y sacar a la gente de la pobreza[4]”. Efectivamente, el Wall Street Journal apunta al núcleo. Laudato Si’ es un manifiesto anti-capitalista de enorme impacto cultural y contra-hegemónico. Y no se cuida para nada de aparentar ese objetivo.

Una serena radicalidad

Desde el punto de vista académico Laudato Si` recoge las innovaciones más actuales y avanzadas. Por ejemplo, la noción del clima como un bien común, enunciada por Elinor Ostrom, premio nobel de economía en 2009, famosa por su enfoque sobre el gobierno de los bienes comunes, como el agua y los recursos naturales. Asume el aporte de la ciencia, pero sin caer en un falso empirismo ni en los límites epistemológicos de la tecnocracia.

Y en lo teológico da un giro mayor. Como ha comentado Leonardo Boff, el texto papal usa abiertamente el método de la teología de la liberación: “El texto y el tono de la encíclica son típicos del Papa Francisco y de la cultura ecológica que ha acumulado, pero me doy cuenta de que también muchas expresiones y modos de hablar remiten a lo que viene siendo pensado y escrito principalmente en América Latina. Los temas de la «casa común», de la «madre Tierra», del «grito de la Tierra y del grito de los pobres», del «cuidado», de la «interdependencia entre todos los seres», de los «pobres y vulnerables», del «cambio de paradigma», del «ser humano como Tierra» que siente, piensa, ama y venera, de la «ecología integral» entre otros, son recurrentes entre nosotros. La estructura de la encíclica obedece al ritual metodológico usado por nuestras iglesias y por la reflexión teológica ligada a la práctica de liberación, ahora asumida y consagrada por el Papa: ver, juzgar, actuar y celebrar[5].

Un mensaje al Chile de hoy

La encíclica debería leerse con atención en nuestro país. Especialmente cuando denuncia que “Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos[6].

Se denuncia que “muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático. Pero muchos síntomas indican que esos efectos podrán ser cada vez peores si continuamos con los actuales modelos de producción y de consumo[7]”.

En tiempos de reforma laboral cabe oír que “la orientación de la economía ha propiciado un tipo de avance tecnológico para reducir costos de producción en razón de la disminución de los puestos de trabajo, que se reemplazan por máquinas. Es un modo más como la acción del ser humano puede volverse en contra de él mismo[8].

Y en medio de los debates sobre la Nueva Constitución y los temores empresariales a una redefinición del derecho a la propiedad privada, vale la pena leer que “La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada[9]”.

Francisco también desecha el espejismo de un “capitalismo verde” cuando afirma que “La estrategia de compraventa de « bonos de carbono » puede dar lugar a una nueva forma de especulación, y no servir para reducir la emisión global de gases contaminantes[10]” ya que a su juicio “un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres[11]”.

Frente al “capitalismo verde” la encíclica afirma: “Este sistema parece ser una solución rápida y fácil, con la apariencia de cierto compromiso con el medio ambiente, pero que de ninguna manera implica un cambio radical a la altura de las circunstancias. Más bien puede convertirse en un recurso diversivo que permita sostener el sobreconsumo de algunos países y sectores[12].” Por eso, “Para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos cambiar el modelo de desarrollo global[13]”.

Y en tiempos de corrupción generalizada, concluye: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana[14]”.

[1] http://news.heartland.org/editorial/2015/05/23/global-left-counting-pope-split-catholic-church-over-global-warming

[2] http://voiceofthefamily.info/wordpress/wp-content/uploads/2015/06/Laudato-SI_SPA.pdf

[3] http://blog.acton.org/pope-environment

[4] http://www.wsj.com/articles/the-popes-green-theology-1434668086

[5] Leonardo Boff. “La Carta Magna de la ecología integral: grito de la Tierra-grito de los pobres”.  18/06/2015.

[6] Nº 30

[7] Nº 26

[8] Nº 128

[9] Nº 93

[10] Nº 171

[11] Nº 30

[12] Nº 171

[13] Nº 194

[14] Nº 189

La libertad en venta. Las raíces morales de la crisis de confianza

Hace algunos años los economistas se dieron cuenta que los recursos materiales no son los únicos factores que inciden en el crecimiento y en la prosperidad de una empresa o de un Estado. También existían otros tipos de recursos, no materiales, a los que llamaron “intangibles”. Lo que más les sorprendió era que este tipo de recursos operaba de manera inversa a los bienes materiales. Si la lógica indica que un recurso se agota mientras más se lo usa o explota, con los recursos inmateriales ocurre lo inverso. Se trata de un conjunto de capitales que aumenta cuanto más se les utiliza, y desaparece si no se hace uso de ellos.

Este descubrimiento deslumbró a los especialistas, que vieron en ello una nueva mina de oro, infinita e inagotable, porque crea valor en forma opuesta a la manera como lo hacen los recursos materiales. No sólo se trataba de recursos “renovables”, sino literalmente “incrementales”, en la medida en que se les utiliza o consume. ¿Cuáles eran estos recursos tan maravillosos?

Se trata fundamentalmente de valoraciones sociales, que tendencialmente, al implementarse en forma habitual, crean las condiciones de posibilidad para la actividad económica. Esta constatación, tan novedosa para los economistas contemporáneos, no tiene nada de nuevo. Ya Aristóteles lo había descubierto cuando en su “Ética a Nicómaco” describió una serie de “virtudes” , entendidas como hábitos que predisponen de forma permanente a una persona para realizar la tarea que le es propia. Las virtudes que compiló Aristóteles eran las propias de un caballero aristocrático de su época. Hoy el mundo es distinto, por lo que las virtudes más valoradas y eficaces son distintas, pero el principio es el mismo: existen predisposiciones, convertidas en hábitos, que mientras más se practican, más se incrementan y mientras menos, más se agotan.

Si se tuviera que identificar una “virtud cardinal” o en términos contemporáneos, un recurso intangible fundamental para la economía de hoy, este sería el de la confiabilidad. Eso es lo que señala Francis Fukuyama[1] cuando define la confianza como “la expectativa que surge en una comunidad con un comportamiento ordenado, honrado y de cooperación, basándose en normas compartidas por todos los miembros que la integran. Estas normas pueden referirse a cuestiones de “valor” profundo, como la naturaleza de Dios o la justicia, pero engloban también las normas deontológicas como las profesionales y códigos de comportamiento”.

No es de extrañar que en Chile se hable tanto de la crisis de confianza. Esta virtud es el recurso intangible que moviliza todos los recursos en el capitalismo. Sin confianza se paraliza el ciclo económico y se traba el mecanismo oferta-demanda-precio, que resulta fundamental a la lógica contemporánea. En la política opera un mecanismo similar. A más confiabilidad,  mayor posibilidad de ejercer el poder “no coactivo”, mientras que a menor confianza, mayor necesidad de recurrir al poder “coactivo”.  En nuestro contexto, la crisis de confianza abierta por los escándalos del financiamiento de la política (PENTA, SQM, CAVAL, Corpesca, etc..) muestra la dinámica destructiva propia de los recursos intangibles. Se observa lo difícil que es crear confianza y lo rápido y fácil que es destruirla.

Este ciclo de desconfianza estructural no se explica como una crisis de confiabilidad entre la ciudadanía y las “élites” políticas y económicas. Eso no es algo nuevo, ya que los estudios del PNUD han mostrado de forma constante que el ciclo de la desconfianza ya tiene larga data en Chile. Lo novedoso es que la desconfianza se ha instalado ahora “entre” las autodenominadas “élites”. Los acuerdos mutuos y simultáneos entre los grandes partidos y los grandes grupos económicos se han quebrado de forma inesperada, dejando al descubierto un contubernio constitutivo, ordenado y orgánico. Ese pacto fundamental se basaba en la confidencialidad. El dinero privado financiaba el proceso electoral, lo que a su vez limitaba el campo de decisiones de los actores políticos.

Al quedar en evidencia este procedimiento estructural, se puso al desnudo un método que usurpando la soberanía popular, compraba la libertad de los llamados a gobernar y a legislar. “Beneficium accipere libertatem est venderé”, decían los romanos, o sea, aceptar un beneficio equivale a vender la propia libertad. Y como observa Rousseau en el Contrato Social “renunciar a la libertad es renunciar a ser hombre, a los derechos y a los deberes de la humanidad”. De allí que sea tan difícil restablecer la confianza en quienes han renunciado a su propia condición humana, para convertirse en esclavos voluntarios del capital.

¿Es posible salir de este ciclo destructivo? Siempre es posible, pero requiere un cambio radical. La confiabilidad se logra creando las condiciones para ejercer los actos de confianza y cooperación. Y esos procesos no se pueden bazar en la lógica de las apariencias, o en intentos de embaucar a la opinión pública. Como se advierte desde la sociología de las organizaciones, la cooperación que no excluye los conflictos, pero requiere de recursos para poder solucionarlos que vayan más allá de la estrategia, la coacción o la violencia[2]. Como en todas las virtudes, la única forma de lograr confianza es siendo confiable. En esta tarea no hay atajos ni rebajas morales.-

[1] F. Fukuyama, “Confianza. Las virtudes sociales y la capacidad de crear prosperidad” Ediciones B, Barcelona, 1998.

[2] Ch. Perrow: “Sociología de las organizaciones”. Madrid, McGraw-Hill, 1990.

Gobernar es informar

Bachelet ha sido una maestra de los silencios. Durante años su discurso ha logrado mantener en vilo a la opinión pública, por medio de cierta indefinición calculada. Cada vacío en sus intervenciones, cada palabra acallada, ha servido para que la audiencia completara la oración con lo que deseaba escuchar. Este método fue extraordinario durante la campaña electoral. El mutismo de Bachelet servía como “significante vacío” y todos podían poner en ese espacio vacante lo que cada uno deseaba oír de la candidata. Y bajo el gobierno la estrategia ha continuado igual. Su discurso en la recepción del informe Engel es un ejemplo de este estilo, cuando instaló la idea de que en Septiembre se va a iniciar un “Proceso Constituyente” pero sin señalar en qué consistirá. Todos pueden pensar en lo que les gustaría, y mantener la tensión, por lo menos hasta esa fecha.

Pero lo que es bueno y eficaz en campaña electoral no es igualmente efectivo en el gobierno. Sobre todo si lo que se extiende como mancha de aceite es la desconfianza, y la presidenta no es ajena a las sospechas de la ciudadanía, especialmente cuando las recientes filtraciones respecto al financiamiento de su campaña electoral se empiezan a esparcir por sí solas. “Lo que pasa es que aquí ha habido una suerte de batalla comunicacional que hemos perdido”, reconocía la presidenta Bachelet en una reciente entrevista con Cecilia Rovaretti en radio Cooperativa. Conversación que se desarrolló en reacción a los resultados de las últimas encuestas, que muestran una aprobación del 29%, un mínimo histórico durante sus dos gobiernos, mientras la desaprobación alcanza al 66%, según Adimark, consultora de centroderecha. Y según CADEM el 57% de los chilenos tendría sentimientos negativos hacia presidenta Bachelet, y la aprobación de la mandataria sigue en picada, llegando al 8 de junio al 25%, con una desaprobación del 62%.

Si el gobierno reconoce que ha perdido su batalla comunicacional sería hora de revisar las premisas de la estrategia derrotada. El silencio, herramienta de éxito hasta ayer, es hoy fuente de todos los fracasos. Mientras tanto, un lento hilo de desafección corroe a los mismos que ayer sostuvieron a Bachelet con entusiasmo. Al parecer, la salida de Rodrigo Peñailillo y Jorge Insunza quebró lealtades y vínculos estructurales, que serán muy difíciles de reconfigurar. La estrategia de las media-verdades, los silencios velados, la compartimentación de la información y el “control de la agenda” ha fracasado. Ha conducido al escenario de un gobierno mudo, sin relato, sin argumento, con la derecha vociferando desde sus tribunas mercuriales y a la izquierda un desmembrado campo de movimientos sociales, que piden que rueden más cabezas gubernamentales.

En este cuadro el mejor consejo que podría darse al gobierno no se lo oí a un alto funcionario o a un intelectual. Se lo escuché a Yerko Puchento. Ninguno de los asesores presidenciales podría decirlo mejor: “Y que el gobierno, entienda de una vez por todas, y deje de hacer comisiones, y haga un esfuerzo por explicarle la reforma a la gente, con gráficos, con papelógrafos, en cadena nacional, con títeres, con la pizarra de Bombalet por último, con manzanas, puta con la gueá que sea, pero que la gente entienda  para que pueda decidir si la gueá le gusta o no le gusta[1]”.

Lo que dice Yerko es tan simple como captar que gobernar es informar. Es ir con la verdad por delante, con la palabra en la boca y con las cifras en la mano, sin más arma que la convicción y sin más escudo que una enorme capacidad de escucha y acogida sincera a las críticas del pueblo. En tiempos de coimas legítimas, latrocinios legales, rapiñas permitidas, hurtos reglamentarios, timos constitucionales, fraudes encubiertos, dolos procesales, pillajes judiciales, rapiñas admitidas, saqueos consentidos y estafas toleradas decir la verdad, aunque sea una simple y crasa verdad, es casi un acto revolucionario. Eso es lo que podría salvar a este gobierno. Si no lo capta, no sólo se anticipa su derrota, sino también un escenario muy preocupante para todos, incluidos los que no participamos de su tarea.

 

 

 

[1] http://www.13.cl/programas/vertigo-t3/yerko-puchento/yerko-llego-desde-la-marcha-estudiantil