La avalancha piñerista

Si existe un fantasma que recorre nuestro mundo es el fantasma de la extrema derecha. El triunfo de Donald Trump en Estados Unidos ha desatado una ola de émulos e imitadores que se han alzado en distintas latitudes: en Europa está el éxito del Frente Nacional en Francia, el gobierno de coalición entre conservadores y ultraderechistas liderados por Sebastián Kurz en Austria, el ingreso al parlamento alemán de Alternativa para Alemania, y la radicalización del Partido Popular español con la violenta represión al referéndum de independencia catalán. En América Latina esa ola también avanza, especialmente en la Argentina de Macri, donde la violencia policial contra los movimientos sociales genera niveles inauditos de odiosidad contra la oposición social y política. En Brasil es posible que el sucesor de Temer sea Jair Bolsonaro, un parlamentario de extrema derecha que promueve la venta libre de armas y políticas abiertamente racistas.

¿Es posible situar el triunfo de la derecha chilena dentro de esta misma lógica? Por un lado, parecería que esta analogía no es válida, ya que Piñera es un representante de la derecha tradicional, neoliberal, pero atemperada por la historia y el pragmatismo comercial. Sin embargo, Piñera en 2017 no es el mismo que en 2009, entre otras razones porque su triunfo se explica por la alianza de tres tipos de derecha diferentes. En primer lugar, por su coalición Chile Vamos, hegemonizada por Renovación Nacional, y los parlamentarios de la UDI y Evópoli, radicalizada en su forma y su fondo luego de su paso por el gobierno. Además, luego de la segunda vuelta se le debe sumar la nueva ultra-derecha liderada por José Antonio Kast y a la llamada “derecha social” de José Manuel Ossandón, que más que social se debería interpretar como una expresión neopopulista y conservadora. Esta es la coalición que ganó el 17 de diciembre, representando un discurso y una acción política de derecha mucho más fuerte y radical que la que representaban en 2009, todavía llena de culpas y vergüenzas por el pasado pinochetista. Hoy ese pasado parece olvidado y la nueva derecha saca a relucir sus discursos radicales sin complejos. ¿Cómo fue posible este triunfo? Para responder hay que separar las causas inmediatas de las causas remotas. Empezaremos por las inmediatas:

Piñera y su ejército en las sombras

Siguiendo la distribución de votos que proyectó Criteria Research entre la primera y segunda vuelta y sobre la base de los resultados finales de ambas elecciones, se constatan tres hechos relevantes:

  1. Alrededor de un 80% de las personas que votaron por el FA lo hicieron en segunda vuelta por Guiller. Al respecto es muy evidente la votación de la comuna de Valparaíso en primera y segunda vuelta, donde Guillier logró un 55,51%, una cifra 10 puntos por sobre su media nacional.
  2. Pero aunque el 100% de los votos por Goic, Sánchez, Navarro, MEO y Artés hubiesen ido a Guiller, no hubiera sido suficiente para impedir que Piñera resultara ganador, aunque en ese contexto el resultado hubiera sido más estrecho.
  3. A los votantes de la primera vuelta, Piñera sumó un altísimo porcentaje de los electores de José Antonio Kast y un porción no menor de quienes votaron por Goic y MEO.

Pero más allá de ese monto de votos, provenientes de la primera vuelta, la verdadera novedad en la segunda vuelta fue la movilización de más de 300.00 nuevos electores que se sumaron a Piñera. De esa forma se explica que la participación general subiera de un 46,70% a un 49,02%. Este incremento está muy focalizado en las comunas donde tradicionalmente la derecha obtiene sus mejores votaciones. Así Piñera subió en Las Condes desde un 73,9% en primeva vuelta a un 81,1%, en Vitacura del 81,1% al 88%, en Zapallar del 63,2% al 72,5%, en Pucón del 58,6% al 67,5%, en Lo Barnechea del 80,3% al 86,5%, en comunas similares los porcentajes son muy similares. Y en todos estos territorios no sólo subió su votación porcentual, sino en votación real.

De esa forma Piñera logó 3,8 millones de votos, sumando 900 mil votos a los 2,9 millones de la primera vuelta. Y 300 mil votos más que los 3,6 millones que logró en la segunda vuelta de 2009. En cambio, Guillier logró casi 3,2 millones de votos, 400 mil votos por debajo de los 3,6 millones de votos que sumaron las candidaturas de centro e izquierda en primera vuelta.

Lo anterior lleva a concluir que  no caben las recriminaciones de la Nueva Mayoría al FA y a los votantes de Beatriz Sánchez, ya que las cifras prueban un trasvase de votos muy significativo desde ese sector hacia Guillier, porcentualmente mucho mayor que desde Goic y MEO. Pero a la vez queda claro que el candidato oficialista no logró movilizar a votantes “nuevos” en segunda vuelta. Al parecer ni el llamado a continuar las reformas ni el ‘anti-piñerismo’ fueron suficientes para lograr ese efecto. Por su parte el candidato de Chile Vamos consiguió mantener su votación, sumar a Kast, incorporar muchos votos del ossandonismo, ya que en Puente Alto subió del 26 al 46%.

Pero lo impresionante es el margen del crecimiento de Piñera, sobre la base de nuevos votantes que no lo hicieron en la primera vuelta. Este efecto lo logró movilizando un verdadero “ejercito clandestino”, formado por 50000 apoderamos de mesa, que nadie percibió que se estaba articulando. Para lograr este reclutamiento la derecha ocupó la estrategia de engaño, por medio de su extraña denuncia de votos marcados a favor de Beatriz Sánchez y  Guillier en la primera vuelta del 19 de noviembre. Esa denuncia, que no acompañó de ninguna prueba que la respaldara, dio pie a que Beatriz Sánchez anunciara su voto a favor de Guillier, por lo cual el comentario general fue que Piñera se había equivocado en esa estrategia de descalificar los resultados. Lo que no percibimos era que en sus adherentes esta denuncia sí tuvo mucha credibilidad y le sirvió para alimentar la campaña de reclutamiento de apoderados.

Personalmente, estando en La Serena el miércoles 29 de noviembre, caminando por la calle Gregorio Cordovez a las 7 de la tarde, pleno centro comercial de la ciudad, vi una gran reunión de apoderados de mesa de Piñera. Lo llamativo era que se trataba de una reunión masiva, donde se hacía un análisis de la coyuntura electoral, y se invitaba a las personas a sumar tres nuevos adherentes a la campaña. Esta invitación, centrada en las redes directas de una base de adherentes de confianza tuvo mucho éxito.

El 17 de diciembre en la escuela de la población Herminda de la Victoria, en Cerro Navia, todas las mesas tenían apoderados de Piñera, en su gran mayoría provenientes del barrio alto de Santiago. La misma imagen se repitió en muchas comunas, donde en camionetas 4×4 y modernas Van fueron repartiendo a los apoderados piñeristas por la periferia. La clave no estuvo en la defensa de los votos. Esa fue la excusa. Lo importante fue la cadena de adherentes que estos apoderados movilizaron en los días previos.

La derecha, buena lectora de Sun Tzu y El arte de la guerra, aplicó varias máximas del estratega chino:

“Cansa a los enemigos manteniéndolos ocupados y no dejándoles respirar”. Mientras Guillier y el FA se centraron en complejos debates sobre las definiciones programáticas en la segunda vuelta, Piñera atacó los territorios formando su ejército en la sombra.

“Aparenta inferioridad y estimula su arrogancia”. Mientras Piñera atravesó la campaña a la segunda vuelta entre errores y chascarros, la campaña de Guillier resumaba optimismo por las adhesiones internacionales y la fuerza de las adhesiones de grandes personalidades.

“La rapidez es la esencia de la guerra”. La derecha logró movilizar una enorme masa de votantes nuevos en menos de un mes, y sin llamar la atención, solamente por medio del miedo a la derrota.

Las causas estructurales de la derrota

El arma más fuerte que utilizó la derecha fue el discurso del temor. Las referencias a Venezuela (la caricatura de Chilezuela), y un resucitado anticomunismo de la guerra fría, que parecían temas anacrónicos, hicieron efecto en la derecha sociológica, que no está muy armada de ideas, pero adhiere subjetivamente a los temores más atávicos que despierta y cultiva el conservadurismo.

El miedo se unió a otros dos conceptos claves: una política fundamentada en el orden y en el mantenimiento del status quo y el bienestar individual, lo cual hace eco en una parte importante de la sociedad chilena que sin ser de derecha ha naturalizado estas expectativas.

En este contexto los resultados de la primera vuelta no se pueden interpretar como la izquierdización del país. Pero tampoco del resultado de la segunda se puede desprender una derechización de la población. Lo que se ha abierto es una nueva distribución del poder.

En ese contexto se ha comenzado a plantear la hipótesis de constituir un “bloque por los cambios” que reúna a los sectores de izquierda de la Nueva Mayoría, al bacheletismo más convencido, y al FA. Esa idea es todavía muy germinal y deberá pasar por muchos filtros antes de ser realidad. Pero no parece posible que exista una oposición coherente y fuerte si no se establece un acuerdo de esas características en el próximo parlamento. Para que sea posible es importante que el nivel de desconfianza baje, y suba de forma significativa un grado de generosidad y perspectiva de largo plazo, que hoy por hoy no abunda en nuestra atomizada izquierda.

 

Cuando los Concertacionistas dejaron de reír

Se suele decir que las elecciones no se ganan ni se pierden: simplemente se interpretan. Pero no toda interpretación es plausible ni razonable, ya que por más que se estiren las cifras y los datos, no todo análisis adquiere credibilidad. En el caso de la primera vuelta electoral presidencial y las elecciones parlamentarias, la interpretación que ha adquirido cierto peso es que ni Piñera, ni Guillier ni Sánchez ganaron esa elección.

Piñera no ganó, aunque salió primero, porque obtuvo muchos menos votos que los que se esperaba que lograra, inflado artificialmente por encuestas prefabricadas para insuflar un estímulo artificial a su campaña. Este hecho rompió el “efecto locomotora” que llevaba a pensar que era una carta segura de triunfo. Quienes votan a ganador ya no lo tienen seguro con un candidato que se vio desinflado en relación a las expectativas que auguraban que quedaría a punto de ganar en primera vuelta.

Guillier no ganó, aunque pasó a segunda vuelta, porque obtuvo la votación más baja que han obtenido los candidatos de la Concertación y la Nueva Mayoría desde 1990. Más baja que Eduardo Frei Ruiz Tagle en la primera vuelta 2009.

Beatriz Sánchez no ganó, aunque obtuvo muchos más votos de los que le auguraban las encuestas, ya que no pasó a segunda vuelta. Aunque su sector se convirtió en un actor clave de la política, en los hechos duros quedó fuera de competencia. Se trata de un triunfo político enorme, pero una derrota electoral que no se puede negar.

¿Quién ganó el 19 de noviembre?

Sin duda la ganadora fue Michelle Bachelet. Política y electoralmente hablando. ¿Cómo es posible, si ella no era la candidata? Simplemente porque la derecha convirtió la elección en un plebiscito sobre su gobierno y su programa. Y en ese terreno salió airosa. El 55,43% de los votos apoyó opciones presidenciales que con matices y diferencias apoyan o buscan radicalizar los cambios que ha impulsado Bachelet desde 2014. Esta victoria política de la presidenta es una derrota de los defensores del statu quo, especialmente de los que situados dentro de la Nueva Mayoría boicotearon el desarrollo del programa prometido en 2013.

Este campo de derrotados políticos debe tener nombre y apellido: en primer lugar, es el grupo de demócrata cristianos nucleado en “Progresistas con progreso”. Este sector, liderado por Mariana Aylwin, Eduardo Aninat, Hugo y Jaime Lavados, Clemente Pérez, fueron elevador por el grupo El Mercurio a la categoría portavoces de la oposición más enconada a Bachelet durante estos cuatro años. Ni la derecha en su peor faceta se atrevió a arremeter contra el gobierno como lo hizo este sector. Para eso aprovecharon el montaje del caso Caval, a inicio de 2015, para obligar a un cambio de gabinete que puso a Jorge Burgos en el ministerio del Interior con pretensiones de forzar un “golpe blanco” contra la presidenta, esperando que desmoralizada, y destruida su imagen pública, terminara cediendo a Burgos un rol de vicepresidente permanente y plenipotenciario, quedando su papel reducido a la figura de una reina que ejerce la jefatura de Estado, pero sin funciones de gobierno.

El montaje Caval hizo un daño devastador en el gobierno. Pero el tiempo terminó reivindicando a Bachelet: a la larga el montaje ha derivado en la formalización de Isaac Givovich, yerno de Joaquín Lavín, acusado de facilitar facturas ideológicamente falsas al operador político de la UDI Juan Díaz, a través de su empresa Sociedades GES Consultores S.A, por un total de $400 millones. Fondos que serían traspasados a las cuentas del síndico Herman Chadwick, patriarca de una de las familias claves de la UDI, y primo de Sebastián Piñera.

Los otros derrotados fueron los liberales despechados del PPD y el laguismo, partiendo por Ernesto Tironi, José Joaquín Brunner, Carlos Peña, Ernesto Ottone padre, Ascanio Cavallo y toda su corte de aduladores. Brunner llegó a publicar un verdadero tratado del antibacheletismo que sintetizó las tesis políticas de este sector, llamado “Nueva Mayoría: fin de una ilusión”. En este texto lo que buscó es afirmar que todas las reivindicaciones nacidas del movimiento del 2011, tanto en el campo estudiantil como en los movimientos territoriales y ambientales, habían sido sobre-estimadas. Eran una ilusión: “Así, pues, calificamos de ilusión una creencia cuando aparece engendrada por el impulso a la satisfacción de un deseo, prescindiendo de su relación con la realidad, del mismo modo que la ilusión prescinde de toda garantía real” decía Brunner en la introducción de su libro. Las reivindicaciones sociales eran impulsos ciegos de la voluntad, deseos sin límite, que no tenían ningún arraigo en la realidad. En esa introducción Brunner sostiene como sentencia condenatoria: “el tiempo cubierto por el análisis se caracteriza por una débil conducción del gobierno, contradictoria, técnicamente floja, poco orgánica políticamente, mal coordinada, precariamente ensamblada, ideológicamente confusa, con rasgos de improvisación e impericia y, en general insegura. A esto se le suma un bajo desempeño del Estado en áreas claves como seguridad ciudadana, proceso legislativo, modernización de aparato burocrático e incluso en sus relaciones internacionales”.  Los que asistieron a la presentación del libro sostienen que al terminar de leer en voz alta este párrafo, Brunner sido: “esto parece un poema”, lo que generó la carcajada de los asistentes durante varios segundos. En síntesis, el concertacionismo en su versión DC y Laguista perdió. Su tesis, derrotada en 2011, murió nuevamente, ahora de una forma doblemente ridícula y vergonzosa.

Una interpretación (preliminar) del bacheletismo

Los historiadores suelen decir que los acontecimientos necesitan perspectiva para ser analizados. Cuando le preguntaron a Mao qué opinaba de la influencia de la Revolución Francesa, dijo que todavía era temprano para evaluarlo. Eso aplica a Michelle Bachelet. En cierta forma ni siquiera ella misma es totalmente consciente de la influencia que tendrán sus gobiernos en el Chile del futuro. La dificultad para entenderla radica en que Bachelet nunca hizo una ruptura con la política de sus predecesores. Siempre buscó ser su la más auténtica continuidad de la Concertación. Sin embargo, aunque no rompió con sus “patriarcas políticos”, en la práctica fue generando cortes sutiles pero permanentes con la política anterior, nunca reconocidos, nunca verbalizados, pero cada vez más tangibles. De allí que los dos gobiernos de Bachelet se deberán interpretar en el futuro como una evolución sostenida, pero silenciosa, que sacó a Chile desde el pantano político de los años 90, donde nada se podía cambiar, a un momento en nuestra década, donde la hipótesis del cambio ha adquirido legitimidad.

Por otra parte, Bachelet no llevó este proceso a su lógico desenlace. Hasta hoy la racionalidad de buena parte de sus ministros, empezando por Eyzaguirre, y atravesando los cuadros tecnocráticos, radica en la misma lógica de la imposibilidad de salir del marco neoliberal. De allí una cierta esquizofrenia que vive la Nueva Mayoría, sosteniendo el discurso de las reformas estructurales, mientras el propio aparato burocrático torpedea esta argumentación.

Sin embargo, la historia se mueve de forma oblicua, nunca directa. La reforma electoral de 2014, que eliminó el sistema binominal, y las reformas al financiamiento político de 2015, han supuesto un perjuicio enorme a los partidos de la Nueva Mayoría y han permitido que la consolidación de una fuerza emergente como el Frente Amplio, que en al anterior contexto nunca hubiera tenido posibilidades de tener representación parlamentaria. ¿Sabía Bachetet y su equipo que ese sería el efecto de esa política? Probablemente podían intuir algo, se podían hacer algunos cálculos, pero evidentemente el futuro estaba abierto y no dependía de la voluntad de la presidenta alterarlo. El Frente Amplio no existía en ese momento y podría no haber llegado a constituirse para capitalizar ese cambio de sistema. En los hechos las reformas de Bachelet, suaves, tibias, contradictorias, van a tener a largo plazo un efecto inesperado e innegable, ya que han supuesto un punto de inflexión tendencial. Cabe principalmente al Frente Amplio asumir ese escenario y hacer efectiva la posibilidad de poner en acto político lo que ahora está en potencia.

¿Hacia un pacto de mínimos?

Lo que eso significa es que el Frente Amplio, sea cual sea el resultado de la segunda vuelta posee una llave política importante, que, usada con responsabilidad, puede abrir varias puertas en los próximos cuatro años. Pero las llaves, para ser eficaces, deben ponerse en las cerraduras. De nada sirve una llave si no se usa o si se regala al primero que te la pide. Eso significa que el Frente Amplio debe negarse a entregar incondicionalmente su llave a la Nueva Mayoría. Pero también debe usar su llave para abrir las puertas que le interese abrir en los años venideros. En ese equilibrio se requiere armonizar fuerza y flexibilidad, autonomía y voluntad de acuerdo.

Hasta el momento, en vista a la segunda vuelta, el Frente Amplio ha demostrado que sabe jugar este juego. Su calculado “no apoyo” a Guillier, expresado en rechazo a Piñera, le ha colocado en el centro de la escena política chilena.  Ha conquistado todas las miradas y opiniones, y más allá de las críticas, ha logrado generar una tensión no resuelta que le confiere a su campo una dosis de poder político inimaginable hace sólo un par de semanas atrás. La pregunta es ¿Qué hará el FA con ese poder? ¿Será fecundo o estéril?

La respuesta obligada parece encaminarse necesariamente a un acuerdo programático basado en un conjunto acotado de proyectos de ley para impulsar con la Nueva Mayoría desde 2018. Y a la vez una total autonomía para actuar de forma autónoma en el resto de las materias no cubiertas por ese acuerdo de mínimos comunes. Esta política podría responder a lo que la sociedad parece esperar del FA: dar profundidad y coherencia a las reformas iniciadas por Bachelet, pero a la vez hacerlas viables y concretas.

 

 

 

 

 

Chile quiere cambios. Cambios de verdad

La ciudadanía chilena anhela reformas. Y las quiere rápidas, profundas y coherentes. Ese parece ser el mensaje que ha dejado la primera vuelta electoral y la elección del nuevo Congreso Nacional. La candidatura de Sebastián Piñera obtuvo una votación mucho más baja de lo que se había pronosticado. Operó un brutal castigo a quienes se opusieron a las reformas al interior de la Nueva Mayoría, especialmente dentro de la Democracia Cristiana. Se extendió un aval a quienes las impulsaron desde dentro, comenzando por la presidenta. Y se evidenció un enorme voto de confianza a quienes desde fuera del gobierno construyeron el Frente Amplio, para ampliar los márgenes de lo posible. A pesar del clima de opinión imperante, extremadamente manipulado por la trama mediática hegemónica, los electores han logrado expresar esta voluntad y han dejado sin piso a las tesis claves que ha desplegado la derecha durante estos últimos años:

El país no está en crisis ni se “cae a pedazos”

La derecha y los grandes conglomerados empresariales intentaron culpar a las reformas promovidas por el gobierno de la presidenta Bachelet por la reducción en el crecimiento económico, a una tasa promedio de 1,8% anual, en el período 2014-2017, originado ante todo por la contracción de la demanda internacional de materias primas. Pero todos los datos indican que principalmente debido a la política contracíclica de China, que se ha empezado a sentir en 2017, el país avanza hacia una recuperación de sus niveles normales de consumo y empleo.

Según las estadísticas de la aseguradora Allianz nuestro país ha subido en 2017 en el ranking mundial de la renta per cápita, ubicándose en el mejor puesto de América Latina en el lugar 25 a nivel mundial, subiendo dos escalones con respecto al ranking del año pasado. Supuestamente los chilenos poseemos16.460 euros de patrimonio neto financiero por cabeza. Aunque la tiranía de los promedios no nos indique cómo se concentra y distribuye esa riqueza.

De igual forma el Banco Mundial ha señalado a Chile como “ejemplo en políticas monetarias en tiempos de crisis”, y las estadísticas indican que tiene razón. La Bolsa de Santiago, cuyo presidente advirtió que de no ganar Sebastián Piñera las próximas elecciones, “la probabilidad que tengamos un colapso en el precio de las acciones es alta”, superó en septiembre los 5.500 puntos, logrando un nuevo máximo histórico de transacciones.

Los grandes grupos transnacionales respiran en Chile el olor al dinero. La gigantesca cadena de retail sueca Ikea ha anunciado su instalación en Chile, el primer país latinoamericano donde instalará sus tiendas de muebles. Igual cosa ha hecho la multinacional Japonesa Komatsu que está invirtiendo en este momento US$33 millones en nueva planta en Chile. Latam Airlines ha mostrado el mejor balance financiero desde 2012, beneficiándose del incremento del tráfico de pasajeros en un 3,9% en comparación al año pasado. En septiembre de 2017 el tráfico aéreo internacional en Chile alcanzó el mayor nivel en cinco años. La temporada de invierno cerró con récord de casi 1,3 millones de turistas extranjeros, lo que supuso un alza de 16,2%. La venta de viviendas ha subido este año en un 8,2%, apuntalada por baja en tasas de los créditos hipotecarios. La compra de autos nuevos también creció en un 28,8%. El Retail, las AFPs, las Isapres también muestran ganancias exorbitantes. Como trasfondo el dato clave es que desde 1928 en Chile no había una inflación tan baja en septiembre. La Banca chilena se ubicó este año en el “top five” a nivel mundial en competitividad y solidez, acumulando ganancias por US$2.454 millones entre enero y agosto. Chile sigue siendo el país más “competitivo” de Latinoamérica, situado en el puesto 33 del mundo. Mientras tanto el cobre sigue subiendo y según FMI, BM, CEPAL al término del año Chile crecerá 2.9%, muy cercano al 3% que los economistas de la derecha consideran más que “aceptable” con este precio de las exportaciones. Para la agencia Bloomberg, experta en especulación financiara, Chile es “líder entre países con presidente mujer” y donde más gana el mercado bursátil. La OCDE destaca que Chile es vanguardia mundial en la generación de electricidad solar. La estadística oficial de pobreza multidimensional pasó de 20,4 al 19.1 por ciento.  En obras públicas licitadas a privados Piñera adjudicó 10 proyectos por US$ 2.126, mientas el actual gobierno licitó con 17 proyectos por US$ 4.543. Chile no se cae a pedazos luego de cuatro años de gobierno de centro izquierda.

El Estado no es el problema de Chile

Para la derecha “Las reformas emblemáticas y la gestión del Estado bajo Bachelet II han dañado la eficiencia económica y han sido regresivas” (Klaus Schmidt-Hebbel). Para sostener esta idea apuntan a tres flancos: a las reformas tributarias de Arenas (2014) y Valdés (2015), que supuestamente “distorsionan y desintegran los impuestos”, y por lo tanto “desincentivan el ahorro, la inversión, el emprendimiento y el crecimiento”.

Luego atacan la reforma laboral de Valdés y Krauss (2016) que fortalece a los sindicatos y prohíbe el reemplazo interno y externo de los trabajadores en huelga, por lo cual elevaría los costos laborales generando pérdida de empleos.

Por supuesto a la reforma en la educación de Eyzaguirre (2015) que terminó con “el emprendimiento privado, el copago por los padres y la selección de alumnos en la educación particular subvencionada”, por lo que se debería volver a las políticas focalizadas y al libre emprendimiento de la oferta educacional no estatal.

Y finalmente todo eso lo engloban en un rechazo global a la expansión del sector público, ya que según su visión el Estado “ha crecido vorazmente y la eficiencia de los servicios públicos ha caído notoriamente”.

Respecto al sistema tributario nadie puede oponerse a mejorar su eficiencia y equidad, pero la evidencia muestra que carga tributaria efectiva (lo que tributan las empresas más lo que tributan las personas) se encuentra bastante por debajo de los países OCDE: 18,3% del PIB vs. 25% en 2014, excluyendo seguridad social[1].

En lo laboral, es impensable seguir debilitando la sindicalización cuando estudios de la Universidad de Chile han concluido que el 1% del sector de más altos ingresos se apropia del 30% de los ingresos nacionales. En Francia la desigualdad se redujo entre 1968 y 1983 porque el salario mínimo subió más que los salarios medios, tal como ha mostrado Piketty. Retroceder en este campo equivale a incrementar la desigualdad en uno de los países más desiguales del mundo.

Restablecer el copago en educación implicaría volver a permitir la selección por criterios socioeconómicos, dada la capacidad de pago de los padres de cada establecimiento. La evidencia muestra que el copago aumenta de manera significativa la segregación escolar, teniendo un impacto incluso superior al de la segregación residencial. Regresar al “libre emprendimiento” en educación sería condenar a otra generación a la crisis que reventó entre 2006 y 2011.

En relación al gasto púbico, que Piñera ha llamado “la grasa del Estado”, su reducción implicaría la eliminación de programas sociales relevantes, que se han convertido en verdaderos pilares de protección en una sociedad con muy bajo nivel de seguridad social. Si bien el gasto público ha crecido a una tasa anual de 5,3%, promedio, en 2014-2017, triplicando el crecimiento anual promedio del PIB, de 1,8%, ello ha sido en beneficio de los programas sociales del Estado, cuyos efectos benéficos son mucho más notorios que sus supuestos efectos negativos. Una cosa es incrementar sus impactos y mejorar su evaluación, pero otra es apuntar a su destrucción.

La ciudadanía no critica las reformas por radicales, sino por contradictorias y tímidas 

Pero la tesis fundamental que la derecha y el gran empresariado trató de instalar es el supuesto rechazo social a las reformas. En 2015 el presidente de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa), Hermann von Mühlenbrock, sostenía: “El 70 por ciento de la gente no está de acuerdo con lo que se está haciendo, la gran mayoría de los chilenos piensa que las cosas se están haciendo mal. Vamos en un camino lleno de curvas y en contra del tránsito, entonces la posibilidad de que nos estrellemos es grande[2]“. ¿De dónde provenía ese 70% de oposición a los cambios, que supuestamente avalaba esta afirmación? De un dispositivo comunicacional que funciona sofisticadamente. Se trata de un complejo “sistema de espejos”, donde un mensaje se replica y valida por otro actor mediático, hasta modelar una posverdad omnipresente, una mentira cuidadosamente creíble que adquiere más legitimidad que la verdad misma. El sistema funciona a partir de las dos o tres encuestas que se generan regularmente desde el CEP, CADEM, o Adimark, financiadas por los conglomerados empresariales. Estos estudios, cuidadosamente diseñados desde una metodología y una base de datos conveniente al financista de la encuesta, son difundidos y convertidos en un oráculo infalible por los canales de televisión, la radio y la prensa escrita. Luego, los líderes de opinión comienzan a interpretar esos resultados, pero sin poder ir muy lejos de las cifras que las encuestas revelan. Finalmente, los actores políticos se ven inducidos a actuar sobre la base de estas interpretaciones, convencidos de que lo hacen sobre una base empírica que le daría cientificidad a su actuar.

Pero en las elecciones del 19 de noviembre este sistema quebró. Quedaron en evidencia los recurrentes titulares que replicaban acríticamente las encuestas: “Se acabó la magia” titulaba La Segunda a tenor de la última entrega de la CEP el 25 de octubre pasado, agregando una lapidaria afirmación: “Fuerte retroceso de Beatriz Sánchez”. Y al día siguiente el mismo vespertino titulaba: “El 0,9% que la falta a Piñera para ganar en primera vuelta”. En esa encuesta, supuestamente reputada, Piñera alcanzaba un 44,4% (obtuvo un 36,6), Guillier un 19,7% (logró un 22,7) y Sánchez un 8,5% (alcanzó el 20,3).

Ningún medio de comunicación masivo publicó una declaración del Colegio de Sociólogos de Chile, que en julio de 2017 cuestionó públicamente la calidad de las encuestas electorales, debido a “diseños metodológicos cuestionables o débiles” y señaló: “Apelamos al debate respecto a los estándares éticos a seguir en la realización de encuestas de preferencias electorales. Sugerimos incorporar una declaración jurada del representante legal de la firma, respecto a si la empresa encuestadora recibe o no, financiamiento de partidos políticos o empresas relacionados con candidaturas para la realización de la encuesta que se trate. Esta medida, sería un avance en la transparencia de la industria de la opinión pública, y permitiría detectar eventuales sesgos ideológicos en los resultados del sondeo[3]. Tampoco los medios confrontaron las cifras de las encuestas con otros estudios independientes, que contradecían sus cifras. Por ejemplo, las que arrojó el informe «Desarrollo Humano en Chile 2015», que mostró que mientras el 47% de la ciudadanía pensaba que era necesario que las cosas cambiaran radicalmente, solo un 20% de las elites (políticas, económicas y sociales) pensaba lo mismo. Mientras un 66% de las personas creían que se necesitan cambios a la Constitución Política, sólo un 38% de las elites pensaba de la misma manera[4].

Una ventana de oportunidad

La debacle del escenario pronosticado por las encuestas, con un país derechizado, abre una ventana de oportunidad para responder a las demandas sociales expresadas en este ciclo político. En términos globales la sumatoria de los resultados del 19 de noviembre, sumando a todos los candidatos, arroja las mismas cifras que se han dado desde 1988 hasta ahora, elección tras elección: del centro a la izquierda se concentra el 55% de los votos y del centro a la derecha el 44%. Sin embargo, la sumatoria no es tan simple en la segunda vuelta.

Daniel Brieba[5], académico de la UAI y miembro de Red Liberal, publicó un posible escenario de distribución de votos en segunda vuelta, asumiendo un criterio estimativo, que se basa en elecciones anteriores. De acuerdo a este criterio estimó la siguiente distribución de los votos de la primera vuelta: José Antonio Kast, en 90% iría a Sebastián Piñera y un 10% a la abstención. Los votos de MEO, Alejandro Navarro y Eduardo Artés los divide en un 90% que irían a Alejandro Guillier y un 10% a la abstención. En Beatriz Sánchez estima un 67% a Alejandro Guillier y un 33% a la abstención. Y los Carolina Goic los divide en un 30% a Sebastián Piñera, un 60% a Alejandro Guillier y un 10% a la abstención. De esta forma el cuadro de distribución es el siguiente:

Imagen 1

Si este pronóstico, elaborado por un académico de centro derecha liberal, es acertado, es posible que Alejandro Guillier pueda vencer a Sebastián Piñera el 17 de diciembre. Sin embargo, las cifras son muy estrechas. Cualquier error, dificultad desencuentro o crisis política podría tumbar este análisis con mucha facilidad. Ese nuevo escenario obliga a pensar con nuevas palabras y acciones.

Otro aspecto relevante es el sentido de este “triunfo posible”. La campaña guillierista en primera vuelta fue reconocidamente débil en lo orgánico y en lo programático, y ahora se enfrenta a la necesidad de sumar una amplia adhesión, especialmente del electorado del FA. No sólo necesita su apoyo para ganar, sobre todo necesita un acuerdo básico parlamentario, en vistas a poder gobernar. Una cosa es triunfar en la elección, pero otra muy distinta es poder tener mayoría parlamentaria para viabilizar un gobierno. Y los 21 parlamentarios del FA han adquirido una llave maestra a la hora de definir el nuevo escenario político.

Pero, aunque el nuevo poder del FA es una buena noticia para la izquierda, no hay que perder de vista un par de datos preocupantes: el próximo parlamento, en términos globales, tendrá una derecha más fuerte que en la actual configuración. Eso de por sí limita las posibilidades programáticas de un eventual gobierno de Guillier. Y, en segundo lugar, la abstención siguió avanzando, ya que la participación electoral pasó desde un 49% en la primera vuelta de 2013 a un 46%. Ver en eso un germen de rebeldía es una ilusión. El único sector que se beneficia objetivamente del abstencionismo es la derecha.

Por un lado, hay que asumir con Jorge Sharp que “El Frente Amplio tiene que contribuir a impedir que la derecha gobierne”. Pero debe hacerlo de tal forma que eso suponga una contribución a la agenda de cambios que la ciudadanía espera. Al respecto, esta expectativa transformadora combina dos variables: desea cambios sustantivos, tal vez radicales, pero a la vez pide cambios viables y políticamente realizables durante la próxima legislatura. Si ello no logra vehicularse, es posible que todo lo realizado en este ciclo quede en nada, produciendo efectos de frustración participativa, lo que se puede definir como “un sentimiento vinculado al incumplimiento de las expectativas generadas a raíz de un proceso participativo[6]

Para viabilizar electoral y políticamente el próximo gobierno parece urgente que la sociedad civil, la ciudadanía, mandate a los partidos progresistas a concordar una agenda parlamentaria mínima y concreta, centrada en 5 o 6 puntos claves (Pensiones, Nueva Constitución, reforma a la Salud, reconocimiento al pueblo Mapuche, facultad presidencial de convocar a plebiscito en materias determinantes donde exista desacuerdo entre poderes del Estado). Se debe pensar como un pacto que no hipoteque la autonomía del FA. Y cómo una oportunidad de hacer sentir que toda la energía puesta en la disputa electoral y en las movilizaciones sociales que han cursado desde 2011 han valido la pena.

 

[1] Centro de Estudios Públicos, enero de 2017

[2] Fuente: https://www.cooperativa.cl/noticias/pais/gobierno/sofofa-hay-una-capacidad-insolita-de-crear-ambiente-de-crisis-cuando-no/2015-08-15/112925.html

[3] Declaración pública encuestas electorales. http://colegiodesociologos.cl/declaracion-publica-encuestas-electorales/

[4] Informe de desarrollo humano PNUD, 2015, p. 209.

[5] Fuente: https://twitter.com/dbrieba/status/932464502402179074

[6] Fernández Martínez, J. L. et al. (2016): «La frustración participativa como legado cultural de los procesos participativos locales», Gijón, XII Congreso español de Sociología, p. 3.