Bienvenidos a un nuevo Chile

Las elecciones del 19 de noviembre han inaugurado un nuevo momento político en el país. Chile ha entrado en una fase pos binominal, bajo un sistema proporcional que distribuye el poder electoral de una manera muy diferente al que rigió entre 1990 y la actualidad. La principal novedad radica en la emergencia del Frente Amplio como un tercer actor parlamentario, que posee una fuerza y capacidad propia, autónoma de las dos coaliciones tradicionales que han organizado el campo político hasta ahora. Esto no representa una izquierdización del electorado. En términos globales la sumatoria de los resultados, sumando a todos los candidatos, arroja las mismas cifras que se han dado desde 1988 hasta ahora, elección tras elección: del centro a la izquierda se concentra el 55% de los votos y del centro a la derecha el 44%.

Lo que el nuevo sistema electoral reveló es que durante todas estas décadas la izquierda ha estado sub-representada, mientras otros actores, como la Democracia Cristiana, se han beneficiado de una sobre-representación. El fin al binominal ha permitido al Frente Amplio obtener 21 diputados, mientras todas las coaliciones que se situaron a la izquierda de la Concertación nunca lograron representación parlamentaria, sin llegar a pactos de omisión u otra fórmula parecida.

A la vez, las elecciones han dejado en evidencia a la cápsula comunicacional que envuelve este país. Se trata de un complejo sistema de espejos, donde un mensaje se replica y valida por otro sistema de comunicaciones hasta modelar una posverdad omnipresente, una mentira cuidadosamente creíble que adquiere más legitimidad que la verdad misma. El sistema funciona a partir de las dos o tres encuestas que se generan regularmente desde el CEP, CADEM, o Adimark, financiadas por los conglomerados empresariales. Estos estudios, cuidadosamente diseñados desde una metodología y una base de datos conveniente al financista de la encuesta, son difundidos y convertidos en un oráculo infalible por los canales de televisión, la radio y la prensa escrita. Luego, los líderes de opinión comienzan a interpretar esos resultados, pero sin poder ir muy lejos de las cifras que las encuestas revelan. Finalmente, los actores políticos se ven inducidos a actuar sobre la base de estas interpretaciones, convencidos de que lo hacen sobre una base empírica que le daría cientificidad a su actuar. Pero hoy sabemos que estos datos no tienen nada de fiables. De allí la ira de Beatriz Sánchez la noche de las elecciones: “A todas las encuestas que dijeron que íbamos a estar abajo, ¿dónde está ese oráculo que es la CEP borrándonos del mapa?… si las encuestas hubiesen dicho a la verdad, a lo mejor sí estaríamos en segunda vuelta”.

La candidata del FA tiene razón: “se acabó la magia” titulaba La Segunda a tenor de la última entrega de la CEP el 25 de octubre pasado, agregando una lapidaria afirmación: “Fuerte retroceso de Beatriz Sánchez”. Y al día siguiente La Segunda titulaba: “el 0,9% que la falta a Piñera para ganar en primera vuelta”. En esa encuesta, supuestamente reputada, Piñera alcanzaba un 44,4% (obtuvo un 36,6), Guillier un 19,7% (sacó un 22,7) y Sánchez un 8,5% (alcanzó el 20,3).

Durante los últimos cuatro años la opinión pública ha sido modelada por este tipo de mensajes. Se empezó a construir la tesis del “rechazo ciudadano” a las reformas. Pero a la hora de votar los más castigados han sido los conservadores de la Nueva Mayoría que boicotearon desde el interior del gobierno el programa de 2013: Ignacio Walker, Andrés Zaldívar, Camilo Escalona, Osvaldo Andrade, Jorge Tarud, Fulvio Rossi. Ya habían resignado sus posibilidades electorales Jorge Burgos, Mariana Aylwin, Soledad Alvear y Gutemberg Martínez. Nada era como se decía. El electorado de centro izquierda e izquierda no rechazaba las reformas por avanzadas, sino por tímidas o insuficientes. Anhelaba avanzar más intensa y rápidamente. Por eso castigó a los más conservadores de la Nueva Mayoría, premió a los más consistentes (por ejemplo, a Yasna Provoste, Ximena Rincón y Francisco Huenchumilla, de ala progresista de la DC) o derechamente optó por el Frente Amplio. Un balance de fuerzas, sector por sector revela esta situación:

 

Chile Vamos, pánico presidencial, victoria parlamentaria: Contra el pronóstico de las encuestas manipuladas, la elección presidencial está abierta. Si Piñera hubiera sobrepasado el 40% de los votos y hubiera superado por más de 15 puntos a Guillier, la elección estaría cerrada y sería difícil revertir el resultado. Tampoco juega a favor de Piñera el escuálido 5,9% de Carolina Goic, ya que esa era la única cantera de votos que podía levantar desde el centro político. La debacle DC, que queda escorada a la izquierda, y ya definió su apoyo a Guillier, no le ayuda al triunfo. Por otro lado, deberá ganarse los votos de la ultraderecha religiosa y militarista que llegó al 7,9%  con José Antonio Kast. Es difícil sumar al centro político y a la vez a la extrema derecha. Pero la derecha puede respirar tranquila a nivel parlamentario. Chile Vamos subió hasta el 46% de los diputados, frente al 35,8% que tiene en la actualidad. Y en el Senado pasó de 13 parlamentarios, de un total de 38, a 19, un 44,1 % del total.

La debacle DC: el 5,9% de Carolina Goic se debe analizar junto al enorme retroceso parlamentario de su partido. Aunque mantendrá 6 senadores, el mismo número que tiene hoy, la derrota de Patricio e Ignacio Walker y de Andrés Zaldívar, junto al triunfo de Francisco Huenchumilla y Ximena Rincón, cambia el carácter de esa bancada. En diputados la DC baja de 19 a 14 diputados, pero en una cámara que pasa de 120 a 155 miembros. La renuncia de Carolina Goic y el apoyo incondicional a Guillier anuncia un tiempo de redefiniciones y luchas internas en este partido, que deberá zanjar cuentas con el grupo que promovió la catastrófica tesis del camino propio.

La crisis de PPD-PS-PRSD: si bien Alejandro Guillier logró pasar a segunda vuelta, el número de votos de su candidatura es el más bajo para este sector desde 1990. El Frente Amplio estuvo sólo a 159 mil votos de desplazarle de la segunda vuelta. Luego de una campaña reconocidamente débil en lo orgánico y en lo programático, se enfrenta a la necesidad de sumar la adhesión del FA a su candidatura. Necesita su apoyo para ganar, pero sobre todo necesita un acuerdo básico parlamentario, en vistas a poder gobernar. Una cosa es triunfar en la elección, pero otra muy distinta es poder tener mayoría parlamentaria para viabilizar un gobierno.

En lo parlamentario los resultados del sector son dispares. El PC aumentó a 8 diputados, y el PS salvó el honor al lograr la elección de tres senadores, incluyendo a su presidente Álvaro Elizalde. El PR se mantiene, sin capitalizar el apoyo inicial a Guillier, mientras el PPD entra en una crisis mayor, al retroceder a 8 diputados, sin un liderazgo claro de cara al futuro. En la suma final la actual Nueva Mayoría retrocedió, perdiendo cuatro escaños, con lo que su representación quedó en el 37 %, un 14 % menos.

Frente Amplio, de la euforia a los dilemas del poder: el 20, 3% de Beatriz Sánchez, los 21 nuevos diputados y el senador por Valparaíso representan el escenario más promisorio que los estrategas del FA se habían imaginado. Incluso, sin la manipulación mediática, podrían haber llegado a dar el “sorpasso” a Guillier e instalarse en segunda vuelta. Por eso es más que justa la alegría de este nuevo sector político, y un motivo de esperanza para la izquierda chilena. Sin embargo, pasada la primera celebración se ha dejado caer el peso de la nueva responsabilidad. Ser el tercer bloque parlamentario del país, con un volumen electoral en pleno desarrollo obligará al FA a administrar la hibris del poder que se inevitablemente instalará en su seno, y que les puede llevar a la arrogancia o a la vanidad.

En lo inmediato el FA ha definido un itinerario de consultas a su militancia sobre la posición en segunda vuelta. Eso debería desembocar en un plebiscito los días 27 y 28 de noviembre. Cualquiera sea el resultado de esa consulta, el FA ya es una “bisagra” inevitable en el actual escenario político, y sin su aval político es muy poco lo que los grandes bloques tradicionales pueden definir.

En cuanto a la correlación de fuerzas internas, Revolución Democrática obtuvo la mayoría de la bancada, con 8 diputados: Catalina Pérez, Jorge Brito, Pablo Vidal, Maite Orsini, Giorgio Jackson, Natalia Castillo, Miguel Crispi y Renato Garín. En segundo lugar el Movimiento Autonomista logró tres diputados: Diego Ibáñez, Gonzalo Winter  más Gabriel Boric, quien alcanzó una altísima votación en Magallanes. El Partido Humanista vuelve al congreso con Tomás Hirsch, Pamela Jiles y Raúl Alarcón (Florcita Motuda). El Partido Liberal logró dos diputados, Vlado Mirosevic, en Arica, y Alejandro Bernales, del Distrito 26. Izquierda Libertaria eligió a Gael Yeoman, Izquierda Autónoma a Camila Rojas, los ecologistas a Félix González y Poder a Claudia Mix. La joya de la corona es la elección del senador Juan Ignacio Latorre (RD) un factor determinante del nuevo carácter del FA como una fuerza que atraviesa todos los niveles de representación popular.

En perspectiva país: aunque la emergencia del FA es una noticia fabulosa, no hay que perder de vista un par de datos preocupantes: el próximo parlamento, en términos globales, tendrá una derecha más fuerte que en la actual configuración. Eso de por sí limita las posibilidades programáticas de un eventual gobierno de Guillier. Y en segundo lugar, la abstención siguió avanzando, pasando del 49% en la primera vuelta de 2013 a un 46%. Ver en eso un germen de rebeldía es una ilusión. El único sector que se beneficia objetivamente del abstencionismo es la derecha. Ese nuevo escenario obliga a pensar con nuevas palabras y acciones. Por un lado, hay que asumir con Jorge Sharp que “El Frente Amplio tiene que contribuir a impedir que la derecha gobierne”. Por otro lado, debe hacerlo de tal forma que eso suponga un avance significativo para las personas, no sólo para los partidos de la NM y del FA. Consensuar una agenda parlamentaria mínima y concreta entre la NM y el FA, centrada en 5 o 6 puntos claves (AFP, Constitución, Salud, Pueblo Mapuche, facultad presidencial de llamar a plebiscito) y que no hipoteque la autonomía del FA, debería ser la expresión de ese objetivo. Sería una oportunidad clara de hacer sentir que toda la energía puesta en la disputa electoral ha valido la pena.

El empresariado y las elecciones 2017

El comediante Pedro Ruminot instaló en el Festival de Viña una frase que ha quedado en la memoria colectiva: “Soa Bachelet haga algo!”. Refleja el estado de ánimo que el empresariado ha creado durante todo este gobierno. ¡Soa Bachelet haga algo! es un grito que se alarma por todo, y que busca que el gobierno se alarme también. Si se va a hacer una reforma tributaria que rasguñará algún peso extra, ¡Soa Bachelet haga algo! Si hay unos camiones madereros quemados ¡Soa Bachelet haga algo! Si las expectativas de crecimiento no se cumplen ¡Soa Bachelet haga algo! Ante cualquier detalle que les incomoda surgen los lagrimones y las quejas con un coro de empresarios gritando ¡Soa Bachelet haga algo!

El problema es que durante muchas décadas este empresariado se acostumbró a un Estado paternalista que salía a socorrer al sector privado apenas se atisbaba la primera dificultad. Alfombra roja en La Moneda para la CMPC y la SOFOFA, entrada por la puerta de servicio para los sindicatos y las organizaciones territoriales y sociales. Sin duda esta ha seguido siendo la tónica en estos cuatro años, pero de una forma bastante menos ostentosa. El paternalismo al empresariado ha cedido a una relación más institucional, que ha descolocado al gran capital. De allí la incomodidad del sector en este tiempo. La línea directa se volvió oblicua, y aunque no se cortó, se perdió la conexión instantánea. Lo que antes se resolvía con un email o un whatsapp ahora requiere más tiempo, convencer, o incluso, llenar un formulario oficial de audiencias y esperar un turno para conversar con la autoridad. Por eso el discurso del empresariado se tornó apocalíptico. Aunque las cifras objetivas no muestran que durante estos cuatro años se les haya tocado estructuralmente ni con el pétalo de una rosa.

El apocalipsis bursátil

El exponente más claro de este discurso ha sido el presidente de la Bolsa de Comercio de Santiago, Juan Andrés Camus, que afirmó dijo en una entrevista que si Sebastián Piñera no gana las elecciones el mercado sufriría un “colapso”. Pero no ha sido el único. Klaus Schmidt-Hebbel, economista de la UC, señaló en la última ICARE que existe un “Estado fallido en el sur de Chile”. En rigor un estado fallido es Irak o Libia. Un conflicto social con elementos de violencia rural, que el Estado no logra reprimir de forma absoluta por atenerse a la ley vigente, y no aplicar el estado de excepción es una cosa muy diferente.

El único dato duro e irrebatible que exhibe el empresariado es que durante el gobierno de Sebastián Piñera Chile creció a un 5,3% en promedio y, en este Gobierno se logrará apenas el 2%. Pero hasta aquí llegan sus razones. En primer lugar, porque olvidan que entre 2010/2014 el precio promedio del cobre superó los 3,5 dólares la libra mientras entre 2014-2017 ha promediado un2,5%. A la vez Piñera pudo capitalizar los efectos de la inversión posterior al terremoto, que incrementó el empleo y el consumo. Ambas variables no tienen origen político y dependen de fenómenos aleatorios que pueden ser bien o mal administrados. De esta forma llama la atención que bajo un 5% de crecimiento Piñera sólo haya logrado disminuir el desempleo promedio a 6,9%, mientras Bachelet, en tiempo de vacas flacas, lo haya mantenido en un 6,4%. Bachelet tiene razón cuando en la última ENADE le dijo a los empresarios que su gobierno heredó “una economía con productividad casi estancada, una economía que venía desacelerándose desde la segunda mitad del 2013, y se va a entregar en vías de recuperación”.

Un extraño país “en ruinas”

El relato catastrofista de los empresarios pinta a este gobierno como un nido de comunistas que han tratado de destruir el capitalismo. Pero nada cuadra con esa narración. Algunos ejemplos cotidianos, que muestran la irracionalidad del empresariado:

Según las estadísticas de la aseguradora Allianz nuestro país ha subido en 2017 en el ranking mundial de la renta per cápita, ubicándose en el mejor puesto de América Latina en el lugar 25 a nivel mundial, subiendo dos escalones con respecto al ranking del año pasado. Supuestamente los chilenos poseemos16.460 euros de patrimonio neto financiero por cabeza. Si usted no sabe dónde está esa plata es otra cosa, ya que la tiranía de los promedios no indica cómo se concentra y distribuye esa riqueza. En todo caso, no es una estadística que permita avalar las lágrimas empresariales.

De igual forma el Banco Mundial ha señalado a Chile como “ejemplo en políticas monetarias en tiempos de crisis”, y las estadísticas nuevamente indican que tiene razón.

La Bolsa de Santiago, cuyo presidente cree que se dirige a un cataclismo, sigue imparable, y superó en septiembre los 5.500 puntos, logrando un nuevo máximo histórico de transacciones.

Los grandes grupos transnacionales respiran en Chile el olor al dinero. La gigantesca cadena de retail sueca Ikea ha anunciado su instalación en Chile, el primer país latinoamericano donde instalará sus tiendas de muebles. Igual cosa ha hecho la multinacional Japonesa Komatsu que está invirtiendo en este momento US$33 millones en nueva planta en Chile. Latam Airlines ha mostrado el mejor balance financiero desde 2012, beneficiándose del incremento del tráfico de pasajeros en un 3,9% en comparación al año pasado. En efecto, en septiembre de 2017 el tráfico aéreo internacional en Chile alcanzó el mayor nivel en cinco años. La temporada de invierno cerró con récord de casi 1,3 millones de turistas extranjeros, lo que supuso un alza de 16,2%.

La venta de viviendas ha subido este año en un 8,2%, apuntalada por baja en tasas de los créditos hipotecarios. La compra de autos nuevos también creció en un 28,8%. El Retail, las AFPs, las Isapres también muestran ganancias exorbitantes. Como trasfondo el dato clave es que desde 1928 en Chile no había una inflación tan baja en septiembre.

La Banca chilena se ubicó este año en el “top five” a nivel mundial en competitividad y solidez, acumulando ganancias por US$2.454 millones entre enero y agosto. Chile sigue siendo el país más “competitivo” de Latinoamérica, situado en el puesto 33 del mundo.

Mientras tanto el cobre sigue subiendo y según FMI, BM, CEPAL al término del año Chile crecerá 2.9%, muy cercano al 3% que los economistas de la derecha consideran más que “aceptable” con este precio de las exportaciones.

Para la agencia Bloomberg, experta en especulación financiara, Chile es “líder entre países con presidente mujer” y donde más gana el mercado bursátil. La OCDE destaca que Chile es vanguardia mundial en la generación de electricidad solar. La estadística oficial de pobreza multidimensional pasó de 20,4 al 19.1 por ciento.  En obras públicas licitadas a privados Piñera adjudicó 10 proyectos por US$ 2.126, mientas el actual gobierno licitó con 17 proyectos por US$ 4.543.

¿Qué más quieren?

Pienso que todas estas estadísticas financieras triunfales, este consumo desenfrenado, este despilfarro inútil y suntuario, es parte central del problema de nuestra sociedad, más que un factor a exhibir con orgullo. Es parte de la enorme cadena de desigualdades y “externalidades” que están matando a nuestros territorios, e impiden pensar un futuro justo y sustentable. Sin embargo, este listado de “éxitos” económicos abren a la sospecha. ¿Qué más quieren en La Dehesa? ¿Qué es lo que desean los veraneantes de Zapallar? Y la respuesta es fácil: el dinero quiere poder y reconocimiento. De nada sirve tener las cuentas corrientes repletas si no se puede ostentar ante el mundo y controlar a los demás.

Este ha sido un gobierno de sutiles y contradictorias reformas desmercantilizadoras. Pero ha estado lejos del discurso empresarial que ha achacado a estas políticas un efecto inhibidor del mercado. La realidad es que durante estos cuatro años el sector privado ha logrado inéditos beneficios y un incremento de su riqueza sin precedente. A Bachelet le correspondió administrar un ciclo económico a la baja, producto de la contracción de la demanda externa. Una situación muy parecida a la que administró Lagos entre 2000 y 2006. Los resultados globales no son muy diferentes de cara a las utilidades empresariales, que en ambos casos han incrementado las rentas. Pero políticamente el resultado no puede ser más diferente. Mientras Ricardo Lagos cosechó el “amor” del empresariado, Bachelet se ha ganado un odio indisimulado.

Esta diferencia muestra que siendo ambos gobiernos “pro-empresariales”, el de Lagos fue un gobierno “de los empresarios”, donde se veneró su rol y se ajustó la agenda legislativa a sus imperativos. En cambio, este gobierno, que tantos beneficios ha aportado al empresariado, no cultivó el mismo discurso y la misma práctica. Esto es lo que les molesta: no poder controlar las variables no económicas de la política. Basta revisar el debate que la presidenta sostuvo con Bernardo Larraín Matte en el último foro de la SOFOFA. En la ocasión el presidente de la patronal criticó a la presidenta por apurar el trámite de innumerables proyectos legislativos en los últimos meses. A lo que la presidenta respondió directamente: “Yo puedo continuar, pese a la crítica permanente de ‘frenesí’ o ‘hemorragia’ legislativa. Podemos enviar proyectos de ley de aquí a que terminemos el Gobierno … Cuando nos pidan cuentas, vamos a decir que nos atrevimos, que avanzamos cuanto pudimos y que otros, sobre esa base, podrán hacer su parte”.

 

¿A quién beneficia la abstención electoral?

La baja participación electoral es uno de los factores más determinantes de la realidad política chilena. Este factor ha cambiado de forma profunda las correlaciones de fuerza entre partidos y coaliciones y ha obligado a generar nuevas estrategias electorales. Ya desde antes del 31 de enero de 2012, cuando comenzó a regir la Ley Nº20.568 que reguló la inscripción automática y el voto voluntario, las cifras de participación electoral indicaban un descenso importante, y desde 1998 se podía constatar un incremento del voto nulo. Pero sólo desde 2012 esta disminución ha sido abrumadora, llegando a un mínimo en las últimas elecciones municipales de 2016, cuando la abstención llegó al 65%. Por eso en las presidenciales y parlamentarias de este mes la variable más importante en los resultados será el volumen de participación, atendiendo a que el electorado de mayores ingresos tiene un hábito de participación electoral más consolidado y constante, por lo cual la cifra de abstención en el resto de la sociedad determinará su capacidad de representación.

Pero más allá de los efectos estrictamente electorales existe una consecuencia netamente social de la que no se habla mucho. Ya en 1996 el politólogo Arend Lijphart señaló que las desigualdades en la participación electoral son perjudiciales para el conjunto de la vida social y económica de los países ya que “la participación desigual genera una influencia desigual”[1]. Esto representa un gran dilema: los sectores más propensos a votar son sobre-atendidos y representados en los programas y políticas públicas, mientras los menos propensos a votar son olvidados o menos considerados por parte de los candidatos y tomadores de decisión.

Siendo el abstencionismo un fenómeno multicausal, que atraviesa todo el espectro político, los estudios internacionales permiten advertir algunas constantes que permiten levantar algunas hipótesis respecto de sus efectos en la vida política de los países[2]. Un primer dato es que la baja participación electoral se concentra entre los ciudadanos de menores ingresos. Mientras las personas con mejores ingresos, más educadas, y que poseen habilidades y recursos políticamente valiosos continúan votando en niveles similares a los del pasado, la participación electoral de las personas con mayor pobreza, menor nivel educativo, y menores recursos y vínculos sociales está disminuyendo en todo el mundo. Además, esta brecha entre la participación electoral de los ricos y de los pobres se está ampliando con el tiempo, y es más fuerte entre los jóvenes.

Por otra parte, mientras la participación electoral disminuye, se incrementan y masifican otras formas de participación democrática, de carácter más directo: las protestas y marchas, escribir correos electrónicos o mensajes en redes sociales, el trabajo con grupos de interés público, y otras formas de movilización, sin voto. El problema es que, aunque se esté expandiendo la participación directa, en formas antiguas y nuevas de acción no electoral, el acto de votar sigue siendo el casi el único momento políticamente determinante. Y este acto está operando sobre la base de una brecha cada vez mayor entre los “políticamente ricos” y los “políticamente pobres”.

El desagrado con la democracia

Según un estudio de PEW research[3], el compromiso público con la democracia representativa es más alto en países que tienen una democracia que funciona bien. En general existiría una correlación entre una alta participación electoral y un buen funcionamiento de las instituciones. En cambio, en los países donde las instituciones de la democracia no se perciben funcionando adecuadamente, el compromiso con estas instituciones baja.

Esta percepción no tiene relación exclusiva con la prosperidad económica general de los países. Incluso en las democracias de países ricos y bien establecidos, los modelos no democráticos encuentran cierto apoyo. Es posible advertir la existencia de minorías significativas en este tipo de países, donde porcentajes alarmantes de personas están abiertas a alternativas no democráticas de gobierno, si esa opción satisface sus requerimientos individuales. Es lo que muestran las cifras de Hungría, Corea del Sur, Polonia, España, Japón e Israel. Las cifras de estos países son muy similares a las de Chile, donde sólo un 19% de la población manifiesta un compromiso “fuerte” con la democracia, un 38% posee un compromiso “débil” y un 24% no manifiesta una adhesión permanente con la democracia: esto quiere decir que para este último grupo es indiferente vivir en un marco democrático o despótico de gobierno.

En los países de altos ingresos el sector que expresa menor adhesión a la democracia es el que tiene menor educación (aunque eventualmente sus ingresos puedan ser relativamente altos). Por ejemplo, en  EEUU el 24% de las personas que sólo tienen educación secundaria, o un menor nivel educativo, piensa que un régimen militar sería bueno para su país. En cambio, sólo el 7% de las personas que tienen algún grado de educación más allá de secundaria piensa lo mismo.

Este estudio muestra diferencias enormes por continente: el promedio mundial de satisfacción con la democracia es del 46%, mientras la insatisfacción llega al 52%. Paradojalmente, Asia-Pacífico y África subsahariana muestran los mejores promedios mundiales, aunque con grandes diferencias país a país. En estas regiones democracia se asocia a progreso, y el autoritarismo a un pasado de grandes privaciones y guerras. También en Europa los datos cambian mucho de un país a otro. Siete de cada diez personas están contentas con su democracia en Suecia, Países Bajos y Alemania. Pero el dato se invierte en el sur de Europa donde dos tercios o más están insatisfechos en Italia, España y Grecia, países que arrastran los efectos de una crisis económica de más de una década.

América Latina es el continente donde las cifras de insatisfacción democrática son las más altas del mundo, como promedio. Al respecto el estudio muestra que este dato está fuertemente relacionado con la satisfacción con el funcionamiento de la microeconomía. La brecha en la satisfacción democrática entre aquellos que están contentos con su situación económica y aquellos que no o están es de al menos 20 puntos porcentuales en 29 de 36 países. Las personas que dicen que la economía nacional está funcionando bien para ellos, evalúan favorablemente el sistema democrático, mientras ocurre lo inverso entre quienes muestran insatisfacción personal con el funcionamiento económico. Esta “satisfacción económica” tiene relación con las expectativas de bienestar social y progreso futuro. En 35 países la satisfacción democrática es menor entre aquellos que piensan que la vida es peor hoy que hace 50 años. En 34 países la satisfacción es menor entre aquellos que creen que los niños que hoy están creciendo estarán en el futuro en peores condiciones de trabajo y bienestar social que sus padres.

La importancia de la formación ciudadana

Frente a esta crisis de valoración de la democracia distintos países han optado por reforzar en sus currículos escolares la formación ciudadana, entendida como la promoción de las convicciones, prácticas y hábitos democráticos. En Chile esto se realizó por medio de la promulgación de la ley 20911 en 2016, que mandató a todos los establecimientos escolares que reciben financiamiento público (municipales y subvencionados) a elaborar planes anuales de formación ciudadana que se integran en el plan de gestión general de jardines infantiles, escuelas y liceos. A la vez, se inició la preparación de una nueva asignatura o sector de aprendizaje que está en proceso de análisis y debate en el Consejo Nacional de Educación, en vistas de iniciarse en 2019. Esta asignatura estará orientada a los últimos años de secundaria.

Estas iniciativas son importantes, pero no se puede esperar que por medio de estos procesos se pueda incrementar mecánicamente la participación electoral de los sectores más desfavorecidos económica y socialmente. Los datos internacionales que revisamos muestran que los factores determinantes en la valoración de la democracia radican en la calidad de las instituciones públicas, en su capacidad de generar equidad en materia económica y unas perspectivas de futuro de bienestar y progreso.

Sin embargo, mientras estas metas no se logren alcanzar estructuralmente será necesario invertir fuertemente en promover convicciones democráticas en todos los niveles de la sociedad. El desprecio a la democracia, naturalizado como repulsa a la política, genera efectos de sociales enormes, que requieren un contra-impulso inteligente y sistemático por medio de los sujetos y actores sociales significativos, que generan legitimidad social y política. La democracia no puede ser valorada solamente por argumentos pragmáticos, por importantes que sean. Es necesario generar convicciones democráticas profundas, capaces de oponerse a quienes piensan que es preferible una dictadura eficiente, que genere riqueza, al precio de sacrificar la libertad y la dignidad inherentes al principio democrático. Como sostuvo Giovanni Sartori: “La democracia es, antes que nada y, sobre todo, un ideal. […] Sin una tendencia idealista una democracia no nace, y si nace, se debilita rápidamente. Más que cualquier otro régimen político, la democracia va contra la corriente, contra las leyes inerciales que gobiernan los grupos humanos. Las monocracias, las autocracias, las dictaduras son fáciles, nos caen encima solas; las democracias son difíciles, tienen que ser promovidas y creídas”[4]

 

[1] Lijphart, A. (1997). “Unequal Participation: Democracy’s Unresolved Dilemma”. Presidential Address, American Political Science Association, 1996. American Political Science Review, 91(1), 1-14. doi:10.2307/2952255

[2] Dalton, Russell J, “Is citizen participation actually good for democracy?”. En http://www.democraticaudit.com/2017/08/22/is-citizen-participation-actually-good-for-democracy/

[3] Pew Research Center, October, 2017, “Globally, Broad Support for Representative and Direct Democracy”. http://assets.pewresearch.org/wp-content/uploads/sites/2/2017/10/13164509/Pew-Research-Center_Democracy-Report_2017.10.16.pdf

[4] Sartori, G. 1991. “Democracia.” Revista de Ciencia Política 13(1-2), 77-96.