Una visita incómoda

El viaje del Papa Francisco a Chile, entre el 15 al 18 de enero, representa un acontecimiento político y social de enorme importancia, que deja patente los cambios culturales que ha tenido la sociedad chilena en los últimos treinta años. Para notar esta evolución es bueno comparar este suceso con lo que pasó en 1987, durante la visita de Juan Pablo II. Ese acontecimiento fue vivido por todo el país como un momento determinante, al que se le atribuyó una importancia mucho mayor de la que finalmente tuvo. En ese instante, con una dictadura militar aislada internacionalmente, y en pleno proceso de negociación entre bastidores del pacto transicional, la visita papal sólo vino a bendecir el llamado “acuerdo nacional” firmado en 1986 entre el sector más moderado de la oposición y los grupos más tradicionales de la derecha. Pero la fantasía política del momento atribuyó a la visita papal una importancia que rebasaba ampliamente sus posibilidades. Algunos sectores pensaban que sería un momento que precipitaría la caída del régimen, bajo la consigna “Santo Padre, llévatelo”. Pero obviamente nada de eso pasó.

Para Pinochet la visita de un papa polaco y anticomunista le permitía reforzar su imagen de campeón de los “valores cristianos y occidentales”. El régimen lanzó en ese momento el slogan “Mensajero de la paz” con una doble razón: destacar como logro el acuerdo de paz con Argentina, bajo la mediación pontificia. Y en segundo lugar hacer del Papa un factor de “pacificación nacional”, es decir, como un motivo para aplacar las protestas que desde 1983 habían puesto a la dictadura contra las cuerdas. La visita papal era un motivo para deslegitimar la movilización popular.

Para la oposición, y también para la jerarquía de la Iglesia chilena el slogan era otro: “Mensajero de la Vida”. La defensa de la vida era en ese instante el rol que ejercía la Vicaría de la Solidaridad. Como observa el jesuita Felipe Berríos: “La de 1987 fue una visita política, pero también pastoral: apoyar a la Iglesia a la que ciertos sectores conservadores de la misma Iglesia —ligados a la dictadura— intentaban desacreditar. Acusaban de comunista y de dedicarse a la política a una Iglesia que desempeñó un papel importante en los derechos humanos y la defensa de los perseguidos”[1].

En el balance final cada actor político sacó alguna cosa del evento papal: la dictadura logró la famosa foto de Pinochet con el Papa en el balcón de La Moneda, conseguida con engaños y ciertas complicidades de la nunciatura y parte de la delegación vaticana. También logró que 1987 fuera un año con menor grado de protestas que los anteriores. Para la oposición “moderada” y a jerarquía eclesial, la visita papal vino a avalar el rol mediador del episcopado en la construcción de la trama de los acuerdos de la transición. Recordemos que el “acuerdo nacional” de 1986 fue convocado por el arzobispo de Santiago Francisco Fresno. La Iglesia católica obtuvo una enorme visibilidad mediática durante ese período, consagrándola como un actor fundamental en la vida nacional, capaz de legitimar y deslegitimar las políticas claves que se debatían en el país, rol que siguió jugando hasta muy entrados los años noventa.

La Iglesia del 2018

La visita del papa Francisco es en casi todos los aspectos diametralmente diferente a la anterior. Hoy la Iglesia católica sigue tratando de ser un actor determinante en la definición de las grandes políticas de Estado. Pero no lo logra, debido a su profunda crisis de credibilidad y legitimidad. Por lo cual, para cumplir ese rol, debe hacer uso de su “fuerza institucional”: debe movilizar la fuerza de sus colegios y universidades, de sus centros de salud, de sus redes de empresas y medios de comunicación, de sus funcionarios, etc. Si el episcopado habla hoy, muy pocos escuchan, ya que perdió el “poder blando” del convencimiento y la credibilidad. Por eso debe recurrir al “poder duro” del que dispone. Pero este recurso lejos de darle más fuerza a su mensaje, se lo quita. La Iglesia habla porque es un empleador importante, porque tiene redes en el empresariado, porque es una institución que invierte en ciertas áreas, tiene roles en la especulación inmobiliaria, porque es dueña de muchas universidades y colegios poderosos ¿Pero alguien le escucha en razón de sus propios argumentos y razones? Sólo un grupo de incondicionales y convencidos. Los fieles “fieles” son cada vez menos. Según una encuesta de 2015 un 80 por ciento de los consultados dijo creer “poco o nada” en ella. En tanto, solo un 18 por ciento dijo creer “Mucho/bastante”. Sobre la evolución de confianza con la Iglesia y en comparación a 10 años atrás, un 59 por ciento dijo tener menos confianza, 30 por ciento la misma confianza y un 8 por ciento más confianza.

En este contexto la visita del Papa Francisco no logra arraigo en la sociedad. La Iglesia se apresta a movilizar su “poder duro” institucional para salvar la imagen. Seguramente va a sacar a la calle a una masa importante. Pero de esa movilización no quedará nada en sí, porque no representa un movimiento auténtico, sino apuntalado por su peso institucional y económico. Cómo ha declarado el jesuita Felipe Berríos “Chile es un pueblo creyente, pero se siente abandonado por sus pastores y desilusionado con los casos de abusos sexuales”. Además, la comisión organizadora ha hecho todo lo posible por impedir que la visita papal tenga algún significado relevante para la sociedad, centrando la preparación en la recaudación de fondos y en la difusión de canciones bailables con letra de Américo. Por eso Berríos afirma: “En cuanto a la visita de Francisco, para mí tiene muchas interrogantes. Ha sido, a mi entender, un poco críptica en cuanto a su organización. Me habría gustado que se hubiesen hecho preguntas a las comunidades de base. ¿A qué le gustaría usted que el Papa se refiriera? ¿Qué conflictos ve usted en la Iglesia chilena? ¿Qué preguntas habría que hacerle a Francisco? Pero veo que el grupo que organiza es muy cerrado y que tiene al Papa demasiado protegido”.

La derecha y la izquierda ante la visita papal

En clave política ni la derecha ni la izquierda chilena se sienten cómodas con la visita del Papa. Para la derecha es evidente que Francisco no es el Papa de sus sueños. La mayoría no lo dice en público por disciplina y cortesía, pero a algunos se les escapa. El más explícito ha sido el ultra neoliberal Axel Káiser, que acaba de publicar un libro titulado “El papa y el capitalismo” · donde intenta rebatir al Papa Francisco en todos los aspectos referidos a sus críticas al sistema capitalista. Para Káiser el Papa es claramente una bestia negra. En un artículo en El Mercurio Káiser afirma: “Según un artículo del medio alemán Der Spiegel, Francisco “es el Papa más de izquierda de la historia”. Del mismo modo, luego de una entrevista en que Francisco se refirió al capitalismo global, The Economist afirmaba que “al establecer un link entre el capitalismo y la guerra, (el Papa) parece estar tomando una línea ultra radical: una que consciente o inconscientemente sigue a Vladimir Lenin y su diagnóstico del capitalismo y el imperialismo de por qué la guerra se desató un siglo atrás”. The Guardian, en tanto, publicaba un artículo afirmando que después de la partida de Obama, el Papa era “el nuevo héroe de la izquierda mundial”. En el mismo tenor, el Wall Street Journal publicaba un artículo bajo el título “Cómo el Papa Francisco se convirtió en el nuevo líder de la izquierda mundial”. Sólo gente tan radical como Káiser se atreve a decir esto. Pero es lo que piensa la derecha. Y es lo que también cree la mayor parte de los obispos chilenos. No les gusta el Papa jesuita al que con suerte tratan de populista y peronista, y con un par de copas de más, lo tildan de charlatán y hereje.

Pero para la izquierda chilena tampoco el Papa Francisco parece ser una figura que motive. A pesar de sus enormes aportes en la crítica anticapitalista para la izquierda pesa más la idea del Papa como el legitimador del orden moral heterónomo, patriarcal, conservador y tradicional. Desconfían de él por no haber revertido procesos como la designación del obispo Juan Barros en Osorno, y en general, por no haber combatido con mayor claridad a los abusadores sexuales en el clero. Estos factores olvidan que la Iglesia es una institución que se gobierna por medio de pactos muy complejos, a distinto nivel, y que el Papa no es un poder sin oposición interna. Al contrario, ha tenido que enfrentar varias conspiraciones de la curia romana, financiadas por potencias globales y por grupos empresariales de enorme peso transnacional.

En este contexto el único actor político que parece motivado por la visita es el gobierno de la presidenta Bachelet. Nadie puede engañarse ante la fecha elegida: Francisco viene antes del 11 de marzo de 2018 para hacer un gesto inequívoco. Su mensaje es simple: le interesa dialogar con una líder como la presidenta de Chile. Este dialogo es importante porque representa un encuentro de actores que tiene diferencias:  el Papa no puede variar su postura respecto a los temas tradicionales de la moral sexual católica. Pero a pesar de eso desea mostrar que son mucho mayores sus entendimientos y coincidencias con el campo político que representanta Bachelet, como representante de una izquierda democrática en América Latina. Esta lectura se fundamenta además en que el Papa Francisco ha optado por este tipo de mensajes durante todo su pontificado. Su estrategia es clara: la Iglesia Católica no tiene nada que ganar al mantener su alianza histórica con los conservadores de derecha, salvo seguir hundiéndose en el fango del desprestigio. Si quiere tener futuro debe buscar acuerdos básicos con el mundo progresista, al que ha colocado estructuralmente en una posición de conflicto estructural. Por eso la derecha sabe que no tiene mucho que esperar de Francisco. El problema es de la izquierda, que no es capaz de entablar una conversación inteligente en este contexto. Francisco abre una oportunidad para reconfigurar las hegemonías culturales. La izquierda sólo ve en el Papa a una caricatura, que no entiende ni desea llegar a entender.

Descalificar en bloque al Papa Francisco es una mala estrategia para la Izquierda. Las diferencias con el catolicismo están más que claras. Lo novedoso sería tender lazos en los puntos de convergencia estratégica. Esos puntos que Axel Káiser y los neoliberales extremos han catastrado hasta en el más pequeño detalle.

 

 

[1] El País, 5 enero de 2018.

Tiempos reaccionarios

La victoria de Sebastián Piñera en las elecciones presidenciales, producto de una apabullante votación en la segunda vuelta electoral, demostró que la derecha chilena logró una movilización importante de sus bases políticas y entre sus adherentes en la sociedad civil. De esa forma sumaron más de 300.00 nuevos electores que no votaron en primera vuelta por ningún candidato. Ello explica que la participación general subiera de un 46,70% a un 49,02%. Este incremento estuvo muy focalizado en las comunas donde tradicionalmente la derecha obtiene sus mejores votaciones. Así Piñera subió en Las Condes desde un 73,9% en primeva vuelta a un 81,1%, en Vitacura del 81,1% al 88%, en Zapallar del 63,2% al 72,5%, en Pucón del 58,6% al 67,5%, en Lo Barnechea del 80,3% al 86,5%. En comunas de perfil similar los porcentajes son muy parecidos y en todos estos territorios no sólo subió su votación porcentual, sino en votación real. De esa forma Piñera logó 3,8 millones de votos, sumando 900 mil votos a los 2,9 millones de la primera vuelta. Y 300 mil votos más que los 3,6 millones que logró en la segunda vuelta de 2009.

Para la izquierda es difícil interpretar estos fenómenos de movilización de sus oponentes políticos. Curtido en largos procesos de movilización ciudadana y constructor de procesos de organización social, al progresismo se le hace difícil reconocer que en el campo adverso también se producen formas de articulación social poderosas, que presuponen un nivel de organización y puesta en escena muy relevantes. Pero que se expresan de forma muy diferente a las maneras en las que se moviliza la izquierda.

A este fenómeno se la ha llamado históricamente “movimientos reaccionarios”, usando una categoría que parece hoy totalmente anacrónica. Hoy nadie se revindica como “reaccionario”, y tachar a alguien con ese adjetivo parecería la peor de las ofensas. Sin embargo, ser reaccionario no implica una descalificación a priori, ni supone un insulto gratuito. La “reacción” es el fenómeno que acompaña a todos los cambios políticos. No hay revolucionarios sin reaccionarios, e incluso puede haber reaccionarios sin que exista un contexto revolucionario. Simplemente surgen por la existencia de una hipótesis revolucionaria. El movimiento que logró despertar Sebastián Piñera para alcanzar su triunfo tiene rasgos inconfundiblemente reaccionarios, ya que incuba los factores claves de este tipo de fenómenos:

  1. Se trata de un movimiento que busca mantener valores políticos, sociales y morales tradicionales o imperantes.
  2. Lo hace de forma reactiva, movida por un temor, real o ficticio, que motiva su acción pública.

Esta caracterización no implica tachar al conjunto de los votantes por Piñera de reaccionarios. Al contrario, puede ser que la enorme mayoría de ellos no respondan a este patrón. Pero esta descripción es adecuada para caracterizar al núcleo duro y movilizador que generó la dinámica electoral que favoreció a candidato de Chile Vamos.  Al respecto diversos análisis han destacado que el comando de Piñera, luego del pobre resultado obtenido en la primera vuelta, donde sólo llegó al 36%, se propuso movilizar un verdadero “ejercito invisible”, formado por 50.000 apoderamos de mesa, que nadie percibió que se estaba articulando. Para lograr este reclutamiento la derecha ocupó la estrategia del miedo, por medio de su extraña denuncia de votos marcados a favor de Beatriz Sánchez y  Guillier en la primera vuelta del 19 de noviembre. Esa denuncia, que no acompañó de ninguna prueba que la respaldara, dio pie a que Beatriz Sánchez anunciara su voto a favor de Guillier, por lo cual el comentario general fue que Piñera se había equivocado en esa estrategia de descalificar los resultados. Lo que no se percibió era que en sus adherentes más sólidos esta extraña denuncia sí tuvo mucha credibilidad y le sirvió para alimentar una campaña de reclutamiento de apoderados de mesa.

A la vez, estas personas no fueron convocadas solamente para atender las mesas de votación el día de la elección. Al contrario, el plan preparado por el ex subsecretario del interior Rodrigo Ubilla implicó convertir a este núcleo de adherentes en un movimiento de activistas centrado en movilizar previamente el voto de modo territorial, sumando especialmente a quienes no lo hicieron en la primera vuelta. Una estrategia que a la luz de los resultados fue muy exitosa.

El factor miedo

Esta movilización, alimentada por un miedo espectral al fraude, en un país donde el sistema electoral posee altísima confiabilidad, sólo se explica por la existencia de otros temores más atávicos, que probablemente se anidaron y cultivaron durante esta campaña en la subjetividad de la derecha profunda. Es probable que el temor a una derrota inesperada, en medio del ambiente triunfalista previo a la primera vuelta, motivó una reacción especialmente activa. Pero lo que verdaderamente movió a este núcleo de adherentes fue atribuir a la idea de derrota un peso catastrófico. Si Piñera no ganaba, la bolsa se derrumbaría, cómo afirmó el presidente de la bolsa de Santiago. Si Piñera perdía Chile se convertiría en la nueva Venezuela. Si Piñera era derrotado funcionaría un efecto dominó, que llevaría al país a alterar de forma estructural su “naturaleza”, como país estable y económicamente integrado al sistema-mundo.

Esta visión utiliza la falacia preferida de los movimientos reaccionarios: la llamada “pendiente resbaladiza”. Bajo esta lógica, una acción determinada iniciará una cadena de eventos que culminarán en un suceso posterior predecible. Sin embargo, entre el evento inicial y el resultado que se pronostica, no se logra establecer un marco causal lógico y razonable. De esa forma para la derecha el triunfo de Guillier llevaría al colapso económico y Chile se convertiría en un país similar a Venezuela, sin que estos pronósticos pudieran ser respaldados por un mínimo de argumentos racionales, que atiendan al contexto del país, al programa del candidato, las singularidades irrepetibles de Venezuela, etc. Simplemente se hace acto de fe en que, a la larga, un suceso del presente, en este caso la derrota de Piñera, llevará a ese resultado trágico a largo plazo.

La racionalidad reaccionaria 

El uso del miedo al cambio como factor movilizador no debe llevar a pensar que la acción reaccionaria es irracional o carente de argumentación. Tras todo movimiento reaccionario anidan factores implícitos que no es fácil de desentrañar a primera vista. Los ejemplos históricos muestran que muchas movilizaciones reaccionarias buscan defender un “modo de vida” muy arraigado y que otorga un sentido de vida a las personas. Por ejemplo los campesinos movilizados por causas reaccionarias, en Guerra de la Vendée en el contexto de la revolución francesa, o los Carlistas en la España del siglo XIX, o los Cristeros en el México del siglo XX, defendían el orden feudal ya que temían, con justa razón, que la desamortización de las haciendas o propiedades nobiliarias que promovían los revolucionarios liberales les llevaría a tener que abandonar el campo, y marchar a las ciudades como mano de obra obrera, sin la protección y seguridad del orden en el que vivían en el presente.  De igual forma los movimientos reaccionarios contemporáneos, ya sean los “blancos pobres” que apoyan a Trump en Estados Unidos, o que votan por el Brexit en el Reino Unido, o los colonos judíos que sostienen a Netanyahu, o los obreros del este de Alemania que se manifiestan contra los refugiados, expresan temores reales, que no se deberían tomar a la ligera, ni ridiculizar a priori. En América Latina los movimientos reaccionarios rechazan las malas políticas económicas de la izquierda, la corrupción y la destrucción de ciertos ámbitos comerciales o productivos que han dañado a ciertas capas de la sociedad. También temen que la igualdad de derechos de mujeres, negros, gays, migrantes o indígenas les someta a una injusta competencia laboral o les limite el acceso a políticas públicas en las cuales competirán en desventaja, por no poder acreditar estas discriminaciones históricas.

Sin embargo, entender la racionalidad reaccionaria no implica comprenderla ni avalarla. El arte político presupone extraer de este diagnóstico los temores moralmente justos y rechazar aquellos que no se pueden aceptar por atentar a la dignidad universal de las personas. Es posible entender el temor al desempleo de los trabajadores blancos. No es posible comprender su desprecio o estigmatización de los inmigrantes. De igual forma en Chile es posible entender el miedo de las clases altas y medias a la inestabilidad económica, al desorden en la administración del Estado o a la incertidumbre ante los cambios culturales que afectan convicciones religiosas. Pero ello no puede implicar avalar la defensa ciega del statu quo, ni la defensa de intereses clasistas, racistas o discriminadores.

Para el análisis del pensamiento reaccionario es necesario el uso de conceptos interpretativos, que permitan ver la diferencia entre categorías valórico-morales (responsabilidad, deber, justicia, libertad, democracia e igualdad) y categorías objetivables, como auto, planeta, triángulo o cuadrado. Establecidos e identificados los valores en discusión se puede realizar la crítica de esas valoraciones, su congruencia, su coherencia interna, su adecuación general a un marco básico de convivencia, que no debería ser otro que los Derechos Humanos. Para este ejercicio es necesario rechazar la postura escéptica que niega la posibilidad de fundamentar verdades morales. Como propone Dworkin[1], cuando afirmamos que la discriminación por razones de sexo o raza es reprochable, queremos decir que es real y objetivamente equivocada, y no que es una opinión entre otras igualmente válidas. Es decir, no se trata de un juicio subjetivo ni se relaciona solo con gustos y preferencias individuales, por lo que a una persona que afirme lo contario no le podemos decir: “está bien que ejerzas tu derecho a la libertad de expresión”, sino simplemente: “estás equivocado”.  Entender los miedos de la derecha no nos hace débiles ni mitiga nuestras convicciones. Simplemente nos permite dar respuesta política a las demandas justas de personas que tienen temor, y nos permite separar los miedos comprensibles de los argumentos éticamente ilegítimos y políticamente reaccionarios.

[1] Dworkin.R. Justicia para erizos, FCE, México, 2015.