Despinochetización a cuentagotas

El fallo del Tribunal Constitucional que refrendó el proyecto que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo en tres causales es un enorme triunfo subjetivo para quienes luchan contra la dominación patriarcal, aunque sea un muy pequeño avance objetivo en esa meta. La subjetividad del triunfo tiene que ver con que “se siente” como una victoria enorme, por lo lento y difícil del trámite, que hasta el final ha estado pendiente de un cúmulo de trabas inauditas, interpuestas por poderes antidemocráticos, que escudándose en los vericuetos de una institucionalidad contra-mayoritaria han tratado de boicotear y vaciar de contenido esta iniciativa.

La pequeñez objetiva del logro se refiere a que con la nueva legislación volvemos en términos generales al mismo marco legal que reguló el aborto en Chile entre 1931 y 1989. Con la nueva ley abandonamos la triste situación de ser uno de los nueve en el mundo que lo criminalizaba el aborto en todas sus modalidades, entre los que están la Ciudad del Vaticano, Malta, Nicaragua, El Salvador, República Dominicana, Honduras, Haití y Surinam. De esta forma se logra responder a experiencias críticas de vida, como cuando corre peligro la vida de la mujer cuando el embrión o feto padezca una alteración estructural congénita o genética de carácter letal, o cuando el embarazo es producto de una violación.

Lo anacrónico de este debate se ve cuando recordamos que estas situaciones límite se lograron regular bajo gobiernos que no eran particularmente “feministas”. La reforma al  Código Sanitario de 1931 se realizó durante el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, legislación que se vio simplificada en 1968 bajo el gobierno de Frei Montalva. Durante 1973, usando la legislación vigente, se pudieron realizar más de 3.000 abortos en, en el Hospital Barros Luco. Estos antecedentes demuestran que la sociedad chilena, anterior al golpe de Estado, había logrado un consenso mínimo y estaba en condiciones de enfrentar las mismas discusiones que en ese momento se daban en Europa y Estados Unidos. En Francia el aborto fue despenalizado en 1975 y en Estados Unidos en 1973. En esta, como en muchas otras materias, la dictadura militar ha significado un retraso histórico de muchas décadas para Chile.

La involución pinochetista

El golpe militar de 1973 no sólo significó el fin de la democracia, y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. También implicó un shock en materia de derechos económicos sociales y culturales. Este afán se evidencia en las discusiones de la Comisión Ortúzar, redactora de la Constitución de 1980. El 14 de noviembre de 1974 Jaime Guzmán, fundador de la UDI, pronunció una famosa intervención en esta instancia en que dijo: “La madre debe tener el hijo aunque este salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo, derive su muerte”. De esa forma el ala más integrista del régimen trató de instituir la prohibición total del aborto con rango constitucional. Sin embargo, los demás miembros de esa comisión, todos ellos muy de derecha, consideraron que la propuesta de Guszmán era demasiado extremista y podía generar efectos contraindicados al régimen. Por eso no acogieron la moción del fundador de la UDI y sólo establecieron que «la ley protege la vida del que está por nacer», por lo cual la regulación de esta materia quedó radicada en la ley no en la constitución. En los hechos se mantuvo la legislación de 1931 pero muy limitada en su aplicación, por el temor de los médicos a la represión.

No satisfecha con este resultado, el UDI, aliada a los sectores más integristas del catolicismo siguieron buscando la forma de penalizar por todas las vías cualquier tipo de aborto. La ocasión la encontraron en 1989 cuando la presión del cardenal Jorge Medina y el patrocinio del almirante José Toribio Merino lograron que la Junta de Gobierno modificara el artículo 119 del Código Sanitario que pasó a decir: “No podrá ejecutarse ninguna acción cuyo fin sea provocar el aborto”, derogándose las disposiciones de 1931. El cardenal Medina ha recordado que la presión para cambiar la legislación comenzó en 1987 con motivo de la visita papal de ese año. En 1988 Merino presentó una moción para aumentar las penas de cárcel en materia de aborto, pero no tuvo apoyo suficiente. De esa forma en 1989 cambiaron el foco a la reforma del código sanitario, la que aprobaron a pocos meses de entregar el mando.

La primera propuesta de despenalización del aborto la planteó la diputada humanista Laura Rodríguez en 1990. Después se presentó el primer proyecto formal, de la diputada Adriana Muñoz, en 1991. Le siguieron varios proyectos más, de mayor o menor alcance, y todos fueron rechazados, no sólo por la oposición de la derecha, sino también de la DC, que olvidó la reforma que su propio partido había impulsado en 1968.

En 1996 la derecha, aliada a sectores de la Democracia Cristiana, boicotearon la primera política de educación sexual que se trató de generar en el sistema escolar, las “Jornadas de Conversación sobre Afectividad y Sexualidad” (JOCAS). En 2007 se trató de introducir las Normas Nacionales sobre Regulación de la Fertilidad, que incluyeron la anticoncepción de emergencia o “pastilla del día después”. Esta política también fue brutalmente combatida por los mismos sectores, por lo que recién se pudo implementar cabalmente en 2010, con la aprobación de la ley 20.418. La oposición a estas reformas llegó a su punto culminante cuando en 2011 el entonces presidente Sebastián Piñera aseguró que vetaría un proyecto de ley de aborto terapéutico en caso de aprobarse en el Congreso.

El presente y lo que viene

Mientras el sistema político permaneció inamovible por 27 años, manteniendo una legislación idéntica a la que existía antes de 1931, y que fue promulgada en 1875, la sociedad chilena evolucionó de forma acelerada. Ya al inicio de la tramitación del actual proyecto de reforma, en 2014, más del 70% de la población respaldaba el cambio. Sin embargo la tramitación demandó años y esfuerzos inesperados.

La ex senadora DC Soledad Alvear ha ejercido en estos tres años como una lobbista específicamente dedicada a paralizar este proyecto, exponiendo de forma continua y reiterada ante la Comisión de Constitución, Legislación y Justicia de la Cámara de Diputados y del Senado. Cuando la aprobación ya era inminente este sector de la DC trató de boicotearlo introduciendo a última hora una indicación sibilina del senador Andrés Zaldívar que de haber prosperado habría dejado en nada la iniciativa. Luego de una ajustada aprobación en el Senado, el proyecto estuvo a punto de fracasar en la Cámara, ya que la ausencia de algunos de diputados estuvo a punto de postergar el ingreso al Tribunal Constitucional en septiembre cuando con otra composición y bajo la presidencia de Iván Aróstica, lo más seguro hubiera sido su rechazo.

Todavía queda pendiente saber exactamente lo que resolverá el fallo del Tribunal Constitucional respecto a la objeción de conciencia, ya que puede significar una barrera para que las mujeres se hagan el aborto de una manera segura. Al respecto la Iglesia Católica espera que se instaure lo que han llamado “objeción de conciencia institucional” lo que resulta conceptualmente absurdo, pero que podría llegar a aprobarse por presión política.

La noción de “objeción de conciencia” implica un ejercicio de un derecho, pero que recae en los sujetos poseedores de esa conciencia. Una institución no un sujeto, y la idea de una “objeción de conciencia institucional” implica por sí misma un atentado a la libertad de conciencia de los individuos que la componen. De esa forma, aunque un médico en el Hospital parroquial de San Bernardo, o en el de la Universidad Católica, considere necesario efectuar un aborto por las causales que señala la ley no podría hacerlo porque su institución ya “decisión en conciencia” por él.

Un sistema político empantanado

Cuesta entender que la mayoría social tenga en Chile tantas dificultades para expresarse como mayoría política e institucional. Incluso en una materia en la cual no toda la derecha tiene la misma fijación fundamentalista y puede legar a votar de forma cruzada. Recordemos que para su aprobación fue necesario el voto de la diputada Karla Rubilar y de la senadora Lily Perez, que en estas materias han sido mucho más progresistas que parlamentarios de la DC como Marcelo Chávez, Patricio Walker o Andrés Zaldívar.

Este factor explica el debate inacabable referido a los dilemas fundamentales, ligados a la baja legitimidad de la actual institucionalidad política, el déficit crónico en materia de derechos humanos, especialmente en el campo de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, la ausencia del principio de solidaridad en la formulación de las políticas públicas, la excesiva dependencia de una reducida cesta de recursos naturales que se explotan bajo una lógica extractivista y rentista, la lentitud en los avances referidos al reconocimiento de la autonomía moral de las personas, con garantías para participar como sujetos plenos en las decisiones relevantes para sus vidas y sus territorios, y a la necesidad de desmercantilizar esferas completas de la sociedad que han sido reducidas a productos que se transan bajo la ley de la oferta y la demanda. Para enfrentar todos estos problemas se necesita que la mayoría social se asemeje, aunque sea mínimamente, a la mayoría política que gobierna este país.

 

La política en la era del selfie

Cuenta la mitología griega que Narciso era un joven tan guapo como engreído y vanidoso. Por eso, Némesis, la diosa de la venganza, le castigó, haciendo que se enamorara de su propia imagen, reflejada en una fuente de agua. Encandilado por su propio rostro Narciso quedó absorto, a tal punto que se arrojó a las aguas en las que se reflejaba. Esta narración simbólica ha sido recuperada por la psicología contemporánea para describir el “narcicismo”, entendido como un desorden de la personalidad, en el cual la persona sobrestima sus cualidades y manifiesta una excesiva necesidad de admiración y afirmación. Y tal como le ocurrió a Narciso, este trastorno le lleva a dinámicas autodestructivas.

Las elecciones exigen a los candidatos una fuerte dosis expresivismo y “voluntad de poder”. Un candidato o candidata con una baja autoestima es poco probable que pueda vencer. Sin embargo, lo que en este ciclo electoral se está viendo es la patologización de esta necesidad. Los egos y las ambiciones personales se están demostrando tan agresivos y desatados que parecen poner en riesgo los proyectos de articulación política y las formas colectivas de acción. Incluso en la izquierda.

Pensemos en la candidatura fallida de Ricardo Rincón, que llevó a la Democracia Cristiana a una crisis que casi termina en la fractura de ese partido. No por razones ideológicas o programáticas, sino por la incapacidad de Rincón de armonizar su proyecto personal con el interés de su colectividad. “Rincón hay uno sólo” gritaba el candidato y sus adherentes en la junta nacional de la DC, celebrando su triunfo pírrico, mientras todo el país se indignaba porque un maltratador de mujeres, expresamente condenado en tribunales, pudiera ser candidato a diputado. Cabe también criticar a Carolina Goic por la misma razón, ya que al “rinconizar” el debate para fortalecer su candidatura presidencial, ha abierto una caja de pandora muy difícil de cerrar: ¿Qué hará ahora la DC con los otros candidatos cuestionados: Marcela Labraña, Roberto León, Jorge Pizarro, Iván Fuentes, sólo por nombrar los casos más expuestos? Los criterios éticos propuestos por Patricio Zapata no son muy claros al respecto y auguran fuertes tensiones y contradicciones.

El narcicismo es autodestructivo porque no evalúa los efectos de las propias acciones, incluso lleva a abandonar el más mínimo sentido de la vergüenza, ya que genera un tipo de esquizofrenia política que sólo se explica por el narcicismo desbocado de unos candidatos que están dispuestos a los pactos mefistofélicos más incomprensibles con tal de “estar en la papeleta” en noviembre.

Pero este narcicismo político no es una enfermedad exclusiva de la “vieja política” o del “duopolio”. En el Frente Amplio también han salido a la luz las mismas dinámicas narcisistas. El excesivo “culto al yo” y a la identidad personal y su afirmación autorreferencial son rasgos notorios, que han llegado a su culmine en la definición de las candidaturas del famoso distrito 10. En ese espacio, que abarca Santiago centro, Providencia, Ñuñoa, Macul, san Joaquín y La Granja, el excandidato presidencial Alberto Mayol anunció su interés de ser candidato a diputado. El problema es que su decisión no pareció respetar los procesos internos de definición de las candidaturas, incluyendo primarias y consultas a las bases. De allí que su argumento para asumir esa candidatura se vea pobre: “vivo y trabajo allí”, sostuvo Mayol, pero esa justificación no parece muy convincente cuando en la región metropolitana es bastante más grande y su candidatura pone en riesgo la diputación de Giorgio Jackson (RD) y de Francisco Figueroa de Izquierda Autónoma (IA).

Todos contra todos

Para entender esto hay que recordar que en noviembre la dinámica electoral supondrá una competencia feroz, no sólo entre 4 grandes pactos: Chile Vamos, DC-IC-MAS, PS-PPD-PR-PC, y Frente Amplio. También supondrá una competencia interna entre los partidos que forman cada pacto, y luego otra disputa más entre los candidatos del mismo partido. En esta lógica, de competencia total, el supuesto “compañero” de lista es también el adversario porque disputa el “bolsón” de votos al de cada candidato. Por este motivo más que grandes propuestas programáticas partidarias se va a acrecentar el voto “personal” basado en factores diferenciadores fundados por la biografía, el perfil humano y las redes de los candidatos.

En muchos países, especialmente en los que tienen régimen parlamentario, los electores votan fundamentalmente por los partidos. El partido ofrece un programa claro y verificable, y los candidatos son un equipo al servicio de esa causa. Es posible que un elector no conozca el nombre de los candidatos, y simplemente apoye la sigla partidaria, porque sabe que estará eligiendo un equipo parlamentario que va a actuar en bloque. Esto tiene desventajas: le da mucho poder a los partidos y muchas personas destacadas pueden ser postergadas por otras que han hecho carrera interna en la maquinaria partidista.

Pero el sistema chileno está acentuando el polo opuesto: se tenderá a votar por los “rostros”, más que por las ideas y proyectos. Esta “personalización” puede hacer que los partidos busquen a candidatos porque son “conocidos”, más que a gente competente. En cierto modo, la elección de Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez respondió a este criterio de selección, ya que al ser periodistas han tenido una alta exposición mediática. Pero ahora, ya en campaña, son muchas las críticas a sus limitaciones como candidatos. No es lo mismo hacer buenas preguntas que dar buenas respuestas, y por eso Guillier y Sánchez no logran desplegar todo el potencial electoral que sus plataformas políticas podrían tener.

¿Candidatos o “rostros” de una campaña?

La política es el reflejo de la sociedad en que vivimos. Uno de los signos de estos tiempos es la tendencia a exponer en público el ámbito de lo privado. De esa forma abunda la autoexibición en las redes sociales. Facebook, Twitter pero sobre todo Instagram se han convertido en vitrinas políticas donde los candidatos, lejos de exponer ideas o programas, se exponen a sí mismos. Especialmente muestran su vida íntima, sus intereses privados, sus hábitos domésticos, la comida que comen, los viajes que hacen, los lugares que visitan, y sobre todo sus rostros. Ya se habla de la “política selfie”, que se basa en la constante exhibición de la propia cara.

Así, la división entre lo real y lo virtual se difumina, porque lo que el candidato busca es que su audiencia se identifique con su vida y anhele vivir, simbióticamente, en “la piel” del candidato. Para eso lo importante es construir un “relato”, una “narración”, que por medio de las nuevas tecnologías y de Internet, logre la adhesión afectiva de los electores. Se supone que las opciones ideológicas y racionales ya están tomadas, y lo que se debe movilizar en las campañas electorales es el corazón de las personas, que emocionadas por la “aventura” que propone el candidato, se moverían para que el triunfo de su candidato sea también su propio triunfo personal.

Esta es una estrategia transversal. Por ejemplo, José Antonio Kast sabe que su electorado es muy acotado. Sólo llega a los nostálgicos más acérrimos de la dictadura y a los fundamentalistas religiosos. Pero su imagen de campaña va a tender a movilizar a ese núcleo duro. Como el volumen total de votantes será bajo, ese pequeño nicho electoral puede ser porcentualmente importante a la hora final. De allí que su campaña no busque construir mayorías, simplemente apunte a un bolsón de votos, a los que buscará sacar de la apatía y llevar a las urnas el día de la votación.

En cierta forma el buen candidato es un buen actor. Algo parecido a los “rostros” que buscan las grandes marcas que contratan una modelo o a un cantante para que se saque fotos usando sus productos de forma casual, espontánea. La “política selfie” es parecida. El partido es la “Marca” que aparece tangencialmente asociada al personaje, que moviliza electores a partir de sus historias de vida, las escenas emotivas en la campaña, y las vivencias íntimas que logra exponer a una audiencia ávida de entretenimiento. De esa forma la información electoral poco a poco se desplaza en los periódicos, desde la crónica política a la sección “espectáculos”, y las campañas de los candidatos empiezan a convivir con los sucesos de las “celebrities” que marcan la actualidad.

 

 

 

Nueva Mayoría: perdiendo por autogoleada

Eduardo Galeano decía que “el gol es el orgasmo del fútbol”. Por eso un autogol sería lo contrario: algo así como el espasmo más humillante, absurdo e imperdonable que se puede experimentar en una cancha. Llevado a la política habría que considerar que el gobierno de la Nueva Mayoría ha sido el “gobierno de los autogoles”, y es probable que esta será la imagen que quedará de él. Se hace muy difícil contabilizar el número de puntos que la propia coalición ha marcado en su propia valla. Son tantos que cuesta llevar esa contabilidad. Lo evidente es que, en esta última etapa, a medida en que se van definiendo los proyectos de ley, y las reformas van entrado a su etapa definitoria, los goles en el propio arco se han multiplicado exponencialmente.

La metáfora del autogol parece ser el sino trágico de la Nueva Mayoría. Con una derecha inusualmente debilitada luego de su desastre electoral en 2014, todo parecía favorable a que Michelle Bachelet pudiera llevar adelante un programa de reformas posibles, acotadas, que podrían poder al país “al día” en materias fundamentales. El destape del caso PENTA, las fracturas internas en la derecha, la superación del sistema binominal, auguraban un momento propicio a este objetivo. Pero nada de eso ocurrió. El caso CAVAL, orquestado como una trampa por la UDI, tal como se ha demostrado judicialmente, desmontó buena parte de esa estrategia, ya que obligó a la presidenta a apoyarse en el sector más conservador de la DC, con Jorge Burgos como ministro del interior. Desde ese momento los autogoles empezaron a ser diseñados desde dentro de La Moneda, que se encargó de torpedear el proyecto de la nueva constitución, a impedir que la reforma tributaria alcanzara a recaudar lo esperado, anuló el programa de la nueva educación pública, boicoteó las propuestas para avanzar a una solución en el conflicto con el pueblo mapuche avanzadas por Francisco Huenchumilla, etc.

Pero no todos los autogoles se le deben endosar a Burgos o a sus aliados, los Walker, Mariana Aylwin, Gutenberg Martínez y compañía. Algunos de los autogoles más burdos se deben a los propios aliados de la presidenta, que, compartiendo el programa y los objetivos políticos del período, han llevado el desorden político y legislativo a niveles disparatados.

Como autogol emblemático quedará la imagen de la votación del proyecto de “aborto por tres causales”, que no alcanzó los 3/5 del quorum requerido en la cámara de diputados, y no sólo por los votos en contra y la abstención de algunos democratacristianos, sino también por la inexcusable ausencia en sala de los diputados radicales José Pérez y Fernando Meza, formalmente partidarios de la iniciativa. El día anterior, 20 de julio, el proyecto había logrado superar el Senado una compleja indicación interpuesta a última hora por Andrés Zaldívar, que sibilinamente buscaba boicotear el proyecto desde su raíz. Superada esa prueba, todo indicaba que el trámite en diputados sería expedito. Pero como ha ocurrido en múltiples otras ocasiones, la realidad supera a la ficción y los dos años y medio de trámite legislativo se fueron a pique por efecto del “fuego amigo”.

Ahora, lluego de un tortuoso paso por la Comisión Mixta, el proyecto de ley llegará a morir al Tribunal Constitucional, producto de otro norme autogol de la Nueva Mayoría. Recordemos que en agosto de 2015 la derecha instaló en esa instancia al abogado José Ignacio Vásquez, producto del desorden político de la Nueva Mayoría, que dividió sus votos entre distintos candidatos. De esa forma hoy la composición del TC se divide en 6 integrantes ligados a la derecha y 4 al oficialismo. Agustín Squella, el respetado académico, liberal de tomo y lomo, sintetiza muy bien lo que ha ocurrido:

“Sabemos también que el proyecto, una vez que sea despachado por el Congreso, irá al Tribunal Constitucional, esa instancia que la clase política transformó en una tercera cámara legislativa en la que intentar ganar lo que se pierde en las votaciones democráticas que tienen lugar en el Congreso Nacional. No hay ninguna reforma importante del gobierno actual que no haya ido a parar a ese tribunal por iniciativa de una derecha que no tuvo votos suficientes para detenerla antes, sin importarle para nada que, al hacerlo, desvalorizara la función legislativa y defraudara a la opinión mayoritaria del país. Si parlamentarios de lado y lado han degradado la actividad política y tienen por el suelo el prestigio de su propio lugar de trabajo -el Congreso Nacional-, se las han arreglado también para distorsionar la figura del Tribunal Constitucional, con la complicidad de aquellos de sus integrantes que deben su presencia allí no precisamente a una probada trayectoria, conocimientos y prestigio en materias constitucionales, sino al descarado cuoteo que la derecha y la Concertación/Nueva Mayoría han hecho de la designación de 4 integrantes de ese tribunal. El cuoteo en tal sentido ha sido doble: cuando el Senado nombra algún integrante del TC, va de uno en uno -uno de Chile Vamos y luego uno de la Nueva Mayoría- y, como si fuera poco, ambas coaliciones tienen de antemano cuoteada la plaza que les corresponde ocupar: en un caso es para la UDI, en el siguiente para RN; en un caso es para la DC y en el próximo para el sector progresista de la centroizquierda… Y pensar que todavía hay ingenuos y marulleros que afirman que nuestra transición a una auténtica democracia terminó hace tiempo y que lo que el país necesita es solo crecimiento y no una nueva Constitución![1]”.

Autogoles electorales

Si la agenda legislativa del gobierno se ha llenado de autogoles, el escenario electoral de los partidos se ve igual o en peor circunstancia. Estando Piñera acosado judicialmente, y constreñido por una tasa de rechazo altísima en las encuestas, la Nueva Mayoría parece decidida a facilitarle en todos los aspectos su triunfo en diciembre.

El caso más patético es el de la Democracia Cristiana, inmersa en un atolladero del que no podrá salir sin realizar un harakiri tormentoso. El espectáculo de la última Junta Nacional, que al aprobar la candidatura del cuestionado diputado Ricardo Rincón sepultó la candidatura presidencial de Carolina Goic, es la última escena en una tragicomedia de absurdos que terminará con una gran transacción: la DC bajará la candidatura de Goic y a cambio la Nueva Mayoría le incorpore a su lista parlamentaria. El precio final de esta transacción está todavía por definirse, pero no saldrá barata para nadie. Y en el camino quedarán los discursos sobre principios, identidades y valores. Como afirmó el vicepresidente de la DC Sergio Espejo:  “La Junta Nacional de la DC, la mayoría de sus dirigentes, no todos, dieron muestra de un anestesiamiento moral que marca una distancia que puede ser definitiva con los chilenos y las chilenas. La DC ha preferido una vez más traicionar a su candidato presidencial, lo hizo cuatro años atrás con Claudio Orrego, lo hizo hoy con Carolina Goic… Aquí la señal que hubo en la junta es que todo se perdona si el acusado es un incumbente. La votación fue un llamado al individualismo, cada uno votó por su parcela individual, nada más”.

En el fondo lo que se observa es que, a los partidos, es decir, sus controladores o “dueños”, fundamentalmente los parlamentarios en ejercicio, no les interesa la elección presidencial porque la dan por perdida. Lo único que les preocupa es la elección parlamentaria, asumiendo que se acabó la Nueva Mayoría, y que su sobrevivencia pasa por conservar la propia reelección.

El autogol, como drama político 

Era el 2 de julio de 1994, cuando transcurría el minuto 35 en partido entre Colombia y Estados Unidos por el mundial de Futbol. El Estadio Rose Bowl de Los Ángeles miraba cómo estadounidense John Harkes tiraba un centro a su compañero Earnie Stewart, intentado escapar de la marca del defensa colombiano Andrés Escobar. En esa jugada Escobar se lanzó a ras de piso y despejó el balón con su pie derecho, evadiendo a Stewart. Pero la mala fortuna quiso que el balón saliera directo contra el propio arco colombiano, ante la mirada de angustia de Escobar. Colombia quedó eliminada. Pocos días después, en un bar de Medellín, seis disparos acabaron con la vida de Andrés Escobar, a manos de unos sicarios que le recriminaron el autogol.

 Sin el menor ánimo de justificar a esos sicarios, es evidente que es más fácil aceptar una derrota cuando se da ante adversarios superiores que aceptar una derrota producto de los propios errores. Por eso no es de extrañar que muchos van a querer emular políticamente a los asesinos de Andrés Escobar cuando termine este ciclo electoral. Y es posible augurar una despiadada purga al interior de los partidos de la Nueva Mayoría, y entre los partidos de esa coalición. Los cuchillos largos ya se están afilando, sólo falta el momento propicio para el crimen.

Una última observación. Los autogoles no son patrimonio de la Nueva Mayoría. Beatriz Sánchez, la candidata presidencial del Frente Amplio debería recordarlo, especialmente si un día se levanta izquierdista y al otro dice que el gobierno de Allende fue “totalitario”. Ni la subsiguiente petición de perdón logró despejar las dudas de esa frase, que recuerda que un simple recambio generacional no bastará para dar un nuevo tipo de gobierno al país.  Se necesita un proyecto coherente, en sus ideas, en sus tácticas y en su estrategia. Sólo así se lograremos repetir aquello que Roberto Matta definió en un mural de 1971 como “El primer gol del pueblo chileno”.

 

[1] “Un tribunal cuoteado” en  El Mercurio, viernes 28 de julio de 2017.