Entre Gilgamesh y Enkidu: La eterna disputa por el sentido del crecimiento

Solemos olvidar que los dilemas que genera el crecimiento económico no constituyen una singularidad de nuestro capitalismo tardío. Siguiendo a Tomáš Sedlácek[1] podríamos remontarnos al texto literario más antiguo de la humanidad, la epopeya de Gilgamesh, escrito hace más de 4000 años, para encontrar las mismas preguntas que hoy permanecen abiertas en relación a una racionalidad económica basada en el crecimiento ilimitado y a toda costa.

En apretada síntesis, la antigua obra mesopotámica parte narrando el proyecto titánico y despótico del rey Gilgamesh por construir un gigantesco muro alrededor de la ciudad de Uruk. Una muralla que le permitiera acumular y proteger sus riquezas. Para logarlo impone los más duros sacrificios al pueblo y al entorno natural, llegando a talar los bosques de su región. Incluso decreta la separación de las familias y los amantes, con turnos agotadores de trabajo: “A los jóvenes varones de Uruk hostiga sin derecho,/ Gilgamesh no permite que el hijo vaya con su padre, construye los baluartes durante el día y durante la noche (…) no permite que la joven vaya con su novio/ la hija del guerrero, la novia del joven varón[2]”.

Ante este trato despótico el pueblo de Uruk clamó al cielo: “Los grandes dioses escucharon los lamentos (…) El gran dios Anú escuchó las quejas. Y llamó a la gran diosa Arurú: tú Arurú creaste a Gilgamesh, crea ahora a su igual. Deja que luche con Gilgamesh tanto como desee. Deja que sean contendientes para que Uruk pueda encontrar la paz[3]”. Arurú moldea entonces al salvaje Enkidú, un contra-héroe criado con los animales del bosque, y destinado a  detener la empresa de Gilgamesh. Se entabla en el relato un combate apasionante entre Gilgamesh, paradigma de la vida urbana, la productividad y el afán de utilidad, y Enkidú, símbolo de la vida natural, basada en la subsistencia y la reciprocidad. Finalmente Gilgamesh vence a Enkidú, pero en la batalla entabla una amistad entrañable con su oponente, lo que le transforma interiormente y le lleva a emprender un viaje en la búsqueda de la inmortalidad. Abandona la construcción del muro, iniciando junto a Enkidú un recorrido apopéyico y sin regreso.

Las preguntas del este maravilloso relato, proveniente de los albores de la humanidad, dejan al descubierto unas constantes: la disputa eterna entre el crecimiento a toda costa y las resistencias que limitan ese afán, resguardando los lazos más directos entre las personas que demandan una temporalidad basada en la primacía de los afectos y los lazos de cuidado. Gilgamesh descubre en esa disputa la necesidad de pensar en el futuro, lanzándose en la búsqueda de la inmortalidad que no es otra que la perdurabilidad de las riquezas de su reino. La noción de “sustentabilidad” se materializa así como un viaje inacabado hacia una fuente mágica, que permita vivir para siempre.

De la leyenda a la actualidad chilena

Esta antigua epopeya parece remitir a los grandes dilemas que atraviesan la actualidad chilena: ¿A quién beneficia el crecimiento? ¿Cómo se distribuyen sus externalidades y beneficios? ¿Cuáles son los límites sociales y ambientales que condicionan su desarrollo? ¿Es posible que la disputa histórica entre Gilgamesh y Enkidú encuentre una vía de salida, en la búsqueda de la fuente de la sostenibilidad, que haga perdurable en el tiempo la prosperidad y la felicidad del presente?

Las crisis cíclicas que afectan a regiones enteras del país parecen revivir año a año el combate ancestral entre estas dos fuerzas, en los territorios más disímiles. Gilgamesh y Enkidú se vuelven a enfrentar hoy en Chiloé, en la Araucanía, en los valles afectados por la minería, en las calles de las comunas populares del gran Santiago, o en los liceos y universidades que permanecen en toma. Es el choque perpetuo entre crecimiento y distribución, utilidad individual y beneficio social, o entre productividad total y calidad de vida.

A los amigos de Gilgamesh el fantasma del bajo crecimiento económico les obnubila sus preocupaciones políticas y financieras. Sobre todo al Banco Central, que considera este problema como la única de sus preocupaciones. Según declara Mario Marcel, consejero del instituto emisor: “El mayor desafío que hoy enfrenta nuestro país en el ámbito económico es el crecimiento. El escenario base prevé una economía que crecerá cerca de su potencial a fines del 2017, pero con una inversión débil[4]”. Del mismo modo el presidente del Banco Central, Rodrigo Vergara, explica que  “en el primer trimestre el PIB creció por sobre lo que había proyectado en marzo. Sin embargo, las perspectivas para el año anticipan que la economía continuará creciendo por debajo de su potencial por algunos trimestres más, afectada especialmente por el débil desempeño de los sectores más ligados a la inversión[5]”.

Si se revisa la encuesta periódica de LatinFocus Consensus Forecast de Junio de 2016 el tercer semestre de este año será el peor de un ciclo de contracción, con un crecimiento de sólo 1,5%. Sin embargo, ya en 2017 se lograría un crecimiento del 2,5%, mientras que en 2018 se volverá a crecer por sobre un 3%, para alcanzar en 2020 un 3,4%. A la vez, el estudio muestra que Chile posee cifras macroeconómicas controladas, previendo una inflación del 3,1% al cierre de 2017, mientras el consumo aumentaría en esa fecha a un 2,4%  y la cifra de desempleo se estabilizaría en un 6,7%. La única dimensión que parece que no repuntará es la inversión, que hacia 2017 sólo lograría a un incremento de un 1,9%.

La derecha política ha tratado de utilizar estos datos económicos para plantear un escenario catastrofista, que evadiendo como causas la baja del precio del cobre, la reducción de la actividad económica en la región latinoamericana, y sobre todo la desaceleración de China, argumenta que la falta de crecimiento se debería a la incertidumbre política generada por las reformas impulsadas por el actual gobierno. Una hipótesis ni siquiera encuentra eco entre los analistas de Wall Street. Basta notar cómo responde Walter Molano, economista y estratega de la banca de inversión BCP Securities, a las insinuaciones en esta línea que le hace La Segunda[6]:

¿Es cierto que el ruido político interno ha ahuyentado a los inversionistas internacionales? No creo que tenga que ver tanto por lo que está pasando políticamente y ahí hablamos de los problemas que han ocurrido con la presidenta Bachelet y todo eso. Yo creo que tiene que ver más con los escándalos en empresas, como las famosas cascadas, o lo que pasó en diferentes empresas. Eso tuvo más impacto. La gobernabilidad de las empresas, y no tanto qué está pasando a nivel político: eso es de lo que está más preocupada la gente…

¿JP Morgan dijo que tanto Lagos como Sebastián Piñera son percibidos como favorables al mercado y ayudarían a mejorar la confianza. ¿Concuerda con esa visión?

No, porque no es un tema de Lagos o Piñera: El tema es más que nada el ciclo de commodities. El mercado quiere ver un repunte de precios para sentirse mejor con Chile.”

Gilgamesh y la fuente de la inmortalidad

Esta dependencia del frágil ciclo de los recursos naturales revela nuestro atávico “eterno retorno” a fases circulares brutales, donde construcción y destrucción económica se repiten sin que nada detenga sus efectos demoledores. Chile aparece impávido, levantando una  gigantesca “muralla” gilgameshiana, como si nada pasara a su alrededor. No surge un sector productivo que pueda responder sosteniblemente ante la crisis. Sólo la dinámica más suntuaria e inmediatista del consumo se mantiene en el corazón del ciclo económico, apalancada por el largo brazo del endeudamiento crónico y masivo. No es casualidad que ranking Forbes Global 2000 sitúe este año a las dos grandes cadenas de Retail, Falabella y Cencosud, como las mayores empresas del país, relegando a la pesquera AntarChile a la tercera posición.

El brutal combate que libra Gilgamesh y Enkidú en Chile debería llamar a un urgente cambio estructural, basado en la creciente incorporación de innovaciones y conocimiento. Y a la vez, de mecanismos de distribución funcional que nivelen la brutal desigualdad entre capital y trabajo a lo largo del tiempo. Sólo ello permitiría generar círculos virtuosos entre sostenibilidad económica, social y ambiental, fomentando la verdadera productividad, el empleo formal, una mejor distribución y una sostenibilidad real, que tenga en cuenta los limites irrebasables que Enkidú no está dispuesto a tolerar que se sigan vulnerando.

Gilgamesh puede cambiar de rumbo y emprender, junto con su eterno rival el camino a la fuente de la inmortalidad. La clave radica en abandonar la construcción del muro del crecimiento como un fin en sí mismo. Enkidú puede ayudarle a descubrir una ruta, difícil, llena de grandes desafíos, que lleva a la anhelada fuente del buen vivir. Un destino por el cual vale la pena realizar grandes sacrificios.

[1] Sedlácek, Tomáš (2011) “Economía del bien y el mal”, Fondo de Cultura Económica, México.

[2] Anónimo, (2014) “La epopeya del Gilgamesh”, traducción de Gloria Casanueva y Hernán Soto. LOM, Santiago, pp. 21-22

[3] Op. Cit pp. 22-23.

[4] Diario Financiero, 10/6/2016.

[5] Diario Financiero 7/6/2016.

[6] La Segunda, 17/6/ 2016.

La batalla de las comunicaciones

 

Se suele decir que la prensa es el cuarto poder,  pero no es verdad. La prensa es un arma poderosa, incluso letal, pero no es un poder en sí mismo. No posee el poder “para sí”. Es una herramienta en manos de otros actores, que en la sombra, al amparo del fuego periodístico, ejercen su verdadero poder mediante la manipulación, la construcción de opinión, la demonización del adversario, la promoción de sus intereses. Pero la prensa, incluso sus gerentes, no son más que actores secundarios de una trama mucho más compleja. Los grandes directores de los medios empresariales de comunicación se sienten poderosos, y suelen ganar mucho dinero. Pero no son más que alfiles en un tablero de ajedrez donde los reyes y reinas están en otro lado.

Un ejemplo reciente: entre las revelaciones de los “Papeles de Panamá[1]”, salió a luz información sobre Juan Luis Cebrián presidente ejecutivo del grupo español PRISA, dueño del periódico El País de España. En la investigación se demuestra que su ex esposa Teresa Aranda posee cuentas secretas en las islas Seychelles y Samoa. Lo más grave es que esas cuentas opacas provendrían de una “aventura empresarial” de Cebrián en Sudán del Sur, en compañía con Massoud Farshad Zandi, un empresario español de origen iraní y el expresidente Felipe González.  Sudán del Sur se independizó de Sudán en 2011 luego de una enorme campaña de comunicación de medios occidentales que durante un par de años inundaron a la opinión pública sobre conflictos étnicos y religiosos entre el norte y el sur de Sudán.

Lo que esos medios nunca dijeron era que en el sur estaban los campos petrolíferos. Alcanzada la independencia el nuevo país entró hasta hoy en una guerra civil que ha causado miles de muertos y centenares de miles de refugiados. Las organizaciones humanitarias, en vistas de lo ocurrido se preguntan ahora: “¿Es viable un Estado en el Sur sin infraestructuras de transporte, electricidad, telefónicas, educativas y sanitarias; con sólo 100 kilómetros de carretera y una tasa de analfabetismo que llega al 73% de la población (un 92%, mujeres); cuya media de ingresos diarios para el 55% de la gente no alcanza un dólar, y en medio de una gran inseguridad alimentaria?[2]”. Todas esas preguntas no importaron para periódicos como El País, que promovieron la independencia de Sudán del Sur. Mientras tanto, tal como lo sugiere la información revelada por ICIJ,  los beneficiados de ese proceso político fueron gente como Cebrián, que pudo controlar junto con sus socios grandes campos petrolíferos del nuevo Estado fallido, construido gracias a su apoyo comunicacional.

La disputa por el “encuadre”

En Chile el poder de los medios, extremadamente concentrados en dos grandes grupos empresariales, es capaz de construir la realidad de forma tanto o más brutal que en Sudán del Sur. El Mercurio y COPESA logran manejar las principales dinámicas políticas porque no existe otro conglomerado comunicacional que tenga las espaldas financieras que le permita informar, de forma cotidiana, sobre la multitud de asuntos que impactan en la vida de un país. Incluso la televisión pública termina condicionada por la pauta de estas cadenas. Este efecto se denomina el “encuadre” de las noticias.

Esto ocurre porque las personas necesitamos responder con cierta premura a la pregunta “Qué está pasando”. Quienes ofrezcan una respuesta más rápida y comprensible tienen la posibilidad de sentar un marco interpretativo a los sucesos. Si además los que responden poseen cierta afinidad en su interpretación, y la reiteran una y otra vez, logran mayor poder de convencimiento. Así existe formalmente libertad de expresión pero en la realidad un par de actores mantiene el monopolio del encuadre de la información. En sociología esto se denomina ‘framing’, y explica que las grandes batallas de ideas se disputen dentro de un marco (‘frame’) dentro del cual se debate. Al interior de ese encuadre todo se puede decir, con absoluta libertad. Pero lo realmente importante es controlar el marco, especialmente los conceptos que se usan, que al final acaban condicionando la política.

El ejemplo es Venezuela. Ningún observador justo, por muy derechista que sea, podría acusar de dictadura a un gobierno donde la mayoría del Parlamento está en manos de la oposición, producto de unas elecciones donde el presidente Maduro reconoció la derrota, y cuando años atrás Henrique Capriles, líder de la oposición, también reconoció la suya con total normalidad. Se puede afirmar que en Venezuela hay conflictividad social, choques entre poderes del Estado, problemas de abastecimiento, falta de conciliación y corrupción. Sin embargo el tratamiento de los medios va instalando un marco diferente que encuadra a Venezuela como un “régimen” contra el que todo vale, desde las mentiras más grotescas a las acusaciones más descabelladas, a escala industrial, lo que permite que todo se cuele y las audiencias de los medios lo acepten como algo verídico.

El encuadre de la realidad chilena

En nuestro país se habla del “Conflicto mapuche”, obviando que se trata de una disputa entre dos actores, Estado Chileno y Pueblo Nación Mapuche. El problema se asocia reiteradamente a dos variables: violencia rural y pobreza. Y las soluciones quedan atrapadas en un “marco” que oscila entre la represión al “terrorismo indígena” y políticas sociales focalizadas contra la pobreza. Entre esas dos variables se puede debatir que tanto y que tan poco se otorga a ambos ingredientes de la receta. Pero no se puede debatir sobre los conceptos que quedan fuera: autonomía política, derecho a la autodeterminación, reconocimiento como pueblo, las forestales y la usurpación de las tierras en el siglo XIX y XX, etc.

Chiloé es parecido. El marco del conflicto quedó atrapado por la gota que rebalsó el vaso: el evento de la marea roja. Los medios cerraron el marco sobre los montos de las compensaciones a los pescadores y los efectos sociales del fenómeno. Pero todas las demandas ligadas al cambio de modelo productivo, el centralismo, la crítica a la industria salmonera y su insustentabilidad quedaron fuera del encuadre.

Hay áreas completas de la realidad que están totalmente fuera de los marcos mediáticos. Las huelgas prácticamente no entran. El banco BCI inició una huelga a inicios de junio  pero el cerco a su movimiento no ha permitido que se publiquen más de cinco notas en la prensa financiera, bajo un enfoque totalmente pro empresarial. Un titular, de una de las pocas notas publicadas afirma: “BCI lamenta huela de sus trabajadores pero afirma que sus condiciones están dentro de las mejores del mercado[3]”.

Otro ejemplo es la huelga de hambre de seis ex presos políticos, que reclaman el cumplimiento de un acuerdo formal del gobierno desde hace más de sesenta días. La única perspectiva de romper el cerco que tiene este conflicto es un escenario catastrófico, donde el riesgo vital de los huelguistas obligue a otorgarle cobertura como nota dramática en la prensa sensacionalista.

¿Cómo vencer el encuadre?

En algunos casos la fuerza de un movimiento social logra vencer los marcos en los que se le quiere limitar. Ese es el caso del movimiento estudiantil, que estuvo enmarcado por décadas en un debate limitado a cuanto crédito podían acceder los universitarios. Pero en 2011 logró imponer los temas vedados: el lucro, la laicidad, la importancia de lo público, la gratuidad etc. Y unido a lo anterior, la calidad de la enseñanza. El movimiento logró romper el cerco debido a que actuó de forma masiva, unitaria, tuvo consignas claras y cuidó cada palabra. No cedió a la presión de los medios que quisieron limitar el conflicto a montos de dinero para becas y tampoco permitió que se centrara en una calidad “elitista” desligada de los medios para alcanzarla.

Cinco años después el sistema de medios sigue intentando encuadrar el movimiento. Y para eso trata de reducirlo con varias estrategias: criminalizándolo, sobre-exponiendo cada expresión de violencia que se le pueda asociar. Invisibilizando su masividad. Planteando como dilema la cobertura de la gratuidad, sin tocar las condiciones que deberían cumplir las universidades que accedan a ella. La apuesta de los medios es reducir el movimiento estudiantil a una demanda de consumidores que desean pagar menos, o tal vez nada. Pero sin tocar el carácter de las instituciones que provean el “servicio educacional”, que vienen a ser subsidiadas con fondos públicos sin dejar de lucrar, sin garantizar la libertad de cátedra, sin reconocer la participación de la comunidad triestamental en el gobierno universitario. Pero reducir al movimiento estudiantil es muy difícil porque es masivo, posee institucionalidad propia, se auto-representa, tiene capacidad de argumentar, incluso de litigar judicialmente, etc.

Las redes sociales en internet permiten la ilusión de la comunicación, en tanto logran romper todos los encuadres, pero para una audiencia muy limitada y que ya tiene opinión tomada. Circula información, se ven imágenes, pero dentro de un océano de otros datos sin relevancia. En Twitter o Facebook tienen la misma posibilidad de circular l chismes, chistes crueles, teorías de la conspiración absurdas junto a información valiosísima, que debería sentar criterio para la deliberación pública. De esta forma la censura opera por saturación. Hay tanto contenido, sin jerarquizar ni editar, que se produce “ruido mediático”, una cortina de humo que termina encuadrando de otra forma la discusión y produciendo formas de “cibercontrol”. De allí que la existencia de redes sociales no suple la necesidad de contar con medios de comunicación públicos, que den garantías de pluralidad y de calidad de la información.

Se debe considerar la comunicación como un derecho que se debe ejercer de forma participativa, para lo cual el Estado debe garantizar unos mínimos. El programa de la Nueva Mayoría, en el contexto de los contenidos de la Nueva Constitución, señaló al respecto: “Una ley determinará los límites a la concentración de la propiedad de los medios de comunicación social, tanto mono-medial como multimedial, así como la apertura plural del espectro radioeléctrico, y la distribución del avisaje público, de modo de garantizar el pluralismo informativo y el libre acceso a la información[4]”.

Es contradictorio que en estos dos años de gestión no se haya avanzado un ápice en esta materia. Ni siquiera en el contexto de la operación de COPESA para involucrar a la persona de la presidenta de forma burda en la trama de Caval se retomó esta propuesta del propio programa de gobierno. Lo que revela el miedo y los niveles de control político que ejercen las dos grandes cadenas informativas. Armand Mattelert, experto en comunicaciones, sintetiza el dilema: “El problema es que progresivamente bajo el capitalismo lo que se ha dado es que la libertad de comunicación es una libertad de propiedad de los medios de comunicación. El problema es que los doctrinarios del mercado automáticamente cuando se habla de regulación dicen ‘es finalmente censura’. Yo creo que la democracia no se hace sin regulación que es producto de una construcción multilateral, es decir, desde los ciudadanos hasta los estados, pero también con la participación de lo privado. No obstante, el problema de los privados es que rechazan esa participación porque pierden una parte de su hegemonía[5]”.
En definitiva pierden la capacidad de encuadre. Y eso no lo soltarán de ninguna manera.

[1] Investigación liderada por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y ‘Suddeütsche Zeitung’. Leer más:  “Papeles de Panamá: La petrolera de Cebrián y su socio iraní Zandi se oculta en Seychelles y Samoa”. http://goo.gl/XcMU9H

[2] “Sudán del Sur: independencia, fronteras, petróleo y más guerras”, en ElDiario.es 7, enero 2014.

[3] Diario Financiero, 16 de Junio de 2016

[4] Programa Nueva Mayoría, 2013, p. 31.

[5] http://www.andes.info.ec/es/noticias/armand-mattelart-sociedad-tiene-medios-merece.html

El eclipse de las hegemonías

Ríos revueltos caracterizan la política chilena. La caotización de las organizaciones, partidos, y movimientos se ha agudizado, abarcando a los actores más disímiles. Vemos un binominalismo sumido en una crisis profunda, aparentemente terminal, pero que no termina de naufragar. Las encuestas muestran la descomposición de la política “de dos bloques”, pero a la vez no hay síntomas serios que revelen la emergencia de un tercer o cuarto actor competitivo en escena. La sociedad ha dejado de pensar “binominalmente” pero las instituciones no han dejado de serlo. Sigue imperando el cuoteo Derecha/Nueva Mayoría de forma mecánica y feroz, y cuesta pensar que ello vaya a desaparecer a mediano plazo, simplemente porque no termina por emerger un sector alternativo y poderoso, que frene esta división binaria, que constituye el ABC de la realidad nacional.

Si se repasa de derecha a izquierda el panorama partidario hay una constante que se repite: la individualización de los liderazgos. Lejos de aglutinar posiciones los partidos parecen debilitados frente a propuestas personales, que no parecen querer ceder un milímetro a la acción colectiva. Ya sea José Antonio Kast, que siguió el ejemplo de su hermano Felipe y renunció a la UDI, José  Manuel Ossandón que se abre cada día un camino para salir de RN, Pepe Auth, que se escapó de un PPD en abierta y despiadada guerra civil, Mariana Aylwin que dispara día y noche en contra de la DC, hasta la ruptura entre Izquierda Autónoma y el nuevo movimiento autonomista de Gabriel Boric, la lista es larga y podría continuar. En todos los casos aprecia una gran dificultad para compatibilizar los intereses individuales y los objetivos generales de la organización. Y si se analizan los sindicatos, movimientos ambientales, organizaciones estudiantiles, indígenas, populares, el panorama no es muy distinto. Las tendencias revelan que el sectarismo se incrementa y la descalificación no distingue entre disidentes, adversarios y enemigos.

Para el sociólogo Richard Sennett uno de los efectos del neoliberalismo ha sido atrofiar la capacidad humana para cooperar[1]. Y este daño a la subjetividad colectiva no excluye a los sujetos antineoliberales: “La izquierda tiene un problema para la cooperación, para cooperar con gente que piensa diferente de ti, con la que no te entiendes[2]“, nos dice. Pero la racionalidad hiper-competitiva, que impone el neoliberalismo, no parece suficiente para explicar todo lo que ocurre. Junto al individualismo disgregador, hay otro factor crucial: la desarticulación de las culturas compartidas, esas que logran hegemonía, al menos parcial, sobre un ámbito de la realidad. Por hegemonía hay que entender la capacidad de un conjunto de intereses, ideas o voluntades, de ser aceptadas de forma no coercitiva. Un tipo de consenso no forzado, que se basa en la aceptación más o menos libre por parte de actores racionales. En la vieja sociedad industrial esa hegemonía era fácil de lograr. La gente se apuntaba a partidos de masas, sindicatos fuertes y nacionales, movimientos sociales estructurados (no sólo a movilizaciones espontáneas). Y lo hacía convencida que sumar voluntades a una causa general permitía alcanzar la victoria. En la actualidad vivimos en una sociedad postindustrial que no funciona bajo la lógica de la agregación mecánica de voluntades. En el siglo XX la gente percibía que unión hacía la fuerza, pero en el siglo XXI las personas parecen pensar que la unión apaga los motores. Más rápido y más simple es intentar la vía individual, incluso a la hora de tratar de salir de la trampa del individualismo. Tal vez esto explique la fragmentación crónica de nuestras organizaciones de izquierda, enfrascadas en auto-representarse  y mostrarse unas a otras lo maravillosas y fantásticas que son: cada cual más radical, contestataria, juvenil, popular, estéticamente novedosa, cibernética y curiosa. Pero a la hora de sumar, egoístas, narcisistas y caprichosas. El resultado es una juego de suma cero, que reproduce a micro escala la lógica competitiva y devastadora de la política binominal.

De esta fragmentación no se sale tomándose de las manos y declarándose amor eterno. Ningún acto de voluntarismo romperá las cadenas de desconfianza ni los hábitos inoculados en nuestro inconsciente político desde que nos enseñaron en la escuela que para progresar había que meterle goles a nuestros compañeritos. Tampoco se trata de hacer actos de fe. En el pasado la gente estaba dispuesta a apostar su vida a una organización, que armada de una doctrina omnicomprensiva tenía respuestas para casi todo. Hoy los partidos, los sindicatos, los movimientos no tienen ese valor redentor. Por eso hay que “institucionalizar” la confianza. Poner por escrito los acuerdos. Estructurar pactos con paciencia de hormiga y construir una confianza lúcida, que permita iniciar, paso a paso,  un largo camino.

[1] Sennett, R. “Juntos”, Anagrama, Barcelona, 2013.

[2] La Información, Barcelona, 8, 03, 2013.